Hay flores de esta hierba que no llegan a abrirse nunca y que, aun así, producen semilla. Ocurre sobre todo en pleno invierno, cuando el frío mantiene bajo tierra a los insectos que deberían visitarla, y es la explicación de por qué la ortiga mansa aparece sin falta en cualquier huerta, viña, alcorque o parterre removido de la Península. Sin ese detalle, la planta es una arvense más; con él, se entiende su éxito.

Flores de Lamium amplexicaule sobre hojas abrazadoras

Las hojas que abrazan el tallo, y de ahí el nombre

Lamium amplexicaule L. es una labiada anual, a veces bienal de comportamiento invernal, de 10 a 30 centímetros, con varios tallos cuadrangulares que arrancan tendidos desde la base y se levantan después. Es de origen euroasiático y norteafricano y hoy está repartida por medio mundo como planta acompañante de los cultivos.

Su carácter distintivo está en la disposición de las hojas, y es el que da nombre a la especie.

Las hojas inferiores son redondeadas, con el margen groseramente festoneado y un pecíolo largo, y forman una roseta laxa cerca del suelo.

Las superiores pierden por completo el pecíolo y se insertan directamente en el tallo, abrazándolo por su base ensanchada. Como van opuestas y sus bases se sueldan lateralmente, cada par forma un collar o disco continuo perforado por el tallo, sobre el que se asientan los verticilastros de flores. Ese anillo de hoja bajo cada piso de flores es inconfundible: amplexicaule significa exactamente eso, «que abraza el tallo».

La flor mide de 1,5 a 2 centímetros y es de un rosa purpúreo con manchas más oscuras en el labio inferior, con el tubo muy largo, estrecho y erguido, y el labio superior en capucha cubierta de pelos rojizos. Los verticilastros quedan separados entre sí a lo largo del tallo, no apretados en el ápice.

La confusión frecuente es con Lamium purpureum, que comparte hábitat y época. Se separan sin dificultad mirando arriba: en purpureum todas las hojas tienen pecíolo, incluidas las que acompañan a las flores, y se amontonan en un penacho denso y teñido de púrpura en el extremo del tallo; en amplexicaule las de arriba son sésiles y abrazadoras, verdes, y los pisos de flores están espaciados. El tubo de la corola es además más largo y más delgado en la ortiga mansa.

Como todo el género, no pica: el parecido con la ortiga es superficial y no comparte con ella ni familia ni pelos urticantes, asunto que se trata en el artículo dedicado al género Lamium.

Flores cerradas que se fecundan a sí mismas

Aquí está lo que distingue a esta especie. Lamium amplexicaule produce dos tipos de flor sobre la misma planta, y a veces sobre el mismo tallo.

Las flores casmógamas son las normales: abren la corola, exponen el labio inferior como pista de aterrizaje, ofrecen néctar en el fondo del tubo y esperan al polinizador. Permiten cruzamiento con otros individuos.

Las flores cleistógamas —del griego kleistos, cerrado, y gamos, matrimonio— no abren nunca. La corola queda reducida a un tubito corto que apenas asoma del cáliz, sin lóbulos desplegados, sin color llamativo y sin néctar. Dentro de ese botón permanentemente cerrado, las anteras liberan el polen directamente sobre el estigma y la flor se autofecunda. Cuando el cáliz se abre semanas después, lo que hay dentro son las cuatro núculas ya formadas.

El reparto entre unas y otras no es aleatorio, y responde principalmente a las condiciones ambientales. El frío y el día corto favorecen la cleistogamia; el calor y el día largo, la flor abierta. En la práctica española eso significa que las plantas que florecen en diciembre, enero y febrero producen sobre todo flores cerradas, y que a partir de marzo y abril, con temperaturas de doce a quince grados y días crecientes, aparecen las corolas rosadas completas. Las plantas creciendo a la sombra o en condiciones de estrés tienden también a la forma cerrada.

La lógica es económica. Una flor abierta cuesta cara: corola grande, pigmentos, néctar que hay que fabricar y reponer, gran cantidad de polen del que la mayor parte se pierde. Una flor cleistógama cuesta una fracción de eso y garantiza la semilla. Cuando no hay insectos que justifiquen la inversión —en pleno invierno, o cuando la planta está aislada—, gastar en anunciarse no tiene sentido.

El coste está en la genética. La autofecundación estricta no recombina material de dos individuos: la descendencia es homocigota y, generación tras generación, la variabilidad de la población se estrecha. Un sistema exclusivamente cleistógamo sería un callejón sin salida evolutivo. Por eso lo interesante es que la especie no elige: mantiene el sistema mixto, con semilla asegurada por la vía barata cuando las condiciones son malas y ventana de cruzamiento cuando son buenas. Es una solución de compromiso, y funciona.

Conviene añadir que la cleistogamia no es exclusiva de esta planta. La practican, entre otras, las violetas —que producen bajo las hojas, en verano, flores cerradas de las que salen la mayoría de sus semillas—, varias especies de Oxalis, Impatiens y numerosas gramíneas. Pero pocas la exhiben con un contraste estacional tan claro y tan fácil de observar en un bancal cualquiera.

Por qué es tan buena adventicia

Sumando las piezas se entiende su ubicuidad:

Una sola planta basta para fundar una población. Con autofecundación garantizada, un ejemplar que llegue a un terreno nuevo produce semilla viable sin necesidad de que haya otro cerca ni de que pase un abejorro. Para colonizar suelos removidos, aislados y efímeros —que es lo que es una huerta— eso vale más que cualquier otra ventaja.

Produce semilla en cantidades muy altas y a lo largo de varios meses, no en un pico corto.

Su ciclo esquiva la competencia. Germina en otoño con las primeras lluvias, pasa el invierno creciendo despacio mientras el suelo está libre, florece de febrero a mayo y termina de semillar antes de que el calor y los cultivos de verano ocupen el terreno. En zonas de invierno suave hay además una segunda generación otoñal, y en algunos sitios florece prácticamente todo el año.

Las hormigas la reparten. Sus núculas llevan un eleosoma, un apéndice carnoso y rico en lípidos que las hormigas encuentran apetecible. Se llevan la semilla al nido, consumen el apéndice y descartan la semilla intacta, con frecuencia en un basurero de material orgánico que es un excelente lugar para germinar. Esta dispersión por hormigas, la mirmecocoria, es la que explica la aparición de rodales a metros del punto de origen, en sitios donde nadie ha removido tierra.

El banco de semillas es persistente. Las núculas conservan viabilidad en el suelo durante años, y solo germinan las que quedan en los primeros centímetros. Cada laboreo sube a la superficie una tanda nueva. Es la razón por la que una parcela «limpia» amanece cubierta de plántulas tres semanas después de pasar el motocultor.

Manejo en el huerto

Primero, la valoración honesta: no es una hierba especialmente dañina. Es de porte bajo, raíz superficial y ciclo invernal, compite poco con un cultivo establecido y no rebrota de rizoma como la grama o la correhuela. En una parcela con cultivo de verano su presencia es irrelevante; en un semillero recién sembrado o en un cultivo de invierno de nascencia lenta —cebollas, ajos, habas, guisantes, cereal— sí compite por luz y por nitrógeno en los primeros estadios, y ahí es donde interesa controlarla.

Lo que funciona:

Escardar temprano y en superficie. La plántula sale sin esfuerzo con un pase de azadilla o de escardillo cuando tiene dos o tres pares de hojas. Esperar a que esté florida multiplica el trabajo y llega tarde.

No dejarla semillar, y esa es la regla central. El intervalo entre la primera flor abierta y la semilla madura es corto, y las flores cleistógamas siguen produciendo semilla aunque el tiempo sea malo, de modo que una planta en flor descuidada durante tres semanas ya ha hecho su trabajo. Arrancar antes de la floración es lo que reduce el banco de semillas de verdad; lo demás es mantenimiento.

Trabajar en seco y a mediodía. Arrancada con el suelo húmedo y dejada sobre la tierra, esta planta puede reenraizar por la base. Con suelo seco y sol se agosta en unas horas.

Falsa siembra. Preparar la cama de siembra dos o tres semanas antes, regar, dejar que germine la tanda de adventicias y eliminarla con un pase muy superficial antes de sembrar el cultivo. Es la técnica más eficaz contra una hierba de banco de semillas persistente.

Acolchado. Cinco centímetros de paja, restos de siega o mantillo impiden la germinación de las semillas superficiales, que necesitan luz. En el huerto ecológico es la medida de fondo.

No labrar más de lo necesario. Cada volteo profundo saca semilla enterrada a la zona de germinación. La reducción del laboreo baja la presión con el tiempo.

Un apunte sanitario: como otras arvenses de invierno, se ha señalado a esta especie como hospedante alternativo de pulgones y de algunos virus de cultivos hortícolas durante la estación fría, cuando no hay cultivo donde refugiarse. Es un motivo adicional para no permitir rodales densos junto a un invernadero o a un semillero, más que para hacer una campaña contra ella en toda la finca.

Su valor cuando no hay nada más en flor

Antes de tratarla solo como hierba a eliminar conviene mirar el calendario. La ortiga mansa abre sus flores casmógamas a finales de invierno y principios de primavera, entre febrero y abril, que es precisamente el momento en que las reinas de abejorro salen de la hibernación y necesitan néctar y polen para fundar la colonia, con muy pocas plantas floridas disponibles.

El tubo largo y estrecho de la corola está dimensionado para lenguas largas, así que sus visitantes principales son Bombus y abejas solitarias del tipo Anthophora y Osmia. También la visitan mariposas de primavera temprana. En un olivar, un frutal o un viñedo con cubierta vegetal, una alfombra de esta planta en marzo es un recurso real para los polinizadores que trabajarán después en la floración del cultivo.

De ahí una recomendación de manejo con matiz: controlarla donde compita —bancales sembrados, semilleros, líneas de cultivo— y tolerarla donde no lo haga —calles del frutal, márgenes, alcorques, zonas en barbecho invernal—, segándola en su caso después de la floración principal.

Sobre su condición de planta comestible, presente en la tradición de varias regiones europeas para las hojas tiernas, cabe decir que no se le conoce toxicidad y poco más: en una huerta pueden haberse aplicado tratamientos y en una cuneta hay contaminación de tráfico, y ninguna de las dos procedencias es material de cocina.

En resumen

Lamium amplexicaule es una labiada anual de invierno, de 10 a 30 centímetros, reconocible porque sus hojas superiores pierden el pecíolo y abrazan el tallo formando un collar bajo cada piso de flores, lo que la separa de Lamium purpureum, que las tiene todas pecioladas y amontonadas en el ápice. Su rasgo notable es la cleistogamia: además de las flores rosadas normales produce flores que no abren nunca y se autofecundan dentro del botón, favorecidas por el frío y el día corto, lo que le asegura semilla en pleno invierno y sin polinizador. Ese sistema mixto, unido a la dispersión de sus semillas por hormigas gracias al eleosoma y a un banco de semillas persistente, explica su éxito como adventicia. En el huerto se controla escardando la plántula pronto, impidiendo que llegue a semillar, con falsa siembra y acolchado, y sin labrar de más. Y merece tolerancia en márgenes y cubiertas vegetales, porque florece de febrero a abril y alimenta a los abejorros cuando apenas hay otra cosa abierta.


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