Se pisa sin querer en una loma caliza del Pirineo, a dos mil metros, y se nota bajo la bota: el suelo no cede. Lo que hay ahí es un cojín vegetal tan apretado que resiste el peso de una persona, erizado de puntas finas y rígidas que pinchan a través del calcetín. Esa planta es Festuca gautieri, la festuca erizo, y esa arquitectura compacta es su respuesta a un ambiente donde el viento, el hielo y la radiación no dan tregua.

Cojín denso y redondeado de Festuca gautieri

Una planta construida como un cojín

Festuca gautieri (Hack.) K.Richt., citada durante mucho tiempo como Festuca scoparia, es una gramínea perenne que forma almohadillas hemisféricas de 10 a 15 centímetros de altura y de 30 a 50 de anchura en ejemplares maduros, capaces de llegar a los 70 en sitios que le van bien.

La hoja es acicular, rígida, de tres a seis décimas de milímetro de grosor, curvada hacia arriba y terminada en una punta endurecida y aguda. El verde es franco, brillante, a veces con un ligero tono oliváceo o algo glauco en la subespecie scoparia, pero nunca azulado ni plateado. Los brotes salen apretadísimos desde rizomas muy cortos que traban la base de la mata, lo que produce una superficie continua en lugar de una macolla de tallos separados.

Esa estructura no es decorativa, es funcional. En alta montaña el cojín cumple varias cosas a la vez: reduce el arrastre del viento sobre la superficie foliar, atrapa una capa de aire quieto y húmedo entre las hojas, retiene las hojas muertas en el interior formando un colchón aislante alrededor de la corona, y acumula partículas de suelo y materia orgánica que van construyendo sustrato bajo la propia planta. Es un pequeño microclima autoconstruido, y el mismo modelo lo repiten en otras familias plantas de porte parecido en el mismo hábitat.

De dónde viene

Es una especie orófila del suroeste de Europa. Su núcleo está en el Pirineo, en ambas vertientes, y se extiende por la Cordillera Cantábrica, el Sistema Ibérico septentrional, las Corbières y el sur del Macizo Central francés.

Vive entre unos 1.400 y 2.600 metros de altitud, con preferencia clara por los sustratos calizos: crestas ventosas, laderas soleadas, gleras y canchales estabilizados, rellanos rocosos. En esas laderas forma comunidades densas conocidas como gespetales o pastos de Festuca gautieri, en las que a menudo es la especie dominante y da nombre a la alianza fitosociológica correspondiente.

Conviene aclarar un nombre que se confunde a menudo. En Aragón, «erizón» designa a Echinospartum horridum, una leguminosa espinosa que forma matorrales igualmente compactos y punzantes en las mismas laderas pirenaicas, y que es una planta completamente distinta. Para Festuca gautieri son preferibles «festuca erizo» o directamente el nombre científico.

En qué se diferencia de la festuca azul

Ambas se venden en el mismo expositor y se compran a veces indistintamente. Comparten género y poco más.

Color. Festuca glauca tiene la hoja recubierta de ceras que le dan el gris azulado característico. Festuca gautieri es de verde limpio, sin ese velo. En un macizo, una junto a otra, se distinguen a diez metros.

Tacto. La glauca es fina pero flexible; se pasa la mano por encima sin consecuencias. La gautieri pincha de verdad: la punta de la hoja está esclerificada y se clava. Es un dato a tener en cuenta si hay niños o si va junto a una zona de paso.

Porte. La glauca es una bola erguida que se levanta del suelo; la gautieri es una almohadilla aplastada que se pega al terreno y se extiende en horizontal.

Longevidad. Aquí está la diferencia de manejo más importante. La festuca azul se ahueca por el centro a los tres o cuatro años y hay que dividirla con regularidad. La festuca erizo mantiene el cojín cerrado durante diez años o más, porque los rizomas cortos van rellenando el interior en lugar de dejarlo vacío. Se planta y se olvida.

Clima. La glauca tolera bastante bien el verano seco del interior peninsular. La gautieri es una alpina de verdad y tiene un problema serio con el calor, que se explica más abajo.

Función en el jardín. La azul es textura de acento, mata a mata. La erizo es masa cubridora, un elemento de superficie.

En rocalla y en jardín seco de altura

Su sitio natural en el jardín es la rocalla, y muy especialmente la rocalla caliza, donde reproduce sin esfuerzo el aspecto de la ladera de la que procede.

El recurso de colocación que mejor resultado da es plantarla contra la piedra: el cojín apoyado en la cara de un bloque, o encajado en el ángulo entre dos rocas, o desbordando ligeramente el borde de un peldaño. Así es como crece en el monte, y así es como se ve bien. Un cojín plantado en medio de una superficie lisa parece un objeto olvidado.

Otras situaciones que le van:

Entre losas de un pavimento de piedra, en las juntas anchas, donde el pisoteo ocasional no le hace daño y las losas mantienen fresca la raíz. En una jardinera alpina o artesa de piedra, con un sustrato muy mineral, junto a Sempervivum y saxífragas. En un talud con drenaje, como sujetador de tierras. Y en cubierta vegetal en zonas de clima frío, donde su tolerancia al viento y al sustrato escaso es una ventaja.

Acompañantes lógicos, todos de la misma procedencia altimontana: Sempervivum, Saxifraga de sección Ligulatae, Armeria, Dianthus de montaña, Globularia repens, Erodium, tomillos rastreros, Antennaria, y como pieza mayor Juniperus communis subsp. alpina o pinos enanos. La escala importa: al lado de vivaces de borde mixto de un metro, el cojín desaparece.

Densidad de plantación: de cuatro a seis ejemplares por metro cuadrado, a 30 o 40 centímetros entre ejes, para que los cojines lleguen a rozarse sin fundirse.

Plantación y sustrato

Pleno sol, sin discusión. Suelo esquelético, con mucho material grueso y prácticamente sin materia orgánica; una mezcla de un tercio de tierra de jardín, un tercio de arena gruesa lavada y un tercio de gravilla caliza de 5 a 15 milímetros se aproxima bastante a lo que tiene en su hábitat. Le va bien la caliza, aunque no la exige.

El drenaje es la condición innegociable, y no basta con que el sustrato sea poroso: hace falta que el agua se vaya. En terreno llano y pesado hay que levantar un caballón o un talud de veinte o treinta centímetros, aunque sea pequeño, para que la corona quede por encima de la lámina de agua invernal.

Acolchado de gravilla de tres a cinco centímetros, llevado hasta el borde mismo del cojín. Nunca corteza, mantillo ni compost: la materia orgánica en descomposición junto al cuello es la vía directa a la podredumbre.

Épocas de plantación: comienzos de otoño en clima templado, comienzos de primavera en zonas de invierno duro.

Aguanta el frío extremo y no el bochorno

Su rusticidad al frío está fuera de duda: soporta sin daño temperaturas por debajo de −25 °C y agradece la cobertura de nieve, que la aísla del viento helado durante meses. Tolera también la sequía atmosférica, la radiación intensa de altitud y el suelo pobre.

Su límite está en el otro extremo, y no es el calor a secas, sino la combinación de calor con humedad. Cuando las noches de verano no bajan de 20 °C y el aire está cargado, el interior del cojín —que es un ambiente cerrado y mal ventilado por diseño— se mantiene húmedo y templado durante horas. En esas condiciones prosperan hongos de suelo del tipo Rhizoctonia y la almohadilla se abre por dentro con manchas pardas circulares que van creciendo. La planta no se recupera bien de eso.

La traducción geográfica es bastante clara:

Funciona en toda la montaña peninsular, en la meseta norte, en el Pirineo y prepirineo, en la cornisa cantábrica interior, y en el interior seco de Madrid, Zaragoza o Soria, donde el calor de agosto es fuerte pero las noches refrescan y la humedad relativa es baja.

No funciona en el litoral mediterráneo cálido ni en los valles bajos del sur: Valencia, Murcia, Málaga, el bajo Guadalquivir. Allí no es cuestión de riego ni de sustrato, es que las noches de agosto no le dan tregua.

Agua: durante el primer verano, un riego cada diez o quince días para que se instale. A partir del segundo año, en jardín de montaña no necesita nada; en jardín de llano y clima seco, un riego profundo mensual en verano la mantiene verde. Aplicado siempre al pie, en la gravilla, y no sobre el cojín.

Abono: ninguno. Con nitrógeno la planta se estira, pierde densidad, deja de ser un cojín y se vuelve más vulnerable a los hongos.

Mantenimiento: peinar, no cortar

Es planta de trabajo casi nulo, con dos matices.

La limpieza anual. A finales de invierno, entre febrero y marzo, se pasa la mano enguantada o un rastrillo de púas flexibles por la superficie del cojín, en varias direcciones, tirando hacia fuera para arrancar la hoja seca acumulada. Sale una buena cantidad de material pardo y el cojín queda verde y aireado.

Lo que no se hace es rasurarla. Un tijeretazo horizontal deja el cojín cortado en plano, con todas las puntas seccionadas y pardas, y esas puntas no rebrotan: la hoja de una gramínea crece empujada desde su base, y una vez cortada solo puede ser sustituida por otra hoja entera. El resultado es una superficie marrón que tarda una temporada completa en renovarse. En una planta cuyo interés es la textura verde y densa, esa cicatriz es todo el año echado a perder.

Floración. Panículas cortas, estrechas y verdosas en junio y julio, apenas 10 o 15 centímetros por encima del cojín. No son especialmente vistosas ni especialmente feas. Quien quiera la almohadilla completamente limpia puede cortarlas a la base cuando se sequen; quien no, no pierde nada dejándolas.

Cuando el cojín se abre: división y acodo natural

Puede ocurrir a los ocho o diez años, o antes si ha habido un episodio de podredumbre. Dos maneras de resolverlo, y la segunda es la interesante.

División. En septiembre o a comienzos de primavera, se levanta el cojín entero, se elimina la parte central deteriorada y se trocea el borde vivo en porciones del tamaño de un puño, cada una con su porción de rizoma y raíces. Se recorta el follaje a la mitad y se replanta con la corona a nivel del suelo, en sustrato mineral, regando el primer mes. Es una operación bastante más incómoda de lo que parece por lo mucho que pincha; guantes gruesos.

Acodo espontáneo. La propia planta lo hace sola. Los brotes del perímetro que quedan en contacto con sustrato suelto emiten raíces por su cuenta. Se puede provocar y aprovechar: en primavera se esparce un puñado de arena y gravilla fina sobre el borde del cojín, empujándola bajo el follaje; en el otoño siguiente, esos brotes del perímetro ya han enraizado y se separan con un cuchillo estrecho sin necesidad de levantar la planta madre, que ni se entera. Es la forma cómoda de obtener plantas nuevas.

Su papel en los pastos de montaña

Más allá del jardín, esta especie tiene un papel ecológico y ganadero considerable en el Pirineo.

Los pastos dominados por Festuca gautieri ocupan grandes extensiones de las laderas calizas soleadas, y forman parte de los puertos de verano donde suben ovejas, vacas y yeguas de junio a septiembre. Su valor nutritivo directo es modesto: la hoja es dura, muy fibrosa y de baja digestibilidad, y el ganado la aprovecha sobre todo en los rebrotes tiernos de comienzos de verano. También la pacen el sarrio y otros herbívoros silvestres.

Su función principal no es alimentaria sino estructural. El cojín sujeta el suelo en pendientes fuertes sobre sustratos calizos inestables, frena la erosión y las gleras, y crea entre sus matas los huecos protegidos donde se instalan especies más palatables y buena parte de la flora de estos pastos. Un gespetal de Festuca gautieri es, en la práctica, la matriz sobre la que se sostiene el resto de la comunidad.

Por esa capacidad de fijar sustratos esqueléticos y de instalarse donde casi nada arraiga se emplea en hidrosiembras y restauración de alta montaña: taludes de carretera de puerto, pistas de esquí, escombreras y bordes de obra por encima de los mil quinientos metros, donde las mezclas comerciales habituales de raigrás y festuca arundinácea no prosperan.

Y una advertencia de conservación: el material de jardín se produce en vivero y así debe adquirirse. Arrancar cojines del monte, además de ilegal en espacios protegidos, es inútil, porque una planta extraída de una glera con su sistema radicular roto rara vez sobrevive al traslado.

En resumen

Festuca gautieri forma almohadillas densas y punzantes de 10 a 15 centímetros de alto y hasta medio metro de ancho, de verde franco y sin ninguna cera azulada, propias de las laderas calizas del Pirineo, la Cordillera Cantábrica y el Sistema Ibérico entre 1.400 y 2.600 metros. Frente a la festuca azul se diferencia por el color, por la punta de la hoja que realmente pincha, por el porte aplastado y sobre todo por la longevidad: el cojín se mantiene cerrado diez años o más en lugar de ahuecarse a los tres. Se planta a pleno sol, en sustrato muy mineral y sobre relieve para asegurar el drenaje, con acolchado de gravilla hasta el borde y nunca corteza ni compost, en grupos de cuatro a seis por metro cuadrado y apoyada contra la piedra, que es como crece en el monte. Soporta por debajo de −25 °C sin inmutarse y falla ante el calor con noches húmedas, lo que la descarta en el litoral cálido aunque funcione en el interior seco. Su mantenimiento consiste en peinarla en febrero para sacar la hoja muerta, y nunca en rasurarla con tijera, porque la punta cortada queda parda toda la temporada. Se multiplica sin levantarla echando gravilla sobre el borde en primavera y separando en otoño los brotes enraizados. Y en el monte sostiene los pastos de puerto pirenaicos, más como estructura antierosiva y matriz de la comunidad vegetal que como forraje.


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