Mire cualquiera el capitel de una columna corintia, en la fachada de un banco decimonónico o en un pórtico romano, y estará mirando la hoja de Acanthus mollis repetida en piedra durante veinticuatro siglos. La planta viva crece en cunetas de media España, y quien la mete en el jardín descubre después que sacarla es otra historia.

Mata de Acanthus mollis con sus grandes hojas lobuladas

De la hoja al capitel corintio

El relato lo dejó escrito Vitruvio en el libro IV de De architectura, en el siglo I a. C., recogiendo una tradición ya antigua. Cuenta que en Corinto murió una joven poco antes de casarse y que su nodriza reunió los objetos que la muchacha apreciaba, los colocó en una cesta sobre la tumba y la cubrió con una teja para protegerlos. La cesta quedó justo encima de una raíz de acanto.

Al llegar la primavera la planta brotó, y sus hojas, al encontrar el obstáculo de la teja, se vieron obligadas a crecer hacia los lados y a curvarse hacia fuera en volutas. El escultor Calímaco pasó por allí, vio la forma que había resultado de aquel encuentro entre la cesta, la teja y la planta, y la trasladó a la piedra: el cesto se convirtió en el cálato del capitel, las hojas curvadas en las dos filas de acanto que lo envuelven, y las puntas enrolladas en las volutas de las esquinas.

La anécdota es probablemente una construcción posterior, del tipo que la Antigüedad producía para explicar orígenes. Lo comprobable es otra cosa y no resulta menos interesante: el motivo del acanto ya circulaba en la decoración griega antes de que apareciera el capitel corintio propiamente dicho, en estelas funerarias y en remates de tejado. La asociación entre el acanto y la muerte es antigua y consistente, y explica por qué esta hoja acabó tallada en tantos sarcófagos.

El orden corintio se difundió con Roma, y con él la hoja. Reaparece en el Renacimiento, en el barroco, en el neoclasicismo y en la arquitectura ecléctica del XIX. Pocos elementos vegetales han tenido una carrera ornamental comparable.

Y hay un motivo botánico detrás del éxito: la hoja del acanto tiene un contorno profundamente lobulado, con senos marcados y nervadura fuerte, que al tallarse produce sombras nítidas y se lee perfectamente desde abajo y a distancia. La escultura eligió bien.

La planta

Acanthus mollis L., de la familia de las acantáceas, es una vivaz herbácea mediterránea. En España aparece de forma natural o naturalizada en gran parte del territorio, en taludes umbríos, bordes de camino, pies de muro y suelos frescos y profundos.

Las hojas son basales, en roseta amplia, y alcanzan de 40 a 100 cm de largo por 20 o 30 de ancho. Son de un verde oscuro brillante, de textura algo carnosa, pinnatipartidas, con lóbulos anchos y ondulados y el borde apenas dentado, sin espinas verdaderas en esta especie. Una mata adulta ocupa fácilmente un metro y medio de diámetro y actúa como pieza de estructura en el jardín, con presencia todo el año en clima suave.

La inflorescencia sube en primavera avanzada, de mayo a julio, en una espiga erguida y densa de 60 a 150 cm. Cada flor tiene un labio inferior blanco o crema con nervios violáceos y queda protegida por una bráctea rígida y espinosa de tono púrpura. Esas brácteas pinchan de verdad, así que conviene guantes al manipular las varas. Los frutos son cápsulas leñosas que al secarse proyectan la semilla a cierta distancia con un chasquido.

Acanthus spinosus es la otra especie común en jardinería. Se distingue enseguida por la hoja: mucho más recortada, casi hasta el nervio central, con segmentos estrechos rematados en espina. Es más rústica al frío y su follaje resulta más gráfico, aunque incómodo de manejar.

Espiga floral de acanto con bracteas espinosas

El reposo de verano no es una avería

En julio o agosto, en zonas de verano seco, las hojas del acanto amarillean, se manchan, se tumban y la mata se deshace. Parece que la planta agoniza. No es así: está entrando en estivación, un descanso estival que forma parte de su ciclo mediterráneo. Con calor y sequía renuncia a mantener una superficie foliar enorme y muy transpirante, deja morir la parte aérea y se retira a sus raíces carnosas, donde tiene reservas de sobra.

Con las primeras lluvias de septiembre u octubre rebrota, y el follaje nuevo pasa el otoño y el invierno en plena forma. En este calendario invertido está la utilidad de la planta: da masa verde en la estación en que otras vivaces no la dan.

Ante ese aspecto lamentable de agosto, lo que procede es cortar las hojas secas a ras y no regar a destiempo intentando reanimarla, porque agua abundante sobre raíces en reposo y suelo caliente es una invitación a la podredumbre. Si se quiere retrasar la estivación en un jardín regado, basta con sombra y riegos moderados; en sombra fresca y con suelo profundo puede aguantar verde todo el verano.

La raíz que no se va

Este es el punto que conviene decidir antes de plantar, no después. El acanto desarrolla raíces gruesas, carnosas y profundas, que bajan sin dificultad medio metro o más y se extienden lateralmente. Cualquier fragmento que quede en el suelo, incluso de dos o tres centímetros, regenera una planta completa.

La consecuencia práctica es contundente: una mata establecida es casi imposible de erradicar. Cavar para sacarla multiplica el problema, porque la azada trocea las raíces y cada trozo brota. Es habitual que en el sitio donde se retiró un acanto aparezcan al año siguiente cinco o seis, repartidos alrededor. Quien lo ha intentado sabe que la operación se mide en años, no en tardes.

Eso mismo, mirado del derecho, es su gran virtud. Como cubridora en taludes umbríos, bajo arbolado, en rincones difíciles donde nada más prospera, el acanto tapa el suelo por completo, ahoga las hierbas con su sombra, sujeta la tierra con esa raíz y no pide nada. Para una zona de jardín que se quiera resolver de una vez y olvidar, es una solución de primer orden.

Las reglas de sentido común son cuatro. No plantarlo en un arriate pequeño ni junto a vivaces delicadas, porque las desplaza. No colocarlo donde vaya a haber obra, cambio de diseño o paso de máquinas. Situarlo en el linde entre el jardín cuidado y la zona salvaje, no en el corazón del primero. Y, si hay dudas, plantarlo en un contenedor enterrado o dentro de una barrera antirrizoma, aunque con una raíz tan profunda la contención nunca es total.

Cultivo

Exposición. Depende del clima y la diferencia es grande. En el norte peninsular, en la cornisa cantábrica y en zonas de verano fresco, admite sol directo todo el día y con él florece más y forma matas más compactas. En el centro, en el sur y en el levante, el sol de junio a agosto quema las hojas y adelanta la estivación, así que exige sombra, al menos en las horas centrales: bajo la copa de un árbol caduco, al pie de un muro orientado al norte o en el lado umbrío de un seto. En sombra profunda vegeta bien pero florece poco.

Suelo. Profundo y fresco es el ideal, pero se adapta a casi cualquier terreno, incluidos los calizos y los arcillosos. Solo rechaza el encharcamiento permanente.

Riego. Moderado el primer año, hasta que la raíz baja. Después es una planta prácticamente autónoma en clima mediterráneo, con riegos ocasionales en verano si se quiere retrasar el reposo. En invierno, ninguno.

Abonado. Innecesario en suelo normal. Un aporte de compost o de estiércol maduro alrededor de la mata en otoño, cuando rebrota, basta y sobra.

Frío. Acanthus mollis tolera bien hasta -8 o -10 ºC; la parte aérea se quema con heladas fuertes y rebrota en primavera desde la raíz, que resiste bastante más. Acanthus spinosus aguanta algo más de frío. En zonas de invierno duro conviene acolchar la base con hojarasca o paja.

Poda. Se cortan las varas florales tras la floración, salvo que interesen en seco para arreglos, y se limpian las hojas estropeadas al final del verano. Nada más.

Problemas. Caracoles y babosas en el brote tierno de otoño, que agujerean las hojas nuevas; oídio en ambientes húmedos y poco ventilados, con polvillo blanco en el haz; y algún ataque de araña roja si se cultiva a pleno sol en sitio muy seco. Ninguno compromete a la planta.

División y otras formas de multiplicarlo

División de mata. El método habitual. Se hace en otoño, de octubre a noviembre, coincidiendo con el rebrote y el suelo aún templado, o a final de invierno. Se cava alrededor de la mata con horca, se levanta un sector con raíces y yemas, y se replanta de inmediato a la misma profundidad, regando bien para asentar la tierra. La planta madre ni se entera.

Esqueje de raíz. Es la vía más eficaz y aprovecha justo la característica que la hace invasora. En reposo invernal se desentierran raíces gruesas, se cortan en trozos de 5 a 8 cm marcando el corte superior recto y el inferior en bisel para no confundir la orientación, y se entierran verticales en arena y turba, con el extremo superior a ras. En un lugar protegido y sin heladas brotan en primavera.

Semilla. Germina sin dificultad. Se siembra fresca en otoño o en primavera, a un centímetro, con el sustrato húmedo y temperatura entre 15 y 20 ºC; nace en tres o cuatro semanas. Tarda dos o tres años en dar una mata de tamaño y en florecer. En el jardín se siembra sola con frecuencia, otro motivo para vigilar dónde se coloca.

Nota sobre sus usos

La medicina tradicional empleó la hoja y la raíz de acanto en cataplasmas para quemaduras y afecciones de la piel, y en preparaciones para molestias digestivas, apoyándose en su contenido en mucílagos y taninos. Dioscórides ya lo recogía.

Esa tradición no equivale a evidencia. No existen ensayos clínicos que respalden ninguna indicación terapéutica del acanto, no está establecida una dosis segura y no se conoce su interacción con medicamentos. No procede darle uso medicinal por cuenta propia, y cualquier problema de salud se consulta con el médico o el farmacéutico.

Su lugar es el jardín: masa verde en otoño e invierno, cubridora de sombra difícil y hoja escultórica que lleva veinticuatro siglos sirviendo de modelo.

En resumen

Acanthus mollis es la vivaz mediterránea cuya hoja lobulada inspiró el capitel corintio, según el relato que Vitruvio atribuye a Calímaco y a una cesta cubierta por una teja sobre una tumba de Corinto. En el jardín aporta rosetas de hasta un metro y espigas florales de brácteas espinosas en primavera. Su amarilleo de agosto es estivación normal, no enfermedad, y se resuelve cortando a ras y esperando a las lluvias de otoño. Quiere sombra en el centro y el sur y admite sol pleno en el norte, se adapta a cualquier suelo drenado y apenas necesita riego una vez arraigado. Su raíz profunda rebrota de cada fragmento, lo que la convierte en cubridora excelente para taludes y rincones umbríos y en un problema permanente si se planta donde no toca. Se multiplica dividiendo la mata en otoño, por esqueje de raíz en invierno o por semilla.


Contenidos relacionados