La capuchina hace tres trabajos en el huerto y los tres los hace bien: se come, desvía al pulgón negro de los cultivos que importan y cubre el suelo en un par de meses. Tropaeolum majus es una anual andina de flor naranja, hoja redonda como una sombrilla diminuta y semilla del tamaño de un garbanzo, tan fácil de sembrar que suele ser la primera planta que un niño consigue sacar adelante.

Qué planta es

Procede de los Andes —Perú, Bolivia, Colombia— y pertenece a las Tropaeolaceae, una familia pequeña y sudamericana que nada tiene que ver con las capuchinas silvestres europeas. En su origen es una perenne de vida corta, pero en el clima español se comporta como anual: nace en primavera, florece todo el verano y la primera helada la deshace en cuestión de horas.

Los tallos son carnosos, huecos y quebradizos. Las variedades trepadoras alargan de metro y medio a tres metros y se sostienen de una forma poco común: no tienen zarcillos, trepan enroscando el propio peciolo de la hoja alrededor de cualquier soporte fino. Sin nada a lo que agarrarse, se extienden por el suelo formando una alfombra. Las variedades compactas se quedan en matas de 25 a 40 centímetros y no trepan; entre ellas están las de tipo 'Tom Thumb', la serie 'Alaska' de hoja veteada de blanco y 'Empress of India', de hoja azulada y flor roja oscura.

La hoja es peltada: el peciolo se inserta en el centro del disco, no en el borde, y los nervios irradian desde ese punto como los radios de un paraguas. La superficie es fuertemente hidrófuga y las gotas de agua ruedan sobre ella sin mojarla, dejando bolas de mercurio que se van llevando el polvo por delante.

La flor tiene cinco pétalos desiguales y un espolón largo lleno de néctar apuntando hacia atrás, en tonos que van del amarillo pálido al rojo granate pasando por todos los naranjas. Florece desde junio hasta las primeras heladas de otoño. El fruto se parte al madurar en tres piezas rugosas y grandes, muy fáciles de recoger.

Comestible, y por qué pica

Hojas jóvenes, flores y botones florales son comestibles y tienen un sabor picante que recuerda al berro o a la mostaza suave. La química explica el parecido: la capuchina contiene glucosinolatos, los mismos compuestos que dan carácter a las crucíferas. Están almacenados en el tejido de forma inactiva y separados de la enzima que los transforma; al morder o al cortar la hoja, ambos se encuentran y liberan un isotiocianato volátil, que es lo que pica en la nariz.

En cocina, las flores enteras se usan en ensalada, donde aportan color y un punto de picante; las hojas tiernas se pican como una hierba aromática; y los frutos verdes, recogidos antes de que endurezcan, se encurten en vinagre y sustituyen a las alcaparras con bastante dignidad. Las semillas maduras, en cambio, son excesivamente picantes y de digestión difícil, así que se dejan para sembrar.

Un par de cautelas razonables. Se come en cantidad moderada, como condimento y no como verdura de plato: los glucosinolatos en cantidad irritan el aparato digestivo. Conviene prudencia en personas con problemas gástricos o renales. Y la planta tiene además una tradición de uso medicinal, sobre todo respiratoria y urinaria, con investigación detrás pero sin conclusiones que permitan recomendarla como tratamiento: quien esté valorando tomarla con esa intención, o esté tomando medicación, debe consultarlo con su médico o su farmacéutico. Como en cualquier planta comestible, no se cogen flores de plantas tratadas con fitosanitarios ni de jardineras de borde de carretera.

Flores naranjas de capuchina y hojas peltadas

Planta trampa para el pulgón negro

Este es su papel más interesante y también el peor entendido. La capuchina es hospedante preferido de Aphis fabae, el pulgón negro que ataca a las habas, a las judías y a la remolacha. Puesto a elegir, el insecto se instala en ella. Plantada en los extremos de la línea de habas, junto a las judías o al pie de frutales jóvenes, concentra las colonias en un cultivo que no importa y descarga al que sí.

El matiz que decide si funciona o se vuelve en contra es este: una planta trampa hay que manejarla. Si las colonias se dejan crecer sin más, en algún momento producen individuos alados que se reparten por todo el huerto, y la trampa se convierte en un criadero. La rutina correcta es revisar las capuchinas cada pocos días desde mayo y cortar y retirar los brotes colonizados —no tratarlos, sino llevárselos— antes de que aparezcan pulgones con alas.

Hay una alternativa más ambiciosa que consiste en dejar que las colonias sostengan a los depredadores. Las capuchinas cargadas de pulgón atraen mariquitas, larvas de sírfido, crisopas y avispillas parasitoides, que se multiplican allí y luego patrullan el resto del huerto. Funciona, pero exige criterio y vigilancia; para quien empieza, la retirada de brotes es más segura.

Cubierta rápida del suelo

Su tercer trabajo es el más humilde. Crece deprisa, ramifica desde la base y sus hojas anchas y solapadas tapan el suelo en seis u ocho semanas desde la siembra. Esa cobertura reduce la evaporación, mantiene la superficie más fresca en verano y dificulta la nascencia de adventicias por simple falta de luz.

Los sitios donde compensa: bajo frutales jóvenes, en el borde del huerto, entre líneas de cultivos altos, en bancales que van a quedar libres a mitad de temporada, y en taludes y muros donde las variedades trepadoras se dejan caer. Al final del ciclo, la mata helada se corta y se incorpora al suelo o al compost, donde se deshace enseguida porque es tejido tierno.

Siembra y cultivo

Siembra directa, siempre. La capuchina desarrolla una raíz principal profunda y soporta mal el trasplante a raíz desnuda. Se siembra donde va a quedarse, o en macetas de turba prensada que se entierran enteras.

Cuándo. Cuando el suelo haya pasado de 12-15 °C y el riesgo de helada haya terminado: de marzo a abril en el litoral mediterráneo y en el sur, de abril a mayo en el interior y en el norte. La semilla es grande, se entierra a dos centímetros y emerge en ocho a catorce días. Marco de 25 a 30 centímetros para las compactas y algo más para las trepadoras.

Luz. Pleno sol en general; en Andalucía, Extremadura y el interior más caluroso agradece sombra en las horas centrales de julio y agosto, cuando el calor extremo frena la floración.

Riego. Regular. Tolera algo de sequía, pero cuando pasa sed detiene la floración y amarillea la hoja baja. En maceta necesita atención diaria en pleno verano.

Suelo: el punto que decide la floración. Aquí está el error clásico. La capuchina quiere suelo pobre o medio. En tierra recién estercolada o con abonado nitrogenado se dedica a fabricar hojas enormes de un verde intenso y da muy poca flor, o la esconde debajo del follaje. No se abona, y si acaso se emplea un fertilizante bajo en nitrógeno y con potasio. Si una capuchina está espléndida de hoja y sin flores, el diagnóstico es exceso de nitrógeno, no falta de nada.

Resiembra. Las semillas caen al suelo y en climas suaves germinan solas a la primavera siguiente sin ninguna ayuda. No llega a ser un problema: las plántulas se arrancan con dos dedos y se pueden trasplantar cuando son muy pequeñas, o dejar las que caen bien colocadas y quitar el resto.

Plagas: la oruga de la col

El daño más visible lo causan las orugas de Pieris brassicae y Pieris rapae, las mariposas blancas de la col. Que ataquen a una planta que no es una crucífera tiene una explicación bonita: las hembras localizan dónde poner mediante los glucosinolatos, y la capuchina los tiene, así que la reconocen como huésped válido. Las orugas jóvenes comen en grupo por el envés y las mayores se dispersan y pueden dejar la mata en esqueleto.

El control es sencillo si se hace pronto: revisar el envés de las hojas y retirar a mano las puestas, que son grupos compactos de huevos amarillos fáciles de ver, y aplastar las colonias de orugas pequeñas. Si el ataque va a más, funciona Bacillus thuringiensis var. kurstaki, específico de orugas e inofensivo para el resto de la fauna del huerto. Este comportamiento tiene además una lectura útil: cerca de las coles, la capuchina también actúa de reclamo para las Pieris, con la misma condición de siempre —vigilarla, no abandonarla—.

El resto es menor: minadores que dibujan galerías serpenteantes en la hoja y se controlan retirando las hojas afectadas, mosca blanca en ambiente resguardado y oídio a finales de temporada, cuando las noches refrescan y la mata ya está de retirada, momento en el que no merece la pena tratar nada.

En resumen

Tropaeolum majus es una anual andina, trepadora o rastrera según variedad, de hoja peltada y flor con espolón. En el huerto rinde por tres vías: sus flores y hojas son comestibles y pican por sus glucosinolatos —los frutos verdes se encurten como alcaparras—, funciona como planta trampa para el pulgón negro junto a habas, judías y frutales siempre que se retiren los brotes colonizados antes de que salgan alados, y cubre el suelo en pocas semanas. Se siembra directa cuando pasa el frío, quiere sol y riego regular, se resiembra sola y sufre a las orugas de la mariposa de la col. Y una advertencia que decide la cosecha de flor: en suelo muy rico da hoja y poca flor, así que no se abona.


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