Las semillas de las jatrofas saben bien, y ahí está exactamente el problema. Recuerdan a la avellana o al piñón, no producen rechazo al masticarlas y aparecen en cápsulas vistosas al alcance de la mano, lo que ha convertido a este género de euforbiáceas en una causa habitual de intoxicación infantil en los países donde se cultiva. Antes de hablar de su cultivo, de su látex o de la aventura industrial que protagonizó Jatropha curcas, conviene tener claro este punto.
Aviso: las semillas son tóxicas
Las semillas de Jatropha contienen curcina, una proteína inactivadora de ribosomas del mismo tipo que la ricina del ricino, y además ésteres de forbol, compuestos fuertemente irritantes del aparato digestivo. La curcina bloquea la síntesis de proteínas en las células que la absorben; los ésteres de forbol provocan una irritación intensa de la mucosa. La combinación da un cuadro que empieza con quemazón de garganta, náuseas, vómitos, dolor abdominal y diarrea abundante, y que en niños puede llevar a deshidratación grave en pocas horas.
Se han descrito casos con pocas semillas ingeridas, y la cifra concreta depende del tamaño del niño y del genotipo de la planta, así que no hay ninguna cantidad que pueda considerarse segura. Ante una ingestión, hay que llamar al Instituto Nacional de Toxicología (91 562 04 20) y acudir a urgencias, indicando de qué planta se trata. No se debe provocar el vómito por cuenta propia.
El látex que exuda cualquier corte también es irritante para la piel y, sobre todo, para los ojos y las mucosas: guantes al podar y no llevarse las manos a la cara. Y una regla de jardín que ahorra disgustos: si hay niños pequeños, se retiran los frutos antes de que maduren. Eso elimina el riesgo de raíz y, de paso, hace que la planta siga floreciendo.
Qué son las jatrofas
Jatropha es un género de la familia Euphorbiaceae con alrededor de 170 especies repartidas por las zonas cálidas de América y África. Comparte con sus parientes el látex —aquí acuoso, translúcido o rojizo, no espeso y blanco como en las Euphorbia— y las flores pequeñas y unisexuales agrupadas en inflorescencias donde lo llamativo no es el pétalo individual sino el conjunto.
El grupo es morfológicamente muy variado. Hay especies arbustivas de hoja grande y lobulada, especies suculentas con la base del tallo engrosada en forma de botella y especies casi arbóreas. Casi todas comparten el fruto: una cápsula de tres compartimentos que al secarse se abre y expulsa las semillas.
Especies que se ven en cultivo
Jatropha curcas, el piñón de Indias o piñón botija. Arbusto o arbolillo caducifolio de tres a seis metros, de corteza gris lisa, hoja acorazonada con tres a cinco lóbulos y flores verdosas discretas. Sus cápsulas amarillean y luego ennegrecen, y cada una guarda tres semillas negras de un par de centímetros con un contenido en aceite del treinta al cuarenta por ciento del peso. Es la especie que protagoniza el apartado siguiente.
Jatropha multifida, el coralillo. Su atractivo es la hoja: peltada y dividida en siete a once segmentos estrechos y profundos, como una mano abierta de dedos finos. Sobre ella emergen inflorescencias de un rojo coral intenso en cimas planas y largamente pedunculadas. Es de las más cultivadas como ornamental en climas tropicales.
Jatropha integerrima, la peregrina. Arbusto caribeño de floración roja o rosa prácticamente continua en calor, muy usado en jardinería de Florida y del Caribe y presente en Canarias.
Jatropha gossypiifolia, de hojas jóvenes de un púrpura vinoso muy decorativo y pegajosas al tacto. Se ha naturalizado y comporta como invasora agresiva en el norte de Australia y en parte del trópico americano, de modo que su interés ornamental viene con una advertencia.
Jatropha podagrica, la de tallo abotellado y corimbos rojos, es la que más se ve en maceta en España y tiene artículo propio en este sitio.
La burbuja del biodiésel
Entre 2005 y 2010, Jatropha curcas fue presentada como la solución a un dilema incómodo: producir combustible sin quitarle tierra a la comida. El argumento tenía buen aspecto sobre el papel. Es una planta rústica, resiste la sequía, crece en suelos degradados donde no prospera un cultivo alimentario, no es comestible —así que nadie desviaría la cosecha al mercado de alimentos— y su semilla da un aceite que se convierte en biodiésel sin dificultad técnica.
La respuesta fue masiva. India lanzó un programa nacional con el objetivo de plantar millones de hectáreas. Se firmaron proyectos de gran superficie en Tanzania, Mozambique, Ghana, Zambia, Myanmar y Brasil. Bancos de inversión la señalaron como una de las candidatas más prometedoras del sector. Compañías energéticas europeas entraron en el negocio.
El desenlace merece contarse con honestidad, porque explica más sobre agronomía que cualquier manual. Los rendimientos reales quedaron muy por debajo de lo prometido, y por una razón elemental: la jatrofa sobrevive en tierra pobre y seca, pero producir semilla es otra cosa, y para eso necesita agua y nutrientes como cualquier otro cultivo. Toda la propuesta se apoyaba en confundir supervivencia con productividad.
A eso se sumaron problemas que solo aparecen cuando se planta a escala. La especie nunca había sido domesticada: se plantaron semillas silvestres sin programas de mejora detrás, con una variabilidad enorme entre plantas de la misma parcela. La maduración de los frutos es escalonada, lo que obliga a recolección manual repetida y dispara el coste laboral, sin maquinaria disponible para hacerlo. Y la torta que queda tras extraer el aceite, que en otros cultivos oleaginosos se vende como pienso y sostiene los números, aquí es tóxica y difícil de valorizar.
Hacia 2012 los proyectos empezaron a cerrar; algunas grandes compañías se habían retirado antes. Quedaron plantaciones abandonadas y, en varios países africanos, comunidades que habían cedido tierra a cambio de una promesa. La investigación continúa —hay líneas de mejora y existen genotipos mexicanos con bajo contenido en ésteres de forbol— pero la lección es clara: un cultivo no se improvisa, y el entusiasmo no sustituye a treinta años de selección varietal.
Cultivo de la jatrofa
Clima. Es planta tropical y subtropical. Vegeta entre 20 y 30 °C y se detiene por debajo de 15 °C. No tolera la helada: a partir de 0 o 2 °C se dañan los brotes y el frío prolongado puede matar la planta. En España solo cabe plantarla en tierra en Canarias y en enclaves muy abrigados del litoral mediterráneo cálido; en el resto del país, maceta y refugio de invierno.
Luz. Pleno sol, y cuanto más mejor. Con luz escasa se ahíla, la hoja pierde consistencia y la floración desaparece.
Sustrato y riego. Mezcla muy drenante —mantillo con arena gruesa o pómez a partes iguales— y un riego que respete su ciclo: regular mientras tiene hoja y crece, dejando secar la capa superficial entre riegos, y prácticamente nulo cuando pierde la hoja en el reposo invernal. El exceso de agua con frío pudre el cuello y es lo que acaba con la mayoría de los ejemplares cultivados fuera de su clima.
Abonado. Un fertilizante de bajo nitrógeno cada tres o cuatro semanas durante el crecimiento basta. El exceso de nitrógeno da tallos blandos y poca floración.
Multiplicación. Por semilla fresca, que pierde viabilidad deprisa: germina en una o tres semanas a 25-28 °C. Por esqueje semileñoso en primavera o verano, dejando secar el corte varios días para que cicatrice antes de plantarlo, porque un esqueje de euforbiácea plantado sangrando se pudre. Manipular siempre con guantes.
Problemas. Cochinilla algodonosa en las axilas de las hojas, araña roja en ambiente seco de interior, mosca blanca en invernadero. Las pudriciones de raíz son casi siempre de origen doméstico: regar en invierno.
En resumen
Las jatrofas son euforbiáceas tropicales de látex irritante cuyas semillas contienen curcina, una toxina emparentada con la ricina, y ésteres de forbol; su sabor agradable las hace peligrosas con niños, y ante una ingestión hay que llamar al Instituto Nacional de Toxicología y acudir a urgencias. Jatropha curcas protagonizó un auge mundial como cultivo para biodiésel que se desinfló porque resistir la sequía y producir semilla no son lo mismo, y porque nadie había domesticado antes la planta. Como ornamentales, J. multifida, J. integerrima y J. podagrica compensan: quieren calor, pleno sol, sustrato drenante, riego atado al ciclo de la hoja y ninguna helada.