El azul de la festuca azul no es un pigmento. Si se raspa suavemente una hoja con la uña aparece debajo una raya verde corriente: lo que se ve desde fuera es una capa de ceras epicuticulares depositadas en la superficie, en forma de plaquitas y bastoncillos microscópicos, que dispersan la luz de longitud de onda corta y devuelven ese gris azulado. Todo el manejo de la planta se deduce de ese hecho, porque cualquier cosa que reduzca la producción de cera o la desgaste apaga el color.

Mata esférica de Festuca glauca de hoja fina y azulada

La planta

Festuca glauca Vill. es una gramínea perenne de mata cespitosa procedente del sur de Francia, emparentada de cerca con Festuca ovina y Festuca cinerea; buena parte del material que circula en vivero corresponde en realidad a ese complejo de especies y a híbridos entre ellas, cosa que explica la variabilidad de color entre plantas compradas en sitios distintos.

Forma una mata semiesférica muy regular, de 20 a 30 centímetros de altura de follaje y otro tanto de anchura, que en floración levanta panículas hasta los 40 o 50. La hoja es acicular, enrollada sobre sí misma hasta parecer un hilo rígido, de medio milímetro a un milímetro de diámetro, y es esa finura combinada con la densidad lo que le da aspecto de erizo peinado.

La cera que produce el color no es un capricho ornamental: es una adaptación de planta de sitios secos y expuestos. Refleja parte de la radiación incidente y, sobre todo, reduce la pérdida de agua a través de la cutícula. Cuanto más dura son las condiciones, más cera fabrica la planta y más azul se ve.

Dónde luce: macizo, rocalla y borde

Como planta suelta, una festuca azul es una curiosidad de veinte centímetros que pasa inadvertida. Como masa, es un recurso de diseño de primer orden. La diferencia está en el número.

En macizo. Grupos de siete, nueve o quince ejemplares plantados en tresbolillo a 25 o 30 centímetros entre ejes, lo que da entre siete y doce plantas por metro cuadrado. A esa densidad las matas se rozan sin llegar a tocarse y el conjunto se lee como una textura continua de bolas azules separadas por grava. Es el planteamiento clásico del jardín seco contemporáneo.

En rocalla. Encajada entre piedras, con acolchado mineral de gravilla clara. La combinación de la hoja azul con la piedra caliza gris o con la pizarra funciona sin necesidad de más ingredientes.

Como borde. Alineada a lo largo de un camino, a 25 centímetros, formando una cenefa baja que marca el recorrido sin cerrarlo. Aguanta bien esa posición porque no se despatarra.

En maceta. Va perfectamente en recipiente, sola o con crasas, siempre con drenaje generoso.

Acompañantes que funcionan en clima español: Sedum de todo tipo, Lavandula, Santolina, Achillea, Euphorbia myrsinites, Perovskia, Cistus, Teucrium. Para contraste fuerte, Ophiopogon planiscapus 'Nigrescens', de hoja casi negra, que junto al azul produce una de las parejas más eficaces del repertorio. Para contraste suave, cualquier follaje bronce o granate.

Lo que hay que evitar es plantarla junto a especies que se desparramen encima. Un mes de sombra sobre la mata basta para que el centro se estire, se decolore y empiece a morir. La festuca azul necesita aire y luz por los cuatro costados.

Por qué pierde el color

Cuatro causas, y ninguna se arregla con abono.

Sombra. Es la primera y la más frecuente. Con menos de seis horas de sol directo, la planta produce mucha menos cera, la hoja se alarga buscando la luz, se ablanda y vira a verde. La mata pierde además su forma redonda y se abre. No hay corrección posible salvo trasplantarla.

Exceso de agua. Una festuca regada como un césped crece más deprisa, con hoja larga y tierna, y otra vez verde. Su ritmo de fabricación de cera no acompaña a ese crecimiento acelerado. Además el exceso de humedad en el cuello durante el invierno es lo que de verdad la mata: no muere de sequía en agosto, muere de podredumbre en febrero en un suelo arcilloso mal drenado.

Nitrógeno. El mismo efecto multiplicado. Un abono de césped aplicado sobre un macizo de festuca lo deja verde, blando y despatarrado en tres semanas. Esta planta no se abona, o como mucho recibe un puñado de compost muy maduro cada dos o tres años.

Desgaste mecánico de la cera. El riego por aspersión con agua calcárea deposita cal sobre la hoja y erosiona la capa cerosa gota a gota; los aceites y jabones aplicados contra plagas la disuelven directamente. Riego al pie, y nada de tratamientos foliares que no sean imprescindibles.

Y una situación que parece un problema y no lo es: en julio y agosto, en secano y en pleno sol, la mata puede tomar un tono pajizo en parte del follaje y detener el crecimiento. Es una semilatencia estival normal en una gramínea de estación fría, y se recupera con las lluvias de septiembre.

Cultivo, en pocas líneas

Pleno sol. Suelo pobre, suelto, con material grueso, y drenaje por encima de cualquier otra consideración; en terreno pesado hay que plantarla sobre un caballón elevado o mezclar un tercio de arena gruesa y grava. Indiferente al pH, cómoda en caliza. Acolchado mineral, nunca corteza ni compost, que retienen humedad contra el cuello.

Riego: durante el primer verano, cada diez o quince días para que enraíce. Después, en el interior peninsular, un riego profundo cada dos o tres semanas de junio a septiembre; en el norte, ninguno. Resistencia al frío muy alta, hasta unos −20 °C.

Limpieza anual: a finales de invierno se peina la mata con los dedos enguantados o con un rastrillo pequeño de mano, tirando hacia arriba para extraer la hoja muerta acumulada dentro. Rasurarla con tijera de setos es tentador y sale mal: la hoja seccionada no vuelve a alargarse por la punta —la razón está en el crecimiento desde la base de las gramíneas— y la mata queda con las puntas pardas durante meses, hasta que la sustituye por hoja nueva.

La espiga: cortarla o dejarla

Florece en mayo y junio, con panículas estrechas que asoman 15 o 20 centímetros por encima del follaje, verdosas al principio y de color paja después. Hay dos maneras defendibles de tratarlas.

Dejarlas. A contraluz de la tarde tienen un efecto vaporoso muy agradecido, y aportan el movimiento que la mata compacta no tiene. Se cortan en julio, cuando el color se ha ido y las varas empiezan a doblarse desordenadamente.

Cortarlas al emerger. Se siegan a la base con tijera de podar en cuanto asoman. La mata queda como una bola azul perfectamente limpia, que es lo que se busca en un diseño geométrico o en un jardín de gravas muy ordenado.

Más allá del gusto, hay un argumento a favor de cortarlas: producir semilla consume reservas y acelera el envejecimiento de una planta que ya de por sí no es longeva. Y hay otro argumento adicional que interesa a quien tenga un macizo grande: las plántulas que salen de esa semilla son verdes. Los cultivares azules no se transmiten fielmente por vía sexual, de modo que la descendencia espontánea desluce el conjunto con matas verdosas intercaladas. Si se quieren más plantas, se dividen; sembrar no reproduce el color.

La división, cada tres o cuatro años

Toda mata cespitosa acaba abriéndose por el centro, y la festuca azul lo hace pronto. La macolla se expande de forma centrífuga: los brotes nuevos aparecen en el perímetro y el tejido central, más viejo, se agota, se ve sombreado por su propia descendencia y termina muriendo. A los tres o cuatro años lo que había sido una bola es un anillo verde con un hueco pardo en medio.

La única solución es dividir, y conviene hacerlo antes de que el aspecto sea lamentable.

Cuándo. A comienzos de otoño, en septiembre u octubre, es lo mejor en clima mediterráneo y templado, porque las raíces siguen creciendo durante el invierno suave y la planta llega asentada al verano siguiente. En zonas de invierno duro, a comienzos de primavera, en marzo o abril, en cuanto se reanude el crecimiento.

Cómo. Se levanta la mata entera con una horca, procurando llevarse el sistema radicular completo. Se sacude la tierra y se localiza la parte muerta del centro, que se recorta y se descarta sin contemplaciones. El anillo vivo se separa en porciones con un cuchillo de sierra o simplemente con las manos, y cada porción debe llevar de cuatro a seis brotes y al menos cinco centímetros de raíz. El follaje se recorta a un tercio para reducir la transpiración mientras la planta no tiene raíces funcionales.

Al replantar, la corona queda exactamente a nivel del suelo. Enterrarla dos centímetros «para que agarre» provoca podredumbre. Se riega bien el primer mes y después se vuelve al régimen habitual.

Es una planta de vida corta, y hay que contar con ello

Aun dividiéndola, una Festuca glauca individual entra en declive a partir de los cuatro o seis años. Se comporta como una lavanda o como una santolina: no es una perenne de las que se plantan y se olvidan durante veinte años, sino una planta de reposición periódica.

Esto tiene una consecuencia de diseño que conviene incorporar desde el principio. Conviene plantarla en bloques homogéneos y accesibles, no salpicada entre vivaces permanentes de las que no se pueden sacar sin destrozar el arriate. Cuando llegue el momento, se levanta el bloque entero, se divide todo a la vez y se replanta, con lo que además se recupera la uniformidad de tamaño que hace bonito al conjunto. Un macizo con festucas de tres edades distintas se ve desigual.

Cultivares, y dos plantas con las que se confunde

'Elijah Blue'. El patrón de referencia: el azul más intenso y más constante, mata de 25 centímetros, y el más persistente de todos. Si solo se va a comprar uno, es este.

'Blaufuchs' (Blue Fox) y 'Intense Blue'. Azul muy vivo, porte algo menor, buen comportamiento.

'Blauglut' (Blue Glow). Follaje fino y color plateado.

'Azurit'. Más alto, hasta 35 centímetros, con la mata algo más laxa.

'Golden Toupee'. Amarillo verdoso en lugar de azul. Necesita protección del sol de mediodía en verano, porque se quema con más facilidad que las azules.

Dos parientes que se venden como si fueran lo mismo y no lo son:

Festuca amethystina es de mayor porte, 40 a 50 centímetros, hoja algo menos rígida y color azul verdoso con reflejos violáceos en la panícula. Es notablemente más longeva y aguanta mejor el suelo pesado.

Helictotrichon sempervirens, la avena azul, es la planta a la que hay que recurrir cuando se quiere el mismo azul en formato grande. Forma una mata de 60 a 80 centímetros con las varas florales, tiene el mismo color glauco por la misma razón cerosa, y vive bastantes más años sin ahuecarse. En un macizo amplio hace de pieza mayor mientras la festuca hace de tapiz.

En resumen

El color de Festuca glauca procede de una capa de ceras superficiales, no de un pigmento, y esas ceras son una defensa contra la sequedad: cuanto más sol y menos agua, más azul. Por eso pierde el color en sombra, con riego abundante, con nitrógeno o cuando la aspersión con agua dura y los tratamientos aceitosos desgastan la cera. Se planta a pleno sol, en suelo pobre y muy drenado, con acolchado mineral, y se limpia en febrero peinando la mata en lugar de rasurarla, porque la hoja cortada no vuelve a crecer por la punta. Luce en grupos de siete a quince ejemplares a 25 o 30 centímetros, en rocalla y como borde, y se estropea si algo la sombrea. Las espigas de mayo se pueden dejar por su efecto a contraluz o cortar al brotar para mantener la bola limpia, con el argumento añadido de que la semilla agota la planta y produce descendencia verde, no azul. El centro de la mata se muere a los tres o cuatro años, así que hay que levantarla, descartar la parte muerta y dividir el anillo vivo en porciones de cuatro a seis brotes, en septiembre u octubre o a comienzos de primavera. Aun así es planta de vida corta, de reposición cada cinco años, y conviene plantarla en bloques que se puedan renovar de una vez. 'Elijah Blue' es el cultivar de referencia, y para el mismo azul en tamaño grande y con más años por delante, la avena azul.


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