No es una palmera. El nombre popular la ha instalado en esa categoría desde hace dos siglos, pero Ravenala madagascariensis no tiene nada que ver con las Arecaceae: pertenece a las Strelitziaceae y sus parientes cercanos son las estrelitzias y, un poco más allá, los plátanos y las heliconias. La confusión no es solo terminológica; condiciona el riego, el abonado, la manera de multiplicarla y las expectativas sobre su aguante al frío.
Es endémica de Madagascar, donde se llama ravinala —hoja de bosque— y figura como emblema nacional. Fuera de allí se ha convertido en una de las siluetas más repetidas de la jardinería tropical, casi siempre plantada en sitios donde no cabe.
Todo lo que la separa de una palmera
Las Strelitziaceae son una familia pequeña de tres géneros: Strelitzia, en el sur de África; Phenakospermum, en la Amazonia; y Ravenala, con una única especie en Madagascar. Las tres pertenecen al orden Zingiberales, muy lejos del linaje de las palmeras. Las diferencias se ven a simple vista si se sabe qué mirar:
- La disposición de las hojas. Una palmera reparte las hojas en espiral alrededor del ápice y forma una corona más o menos esférica. Ravenala las emite en dos filas opuestas, separadas exactamente 180 grados, de modo que todas quedan en un mismo plano. De ahí el abanico.
- La hoja en sí. No es una hoja compuesta con folíolos como la de una palmera pinnada, sino una lámina entera con nervio central grueso y venación secundaria paralela, igual que la de un banano. Lo que la hace parecer dividida es el desgarro que provoca el viento a lo largo de esas venas.
- El tallo. El de una palmera es un tronco de haces dispersos que no engorda ni cicatriza. El de Ravenala es un tallo herbáceo que se lignifica con los años, cubierto de cicatrices anulares que dejan las vainas de las hojas caídas, y que en ejemplares jóvenes ni siquiera existe: la planta es un abanico saliendo directamente del suelo.
- Las flores. Se agrupan en espatas rígidas en forma de barca, dispuestas en dos hileras en la axila de las hojas, exactamente con la arquitectura de un ave del paraíso pero en blanco verdoso y de mayor tamaño. Ninguna palmera produce nada parecido.
- El fruto. Una cápsula leñosa que se abre en tres valvas y deja al descubierto semillas negras envueltas en un arilo de un azul eléctrico que no tiene equivalente en ninguna otra planta del mundo. Ese pigmento es un caso raro de coloración azul estructural en tejido vegetal, y por sí solo zanja cualquier duda de identificación.
El abanico y la leyenda de la brújula
La filotaxia dística estricta —una hoja a la izquierda, la siguiente a la derecha, sin desviarse— es lo que produce el abanico. Con pecíolos de uno a dos metros y láminas de dos a tres metros y medio, una planta adulta despliega una pantalla que puede superar los seis metros de envergadura y que apenas tiene grosor vista de canto.
De ahí sale la historia del árbol del viajero como brújula: se dice que el abanico se orienta siempre en dirección este-oeste, de manera que un caminante perdido podría situarse mirándolo. La realidad admite matices. Se ha observado que en terreno abierto los ejemplares tienden a colocar el plano del abanico de forma que las caras de las hojas reciban el sol de la mañana y el de la tarde, evitando la incidencia perpendicular del mediodía, lo que tiene sentido térmico en el trópico. Pero la orientación depende de la luz disponible, de la pendiente, de la sombra de la vegetación vecina y de la posición del brote que dio origen a la planta. En el bosque no hay regularidad alguna. Como fenómeno biológico es interesante; como instrumento de navegación, no sirve.
El agua de las vainas
La otra explicación del nombre popular está en la base del pecíolo. Cada hoja arranca con una vaina que abraza el tallo y forma un canal profundo, y en ese canal se acumula agua de lluvia junto con hojarasca, polvo y restos. Una vaina bien cargada puede contener medio litro o más, y una planta adulta almacena varios litros repartidos en sus bases foliares.
La leyenda dice que el viajero sediento perfora la vaina y bebe. Conviene contarla con precisión: ese líquido es agua estancada, turbia, con materia vegetal en descomposición y con una fauna propia de larvas de mosquito, pequeños invertebrados y microorganismos. Funciona como recurso de emergencia, no como fuente de agua potable, y beberla sin tratar tiene los riesgos que cabe esperar. Ninguna de las dos explicaciones del nombre —la orientación o el agua— está documentada como la original; ambas circulan desde el siglo XVIII.
Desde el punto de vista ecológico, esos depósitos son fitotelmata: microhábitats acuáticos suspendidos que en Madagascar albergan invertebrados especializados, y a los que acuden ranas y camaleones. También hay observaciones de lémures —Eulemur macaco entre ellos— abriendo con las manos las espatas florales para acceder al néctar y actuando como polinizadores, un papel que en otras latitudes desempeñarían aves o murciélagos.
El tamaño, que es el dato que más se ignora
En Madagascar alcanza de quince a veinte metros de altura. En cultivo se queda con frecuencia entre siete y doce, que sigue siendo la altura de un edificio de tres o cuatro plantas. La envergadura del abanico llega a seis u ocho metros, y la base produce hijuelos que forman con los años una macolla de varios tallos, con lo que la ocupación en planta se multiplica.
Sus raíces son gruesas, potentes y bastante superficiales, y los rebrotes emergen a distancia del tronco: levantan losas, agrietan bordillos y aparecen en el arriate de al lado. Plantarla a menos de cuatro o cinco metros de una edificación, de un pavimento o de una piscina es comprarse un problema a diez años vista.
Y hay que asumir el aspecto real de un ejemplar establecido. En un sitio expuesto, las hojas se deshilachan y a los pocos años el abanico impecable de la fotografía se convierte en un conjunto de láminas rasgadas. Solo en emplazamientos resguardados, con muros o vegetación cortando el viento, mantiene el aspecto por el que se compró.
Dónde se puede tener en España
El frío es el límite. Vegeta bien entre 20 y 32 ºC. Por debajo de 5 ºC se detiene, hacia los 2 o 3 ºC aparecen manchas y quemaduras en las láminas, y una helada de -2 o -3 ºC mantenida destruye el follaje y puede matar el ápice de los tallos. Los ejemplares grandes rebrotan de la base tras un daño moderado; los jóvenes no siempre.
Canarias. Es su terreno. En las costas y medianías bajas de todas las islas crece al aire libre sin más cuidado que el riego, y forma parte del repertorio habitual de la jardinería pública canaria.
Litoral mediterráneo peninsular. En la costa de Málaga, en Almería, en el litoral alicantino y en enclaves muy resguardados de Valencia sobrevive en microclimas cálidos junto al mar, con daño foliar en los inviernos duros y una recuperación lenta en primavera. Se puede tener; hay que aceptar que algunos años quedará fea durante meses.
Resto de la Península y Baleares interiores. Al aire libre, no. Y como planta de interior tampoco es una solución: se venden ejemplares jóvenes muy atractivos, pero necesitan una intensidad de luz y una humedad que un piso no proporciona, y se degradan progresivamente en dos o tres años. Su sitio bajo cubierta es un invernadero grande o un jardín de invierno con altura, no un salón.
Cultivo
Suelo. Profundo, fértil, con buen contenido de materia orgánica y drenaje libre. Tolera un rango amplio de pH pero sufre clorosis en suelos muy calizos, que se corrige con quelatos de hierro y con aportes de compost.
Exposición. Sol pleno una vez establecida. Los ejemplares jóvenes agradecen sombra parcial los dos primeros años. Y protección del viento, por lo dicho más arriba.
Riego. Abundante y regular en la estación cálida, con reducción notable en invierno. No tolera el encharcamiento permanente en la base de los tallos.
Abonado. Es una planta de crecimiento rápido y consumo alto. Un abono equilibrado de liberación lenta en primavera y otro a mediados de verano, más materia orgánica al pie cada año, mantienen el follaje de buen color y tamaño.
Limpieza. Las hojas viejas se cortan por el pecíolo cuando ya están secas o rotas, dejando un tocón corto que caerá solo. Retirarlas demasiado pronto reduce la superficie fotosintética de una planta que crece deprisa y no le hace ningún favor.
Multiplicación. Lo habitual es separar hijuelos de la base al comenzar el calor, con raíces propias y recortando las hojas para reducir la pérdida de agua. Por semilla también funciona: se limpia el arilo azul, se remoja veinticuatro o cuarenta y ocho horas y se siembra en sustrato cálido, a 25-30 ºC, donde germina de forma escalonada entre uno y tres meses.
Cómo no confundirla con Strelitzia nicolai
Las dos se venden a veces intercambiadas, y en tamaño juvenil se parecen bastante. Las claves: Strelitzia nicolai forma macollas de varios tallos apretados desde el principio, tiene hojas más rígidas y coriáceas, con pecíolo proporcionalmente más corto, y su abanico es menos plano y más desordenado. Cuando florecen no hay duda alguna: la espata de S. nicolai es oscura, casi negra, con flores blancas y una lengua azul intenso, mientras que las espatas de Ravenala son verdosas y las flores, blanquecinas y sin azul. En frío, además, la estrelitzia aguanta bastante más, lo que la convierte en la alternativa razonable para el litoral peninsular.
En resumen
Ravenala madagascariensis no es una palmera sino una Strelitziaceae, pariente de las estrelitzias y, más lejos, de plátanos y heliconias, endémica de Madagascar. Sus hojas salen en dos filas separadas 180 grados y forman un abanico plano de hasta ocho metros; la creencia de que se orienta como una brújula tiene una base parcial en el aprovechamiento de la luz, pero no es fiable. Las vainas de los pecíolos acumulan varios litros de agua de lluvia, origen probable del nombre de árbol del viajero, aunque se trate de agua estancada y no potable. Alcanza de siete a veinte metros con hijuelos basales y raíces que levantan pavimentos, así que necesita mucho espacio y abrigo del viento para conservar el follaje entero. En España se cultiva al aire libre en Canarias y, con daños invernales, en el litoral mediterráneo más cálido; como planta de interior no prospera. Se multiplica por hijuelos o por semilla, reconocible por su arilo azul.