Lo que un niño deshoja pétalo a pétalo creyendo que es una flor son en realidad un centenar de flores completas, y ninguna de ellas es un pétalo. La margarita de los prados, Bellis perennis L., es una lección de botánica que crece sola en el césped y que se arranca sin mirarla. Merece un examen más atento, empezando por lo que ocurre en su centro amarillo.
El capítulo, desmontado
Bellis perennis pertenece a las compuestas o asteráceas, la familia más numerosa de las plantas con flor, y su rasgo definitorio es precisamente este: lo que parece una flor es una inflorescencia, un capítulo, formado por muchas flores diminutas apretadas sobre un receptáculo común y rodeadas de un involucro de brácteas verdes que hace las veces de cáliz.
Dentro de ese capítulo hay dos clases de flores, y su reparto es lo que produce el aspecto de margarita.
Las flores liguladas ocupan el borde. Cada una de las «lengüetas» blancas —a menudo con el envés teñido de rosa o carmín— es una flor entera: una corola de cinco pétalos soldados y extendidos en una sola dirección, con su ovario en la base. Son femeninas, con estilo y estigma funcionales pero sin estambres. Su papel es publicitario: hacer visible el conjunto desde lejos y guiar al insecto hacia el centro.
Los flósculos forman el disco amarillo. Cada punto de ese botón es una flor tubular diminuta, con la corola soldada en un tubo de cinco dientes, cinco estambres cuyas anteras forman un cilindro alrededor del estilo, y un ovario inferior. Estas sí son hermafroditas, y son las que producen la mayor parte de la semilla.
Un capítulo de Bellis reúne típicamente entre 15 y 60 flores liguladas y bastante más de un centenar de flósculos. La calificación de «flores perfectas» que a veces se le aplica se refiere en botánica a los flósculos, que tienen los dos sexos en la misma flor, y no al conjunto del capítulo.
La maduración de los flósculos no es simultánea: avanza desde el borde exterior hacia el centro a lo largo de varios días, de modo que un mismo capítulo ofrece polen fresco durante bastante tiempo y escalona la fecundación. Y en cada flósculo, las anteras liberan el polen antes de que el estigma de esa misma flor sea receptivo —protandria—, lo que favorece el cruce entre plantas distintas.
El fruto es un aquenio, pequeño, comprimido y con pelillos, sin vilano, que se dispersa poco lejos: rueda, se pega a las patas o viaja con el agua de escorrentía y con la máquina de segar.
Abrir de día, cerrar de noche
La margarita cierra sus liguladas al anochecer y las vuelve a abrir con la luz de la mañana; también se cierra durante los chubascos y en días muy encapotados. Ese movimiento se llama nictinastia, y es un movimiento nástico: la dirección de la respuesta la determina la estructura de la planta y no la dirección del estímulo, a diferencia de los tropismos.
El mecanismo es un cambio de turgencia. En la base de cada lígula hay células que ganan o pierden agua siguiendo el bombeo de iones potasio, y la diferencia de presión entre la cara superior y la inferior curva la lengüeta hacia dentro o hacia fuera. El ritmo está gobernado por el reloj circadiano interno, que se sincroniza con la luz: aislada en oscuridad continua, la planta sigue abriendo y cerrando durante algunos ciclos.
La función es doble y bastante evidente: proteger el polen y los órganos reproductores de la lluvia, del rocío nocturno y del frío, y no mantener un escaparate abierto en las horas en que no hay polinizadores volando. El nombre inglés de la planta, daisy, viene de day's eye, el ojo del día, por este comportamiento.
Por qué el cortacésped no acaba con ella
Aquí está la clave de su éxito en cualquier zona verde pisada y segada, y la razón por la que resiste tratamientos que eliminan otras hierbas.
Bellis perennis es una hemicriptófita en roseta. Todas sus hojas —espatuladas, de 1 a 6 cm, con el borde algo dentado o crenado y estrechadas en un pecíolo alado— salen directamente del cuello de la planta, a ras de suelo, dispuestas en círculo y apretadas contra la superficie. No hay tallo con hojas: el único tallo es el escapo floral, desnudo, que se levanta de 5 a 15 cm y sostiene un solo capítulo.
De esa arquitectura se derivan tres ventajas.
La yema de crecimiento está a nivel del suelo, protegida entre las hojas y por debajo de la altura de corte de cualquier cortacésped. Se puede segar la parcela entera sin tocarla. Lo único que se lleva la máquina son los escapos florales, que la planta repone.
La roseta aplastada resiste el pisoteo. Las hojas son flexibles y coriáceas, quedan tumbadas contra el suelo y no ofrecen palanca para romperse. Además tolera bien el suelo compactado, que es donde muchas gramíneas finas se debilitan y dejan hueco.
Rebrota y se extiende por estolones cortos y rizomas, formando colonias densas a partir de un solo pie. Aunque desaparezca la parte visible, el cuello vuelve a emitir hojas.
Se añaden dos rasgos más. Es perenne —el epíteto perennis no está de adorno— y florece en un rango amplísimo, prácticamente de febrero a noviembre en clima suave, con máximos en primavera y un repunte en otoño; en el litoral mediterráneo y en el sur puede encontrarse en flor incluso en pleno invierno. Y crece en semisombra tan bien como a pleno sol, lo cual la sitúa también bajo el arbolado del jardín.
Prefiere suelos frescos, algo compactados, de fertilidad media, con pH neutro o ligeramente ácido, y aguanta mal la sequía prolongada de verano en secano, momento en que reduce su actividad y espera.
Un cambio de enfoque: del césped limpio al césped florido
La margarita figura desde hace décadas entre las «malas hierbas de dicotiledóneas» del césped ornamental, y el manual clásico manda eliminarla. Vale la pena revisar ese planteamiento, porque el coste de mantenerlo es alto y el beneficio, discutible.
Lo primero: la margarita indica algo. Se instala donde el césped está ralo, el suelo compactado, la siega demasiado baja o la fertilización escasa. Aparece porque hay hueco. Un césped denso, bien aireado y segado a la altura correcta la contiene solo por competencia. Atacar la planta sin corregir la causa es una tarea que se repite todos los años.
Lo segundo: lo que aporta. Su floración, larguísima y muy temprana, ofrece néctar y polen accesible en febrero y marzo, cuando la oferta floral es escasa y las abejas solitarias, los abejorros y los sírfidos están arrancando. Su capítulo es de acceso fácil, sin corola profunda, lo que lo hace aprovechable por insectos de lengua corta que no pueden entrar en flores tubulares. Los estudios sobre céspedes de siega reducida coinciden en que la presencia de Bellis y Trifolium repens multiplica la fauna polinizadora de la parcela.
Y añade servicios menos evidentes: mantiene cubierto el suelo donde la gramínea no llega, resiste el pisoteo en zonas de paso, y no exige riego ni abonado propio.
Lo tercero: qué cuesta la alternativa. Mantener un césped monoespecífico impecable exige siega semanal muy baja, fertilización periódica, riego generoso en verano y, para eliminar dicotiledóneas, herbicidas selectivos hormonales, cuyo uso en jardinería particular está progresivamente restringido en España y en la Unión Europea. Es un régimen caro en agua y en trabajo, y en el clima de la mayor parte del país resulta discutible.
La alternativa razonable es el césped florido o pradera de bajo mantenimiento: una mezcla de gramíneas con dicotiledóneas de porte bajo —margarita, trébol blanco, Prunella vulgaris, Achillea millefolium, Lotus corniculatus, Veronica— segada más alta y con menos frecuencia. En la práctica: subir la altura de corte a 5-7 cm, espaciar las siegas, dejar sin segar algunas zonas durante la floración de primavera, y renunciar a los herbicidas selectivos. El resultado es una superficie verde utilizable, más resistente a la sequía porque la mezcla es más diversa, con flor durante gran parte del año y sensiblemente más barata de mantener.
No es un planteamiento universal: un green de golf o una pista deportiva tienen requisitos que esto no cubre. Para el jardín de una casa, sí.
Si aun así se quiere reducir su presencia sin química, funciona el escarificado en primavera, que arranca rosetas y estolones, seguido de resiembra y de un abonado nitrogenado que favorezca a las gramíneas; y la extracción manual con un desherbador de raíz en poblaciones pequeñas, sacando el cuello entero, porque un trozo de rizoma rebrota.
Los cultivares de jardín
La misma especie tiene una carrera ornamental que empezó hace siglos y que ha producido plantas de aspecto muy distinto al silvestre. Se venden en otoño e invierno para plantación de temporada, y se emplean en macizos, borduras, jardineras y bajo arbolado.
Las series comerciales habituales son Pomponette, con capítulos muy dobles, esféricos y de lígulas tubuladas, de 2-3 cm; Tasso, similar pero más compacta y de flor más grande; Habanera, con lígulas largas y algo despeinadas; y Galaxy o Bellissima, de porte enano. Los colores van del blanco al rosa, al rojo y al carmín, con formas bicolores.
El rasgo compartido de las variedades dobles es que el capítulo ha convertido casi todos los flósculos en lígulas. Esto tiene una consecuencia que conviene decir: al perder los flósculos se pierde el polen y el néctar accesible, de manera que estas variedades tienen poco o ningún valor para los polinizadores. La forma silvestre y las semidobles sí lo conservan.
En cultivo se tratan como bienales: se siembran en verano, se plantan en otoño, florecen de finales de invierno a primavera y se retiran al llegar el calor, porque degeneran con las temperaturas altas y pierden el porte compacto. Quieren suelo fresco con materia orgánica, riego regular sin encharcar, sol o semisombra —en el sur, mejor semisombra— y retirada de flores marchitas para prolongar la floración. Multiplicación por semilla en julio y agosto, en semillero con temperatura de 18-20 °C, o por división de mata en otoño.
Comestible, y qué conviene saber
Las hojas jóvenes y los capítulos de Bellis perennis son comestibles. Las hojas tiernas de la roseta, recogidas antes de la floración, tienen un sabor ligeramente amargo con un fondo a avellana y se usan en ensalada, mezcladas con otras hojas para que el amargor no domine. Los capítulos se emplean como adorno comestible en platos y ensaladas, y los botones florales cerrados se han encurtido tradicionalmente en vinagre a modo de alcaparras. Con el avance de la temporada las hojas se vuelven más amargas y más coriáceas.
Tres cautelas razonables, ninguna alarmante. La primera, el sitio: no se recoge de céspedes tratados con herbicidas o insecticidas, de bordes de carretera, de parques con paso de perros ni de zonas fertilizadas con purines. La segunda, la identificación, que en este caso es sencilla porque la roseta basal de hojas espatuladas y el capítulo solitario sobre escapo desnudo son inconfundibles; aun así, la regla de no comer nada silvestre sin estar seguro de la especie no admite excepciones. Y la tercera, la moderación: pertenece a las compuestas, y quien tenga alergia a esta familia —artemisia, crisantemo, manzanilla— puede reaccionar por sensibilidad cruzada.
En medicina popular europea se usó como vulneraria para golpes y contusiones, de donde le vinieron nombres como bruisewort, y también en preparados para la tos. La investigación disponible se limita a estudios de laboratorio sobre saponinas y flavonoides de la planta, con actividad antiinflamatoria y antioxidante observada in vitro; no hay ensayos clínicos que respalden un uso terapéutico. La tradición documenta un uso, no una eficacia demostrada, y de aquí no se sigue ninguna recomendación de tratamiento. Cualquier uso con esa intención, y especialmente si hay medicación de por medio, embarazo o lactancia, se consulta antes con el médico o el farmacéutico.
En resumen
Bellis perennis no tiene una flor, tiene un capítulo: las lígulas blancas del borde son flores femeninas completas y el disco amarillo está formado por flósculos tubulares hermafroditas, que maduran del exterior al centro y liberan el polen antes de ser receptivos.
Cierra sus lígulas de noche y con lluvia por nictinastia, un movimiento de turgencia gobernado por el reloj circadiano que protege el polen y ahorra escaparate cuando no hay polinizadores.
Su roseta basal mantiene la yema de crecimiento a ras de suelo, por debajo de la altura de cualquier cortacésped, y sus hojas tumbadas resisten el pisoteo; se extiende además por estolones cortos. Por eso el césped segado no la elimina.
Aparece donde el césped está ralo o el suelo compactado, de modo que indica una causa antes que constituir un problema. Aporta néctar y polen accesibles desde febrero, cubre suelo y no pide riego ni abono, argumentos para integrarla en un césped florido segado a 5-7 cm en lugar de combatirla con herbicidas.
Los cultivares dobles de las series Pomponette, Tasso o Habanera se cultivan como bienales de otoño a primavera, y al haber transformado sus flósculos en lígulas apenas ofrecen recurso a los polinizadores.
Hojas jóvenes y capítulos son comestibles, con sabor amargo y matiz a avellana, siempre que procedan de una zona sin tratamientos. Su uso tradicional como vulneraria no cuenta con respaldo clínico y no sustituye ninguna consulta médica.