La botánica arrastra desde el siglo XVIII una lista de inquilinos que ya no le pertenecen. Hongos, algas y líquenes se describieron, se herborizaron y se clasificaron dentro de ella durante doscientos años, y todavía hoy se estudian en facultades de biología vegetal y se venden en secciones de jardinería. La biología moderna los ha sacado del reino vegetal, en un caso de forma bastante drástica: los hongos están genéticamente más cerca de un caballo que de un rosal.
Este reordenamiento no es una curiosidad de taxónomos. Cambia cómo funciona el suelo de una maceta, qué hace un bioestimulante marino, por qué se calienta un montón de compost y qué se puede esperar de un tratamiento contra el verdín de un estanque.
Cómo acabaron todos en el mismo cajón
El criterio original era sencillo y visible: lo que no se mueve, es planta. Linneo dividió la naturaleza viva en Vegetabilia y Animalia, y todo lo que estaba quieto, tenía algo parecido a un cuerpo y no comía cazando fue a parar al primer grupo. Los hongos entraron con las plantas por tener paredes celulares rígidas, vida sésil y reproducción por esporas. Las algas, por hacer fotosíntesis. Los líquenes, por parecer plantas incrustadas en la piedra.
El siglo XX desmontó el esquema en tres empujones. Primero la microscopía electrónica, que reveló que la pared celular de un hongo no es de celulosa sino de quitina, el mismo polímero del exoesqueleto de un insecto. Después la bioquímica: los hongos almacenan reservas como glucógeno, igual que los animales, no como almidón. Y por último la filogenia molecular, en los años ochenta y noventa, que al comparar secuencias de ARN ribosómico situó a hongos y animales como grupos hermanos dentro de los opistocontos, llamados así por un rasgo compartido: la célula móvil, cuando existe, se impulsa con un único flagelo posterior, como un espermatozoide.
Hoy los reinos aceptados separan Plantae, Fungi y Animalia, mientras que lo que llamamos algas queda repartido entre varios linajes que ni siquiera forman un grupo natural.
Qué es un hongo
Un organismo heterótrofo: no fabrica su alimento, lo absorbe ya elaborado del medio. Digiere fuera y luego ingiere, secretando enzimas que descomponen la materia orgánica alrededor y absorbiendo después las moléculas resultantes por la pared. Su cuerpo habitual es el micelio, una red de filamentos microscópicos llamados hifas que crecen por el extremo y colonizan el sustrato. La seta es solo el órgano reproductor de algunas especies; el organismo, la mayor parte del tiempo, es la red invisible que hay bajo el suelo o dentro de la madera.
El micelio de un bosque maduro se mide en toneladas por hectárea, y es el responsable principal de que una hoja caída en octubre haya desaparecido en junio. Ningún otro grupo de seres vivos degrada la lignina con eficacia comparable.
Qué es una levadura
Un hongo que ha renunciado al micelio y vive como célula suelta, multiplicándose por gemación: la célula madre produce una yema que se estrangula y se separa. No es un grupo natural, sino una forma de vida que han adoptado por separado ascomicetos y basidiomicetos. Saccharomyces cerevisiae, la del pan y la cerveza, es el caso conocido; las Cyphobasidium de la corteza de los líquenes son basidiomicetos.
Su rasgo metabólico interesante es la capacidad de fermentar: en ausencia de oxígeno transforman azúcares en etanol y dióxido de carbono, obteniendo poca energía pero obteniéndola rápido y sin aire.
Qué es un alga
Aquí la respuesta honesta es que alga no es una categoría biológica, sino una descripción: organismo acuático que hace fotosíntesis y no tiene raíz, tallo ni hoja verdaderos. Bajo ese paraguas conviven cosas muy alejadas entre sí.
Las cianobacterias, mal llamadas algas verdeazuladas, son bacterias sin núcleo; fueron las que inventaron la fotosíntesis oxigénica y, por endosimbiosis, dieron origen a los cloroplastos de todo lo demás. Las algas verdes comparten con las plantas terrestres clorofilas a y b y almidón, y de un grupo suyo, las carofíceas, descienden literalmente todas las plantas terrestres. Las algas rojas tienen ficoeritrina y dominan en aguas profundas. Y las algas pardas —los grandes sargazos y laminarias— no pertenecen ni siquiera al mismo supergrupo que las plantas: son estramenopilos, emparentados con los mildius y los oomicetos, y adquirieron su cloroplasto en una endosimbiosis secundaria distinta.
De modo que llamar «alga» a la vez a Nostoc, a Chlorella y a Ascophyllum es tan preciso como llamar «bicho» a la vez a una mosca, a una lombriz y a un ratón.
Los hongos del suelo: micorrizas y descomponedores
La aplicación práctica más importante de todo esto está bajo tierra. En torno al 80 % de las especies vegetales terrestres viven asociadas a hongos micorrícicos, una relación que se remonta a los primeros vegetales que salieron del agua hace más de 400 millones de años.
El intercambio funciona así: el hongo extiende sus hifas por un volumen de suelo mucho mayor del que alcanza la raíz, y por su grosor —del orden de micras frente a décimas de milímetro— entra en poros que ninguna raíz puede explorar. Capta agua y, sobre todo, fósforo, el nutriente más inmóvil del suelo, y zinc y cobre. A cambio recibe de la planta entre el 10 y el 20 % de los azúcares que fotosintetiza.
Hay dos tipos que conviene distinguir. Las endomicorrizas arbusculares, del filo Glomeromycota, penetran en el interior de las células corticales de la raíz formando estructuras ramificadas de intercambio; son las de la mayoría de las hortalizas, frutales, vid, olivo, gramíneas y ornamentales. Las ectomicorrizas envuelven la raíz sin entrar en las células y son propias de pinos, encinas, robles, hayas, castaños, abedules y jaras: de ahí que los boletus, las amanitas, los níscalos y las trufas aparezcan siempre bajo determinados árboles y nunca en un huerto.
Qué significa esto para quien cultiva. El laboreo intenso rompe la red de hifas y hay que reconstruirla cada temporada. Un exceso de fósforo soluble desactiva la simbiosis: la planta deja de invertir azúcares en un socio que ya no le hace falta, y por eso en suelos muy abonados los inoculantes micorrícicos no dan respuesta. Los fungicidas sistémicos aplicados al suelo afectan también a estos hongos. Las brasicáceas —coles, rábanos, nabos— y las quenopodiáceas —remolacha, espinaca, acelga— no forman micorrizas arbusculares, así que un inóculo no les hace nada. Y un inoculante comercial rinde de verdad en trasplantes a suelo pobre, en restauración y en frutales jóvenes, no en un sustrato de turba fertilizado.
Levaduras en el compost, la fermentación y el suelo
Un montón de compost es una sucesión microbiana ordenada. En las primeras horas, con azúcares fáciles y abundantes, dominan bacterias mesófilas y levaduras que consumen esos azúcares y liberan calor. La temperatura sube y por encima de 45 °C toman el relevo bacterias termófilas y actinomicetos, que llevan el montón a 55-65 °C durante la fase de higienización. Cuando baja, en la maduración, vuelven a entrar hongos filamentosos, que son los únicos capaces de acabar con la lignina de las ramillas y las hojas duras: ese micelio blanco que aparece al voltear no es un problema, es el proceso funcionando.
Ahí está la razón por la que un montón solo de restos verdes y húmedos se pudre en lugar de compostarse: sin material leñoso ni oxígeno, los hongos no trabajan y quedan las bacterias anaerobias. El equilibrio de carbono y nitrógeno y el volteo existen para que la parte fúngica del proceso tenga sitio.
En cuanto a las levaduras propiamente dichas, su papel jardinero es limitado y conviene decirlo. Aceleran algo el arranque de la fermentación de restos vegetales y son las responsables de que un purín de frutas o una masa madre burbujeen. Los preparados caseros de levadura de panadería como abono no aportan nutrientes relevantes: lo que aportan es materia orgánica y una población microbiana efímera. Fuera del jardín su importancia es otra: pan, vino, cerveza, sidra y el chocolate y el café, que pasan por una fermentación previa a cargo de levaduras silvestres.
Algas: del extracto embotellado al verdín del estanque
Los bioestimulantes de algas del mercado se obtienen casi siempre de algas pardas, sobre todo Ascophyllum nodosum de las costas atlánticas, y también Ecklonia maxima o Laminaria. No son abonos: su contenido en nitrógeno, fósforo y potasio es bajo y no sirve para nutrir. Lo que aportan son alginatos, manitol, betaínas, polifenoles y trazas de compuestos con actividad tipo citoquinina y auxina.
El efecto documentado en ensayos es real pero acotado: mejor tolerancia al estrés hídrico y térmico, mejor enraizamiento en trasplante y esqueje, y algo más de cuaje. La respuesta se ve sobre todo en plantas sometidas a estrés; en una planta bien regada, bien nutrida y sin apuros, el margen de mejora es pequeño. Se aplican en dosis muy bajas, foliar o en riego, y el modo de extracción condiciona el resultado.
El otro extremo es el verde del estanque. Un agua que se pone de color sopa de guisantes tiene una proliferación de microalgas unicelulares en suspensión; un agua con filamentos verdes que se enredan en las plantas acuáticas tiene algas filamentosas, del tipo Spirogyra o Cladophora. Y una película azulada o parda con olor desagradable puede ser una proliferación de cianobacterias, algunas de las cuales producen toxinas: en ese caso conviene mantener alejados a perros y niños del agua y no usarla para riego de hortalizas de hoja.
La causa, en los tres casos, es la misma pareja: exceso de nutrientes y exceso de luz. Las soluciones que funcionan atacan eso —sombrear entre un tercio y la mitad de la lámina de agua con plantas flotantes, plantar oxigenadoras sumergidas que compitan por los nutrientes, no sobrealimentar a los peces, no dejar que entre agua de escorrentía del césped abonado— y no la biocida de turno, que mata las algas, las deja pudrirse en el fondo y devuelve al agua los nutrientes que provocaron el problema.
Y los líquenes, que son las tres cosas
El liquen es el resultado de juntar dos de estos grupos, y con frecuencia tres: un hongo que pone la estructura, un alga verde o una cianobacteria que pone la fotosíntesis, y levaduras basidiomicetos alojadas en la corteza cuyo papel se describió hace poco. Ninguno de los tres es una planta, y el conjunto tampoco.
Su interés para el jardinero —qué formas adoptan, por qué crecen tan despacio, qué dicen sobre el aire de la zona y por qué no hay que quitarlos de la corteza de un árbol— está tratado aparte, en el artículo dedicado a los líquenes.
En resumen
Hongos, algas y líquenes se estudiaron con la botánica porque estaban quietos y tenían pared celular, no porque fueran plantas. Los hongos tienen quitina en la pared, glucógeno como reserva y comparten linaje con los animales dentro de los opistocontos; el nombre «alga» agrupa organismos de linajes muy distintos, desde bacterias hasta parientes de los mildius.
Un hongo absorbe alimento ya elaborado y vive como micelio; una levadura es un hongo unicelular que se reproduce por gemación y puede fermentar sin oxígeno.
Bajo el suelo, los hongos micorrícicos amplían enormemente el alcance de la raíz y aportan sobre todo fósforo a cambio de azúcares. Un exceso de fósforo soluble o un laboreo intenso desactivan la simbiosis, y las coles y las quenopodiáceas no la forman.
En el compost, las levaduras arrancan la fase inicial y los hongos filamentosos cierran el proceso degradando la lignina; ese micelio blanco es señal de que funciona.
Los extractos de algas pardas son bioestimulantes, no abonos: mejoran la tolerancia al estrés y el enraizamiento, con efecto pequeño en plantas sin apuros. El verdín del estanque se corrige quitando nutrientes y luz, no con biocidas.
El liquen combina hongo, fotobionte y levadura, y por tanto no cabe en ninguno de los tres reinos clásicos por separado.