En una flor naranja rara vez hay un pigmento naranja. Lo que hay es una mezcla, o una superposición, o un compuesto amarillo en concentración tan alta que el ojo lo lee como fuego. Entender de dónde sale ese color explica dos cosas prácticas: por qué ciertas familias de plantas tienen flores naranjas y otras no las tendrán nunca, y por qué el naranja es el color que más problemas da al combinarlo en un jardín.

Flores naranjas de caléndula

Los pigmentos que producen el naranja

Tres grandes familias de pigmentos colorean los pétalos, y el naranja se alcanza por caminos distintos según cuál actúe.

Carotenoides. Son los responsables principales. Se trata de moléculas liposolubles que la planta almacena en unos orgánulos llamados cromoplastos, dentro de la célula del pétalo. El betacaroteno da naranja franco, el licopeno tira a rojo anaranjado y las xantofilas —luteína, zeaxantina— aportan amarillos. Una caléndula, un tagete o una capuchina deben su color casi por entero a esta vía. Como se acumulan en plastos y no en la savia, producen colores densos, opacos y estables, que no cambian con el pH de la célula.

Antocianinas. Son hidrosolubles y se disuelven en la vacuola. Dan rosas, rojos, morados y azules según su estructura y la acidez del medio. La antocianina llamada pelargonidina, la de menor número de grupos hidroxilo, produce rojos anaranjados y salmones. Cuando una capa de antocianinas se superpone a un fondo de carotenoides, aparecen los naranjas complejos, cobrizos, albaricoque y terracota de muchas rosas modernas, dalias y alstroemerias: el color cambia según se mire la flor a contraluz o de frente, porque los dos pigmentos están en capas distintas del pétalo.

Betalaínas. Son el caso aparte. Un puñado de familias emparentadas —cactáceas, portulacáceas, nictagináceas, amarantáceas— sustituyeron las antocianinas por estos pigmentos nitrogenados, y en ellas el naranja resulta de mezclar betaxantinas amarillas con betacianinas rojo violáceas. Por eso el naranja incandescente de una Rebutia, de una portulaca o de una buganvilla tiene una calidad luminosa distinta. Y por eso ninguna de esas plantas dará jamás una flor azul: no fabrican antocianinas.

Quién ve ese color

El naranja no está dirigido al ojo humano, evidentemente, y no todos los visitantes lo perciben igual.

Las abejas tienen tres tipos de fotorreceptores sensibles al ultravioleta, al azul y al verde, y carecen de receptor para el rojo. Su visión está desplazada hacia longitudes de onda cortas: un naranja puro les resulta poco contrastado, lo interpretan como un verde amarillento apagado. Aun así visitan muchas flores naranjas, porque estas suelen llevar patrones que reflejan o absorben ultravioleta, invisibles para nosotros, que funcionan como guías de néctar y las hacen perfectamente localizables.

Las mariposas sí ven bien el rojo y el naranja: su gama de receptores es más amplia y llega a esas longitudes de onda. De ahí que las flores naranjas de tubo largo con plataforma de aterrizaje —lantanas, asclepias, zinnias— sean un imán para ellas.

Las aves son tetracromáticas y distinguen los rojos y naranjas con enorme precisión. En los trópicos americanos, la mayoría de las flores naranjas y rojas de tubo estrecho y sin perfume están dirigidas a colibríes; en un jardín español ese nicho lo ocupan algunas mariposas grandes y esfinges diurnas, además de aves que visitan estas flores de forma oportunista.

Las polillas nocturnas, en cambio, no le hacen ningún caso: de noche buscan blancos y aromas intensos, y una flor naranja es una mancha oscura.

Por qué es el color más difícil de combinar

El naranja tiene tres propiedades que lo hacen conflictivo en un macizo.

La primera es la saturación. Está en la zona del espectro donde el ojo humano es muy sensible, de modo que a igualdad de superficie pesa mucho más que un lila o un azul. Una mancha pequeña de naranja domina un parterre entero; la misma mancha en malva pasa desapercibida.

La segunda es que avanza. Los colores cálidos parecen más cercanos de lo que están y acortan visualmente la profundidad del jardín. Un fondo naranja al final de una perspectiva la encoge.

La tercera, y la que provoca los choques auténticos, es la temperatura del color vecino. El naranja es un amarillo enrojecido, es decir, un rojo de base amarilla. Los rosas de jardín —los de las rosas antiguas, los geranios rosa, la mayoría de las petunias, las lagerstroemias— son rojos de base azul. Poner juntos un rojo cálido y un rojo frío produce esa vibración incómoda que se percibe como suciedad de color. El problema no es el naranja: es la mezcla de dos rojos que van por caminos distintos.

Con qué funciona bien:

Con el azul, su complementario. Salvias azules, agapantos, nigella, ceanothus, Perovskia: el contraste es máximo y ambos colores ganan.

Con el púrpura y el violeta: Verbena bonariensis, lavanda, iris morados, Salvia nemorosa. Es una combinación algo menos estridente que la anterior y muy fiable.

Con el follaje plateado o gris: artemisias, Stachys byzantina, santolina, olivo, teucrium. El gris baja la temperatura general y hace de amortiguador entre colores que solos discutirían.

Con el follaje oscuro: Physocarpus de hoja púrpura, Sambucus nigra de hoja negra, ophiopogon, cannas de hoja bronce. El naranja sobre casi negro es de los contrastes más elegantes que se pueden montar.

Con los verdes ácidos y las gramíneas secas de tonos pajizos y canela, que lo prolongan en lugar de enfrentarse a él.

Con qué choca: con los rosas y magentas fríos, con los lilas pálidos y con los blancos rosados. Y un aviso de contexto: contra un muro de ladrillo visto, una fachada de terracota o un suelo de albero, el naranja desaparece por falta de contraste. Necesita fondo verde oscuro, gris piedra, encalado o madera.

Selección por estación y por porte

Caña de las Indias, Canna indica, con flores naranjas

Invierno y final del invierno. La bignonia de invierno o Pyrostegia venusta cubre pérgolas de naranja intenso entre diciembre y marzo en zonas de litoral sin heladas fuertes. Los Aloe —A. arborescens, A. striata— levantan racimos anaranjados en pleno enero en clima mediterráneo. La Clivia miniata hace lo propio a la sombra, en maceta o bajo arbolado, y aguanta poco frío. La caléndula (Calendula officinalis) florece desde el otoño hasta la primavera en casi toda España, y se resiembra sola.

Primavera. Tulipanes anaranjados como los del grupo Ballerina, con perfume; Erysimum de tonos albaricoque; Geum coccineum; ranúnculos; la amapola de California (Eschscholzia californica), que se siembra a voleo en otoño y tapiza en abril; y Fritillaria imperialis, para suelos frescos y bien drenados.

Verano. Aquí está el grueso. Entre las bulbosas y rizomatosas: la caña de las Indias (Canna indica y sus híbridos), que pide sol, riego abundante y suelo rico, y da flor de junio a octubre; la crocosmia (Crocosmia × crocosmiiflora), resistente y colonizadora; la dalia, con variedades naranjas de todos los tamaños, que en clima cálido se deja en tierra y en zonas frías se arranca el tubérculo tras las primeras heladas; y los Hemerocallis, casi indestructibles.

Entre las vivaces: Kniphofia, Alstroemeria, Bulbine frutescens —de floración continua y muy poco riego—, Helenium y Asclepias tuberosa, esta última imprescindible si se quiere atraer mariposas. La gazania (Gazania rigens) merece mención aparte: tapiza taludes a pleno sol, tolera sequía y salinidad y cierra sus capítulos al anochecer y en días nublados.

Entre las anuales: tagetes, zinnias, Cosmos sulphureus y Tithonia rotundifolia, esta última capaz de alcanzar dos metros en una temporada y de sostener la floración hasta las primeras heladas.

Entre los arbustos: la lantana, la rosa de China (Hibiscus rosa-sinensis) en variedades naranjas para litoral y patios protegidos, Leonotis leonurus con sus verticilos afelpados a final de verano, y rosales de tonos cobre y albaricoque.

Entre las trepadoras: Campsis radicans, vigorosa y rústica hasta en el interior, y Eccremocarpus scaber para superficies pequeñas.

Entre las suculentas: Rebutia heliosa y otros cactus globosos, que dan flores desproporcionadamente grandes y naranjas en primavera con solo un sustrato mineral, sol y sequía invernal absoluta; Portulaca grandiflora; y Delosperma en tonos fuego.

Otoño. Continúan dalias, tithonias y lantanas hasta la helada, se suman los crisantemos anaranjados y toman el relevo los frutos: Pyracantha, Physalis alkekengi y los escaramujos, que prolongan el color naranja cuando ya no hay flor.

Cómo usarlo sin que domine

Tres reglas resumen la práctica. Menos cantidad de la que se pondría de otro color, porque rinde más por metro cuadrado. Repetido en lugar de agrupado: tres manchas pequeñas del mismo naranja a lo largo del parterre organizan la vista, mientras que una sola grande se convierte en un agujero. Y separado de los rosas fríos mediante follaje gris, verde oscuro o gramíneas, que actúan como zona neutra. Con eso, el color más difícil se vuelve el más útil para dar energía a un jardín que se ha quedado apagado.

En resumen

El naranja de las flores procede casi siempre de carotenoides acumulados en cromoplastos, a veces reforzados por una capa de antocianinas que produce los tonos cobre y albaricoque, y en cactáceas y portulacas de una mezcla de betalaínas. Las abejas lo perciben apagado, pero lo localizan por sus patrones ultravioleta; las mariposas y las aves lo ven perfectamente. En el jardín es el color de mayor peso visual y el que peor convive con los rosas y magentas de base azul, mientras que funciona con azules, púrpuras, follaje plateado y follaje oscuro, y desaparece contra fondos de ladrillo o terracota. Para clima español hay flor naranja en las cuatro estaciones: pirostegia, aloes y caléndula en invierno, tulipanes y amapola de California en primavera, cannas, crocosmias, dalias, gazanias, tagetes y lantanas en verano, y crisantemos y frutos anaranjados en otoño.


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