Existe en la costa una franja estrecha, la que queda entre el alcance del temporal y la primera vegetación leñosa, donde la sal que trae el viento quema cualquier brote tierno y el suelo se seca en horas. Ahí vive Frankenia laevis, la brezuela marina o albohol, una mata rastrera que no solo aguanta la sal: la absorbe y la expulsa por unas glándulas de la hoja, dejándola cubierta de cristales blancos que se notan al pasar el dedo.
Descripción y parentesco
Pertenece a las frankeniáceas, familia pequeña y poco conocida cuyo aire recuerda al de un brezo en miniatura, de donde vienen tanto el nombre popular como la confusión: no tiene relación alguna con las ericáceas.
Es un subarbusto postrado que apenas levanta diez o quince centímetros del suelo y se extiende en horizontal formando alfombras de medio metro o más. La base se lignifica con los años y los tallos, muy ramificados, echan raíces allí donde tocan tierra húmeda, lo que le permite avanzar poco a poco. Las hojas son diminutas, lineares, opuestas, con los bordes revueltos hacia abajo, apiñadas en fascículos y de un verde grisáceo que en invierno o bajo estrés se tiñe de rojizo y púrpura.
Las flores nacen solitarias o en grupitos en las axilas, miden cinco o seis milímetros, tienen cinco pétalos de un rosa pálido con la uña estrecha y aparecen escalonadas desde mayo o junio hasta septiembre. Es una floración menuda y prolongada, más un punteado de color sobre la alfombra gris que un espectáculo.
Cómo se las arregla con la sal
La planta es una halófita, y de un tipo concreto: no evita la sal ni la almacena en tejidos suculentos como hace la salicornia, sino que la excreta. En el envés de la hoja tiene glándulas salinas formadas por unas pocas células que bombean sodio y cloruro desde el interior hacia el exterior. La solución concentrada se seca al aire y deja una costra de cristales que la lluvia o el rocío acaban arrastrando.
El mecanismo tiene consecuencias prácticas. Le permite vivir con la raíz en un suelo cuya salinidad mataría a la mayoría de las plantas de jardín, y también encajar sin daño la sal que llega por el aire en forma de aerosol marino, la que quema los setos de las urbanizaciones costeras cada temporal de invierno. En el medio natural la encontramos en las partes altas de los saladares, donde la marea llega solo en pleamares vivas, en las depresiones intradunares, en acantilados y roquedos batidos por la espuma, y en algunos enclaves salinos del interior peninsular donde conviven otras Frankenia como F. thymifolia o F. corymbosa.
Uso en jardinería de costa
Su valor está en resolver situaciones difíciles con muy poco mantenimiento:
Primera línea de mar. Taludes, jardineras y bordes de paseo marítimo donde el viento salino defolia cualquier tapizante convencional.
Sustitución parcial del césped. Cubre bien y se mantiene verde grisáceo todo el año con una fracción del agua de una pradera, pero conviene ajustar expectativas: tolera pisadas ocasionales, no el tránsito diario ni el juego de niños. Sirve para superficies que se miran y se cruzan de vez en cuando, no para una zona de estar.
Juntas de pavimento y rocalla. Entre losas de piedra, en el borde de escaleras, sobre muretes secos y en grietas donde se acumula un poco de arena.
Cubiertas vegetales. Su escaso porte, su sistema radicular somero y su resistencia a la sequía la hacen candidata para tejados verdes extensivos de sustrato delgado en clima mediterráneo.
Cuidados
Exposición. Sol pleno. A la sombra se afloja, pierde el porte compacto y florece poco.
Suelo. Lo que exige no es riqueza, sino drenaje. Arenas, gravas, suelos esqueléticos y calizos le van bien, y tolera pH básicos y salinidades altas. Lo que no perdona es un terreno arcilloso que se mantenga húmedo en invierno: ahí se pudre por el cuello. En suelos pesados hay que plantarla sobre caballón o mezclar arena gruesa y grava en el hoyo.
Riego. Regular el primer año hasta que se instale, y a partir de ahí prácticamente nulo en zona costera. En el interior, con veranos de cuarenta grados y aire seco, agradece un riego de apoyo cada dos o tres semanas.
Frío. Resiste heladas moderadas, del orden de ocho o diez grados bajo cero, con daño en las puntas. No es planta para inviernos continentales duros.
Recorte. Un repaso ligero con tijera de setos tras la floración, rebajando un tercio, mantiene la mata densa y renueva el color. También conviene levantar y retirar los tallos viejos y desnudos del centro cuando aparecen.
Multiplicación. Sencilla por esquejes semileñosos en verano, en arena húmeda y a la sombra, o directamente por acodo natural: se busca un tallo que ya haya enraizado al tocar el suelo, se separa con su porción de raíz y se planta. La semilla, muy fina, germina en primavera sobre sustrato arenoso apenas cubierto.
No tiene plagas dignas de mención. Los fracasos casi siempre se deben a exceso de agua, sombra o sustrato compacto.
Restauración de dunas y saladares
Fuera del jardín, la especie tiene un papel en los proyectos de recuperación del litoral. En los sistemas dunares se emplea en la duna fijada y en las depresiones interdunares, por detrás del cordón de barrón, donde su porte rastrero sujeta la arena superficial, reduce la deflación por viento y crea las condiciones para que se instalen otras especies. Es una planta de segunda línea sucesional, no de primera duna.
En los saladares y marismas se usa para revegetar los bordes degradados y las zonas de transición hacia el matorral, ambientes donde la salinidad excluye la mayor parte del catálogo comercial. También aparece en trabajos sobre suelos salinizados por riego o por vertidos, en los que se estudia el papel de las halófitas excretoras para estabilizar la superficie y frenar la erosión.
Una precaución cuando se recolecta material: los saladares y los sistemas dunares están protegidos, y la extracción de plantas o de semilla en espacios naturales requiere autorización. Para un jardín, lo razonable es partir de vivero especializado en flora autóctona o de esquejes cedidos por otro jardín.
En resumen
Frankenia laevis es un subarbusto tapizante de hoja diminuta y flor rosa menuda que vive en saladares, acantilados y arenales, y que expulsa la sal sobrante por glándulas foliares. En el jardín resuelve el primer frente costero, las juntas de pavimento, las rocallas y las cubiertas de sustrato delgado, con la condición de darle sol pleno y un suelo que drene deprisa; el agua estancada en invierno es lo único que la mata. Aguanta heladas moderadas, se multiplica sin esfuerzo por esqueje o acodo y se mantiene densa con un recorte anual tras la floración. En restauración se emplea para fijar la duna interior y revegetar bordes de saladar, ambientes donde el listado de candidatas es muy corto.