Mucho antes de llegar a los viveros con la etiqueta de sustituta del césped, esta hierba rastrera ya crecía sola en las orillas del Guadalquivir, en los saladares del Levante, en las cunetas que se encharcan en invierno y en los arenales del Delta del Ebro. Es una planta de suelos húmedos y salobres que aprendió hace mucho a vivir pisoteada, inundada y después seca, y todo lo que hace en un jardín deriva de esa biografía. Conviene conocerla como planta antes de decidir si conviene o no plantarla.
De Lippia a Phyla: por qué le cambiaron el nombre
El nombre que corresponde hoy a esta especie es Phyla nodiflora (L.) Greene, dentro de la familia Verbenaceae. Los binomios Lippia nodiflora y Lippia repens, que siguen figurando en catálogos comerciales y en sacos de semilla, son sinónimos en desuso.
El cambio no es un capricho de nomenclatura. Linneo describió la planta en 1753 como Verbena nodiflora; después se llevó al género Lippia, creado para un conjunto amplio de verbenáceas americanas y africanas, y a finales del siglo XIX Edward Greene separó de él el género Phyla apoyándose en caracteres florales concretos. La diferencia que sostiene la separación está en la inflorescencia: en Lippia cada bráctea de la espiga acoge varias flores y las espigas suelen ir agrupadas, mientras que en Phyla hay una sola flor por bráctea y la espiga es solitaria sobre un pedúnculo largo que sale de la axila de la hoja. A esto se suman el hábito rastrero y enraizante y un tipo de pelo característico del que se habla más abajo. Los estudios moleculares posteriores han confirmado que Phyla forma un grupo propio y que Lippia, tal como se entendía, era un cajón de sastre.
Aclarar esto tiene una utilidad práctica: el género Lippia sigue existiendo y agrupa plantas muy distintas de esta, como Lippia alba, un arbusto aromático americano. Y la hierba luisa, que muchos llaman todavía Lippia citriodora, es hoy Aloysia citrodora. Nada de eso tiene que ver con la tapizante que nos ocupa, más allá del apellido botánico compartido.
En español se la conoce como bellalfombra, hierba de la Virgen, lipia o simplemente lippia, y en el comercio se sigue vendiendo con el nombre antiguo.
Cómo es, de cerca
Es una herbácea perenne de base algo leñosa con el tiempo, completamente postrada, que forma un tapiz de 5 a 10 centímetros de altura, algo más si crece a la sombra o con exceso de agua.
Los tallos son delgados, tetrágonos —el borde marcado en cuatro aristas es un rasgo frecuente en las verbenáceas—, ramificados y de crecimiento estrictamente horizontal. Un solo tallo puede alcanzar el metro de longitud en una temporada.
Las hojas se disponen opuestas, sin apenas pecíolo, y miden de 1 a 3 centímetros. Su forma es la clave de identificación: espatuladas u obovadas, es decir, estrechas y cuneadas en la base y ensanchadas hacia la punta, con el margen entero en la mitad inferior y groseramente dentado o aserrado en la mitad superior. El color es verde algo grisáceo, y al mirarlas con lupa se aprecia lo que las cubre.
Los pelos malpigiáceos. Es el detalle bonito del asunto. Los tricomas de Phyla no son pelos simples clavados en la epidermis: están fijados por el centro y tienen dos brazos que se extienden en direcciones opuestas, pegados a la superficie, como una T tumbada o unas alas. Se los llama pelos malpigiáceos o medifijos. Ese tapizado de brazos entrecruzados es lo que da a la hoja su reflejo plateado, y cumple una función térmica e hídrica: refleja parte de la radiación y crea una capa de aire quieto sobre la epidermis que reduce la transpiración. Buena parte de la resistencia de esta planta al sol y a la sequía se decide ahí, en unas décimas de milímetro.
El nudo que echa raíces, que es su modo de existir
Cada nudo del tallo, allí donde se insertan las dos hojas opuestas, tiene capacidad de emitir raíces adventicias en cuanto entra en contacto con suelo húmedo. No hace falta enterrarlo ni herirlo: basta con que el tallo se apoye y haya humedad.
Ese carácter, que técnicamente convierte los tallos en estolones, define el comportamiento entero de la especie.
Crece por avance frontal y consolidación. El tallo se alarga, se apoya, arraiga en el nudo, y desde ese punto nuevo salen ramificaciones laterales que repiten la operación. El resultado no es una mata que engorda desde el centro, sino una red que ocupa superficie en todas direcciones y que se vuelve más densa con el tiempo. Un ejemplar aislado cubre alrededor de un metro cuadrado en una temporada favorable.
Es funcionalmente inmortal por fragmentación. Cualquier trozo de tallo con un nudo y algo de humedad se convierte en una planta independiente. Eso hace que se multiplique con una facilidad absurda, que sobreviva al pisoteo y al paso de maquinaria, y también que sea muy difícil de erradicar una vez instalada, porque cada fragmento que queda tras arrancarla vuelve a empezar.
Resiste la inundación y la enterradura parcial. En su hábitat natural, las crecidas la cubren de limo o de arena. Los nudos enterrados rebrotan y la planta sale por encima del sedimento nuevo. Es la misma razón por la que aguanta que le echen tierra encima en una obra.
La floración, anillo a anillo
Lo que parece una cabezuela globosa es en realidad una espiga muy condensada, sostenida por un pedúnculo fino de 2 a 6 centímetros que se levanta por encima del follaje desde la axila de una hoja. Mide menos de un centímetro de ancho y está cubierta de brácteas imbricadas como escamas, cada una con una flor en su axila.
Las flores no se abren a la vez. Lo hacen en anillos sucesivos que van ascendiendo desde la base de la espiga hacia el ápice, de modo que en un momento dado hay una corona de corolas abiertas en torno a un cono de brácteas todavía cerradas por arriba y de frutos ya formados por abajo. Ese anillo es la imagen característica de la planta, y explica el nombre inglés de frogfruit y varios nombres locales que aluden a una corona o a un botón.
Y hay una consecuencia morfológica que sorprende al observarla varias semanas: la espiga se alarga a medida que florece. Empieza siendo una bolita esférica y termina convertida en un cilindro de dos o tres veces esa longitud, porque el eje sigue creciendo por debajo del ápice mientras produce nuevas brácteas. Una misma inflorescencia puede estar activa un mes.
La corola es diminuta, de 2 a 4 milímetros, ligeramente bilabiada, con cuatro lóbulos desiguales, de color blanco a rosa lila y con la garganta amarilla o anaranjada. Esa mancha central es una guía de néctar, una señal dirigida al insecto que indica dónde está la recompensa. El fruto es un esquizocarpo minúsculo que se parte en dos núculas.
La floración se prolonga de mayo a octubre o noviembre en el litoral mediterráneo, prácticamente sin interrupción mientras haya calor y algo de agua, y puede extenderse todo el año en Canarias.
Una planta hecha para suelos húmedos y salinos
Su ecología natural explica sus virtudes de jardín mejor que cualquier ficha de cultivo.
Es freatófita. Vive donde la capa freática está cerca de la superficie: márgenes de río y de laguna, arrozales, acequias, depresiones que se encharcan en invierno, playas fluviales. Su raíz principal, más profunda de lo que sugiere el tamaño de la planta, alcanza humedad que las gramíneas superficiales no tocan, y eso es lo que le permite mantenerse verde en agosto con poco riego.
Tolera la sal. Es halófita facultativa: no necesita salinidad, pero la soporta en niveles que arruinan un césped convencional. Crece en saladares, en marismas y en el borde interior de dunas y playas, y aguanta el riego con agua salobre o con agua regenerada de mala calidad. Para jardinería litoral, donde el agua disponible suele ser dura y salina, ese rasgo vale mucho.
Aguanta la inundación temporal y después la sequía. Pocas plantas rastreras combinan las dos cosas. En verano seco entra en semilatencia, reduce hoja y pierde color; con la primera agua rebrota.
Es heliófila estricta. A la sombra se ahíla, alarga los entrenudos, deja de cerrar el tapiz y apenas florece. Ese es su límite real y no admite discusión.
Su distribución es pantropical y subtropical, en América, África, Asia, Oceanía y la cuenca mediterránea, lo que la sitúa entre las plantas de área más amplia del mundo. En la Península aparece de forma espontánea en el litoral mediterráneo, el valle del Guadalquivir, Extremadura, el Levante y Baleares, además de Canarias.
El asunto de las abejas
Una superficie florida de Phyla nodiflora puede reunir varios miles de inflorescencias por metro cuadrado a lo largo de la temporada, cada una con su corona de flores abiertas ofreciendo néctar accesible en corolas cortas. Esa combinación —néctar disponible para lenguas cortas, densidad enorme, floración continua de seis meses— la convierte en una fuente de alimento de primer orden para abejas melíferas, abejas solitarias, sírfidos y pequeños himenópteros, además de atraer mariposas.
Como recurso ecológico, es un argumento sólido a su favor y una de las razones por las que interesa en jardinería de bajo consumo hídrico: una alfombra de esta planta sostiene una comunidad de polinizadores que un césped de gramíneas segado no sostiene en absoluto.
La otra cara es de uso doméstico, y hay que decirla sin rodeos: una alfombra florida está llena de abejas a la altura del tobillo. Pisar descalzo sobre ella termina antes o después en una picadura, y en una zona de juego infantil, o en un jardín donde alguien tenga alergia al veneno de himenópteros, eso convierte a la planta en una mala elección. Quien la use como superficie transitable tendrá que renunciar a la flor mediante recortes periódicos, con lo que pierde a la vez el atractivo ornamental y el valor para los polinizadores. Es una decisión de proyecto que conviene tomar antes de plantar y no después.
Nativa, naturalizada, o las dos cosas
Su estatus en España es ambiguo por una razón entendible: al ser una especie de distribución mundial y de dispersión facilísima, distinguir las poblaciones antiguas de las recientes resulta complicado. Los tratamientos florísticos peninsulares la consideran generalmente nativa en el sur y el este, con presencia natural en marismas, arenales y bordes de agua, y su comportamiento allí es el de una especie más de la comunidad, no el de una invasora.
Fuera de esa área, y en particular hacia el interior y el norte, se comporta como naturalizada: escapa de plantaciones ornamentales, coloniza cunetas, alcorques, juntas de pavimento y márgenes de acequia, y se mantiene sin ayuda.
Distinto es el caso de su pariente Phyla canescens, de origen sudamericano, que se comercializa con los mismos nombres y a menudo se confunde con ella. Esta sí es una neófita clara en Europa, y en las llanuras aluviales de Australia figura entre las invasoras de humedal más problemáticas, porque desplaza a la vegetación ribereña, altera la estructura del suelo y favorece la erosión de las orillas. Se distingue de nodiflora por hojas más pequeñas y estrechamente cuneadas, con menos dientes, y por un porte algo más grisáceo. Para el uso de jardín las dos se comportan de forma parecida; para plantar junto a un río, una laguna o un espacio natural húmedo, la recomendación es sencilla: no plantar ninguna de las dos.
En resumen
La lippia de jardinería es Phyla nodiflora, verbenácea rastrera separada del género Lippia a finales del siglo XIX porque lleva una sola flor por bráctea y espigas solitarias. Sus hojas espatuladas y dentadas en la mitad superior van cubiertas de pelos malpigiáceos de dos brazos que le dan el tono plateado y reducen la transpiración; sus tallos tetrágonos enraízan en cada nudo, lo que la hace expansiva, resistente al pisoteo y prácticamente imposible de erradicar por fragmentos. La inflorescencia es una espiga condensada que florece en anillos ascendentes y se alarga de globosa a cilíndrica mientras dura. Es una planta de suelos húmedos y salinos, freatófita y halófita facultativa, heliófila estricta, con floración continua de mayo a octubre y un atractivo excepcional para abejas que la hace valiosa como recurso para polinizadores y desaconsejable como superficie para andar descalzo. En el sur y el este peninsular se considera nativa; fuera de ahí, naturalizada. Y conviene no confundirla con Phyla canescens, sudamericana e invasora de humedales.