Un desierto no produce solamente cactus, y los cactus no se limitan a los desiertos. Las dos mitades de esa frase se dan por sabidas y luego se olvidan a la hora de comprar y de plantar, con el resultado previsible: crasas colocadas en suelo pesado, cactáceas de selva tratadas a pleno sol y plantas resistentes a cuarenta grados que se pudren en un febrero lluvioso de Galicia o de Vitoria. Merece la pena ordenar el asunto.

Vegetación de desierto con distintas formas de crecimiento

Cactáceas y euforbias: el caso de manual

Un Cereus mexicano y una Euphorbia del Cuerno de África pueden ser casi indistinguibles a diez metros: columna verde acanalada, sin hojas, erizada de espinas. Y sin embargo pertenecen a familias sin parentesco cercano, separadas por un océano y por decenas de millones de años. Han llegado al mismo diseño porque el problema era el mismo, y las soluciones físicas al problema son pocas: acumular agua en el tallo, reducir la superficie, protegerse del herbívoro y sombrearse a sí mismas con las costillas. Eso es convergencia evolutiva, y no hay ejemplo más limpio en todo el reino vegetal.

Distinguirlas es sencillo cuando se sabe dónde mirar. Las cactáceas tienen areolas: unas almohadillas de fieltro, únicas de la familia, de las que brotan espinas, pelos, flores y brotes nuevos. Su flor es grande, con multitud de tépalos y estambres. Las euforbias no tienen areolas —sus espinas, cuando existen, son estípulas o pedúnculos endurecidos que salen directamente del tallo— y su flor es un ciatio minúsculo, con frecuencia amarillento o verdoso.

La prueba definitiva es el corte: al herir una euforbia mana un látex blanco, y ahí conviene ser claro desde ahora. Ese látex irrita seriamente la piel y sobre todo los ojos, con casos documentados de lesiones corneales graves, y algunas especies como Euphorbia resinifera o E. tirucalli son especialmente agresivas. Se podan con guantes y gafas, se lava con abundante agua ante cualquier contacto y, si alcanza el ojo, se acude a urgencias sin esperar. Un cactus, en cambio, no suelta látex: como mucho un jugo acuoso.

La convergencia no acaba ahí. Las Agave americanas y los Aloe africanos repiten el mismo esquema de roseta suculenta terminada en punta, y tampoco son parientes próximos.

Cactus que jamás han visto un desierto

Dentro de la familia hay linajes enteros de epífitos de selva húmeda: Rhipsalis, Epiphyllum, Selenicereus, Schlumbergera. Viven colgados de las ramas en bosques tropicales de Brasil o de Centroamérica, con sombra, humedad alta y raíces que no toleran secarse del todo. Rhipsalis baccifera es además la única cactácea con poblaciones naturales fuera de América, en África tropical, Madagascar y Sri Lanka, probablemente por transporte de semillas en el plumaje de aves.

También hay cactáceas de alta montaña andina, a más de 4.000 metros, cubiertas de lana blanca contra la radiación ultravioleta y las heladas nocturnas, y otras de matorral costero con niebla. Meterlas todas en el mismo régimen de cultivo —sol pleno, sustrato mineral, riego mensual— condena a una buena parte.

Lo que no es suculento y también vive allí

La suculencia es una respuesta entre varias, y ni siquiera la dominante en superficie ocupada. En un desierto real conviven cuatro o cinco modos de vida distintos.

Efímeras. Anuales cuyas semillas esperan años en el suelo con inhibidores químicos en la cubierta que solo se lavan cuando llueve por encima de cierto umbral. Entonces germinan, florecen y fructifican en seis u ocho semanas. Es el mecanismo detrás de las floraciones masivas del desierto de Sonora o de Atacama, con Eschscholzia, Phacelia y Nolana tapizando kilómetros de arena. El resto del tiempo, ese terreno parece estéril y no lo está: la vegetación está en el banco de semillas.

Arbustos de hoja dura y resinosa. La gobernadora, Larrea tridentata, cubre extensiones inmensas del suroeste norteamericano con hojas diminutas barnizadas de resina que reflejan luz y frenan la transpiración; tolera potenciales hídricos extraordinariamente negativos, se reproduce por anillos clonales y uno de esos anillos, el llamado King Clone del Mojave, se estima en más de once mil años. Artemisia tridentata juega en la misma liga.

Freatofitas. Renuncian a ahorrar y van a buscar el agua profunda. Prosopis, el mezquite, tiene raíces documentadas a más de cincuenta metros. Parkinsonia y Cercidium conservan la corteza verde y fotosintética, lo que les permite soltar todas las hojas en sequía y seguir funcionando con el tronco y las ramas.

Caducifolias por sequía. El ocotillo, Fouquieria splendens, saca hoja pocos días después de cada lluvia y la tira cuando el suelo se seca, repitiendo el ciclo hasta cinco veces al año. Y en el extremo del ahorro están las plantas de resurrección, como Selaginella lepidophylla, capaces de deshidratarse hasta un residuo pardo y rehidratarse intactas en horas.

CAM: fotosintetizar de noche

El mecanismo bioquímico que sostiene a las suculentas se llama metabolismo ácido de las crasuláceas. Consiste en desacoplar en el tiempo la entrada de CO₂ y su uso: los estomas se abren de noche, cuando el aire está fresco y húmedo y la pérdida de vapor es mínima, el carbono se fija en forma de malato y se almacena en las vacuolas, y de día, con los estomas herméticamente cerrados, ese malato se descarboxila y alimenta al ciclo de Calvin con la luz del sol.

La ganancia es enorme: la eficiencia en el uso del agua de una planta CAM multiplica por tres o por seis la de una planta convencional. El precio es la velocidad. La capacidad de almacenar malato está limitada por el volumen de las vacuolas, de modo que una CAM fija bastante menos carbono al día y crece despacio. En sequía extrema pasa además a CAM idling: cierra los estomas las veinticuatro horas y recicla internamente el CO₂ de su propia respiración, sin crecer nada, solo manteniendo vivo el tejido. Un cactus puede pasar así meses o años.

En España las mata el invierno húmedo, no el frío

Este es el punto que decide el éxito de una plantación de crasas en nuestro país, y el que se malinterpreta con más frecuencia. Muchas plantas de desierto toleran heladas notables en seco: Yucca rostrata aguanta por debajo de −15 °C, Agave parryi y A. ovatifolia resisten en torno a −12 °C, Opuntia de las Grandes Llanuras soportan inviernos continentales duros, y Echinocereus vive a la intemperie en Colorado. Lo que no tolera ninguna de ellas es frío y agua a la vez.

El motivo es fisiológico. Con el suelo por debajo de 10 °C la raíz apenas absorbe y la planta no consume agua; si además llueve, el sustrato se satura, el oxígeno desaparece y los tejidos suculentos, cargados de azúcares, se convierten en el medio de cultivo ideal para Phytophthora, Pythium y Fusarium. La pudrición empieza en el cuello, avanza hacia arriba y cuando se ve por fuera ya no hay marcha atrás. Una helada de −6 °C sobre un agave seco no le hace nada; esa misma helada sobre un agave empapado lo revienta.

De ahí las medidas que de verdad importan: sustrato mineral con dos tercios largos de árido —grava volcánica, pómice, arena silícea gruesa— y poca materia orgánica; plantación sobre montículo o talud, nunca en hoyo, para que el agua escurra por gravedad; una capa superficial de grava alrededor del cuello que evite el contacto permanente con humedad; y riego cero entre noviembre y marzo. En zonas de lluvia invernal abundante, una cubierta transparente que aparte el agua sin quitar luz resuelve más que cualquier protección térmica.

Geográficamente, el sureste peninsular —Almería, Murcia, Alicante— y Canarias reproducen bien las condiciones de origen. El interior funciona si el drenaje es extremo, aprovechando que allí el invierno es frío pero seco. La cornisa cantábrica y Galicia son territorio hostil para estas plantas en suelo, y lo razonable es cultivarlas en maceta bajo cubierta.

Yucca rostrata, con su tronco y su roseta de hojas azuladas

Qué plantar, y qué no

Funcionan bien en la mayor parte de España, con el drenaje resuelto: Yucca rostrata y Y. rigida, Dasylirion wheeleri, Nolina nelsonii, Hesperaloe parviflora —que florece meses seguidos y atrae colibríes en su tierra y abejas en la nuestra—, Agave ovatifolia, A. parryi y A. montana, Fouquieria splendens en clima seco, y Echinocactus grusonii solo en litoral cálido. Aloe, procedente de matorral africano más que de desierto estricto, prospera espléndidamente en la costa mediterránea y en Canarias.

Y una advertencia legal: varias chumberas están incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras —entre ellas Opuntia dillenii, Opuntia maxima y Opuntia stricta—, lo que implica que su posesión, transporte y plantación están prohibidos. Antes de meter una crasa de porte agresivo en el jardín, sobre todo cerca de costa o en las islas, conviene comprobar el catálogo vigente. El asunto de las exóticas y sus categorías se trata en detalle en el artículo sobre plantas exóticas.

En resumen

Cactáceas americanas y euforbias africanas se parecen porque resolvieron el mismo problema por separado, y se distinguen por las areolas, por la flor y por el látex, que en las euforbias es irritante y exige guantes. Hay cactus de selva húmeda y de alta montaña, y hay desiertos enteros poblados por efímeras, arbustos resinosos y freatofitas sin una gota de suculencia. El CAM explica que estas plantas gasten poquísima agua y crezcan despacio. Y en un jardín español lo que las mata no suele ser el termómetro sino el agua parada en invierno: montículo, sustrato mineral, grava en el cuello y ni un riego de noviembre a marzo.


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