Todo el oxígeno de la atmósfera terrestre ha salido de un agregado de cuatro átomos de manganeso. No es una figura retórica: el enzima que rompe la molécula de agua durante la fotosíntesis tiene en su centro activo un racimo de manganeso, calcio y oxígeno, y sin él no hay liberación de O₂ ni electrones para alimentar la cadena fotosintética. Ese detalle bioquímico explica por qué una planta corta de manganeso amarillea tan deprisa y de forma tan característica, y por qué el síntoma tiene el dibujo que tiene.

La carencia de manganeso es frecuente en España y se diagnostica mal, casi siempre confundida con la de hierro. Distinguirlas es lo que decide si la corrección funciona o si se repite año tras año sin efecto.

Qué hace exactamente dentro de la hoja

El manganeso es un micronutriente: la planta necesita cantidades pequeñas, del orden de 20 a 200 miligramos por kilo de materia seca foliar, frente a los gramos por kilo de los macronutrientes. Pero la cantidad no dice nada de la importancia.

El complejo de evolución de oxígeno. En la membrana del tilacoide, dentro del cloroplasto, el fotosistema II recibe la energía de un fotón y arranca electrones a una molécula de agua. Quien realiza esa reacción es un clúster llamado Mn₄CaO₅: cuatro manganesos y un calcio unidos por puentes de oxígeno. El clúster acumula cargas positivas en cuatro pasos sucesivos y, al llegar al cuarto, oxida dos moléculas de agua liberando cuatro protones, cuatro electrones y una molécula de O₂. Es la única reacción biológica conocida capaz de arrancar electrones al agua, y depende del manganeso de forma insustituible.

La consecuencia práctica se sigue sola. Sin manganeso suficiente, el fotosistema II queda inoperativo, la hoja no puede procesar la luz que recibe y el aparato fotosintético se daña por exceso de energía que no encuentra salida. Por eso el amarilleo por manganeso aparece rápido, es intenso y empeora con el sol fuerte.

Los otros papeles. Activa más de treinta enzimas, entre ellas las del ciclo de Krebs y la fenilalanina amonio liasa, primer paso de la ruta que fabrica lignina y compuestos fenólicos de defensa. De ahí que las plantas con déficit de manganeso presenten paredes celulares menos lignificadas y sean más vulnerables a hongos de raíz y de cuello. También forma parte de la superóxido dismutasa mitocondrial, que neutraliza radicales libres, y participa en la asimilación del nitrógeno.

Cómo se ve la carencia

El manganeso circula mal por el floema, así que la planta no puede desmontarlo de las hojas maduras para enviarlo a los brotes. El síntoma aparece, por tanto, en las hojas jóvenes, aunque con un matiz que resulta útil: no siempre en las últimas del extremo, sino con frecuencia en las de la parte media del brote, ya expandidas pero recientes.

El cuadro típico:

Clorosis internervial con nervadura verde marcada. El limbo se aclara entre los nervios y estos conservan un verde franco, con una banda verde a cada lado que se aprecia bien a contraluz.

El color del tejido clorótico. No es blanco ni marfil, sino un amarillo apagado, con frecuencia con matiz verde grisáceo o pardo verdoso.

Manchitas necróticas. Sobre el tejido amarillo aparecen puntos y manchas pardas o pardo-grisáceas, pequeñas, dispersas de forma irregular. Es el rasgo que más ayuda en el diagnóstico, porque no acompaña a la clorosis férrica en fase inicial.

Tamaño y consistencia. Las hojas afectadas suelen ser algo más pequeñas de lo normal y menos rígidas.

Cada cultivo lo expresa a su manera. En cereal de invierno se conoce como mancha gris de la avena, con estrías y bandas necróticas grisáceas a media hoja y encamado en casos graves. En leguminosas, y de forma clásica en el guisante, produce el corazón pardo: la semilla presenta una mancha necrótica interna en la cara interior de los cotiledones, con la planta aparentemente normal. En remolacha, hojas erectas con moteado amarillo y aspecto de triángulo, lo que se ha llamado tradicionalmente speckled yellows. En cítricos, un moteado internervial verde pálido en hojas jóvenes que a menudo convive con la clorosis férrica en el mismo árbol. En palmeras, especialmente Phoenix y Washingtonia, la carencia produce el llamado frizzle top: hojas nuevas más cortas, con foliolos necrosados, rizados y quebradizos, y en casos avanzados muerte del ápice.

Hojas de soja, cultivo sensible a la carencia de manganeso

Hierro o manganeso: cómo separarlos

Los dos elementos son inmóviles, los dos intervienen en la maquinaria fotosintética y los dos dan clorosis internervial en hoja joven. El artículo general sobre carencias de nutrientes recoge el patrón visual comparado; aquí interesa el detalle fino y lo que se hace cuando la vista no basta.

La finura del retículo. En la clorosis férrica la red verde llega hasta los nervios de tercer y cuarto orden, dibujando una malla apretada sobre un fondo muy pálido; el contraste es fuerte y limpio. En la de manganeso la banda verde se limita a los nervios principales y secundarios, es más ancha y sus bordes se difuminan hacia el amarillo. Vista desde dos metros, la hoja con carencia de hierro parece rayada; la de manganeso parece manchada.

La posición exacta. El hierro golpea las hojas terminales, las últimas emitidas, mientras las inmediatamente inferiores todavía están verdes. El manganeso se ve mejor en las hojas medias del brote.

Las manchas necróticas. Presentes en manganeso desde fases tempranas; en hierro solo cuando el cuadro es grave y el limbo casi blanco empieza a secarse por el borde.

El fondo. Marfil o casi blanco en hierro. Amarillo apagado, verdoso o grisáceo en manganeso.

La prueba que resuelve. Cuando la duda persiste, un análisis foliar la cierra. Es más informativo que el de suelo, porque mide lo que la planta ha conseguido absorber y no lo que hay en el terreno bloqueado. Se toman hojas jóvenes completamente expandidas, de la misma posición en varios ejemplares, y se pide contenido de Fe, Mn, Zn y Cu. Conviene interpretarlo con la relación Fe/Mn además de con los valores absolutos: en tejido sano se sitúa aproximadamente entre 1,5 y 2,5. Valores por encima de 3 apuntan a déficit de manganeso; por debajo de 1, a déficit de hierro o a exceso de manganeso.

El ensayo de campo. Existe un atajo barato: aplicar sulfato de manganeso foliar a dosis baja sobre una rama marcada y observar quince días. Si esa rama reverdece y el resto del árbol no, el diagnóstico está hecho. Repetir el mismo ensayo con quelato de hierro en otra rama permite comparar. Es lento pero no se equivoca.

Por qué falta en España: el pH y la caliza

El manganeso raramente falta en el suelo en términos de contenido total. Lo que falta es manganeso disponible, y quien decide eso es la química del suelo.

La raíz solo absorbe Mn²⁺, la forma reducida y soluble. En condiciones alcalinas y bien aireadas, la actividad de bacterias oxidantes y la propia química del medio transforman ese Mn²⁺ en óxidos de Mn³⁺ y Mn⁴⁺, insolubles, que quedan fuera del alcance de la planta. La disponibilidad cae de forma acusada por encima de pH 6,5 y se vuelve crítica por encima de 7,5.

Eso describe la mitad este y sur de la península, y también amplias zonas de la meseta: suelos calizos, con carbonato cálcico libre y bicarbonatos en el agua de riego, con pH entre 7,5 y 8,5. El bicarbonato añade su parte, porque tampona el pH de la rizosfera e impide que la planta lo baje localmente para movilizar micronutrientes, que es su mecanismo natural de rescate.

Otros factores que agravan la situación:

Suelos arenosos y lavados, con poco contenido total de manganeso de partida.

Encalado excesivo. Subir el pH de un suelo ácido para corregir otro problema induce carencia de manganeso con facilidad; es un caso habitual en el norte tras encalar praderas o huertos.

Suelos muy ricos en materia orgánica y turbas, donde el manganeso queda complejado y poco disponible.

Suelos fríos y compactados en primavera, con actividad radicular baja: la carencia aparece de forma transitoria y desaparece al calentarse el suelo, igual que ocurre con el fósforo.

Encharcamiento seguido de secado. Un ciclo así puede oxidar bruscamente el manganeso que estaba disponible.

Los cultivos más sensibles en España son los cítricos, el olivo en suelos muy calizos, la vid, los frutales de hueso, el aguacate, la soja, el guisante, la avena, la remolacha, la lechuga y la espinaca, además de las palmeras ornamentales y las ácidófilas de jardín.

El antagonismo con el hierro y con otros cationes

Hierro y manganeso son cationes divalentes de tamaño y comportamiento parecidos, y compiten por los mismos transportadores de la membrana de la raíz y por los mismos sitios en las rutas metabólicas de la hoja. La relación es de doble sentido y explica bastantes fracasos de corrección.

Un aporte generoso de hierro puede inducir o agravar una carencia de manganeso: es lo que ocurre cuando se trata sistemáticamente una clorosis con quelato férrico EDDHA a dosis altas durante varias temporadas, y el árbol responde parcialmente pero conserva hojas moteadas. A la inversa, un exceso de manganeso interfiere en la absorción y el uso del hierro.

El zinc y el cobre entran en la misma competencia, y el exceso de fósforo también reduce la disponibilidad de manganeso. La consecuencia operativa es simple: aplicar micronutrientes a ciegas, sin saber cuál falta, tiene una probabilidad razonable de provocar la carencia del que no falta. Es la diferencia entre un corrector de micros equilibrado —razonable cuando el diagnóstico es dudoso— y una dosis alta de un solo elemento, que solo se justifica con la carencia identificada.

Cómo se corrige

Vía foliar, que es la que funciona. Aportar manganeso al suelo calizo es casi tirarlo: se oxida en cuestión de días y queda tan bloqueado como el que ya había. La aplicación foliar salta ese obstáculo y actúa en el sitio donde el elemento hace falta.

El producto habitual es sulfato de manganeso (unos 30-32 % de Mn), a concentraciones bajas —del orden del 0,2 al 0,5 % en el caldo, siempre según etiqueta del formulado—, con un mojante para que la gota no resbale. Los quelatos de manganeso (Mn-EDTA) tienen mejor penetración y menor riesgo de quemadura, y son preferibles en especies de hoja delicada, pero cuestan más. Se aplica a primera hora de la mañana o al atardecer, nunca con sol fuerte ni con la hoja marchita, y se repiten dos o tres pases separados de dos o tres semanas: una sola aplicación corrige las hojas mojadas y nada más, porque el elemento no se redistribuye.

El momento importa. En frutales y vid, la aplicación eficaz es sobre hoja joven en plena expansión, en primavera; sobre hoja madura y coriácea la absorción cae mucho. En hortícolas, en cuanto se detecta.

Vía suelo, cuándo tiene sentido. Solo en suelos ácidos o neutros, donde el manganeso aportado se mantiene disponible. Ahí, el sulfato de manganeso al suelo funciona. En suelo calizo, la única actuación de fondo que da resultado no es aportar manganeso sino bajar el pH de la rizosfera: acidificar el agua de riego en cultivo en maceta o en riego localizado, usar fertilizantes de reacción ácida como el sulfato amónico en lugar de nitratos cálcicos, y aportar materia orgánica, cuyos ácidos húmicos y fúlvicos complejan el manganeso y lo mantienen soluble. Bajar el pH del suelo completo con azufre elemental es viable en suelos con poca caliza activa y prácticamente inútil por encima del 5-8 % de caliza activa.

El manejo del agua. Un suelo bien aireado, sin compactación y con riegos regulares mantiene una actividad radicular que favorece la absorción de micronutrientes. Corregir un encharcamiento crónico resuelve más carencias que ningún envase.

La toxicidad, que aquí sí existe

Entre los micronutrientes, el manganeso tiene una particularidad: su exceso es un problema real y frecuente, no una rareza de laboratorio. La mayoría de los micros dan toxicidades poco habituales en campo; el manganeso, no.

El escenario es el inverso de la carencia: suelos ácidos, por debajo de pH 5,5, y sobre todo si además se encharcan. La combinación de acidez y falta de oxígeno reduce los óxidos de manganeso a Mn²⁺ soluble, y la concentración en la disolución del suelo puede multiplicarse por órdenes de magnitud. Es un cuadro clásico del norte húmedo peninsular sobre sustrato silíceo, y también en sustratos de turba mal tamponados y en cultivo sin suelo con soluciones nutritivas de pH descontrolado.

Los síntomas del exceso van al revés que los de la falta: aparecen en las hojas viejas, con puntos y manchas pardas o negruzcas dispersas, con frecuencia rodeadas de un halo clorótico, oscurecimiento de los nervios, y en casos avanzados abombamiento del limbo, bordes quemados y defoliación. En algunas especies produce necrosis en el tallo y en el pecíolo. Es un cuadro que se confunde con enfermedades fúngicas de manchas foliares, y la pista está en que afecta por igual a todas las plantas de la parcela y no se extiende como una infección.

El exceso también interfiere en la absorción de hierro y de magnesio, de modo que a la toxicidad se le suma una clorosis inducida.

La corrección pasa por subir el pH con un encalado medido, mejorar el drenaje y airear el suelo, y evitar por completo los aportes de manganeso. Y contiene una advertencia general que conviene recordar: la aplicación repetida de un micronutriente sin diagnóstico no es inocua. En un suelo del norte, un tratamiento con manganeso puede empeorar precisamente lo que se pretendía arreglar.

En resumen

El manganeso forma el clúster Mn₄CaO₅ del fotosistema II, el único mecanismo biológico capaz de romper la molécula de agua y liberar oxígeno. Sin él la hoja no procesa la luz, y de ahí lo rápido e intenso de su carencia.

Por ser inmóvil en el floema, el síntoma sale en hoja joven —a menudo en la parte media del brote—: clorosis internervial con banda verde ancha y difusa junto a los nervios, fondo amarillo apagado o grisáceo y manchitas necróticas pardas dispersas.

Frente al hierro, el manganeso dibuja un retículo más grosero y difuso, sobre fondo menos pálido, con necrosis tempranas y en hojas medias en lugar de terminales. La duda la resuelve un análisis foliar con la relación Fe/Mn, o un ensayo foliar sobre una rama marcada.

La causa habitual en España es el pH alto y la caliza activa, que oxidan el Mn²⁺ absorbible a formas insolubles. El encalado excesivo, los suelos arenosos, la materia orgánica muy abundante y los suelos fríos añaden su parte.

Hierro, zinc, cobre y fósforo compiten con el manganeso; tratar con quelato de hierro a dosis altas durante temporadas puede inducir su carencia, y al revés.

La corrección eficaz es foliar, con sulfato de manganeso o quelato de Mn a dosis baja, sobre hoja joven, sin sol fuerte y repitiendo dos o tres pases. Al suelo solo sirve en terreno ácido o neutro; en calizo, lo que se corrige es el pH de la rizosfera y el agua de riego.

El exceso también intoxica, cosa poco habitual en un micronutriente: en suelos ácidos y encharcados aparece como manchas pardas y nervios oscuros en hojas viejas, e induce clorosis férrica. Sin diagnóstico, no se aporta.


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