Un acuario sin calentador no es un acuario tropical al que le falta un aparato. Es otro sistema, con otra química, otro ritmo biológico y otra lista de plantas, y tratarlo como si fuera lo mismo unos grados por debajo es la razón por la que tantos montajes de agua fría terminan con el fondo lleno de restos deshechos.
Qué se entiende por agua fría
En acuariofilia, agua fría significa un acuario que se mantiene a temperatura ambiente, aproximadamente entre 15 y 22 °C, sin termocalentador. No es agua helada: es el rango de un salón español sin calefacción intensa.
Conviene invertir el problema habitual: en un acuario de agua fría el enemigo no es el invierno, es el verano. Un salón en Sevilla, en Murcia o en Zaragoza en agosto pone el acuario a 28 o 30 °C, y ahí es donde se pierden los peces y las plantas de este grupo. El agua caliente disuelve menos oxígeno justo cuando el metabolismo de todos los organismos se acelera. Las soluciones son de sentido común: colocar el acuario en la habitación más fresca y menos soleada, subir la tapa para favorecer el intercambio, un ventilador de clip soplando sobre la superficie —que baja dos o tres grados por evaporación, a costa de rellenar agua— y no sobrepoblar.
La fauna típica de este rango son Carassius auratus y sus variedades, Tanichthys albonubes, Danio rerio, los gambarios Neocaridina davidi y, en la banda alta, Danio margaritatus, la rasbora galaxy, que está cómoda entre 20 y 24 °C.
El carassius merece un aviso propio, porque condiciona la vegetación: es un pez grande, que necesita volumen —a partir de un centenar de litros para una pareja—, que remueve el sustrato y que se come las plantas blandas. En un acuario con carassius solo sobreviven las de hoja dura y las fijadas a roca o tronco.
Las que prosperan de verdad por debajo de 22 °C
Anubias barteri var. nana. La más agradecida. Crece sobre roca o madera, atada con hilo de algodón o pegada con cianoacrilato, y su regla es tajante: el rizoma no se entierra nunca, porque se pudre. Cómoda entre 15 y 28 °C, con poca luz. Su inconveniente es la lentitud: las hojas viejas acumulan algas y hay que retirarlas.
Microsorum pteropus, el helecho de Java. Mismo sistema de fijación y misma prohibición de enterrar el rizoma. Se multiplica solo, emitiendo plantitas adventicias en el borde de las hojas viejas, que se desprenden y se fijan por su cuenta.
Taxiphyllum barbieri y Vesicularia dubyana, los musgos de Java. Toleran de 15 a 28 °C, sirven de refugio a las crías de gamba y solo piden que se les recorte de vez en cuando.
Fontinalis antipyretica. Un musgo genuinamente de agua fría, de arroyos europeos. A diferencia de los anteriores, este necesita permanecer por debajo de 20 °C y agradece corriente; en un acuario tibio se deshace. Es la especie que de verdad exige acuario frío en lugar de simplemente tolerarlo.
Vallisneria spiralis. Cintas largas que forman fondo, se propaga por estolones y aguanta de 15 a 28 °C. Necesita algo más de luz que las anteriores y no le gusta el corte de las hojas por la mitad, que le provoca podredumbre desde la punta.
Cryptocoryne wendtii. Tolera de 18 a 28 °C y es de las pocas de sustrato que van bien en frío. Al plantarla suele producirse el famoso desmoronamiento —las hojas se disuelven a las dos semanas—; no está muerta: rebrota desde el rizoma si no se toca.
Ceratophyllum demersum. Flotante, sin raíces, europea, tolerante al frío y muy eficaz consumiendo nitratos. Útil para arrancar un acuario nuevo.
Cardamine lyrata, de hoja redonda en tallos ondulantes, y Eleocharis acicularis, que forma una pradera fina y lenta, completan una lista corta pero suficiente. Sagittaria subulata funciona bien entre 16 y 26 °C como alternativa a la vallisneria en acuarios bajos.
Las tropicales que se venden como si fueran de acuario
Aquí está el fallo que más plantas arruina, y tiene dos versiones distintas.
Plantas que no son acuáticas en absoluto. En tiendas de acuariofilia y en grandes superficies aparecen sumergidas especies que son terrestres y que sencillamente se pudren bajo el agua en unas semanas, ensuciando el acuario mientras se descomponen. Las habituales: Dracaena sanderiana, el mal llamado bambú de la suerte; Chlorophytum; Syngonium; Aglaonema; Ophiopogon japonicus; Fittonia; Hemigraphis; Spathiphyllum. La regla de bolsillo funciona: si tiene aspecto de planta de salón, es una planta de salón.
Acuáticas verdaderas pero de aguas cálidas. Este es el error específico del acuario de agua fría. Buena parte del surtido de un escaparate de acuariofilia procede del sudeste asiático y de Sudamérica y trabaja entre 24 y 28 °C: Rotala rotundifolia, Alternanthera reineckii, Ludwigia, Hemianthus callitrichoides, la mayoría de Echinodorus —incluido el 'Barthii', que aguanta pero no luce por debajo de 22 °C— y Cryptocoryne de las especies más delicadas. A 17 o 18 °C no mueren de golpe: dejan de crecer, pierden hojas de abajo arriba y se cubren de algas, y en dos o tres meses no queda nada.
Hay un tercer fenómeno que se confunde con la muerte y no lo es. La mayor parte de las plantas de acuario se cultivan en vivero de forma emergida, fuera del agua, porque crecen más deprisa. Al sumergirlas, esas hojas aéreas se deshacen y la planta emite hojas nuevas de morfología acuática. El desmoronamiento inicial es normal: se retira lo que se disuelve y se espera.
Luz y CO2 cuando el agua está fría
La temperatura gobierna la velocidad de las reacciones. A 18 °C una planta acuática fotosintetiza y consume nutrientes mucho más despacio que a 26, y eso reordena todo el equipo.
Luz moderada y fotoperiodo corto. Con las especies de esta lista basta una pantalla LED de bajo consumo, del orden de 0,3 a 0,5 vatios por litro, encendida seis u ocho horas. Más luz sobre plantas lentas no produce más planta: produce algas, porque la luz sobrante la aprovechan ellas.
El CO2 inyectado no hace falta. Anubias, helecho de Java, musgos, vallisneria y criptocorinas viven perfectamente con el carbono que aportan la respiración de los peces y el intercambio con la atmósfera. Además, el agua fría disuelve más gas: un acuario a 18 °C retiene más CO2 que uno a 27 con la misma aportación. Si aun así se inyecta, hay que vigilar el pH, porque una sobredosis en agua fría baja el pH más deprisa de lo previsto.
Abonado mínimo. Micronutrientes líquidos a media dosis una vez por semana y pastillas de raíz para criptocorinas y espadas. Con carassius, la carga orgánica ya aporta nitrógeno y fósforo de sobra, y añadir más solo alimenta algas.
La lentitud, que aquí juega a favor
Un acuario frío bien plantado exige mucho menos trabajo que uno tropical. No hay poda semanal: se recorta el musgo cada dos o tres meses y poco más. No hay botella de CO2 ni difusor que revisar. El consumo eléctrico se reduce a la luz y al filtro, sin calentador funcionando en invierno. Y las plantas duran años: una anubias bien fijada puede estar en la misma piedra media década.
La contrapartida es que el sistema tarda en corregirse. Un episodio de algas o un exceso de nutrientes no se compensa con un tirón de crecimiento, porque las plantas no lo tienen. Por eso la disciplina de agua fría es preventiva: alimentar poco, cambiar entre el 20 y el 30 % del agua cada semana y no forzar la luz.
Ni del río al acuario, ni del acuario al río
Esta parte no es un consejo de estilo, es una cuestión legal y ambiental, y va en las dos direcciones.
No se recogen plantas de ríos, charcas ni acequias. Con ellas entran hidras, planarias, larvas de libélula, caracoles portadores de trematodos y patógenos de peces silvestres, y el acuario se contamina de una vez. Además, en espacios naturales protegidos la recolección está prohibida, y muchas poblaciones acuáticas españolas son frágiles o están amenazadas.
Y jamás se vierte una planta de acuario a un cauce, ni a una acequia, ni al desagüe, ni al váter. Un fragmento de pocos centímetros de muchas acuáticas regenera una planta entera, y de ahí a colonizar un embalse hay un paso. En España el caso paradigmático es Egeria densa, incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y con la tenencia y el comercio restringidos: su historia y sus efectos están contados en el artículo sobre la Egeria densa.
No es la única. El Reglamento europeo sobre especies exóticas invasoras prohíbe mantener, comerciar y transportar, entre otras acuáticas de acuario y estanque, Lagarosiphon major, Elodea nuttallii, Cabomba caroliniana, Myriophyllum aquaticum, Ludwigia grandiflora e Hydrocotyle ranunculoides. Antes de comprar una planta acuática conviene comprobar el nombre científico y no fiarse del nombre comercial.
La eliminación correcta de los excedentes es sencilla: se dejan secar al sol dentro de una bolsa hasta que estén completamente deshidratados y se tiran a la basura, o se compostan una vez secos. Nunca en verde y nunca cerca de agua.
En resumen
El acuario de agua fría trabaja entre 15 y 22 °C sin calentador, y su verdadero problema es el calor de agosto, no el invierno. Prosperan ahí Anubias barteri var. nana, Microsorum pteropus, los musgos de Java, Fontinalis antipyretica —que exige de veras menos de 20 °C—, Vallisneria spiralis, Cryptocoryne wendtii, Ceratophyllum demersum, Cardamine lyrata y Eleocharis acicularis. Fracasan las plantas de salón vendidas sumergidas y las acuáticas tropicales de 24 a 28 °C, que se apagan en pocos meses. Con luz moderada, fotoperiodo de seis a ocho horas y sin CO2 inyectado basta, y la lentitud del conjunto reduce el mantenimiento a cambio de dejar poco margen de corrección. Ni se recogen plantas del medio natural ni se devuelve nada al agua: el caso de Egeria densa explica por qué.