Con el cóleo se invierte la relación habitual entre hoja y flor: aquí la flor sobra y hay que cortarla, y todo el espectáculo está en el follaje. Sus hojas combinan granate, verde lima, rosa fucsia, crema, chocolate y negro en dibujos de nervadura, de margen o de salpicadura, y lo hacen durante toda la temporada sin las pausas que impone cualquier floración. Es una planta que se compra por el mismo motivo por el que se compra una tela.

Su nombre ha dado vueltas. Descrito como Coleus blumei, pasó a Solenostemon scutellarioides, después a Plectranthus scutellarioides —que es el nombre con el que aparece en la mayor parte de la literatura hortícola actual— y los trabajos filogenéticos más recientes han recuperado el género Coleus. Es una labiada, familia Lamiaceae, originaria del sudeste asiático, y el tallo cuadrangular y las hojas opuestas la delatan enseguida.

De dónde sale el color

Los tonos rojos, morados, rosas y casi negros del cóleo proceden de antocianinas acumuladas en las vacuolas de las células epidérmicas y del mesófilo. Los verdes y amarillos vienen de la clorofila y de los carotenoides. Lo que llamamos un cóleo granate es una hoja donde la antocianina domina y enmascara una clorofila que sigue estando ahí, porque la planta necesita fotosintetizar igual que cualquier otra.

El dibujo —el margen crema, la nervadura fucsia, la mancha central— está determinado genéticamente y es el rasgo por el que se selecciona un cultivar. La intensidad, en cambio, no está fijada: depende de la luz, y varía tanto que un mismo cultivar puede resultar irreconocible en dos rincones del mismo jardín.

La razón es que la síntesis de antocianinas se induce con la radiación, incluida la ultravioleta, entre otras cosas porque estos pigmentos actúan como pantalla protectora del aparato fotosintético. A más luz, más antocianina y más saturación. A poca luz, la planta prioriza clorofila para captar los fotones que puede, el rojo se apaga, el contraste se pierde y los ejemplares tienden a un verde apagado con manchas desvaídas. Ese es el destino de un cóleo colocado en un interior a dos metros de una ventana orientada al norte, que además se estira, alarga los entrenudos y acaba desgarbado.

El extremo contrario tampoco funciona en muchos cultivares: sol directo de mediodía en julio en el interior peninsular quema los tejidos, produce manchas necróticas de bordes secos y decolora los tonos claros hasta un blanco papel. Aquí interviene la genética del cultivar. La selección de las últimas décadas ha producido series concebidas para pleno sol, con hoja más gruesa y más cerosa, capaces de aguantar exposiciones que arrasaban a los cóleos de semilla tradicionales.

El punto óptimo, para clima español, suele ser sol de mañana hasta media mañana y sombra luminosa el resto del día, o luz filtrada bajo la copa de un árbol de hoja ligera. En el norte húmedo y en zonas de costa con nubosidad frecuente admite más horas de sol directo; en Sevilla o Zaragoza, en agosto, no hay cultivar que no agradezca sombra desde las doce. Y como toda planta comprada en invernadero llega aclimatada a luz difusa, hay que endurecerla progresivamente durante una o dos semanas antes de exponerla, o se quema en un día.

Hojas de cóleo con dibujo granate y verde

Un catálogo casi inabarcable

La variabilidad de esta especie en cultivo es enorme, con centenares de cultivares registrados y colecciones de aficionados que superan las mil entradas. Se debe a que el carácter foliar hereda de forma compleja y a que cualquier siembra produce individuos distintos, lo que ha permitido seleccionar sin parar desde el siglo XIX.

Para orientarse basta con distinguir dos grandes grupos, porque se comportan de manera diferente.

Los cóleos de semilla. Se venden en sobres como mezclas —las series clásicas de hoja de sauce, de hoja rizada o de dibujo en rosetón— y germinan con facilidad a 20-24 grados, en superficie, porque necesitan luz para germinar y no deben enterrarse. Su ventaja es el precio y la cantidad; su inconveniente, que la descendencia es heterogénea: de un mismo sobre salen plantas de colores y portes dispares. Eso puede ser justo lo que se busca en un macizo o un fastidio si se pretendía una fila uniforme.

Los cultivares de multiplicación vegetativa. Son selecciones concretas, con nombre propio, que solo se mantienen por esqueje porque su semilla no reproduce el tipo. Aquí están las hojas gigantes de las series de gran formato, los tonos negros casi puros, los cultivares con el margen finamente dentado y crema, y las series seleccionadas para exposición soleada. Comprar uno concreto y multiplicarlo garantiza que toda la plantación sea idéntica.

Merece la pena una advertencia sobre el color en la etiqueta: la fotografía del vivero se hizo en condiciones de luz determinadas. El mismo cultivar en un patio orientado al norte no dará ese color, y no es un fraude, es fisiología.

Pinzar sin descanso

El cóleo tiene dominancia apical marcada: si se le deja, sube en un solo tallo, se desguarnece por abajo y termina siendo un palo con hojas en la punta. Todo su aspecto depende de una operación repetida.

El pinzado consiste en despuntar el brote terminal por encima de un par de hojas, con los dedos o con tijera limpia. Al eliminar el ápice desaparece la fuente de auxina que mantiene dormidas las yemas axilares, y en pocos días brotan las dos yemas del nudo inferior. Cada pinzado duplica el número de puntas, y como las hojas son opuestas, el resultado es una ramificación muy regular.

Se empieza en cuanto la planta tiene tres o cuatro pares de hojas y se repite cada dos o tres semanas durante toda la temporada de crecimiento. Un cóleo bien pinzado desde el principio forma una mata densa y redondeada de 30 a 60 centímetros; uno sin pinzar, un ejemplar larguirucho que se vence al primer viento.

La segunda operación es eliminar las espigas florales, y es igual de importante. Al llegar el verano, o cuando el fotoperiodo se acorta, la planta emite las inflorescencias típicas de labiada: espigas terminales de florecillas pequeñas, azuladas o blanquecinas, de escaso valor ornamental. En cuanto la planta entra en floración cambia su asignación de recursos: los entrenudos se alargan, las hojas nuevas salen más pequeñas y menos coloreadas, la base se desnuda y la mata se agota. Si se deja fructificar, muchas plantas declinan sin remedio.

La solución es cortar la espiga en cuanto asome, todavía en verde, junto con el par de hojas superior. Hecho a tiempo, el cóleo sigue produciendo follaje meses. Quien quiera guardar semilla puede dejar florecer una planta sacrificada aparte.

El esqueje, que es casi automático

Multiplicar cóleos resulta tan fácil que conviene aprovecharlo como método de mantenimiento, no solo de propagación.

Se toma un esqueje terminal de 8 a 12 centímetros con tres o cuatro nudos, se corta justo por debajo de un nudo —donde se concentran las células capaces de generar raíz— y se retiran las hojas del par inferior. Los propios pinzados de la temporada sirven perfectamente.

En agua: se ponen en un vaso con dos o tres centímetros de agua, en luz clara sin sol directo, cambiando el agua cada dos días. Las raíces asoman entre el quinto y el décimo día a temperatura ambiente de 20-25 grados. Conviene pasarlos a sustrato cuando midan uno o dos centímetros: las raíces formadas en agua son frágiles y se adaptan peor cuanto más largas se dejan crecer.

En sustrato: mezcla de turba y perlita a partes iguales, ligeramente húmeda, cubriendo con una bolsa transparente los primeros días. Enraíza en una o dos semanas y produce una planta más robusta desde el principio. No hace falta hormona.

El uso práctico de esta facilidad es doble. Por un lado, mantener un cultivar de un año a otro sin conservar la planta madre entera: a principios de otoño se toman cuatro o cinco esquejes, se enraízan y se pasan el invierno dentro de casa en una maceta pequeña, con luz y por encima de 15 grados. Por otro, rejuvenecer una mata que se ha desguarnecido a mitad de temporada: en lugar de intentar recuperarla, se esqueja la punta y en un mes hay una planta nueva y compacta.

Anual en la práctica, aunque no lo sea

Botánicamente el cóleo es una perenne tropical de vida corta. En España se comporta como anual en casi todo el territorio, por una razón simple: es una planta muy sensible al frío.

Empieza a sufrir por debajo de 10 grados, con hojas caídas y ennegrecimiento de los bordes, y una helada ligera de -1 o -2 grados la deshace por completo. Tampoco es solo cuestión de mínimas: por debajo de 12 o 13 grados de media detiene el crecimiento y se vuelve vulnerable a la podredumbre.

Eso deja el mapa así: en el interior peninsular, en la meseta y en zonas de montaña, es planta de mayo a octubre y se acabó. En el litoral mediterráneo y en el sur, en un patio resguardado y con muro que acumule calor, puede pasar el invierno algunos años y rebrotar, aunque llegue desguarnecida a la primavera. En Canarias y en zonas costeras sin heladas se comporta como perenne real y llega a formar matas leñosas en la base que se recortan a fondo cada primavera.

La estrategia sensata en el resto del país es no pelear contra el clima: disfrutarla en temporada y guardar esquejes en septiembre, que ocupan una ventana y cuestan nada.

Cultivo, problemas y una nota de precaución

Sustrato y riego. Sustrato fértil, con materia orgánica y bien drenado. El cóleo tiene hoja grande y fina y transpira mucho: se marchita de forma dramática en cuanto le falta agua, y aunque se recupera al regar, cada episodio le cuesta hojas basales. En maceta, en verano, riego a diario o casi. Al mismo tiempo no tolera el encharcamiento, que le provoca podredumbre de cuello con rapidez. En clima seco agradece que se agrupe con otras plantas para elevar la humedad ambiental.

Abonado. Moderado. Un fertilizante equilibrado cada quince días en riego a media dosis basta. El exceso de nitrógeno produce hojas grandes, blandas, de color diluido y más apetecibles para las plagas.

Plagas y enfermedades. Mosca blanca y cochinilla algodonosa son las habituales, sobre todo en invernada dentro de casa; se controlan bien con jabón potásico aplicado al atardecer y repetido. Los ácaros aparecen con aire seco y calor. En cultivo húmedo y con follaje mojado puede presentarse mildiu, con manchas angulosas en el haz y un fieltro grisáceo en el envés: se previene regando al pie y no por aspersión, y dando aireación entre plantas. Los nematodos agalladores dañan las raíces en suelos arenosos cálidos del sur.

Toxicidad. Como otras labiadas del grupo, contiene diterpenos y aceites esenciales que pueden causar vómitos, diarrea y babeo en perros y gatos si mordisquean la planta, y molestias digestivas en personas. No es una planta peligrosa, pero conviene situarla fuera del alcance de mascotas mordedoras. El asunto general está desarrollado en el artículo sobre plantas peligrosas para las mascotas.

Dónde luce. Funciona especialmente bien en maceta y jardinera, donde su follaje sustituye a una floración sin las pausas de esta, y en macizos de sombra luminosa donde poca cosa da color. Combinar tonos apagados —chocolate, granate oscuro— con verde lima produce contrastes más eficaces que mezclar muchos colores saturados a la vez.

En resumen

El cóleo, Plectranthus scutellarioides para la horticultura y Coleus scutellarioides para la taxonomía más reciente, se cultiva por la hoja: sus antocianinas dan el color y la luz decide la intensidad, de modo que a poca luz se vuelve verde y desgarbado y a sol de mediodía se quema, salvo en los cultivares seleccionados para sol. Hay centenares de variedades, y las de semilla dan descendencia heterogénea mientras que las vegetativas se mantienen idénticas por esqueje. Hay que pinzar cada dos o tres semanas y cortar las espigas florales en cuanto asomen, porque florecer agota la mata. El esqueje enraíza en agua en una semana, lo que permite guardar los cultivares del invierno. Y por debajo de 10 grados sufre: en casi toda España es una planta de mayo a octubre.


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