En enero, cuando el jardín de secano está en su momento más pobre y las herbáceas han desaparecido bajo tierra, Phlomis fruticosa sigue ahí: un volumen gris de un metro largo, denso, con las inflorescencias del año anterior secas y erguidas por encima del follaje. Esa permanencia invernal es su mayor virtud como planta de jardín, por delante incluso de la floración amarilla que le da nombre.

Mata de Phlomis fruticosa en flor

No es una salvia

Empecemos por deshacer el equívoco, porque el nombre comercial de salvia de Jerusalén o salvia amarilla lleva a confusión. Phlomis y Salvia son géneros distintos dentro de la misma familia, las lamiáceas, junto al romero, el tomillo, la lavanda y la menta. Comparten el tallo de sección cuadrada, las hojas opuestas y la flor bilabiada, y ahí termina el parecido.

La diferencia decisiva está en los estambres. Salvia tiene dos, con un conectivo alargado que funciona como una palanca articulada: el insecto empuja la parte baja al entrar y la superior le golpea el dorso con las anteras. Phlomis tiene cuatro, sin ningún mecanismo, alojados bajo el labio superior en capucha. Además, en Phlomis las flores se agrupan en verticilos apretados y bien separados a lo largo del tallo, mientras que en la mayoría de las salvias se disponen en espigas más continuas.

Lo de Jerusalén tampoco procede: la especie es del Mediterráneo oriental —Grecia, Albania, Turquía, sur de Italia, Sicilia, Creta— y no del Levante bíblico. Un nombre confuso no invalida la planta, pero conviene saber que quien busque el aroma o el uso culinario de la salvia verdadera aquí no lo va a encontrar. La hoja de Phlomis huele, pero a un verde herbáceo y ligeramente amargo, sin ninguna aplicación en cocina.

Cómo es la mata

Arbusto perennifolio de porte redondeado, entre ochenta centímetros y metro y medio de alto por otro tanto o más de ancho, con crecimiento bastante rápido en los primeros años. La estructura es leñosa desde la base y bien ramificada.

La hoja tiene mucho que ver con su éxito: ovada a oblonga, de cinco a diez centímetros, gruesa, rugosa, con el margen ondulado y crenado, y cubierta por ambas caras de una densa capa de pelos estrellados que le da un color verde grisáceo apagado y un tacto de fieltro. Ese tomento es un sistema de ahorro de agua: retiene una capa de aire húmedo pegada a la superficie, reduce la transpiración, refleja parte de la radiación y amortigua el efecto desecante del viento.

Las flores aparecen de mayo a julio, agrupadas en verticilos globosos de veinte o treinta flores, encajados en las axilas de las hojas superiores y separados por tramos desnudos de tallo, de manera que la inflorescencia parece una serie de pompones amarillos ensartados. Cada flor mide unos tres centímetros, es de un amarillo intenso, con el labio superior curvado en casco y peludo, y el inferior trilobulado.

Tras la floración, los cálices se lignifican y permanecen en la planta convertidos en estructuras secas de color canela con forma de estrella, muy resistentes al viento y a la lluvia, que se sostienen hasta bien entrado el invierno.

Sequía, viento y frío: sus límites

Sequía. Una vez establecida —dos veranos con riegos de apoyo— soporta el estiaje mediterráneo sin ningún aporte de agua, incluidos veranos largos de interior. En un jardín de bajo consumo se puede plantar sin previsión de riego permanente, algo que muy pocos arbustos de floración generosa permiten.

Viento y salinidad. Aguanta el viento constante y tolera bastante bien el ambiente marítimo, con la salvedad de la salpicadura directa de agua salada. Es una de las opciones sensatas para primera línea de jardín costero, en el papel de mata que corta el viento a media altura.

Frío. Aquí está el límite. Resiste en torno a −10 °C, algo más en suelo perfectamente drenado y en ejemplares maduros. Por debajo de esa cifra sufre daños en la parte aérea, y lo que la mata de verdad no es el frío seco sino la combinación de frío y suelo empapado en invierno. En la mitad norte peninsular y en el interior de meseta hay que elegir muy bien el sitio; en el litoral mediterráneo, en Andalucía, en Levante y en Baleares se comporta sin problemas.

Suelo. Pobre, pedregoso, calizo o neutro, y drenante por encima de cualquier otra consideración. En terrenos arcillosos, plantar sobre caballón elevado. No necesita abonado; con fertilidad alta crece blanda, se abre por el peso y florece peor.

Sol. Pleno, todo el día. En sombra parcial se descompone la forma, se alarga entre nudos y se pierde el tomento que le da el color gris.

El papel estructural en el jardín seco

Un jardín mediterráneo bien hecho se juzga en invierno, no en mayo. Muchas de las plantas que lo llenan en primavera —las herbáceas, los bulbos, las gramíneas de estación cálida, las anuales de resiembra— desaparecen o se reducen a nada entre noviembre y marzo, y si no hay quien sostenga el volumen, lo que queda es un solar con manchas.

Phlomis fruticosa resuelve exactamente ese problema. Es un arbusto de masa media, del tamaño justo para articular un macizo sin dominarlo, que conserva todo su follaje en invierno y aporta el gris más luminoso de la paleta de secano, un tono que además hace de mediador entre los verdes oscuros del mirto o el laurentino y las gramíneas rubias.

Se usa bien de tres maneras. Repetida a intervalos a lo largo de un macizo largo, marca un ritmo visual que da coherencia al conjunto. En grupos de tres o cinco pies, forma una masa gris continua que funciona como fondo de floraciones más finas. Y como pieza suelta en primer plano de grava, sostiene la composición con su silueta redondeada.

Acompaña bien a lavandas, Santolina, Euphorbia characias, Stipa tenuissima, Perovskia, salvias arbustivas, romeros rastreros y bulbos mediterráneos plantados a sus pies. Conviene darle sitio desde el principio: plantada a menos de un metro veinte de sus vecinas acabará tapándolas.

Entre sus parientes hay alternativas útiles. Phlomis purpurea, el matagallo, es especie ibérica de flor rosa malva, perfectamente adaptada al sur peninsular. P. italica, balear, es más compacta y de flor rosa pálida. P. lychnitis, la candilera, es una mata baja amarilla de secano castellano. Y P. russeliana es herbácea, rizomatosa y tapizante, con las mismas flores amarillas en verticilos pero otro comportamiento.

Verticilos de flores amarillas de la salvia de Jerusalén

La poda: cuándo, cuánto y hasta dónde

Sin poda, la planta se degrada de forma previsible: las ramas se alargan, la mata se abre por el peso, aparece un hueco en el centro y la floración se desplaza a las puntas. Con poda anual dura décadas manteniendo la forma.

El momento. En cuanto termina la floración, entre finales de junio y julio. Ese calendario tiene un motivo fisiológico: la planta forma en verano y otoño la madera que florecerá al año siguiente, de modo que podar en ese momento le deja toda la segunda mitad de la estación para reconstruir brotes con yemas florales. Podar en invierno o en primavera equivale a cortar la floración del año.

Hasta dónde. El corte se hace sobre ramas que lleven hojas, retrocediendo hasta un par de nudos foliados, y ahí se para. La razón está en cómo distribuye esta especie sus yemas latentes: se concentran en la axila de las hojas vivas, y la madera vieja del interior de la mata, gruesa, gris y desnuda, ha perdido esa reserva. Un corte que entre en esa zona no rebrota, deja un muñón seco permanente y abre un hueco que ya no se cierra. Es un comportamiento común a buena parte de las lamiáceas leñosas mediterráneas.

Cuánto. Basta con eliminar los tallos florales agotados y rebajar el conjunto lo suficiente para devolverle la forma de cúpula, sin llegar nunca al leño desnudo. Se hace todos los años; una mata podada con regularidad no necesita intervenciones drásticas.

Si ya está abierta y desnuda por dentro, la recuperación es difícil y no siempre sale. La vía menos arriesgada es escalonar el rejuvenecimiento en dos o tres años, rebajando cada verano una parte de la mata hasta la zona foliada más baja que exista, y aceptar que si no queda hoja en la base la única solución es sustituir el ejemplar. Se planifica reposición, no rescate.

Las inflorescencias secas. Aquí hay que decidir. Si interesa el interés invernal —y esos cálices en estrella, con escarcha o a contraluz de una tarde de diciembre, lo tienen— se deja una parte de los tallos florales sin cortar, se recorta solo el resto de la mata para mantener la forma, y se limpian esos tallos secos en febrero, antes de la brotación. Es un compromiso perfectamente compatible con la poda de verano.

Multiplicación. Por esqueje semileñoso de doce a quince centímetros a finales de verano, en sustrato arenoso y a la sombra, con buen porcentaje de arraigo. También por semilla, que germina bien en otoño, y en ocasiones se resiembra sola en el jardín. La división no procede en un arbusto leñoso de este tipo.

Abejorros y otros visitantes

La flor de Phlomis está construida para insectos grandes y pesados. El labio superior en casco cubre estambres y estigma, el tubo es ancho y profundo, y el labio inferior sirve de plataforma de aterrizaje robusta. Ese diseño excluye a los polinizadores pequeños y favorece a los abejorros del género Bombus, que entran de cuerpo entero, empujan la corola y salen con polen en el dorso.

La cantidad importa tanto como la forma. Cada verticilo concentra decenas de flores en un punto y una mata adulta lleva varias decenas de verticilos abiertos a la vez en junio, de modo que un abejorro puede recolectar largo rato sin cambiar de planta, lo que le ahorra desplazamientos y energía. En un jardín de secano en pleno junio, con el pasto ya agostado, es una de las despensas disponibles.

La visitan también abejas melíferas y de gran tamaño, xilocopas —esas abejas negras y grandes de vuelo ruidoso— y algún lepidóptero de probóscide larga. Los cálices secos, además, sirven de refugio invernal a pequeños invertebrados, un argumento más para no dejar la mata pelada en noviembre.

En resumen

Phlomis fruticosa es un arbusto perennifolio de las lamiáceas, originario del Mediterráneo oriental, de hoja gris tomentosa y flores amarillas en verticilos globosos entre mayo y julio. No es una salvia: pertenece a otro género, tiene cuatro estambres en lugar de dos y carece del mecanismo de palanca de Salvia. Necesita sol pleno y suelo pobre y drenante, aguanta el estiaje sin riego una vez establecida y tolera bien el viento y el ambiente costero, con el límite en torno a −10 °C y con el frío húmedo invernal como principal causa de pérdida. Su valor de diseño está en el volumen gris que sostiene el macizo en invierno, cuando las herbáceas del jardín seco desaparecen, y en los cálices secos en estrella que quedan como interés estacional hasta febrero. Se poda justo al acabar la floración, cortando siempre sobre ramas con hojas y sin llegar al leño desnudo del interior, que carece de yemas latentes y no rebrota. Y su flor, ancha y protegida por un labio en casco, está hecha a la medida de los abejorros.


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