Cae la lluvia sobre un macizo de Diphylleia grayi y sus pétalos blancos se vuelven translúcidos, como vidrio esmerilado mojado. Cuando escampa y el sol seca las flores, el blanco regresa. El ciclo se repite mientras dure la floración, y ha convertido a esta hierba japonesa de sotobosque en la planta de las fotografías imposibles.
Antes de nada conviene aclarar el malentendido habitual: no hay ningún pigmento que se apague ni ninguna reacción química. Lo que ocurre es un fenómeno óptico, el mismo que hace que una hoja de papel mojada deje ver lo que hay debajo.
Por qué el pétalo se vuelve transparente
Un pétalo blanco no contiene pigmento blanco. El blanco no es un color en el sentido en que lo son el rojo de una antocianina o el amarillo de un carotenoide: es lo que se ve cuando una superficie dispersa toda la luz visible sin absorber ninguna longitud de onda en particular.
Para dispersar luz hace falta que el material sea ópticamente heterogéneo, es decir, que dentro de él haya interfaces entre sustancias de índice de refracción distinto. En el pétalo de Diphylleia grayi el tejido es especialmente laxo: las células están poco apretadas y entre ellas quedan numerosos espacios de aire. El aire tiene un índice de refracción de 1,00 y las paredes celulares, cargadas de celulosa y agua, andan por 1,4-1,5. Cada vez que un rayo de luz cruza una de esas fronteras aire-pared, se desvía y se refleja parcialmente. Con miles de fronteras superpuestas, la luz entra, rebota de forma desordenada en todas direcciones y sale por donde entró. El resultado que percibe el ojo es blanco opaco.
Cuando llueve, el agua penetra por la superficie del pétalo y va ocupando esos huecos intercelulares, desplazando el aire. El índice de refracción del agua es 1,33, mucho más próximo al de la pared celular que el del aire. La diferencia entre los dos medios se reduce casi a nada, y sin contraste de índices no hay dispersión: la luz atraviesa el pétalo en línea recta en lugar de rebotar. El tejido deja de verse blanco y se ve translúcido, dejando entrever el fondo.
Al secarse, el agua se evapora, el aire vuelve a llenar los espacios, se restaura el contraste de índices y el pétalo recupera el blanco. El proceso es reversible y puede repetirse muchas veces en la misma flor.
Es exactamente lo que pasa con el papel. Una hoja de papel es blanca porque es una maraña de fibras de celulosa con aire en medio; mojada, el agua rellena los huecos, cesa la dispersión y transparenta lo que hay al otro lado. También es la razón por la que la nieve es blanca y el hielo compacto es transparente, siendo ambos la misma agua.
Dos detalles añadidos. El fenómeno es más acusado en flores ya maduras, con la cutícula más permeable, que en las recién abiertas, cuya capa cerosa repele el agua durante un rato. Y no es exclusivo de esta especie: cualquier pétalo blanco de tejido laxo y cutícula fina transparenta al empaparse, aunque en pocas plantas resulta tan limpio y tan completo como aquí.
Cómo es la planta
Diphylleia grayi pertenece a la familia Berberidaceae, la misma del agracejo, la mahonia y el podófilo. Es una vivaz rizomatosa de sotobosque caducifolio húmedo y frío, que crece en el norte de Japón —Hokkaido y el norte de Honshu—, en Sajalín y en las Kuriles, en barrancos umbríos de montaña donde la nieve cubre el suelo buena parte del invierno y el verano es fresco y lluvioso. El género tiene otras dos especies: D. sinensis, en China, y D. cymosa, en los Apalaches de Estados Unidos, ambas con el mismo comportamiento de los pétalos.
Las hojas son la parte más llamativa cuando no hay flor. Nacen dos por tallo, peltadas —el peciolo se inserta en el centro del limbo, no en el borde—, ampliamente lobuladas y con el margen dentado, y alcanzan 20-40 cm de anchura, hasta el punto de que su nombre popular japonés, sankayō, remite a esa sombrilla verde. La planta entera mide de 40 a 80 cm.
Las flores se abren entre mayo y julio según altitud, en una cima terminal de seis a veinte flores blancas de unos dos centímetros, con seis pétalos y seis estambres. Cada flor dura poco, alrededor de una semana.
El fruto es tan decorativo como la flor y dura mucho más: una baya ovoide de azul intenso metálico, cubierta de una capa cerosa que le da un brillo casi de porcelana, sostenida por pedicelos de un rojo vivo. El contraste azul sobre rojo se mantiene desde finales de verano hasta el otoño. Ese azul no es pigmento, sino color estructural producido por la disposición de la cera de la superficie, de modo que la planta juega dos veces con la misma clase de trucos ópticos.
Cultivo: el clima manda
Conviene ser franco. En la mayor parte de España no es una planta cultivable, y ninguna técnica compensa la falta de un clima que no está. No es capricho: sus exigencias son las de un sotobosque de montaña fría del noreste asiático.
Frío invernal profundo. El rizoma necesita un periodo largo de temperaturas bajas para romper el reposo y brotar con vigor. Un invierno suave de litoral mediterráneo la desorienta y la agota en pocas temporadas. Resiste sin problema hasta -25 ºC bajo la nieve.
Verano fresco y húmedo. Es el limitante real en España. Pide máximas estivales que no suban mucho de 25 ºC, noches frescas y humedad ambiental alta sostenida. Con 35 ºC y aire seco, las hojas se queman por los bordes, la planta entra en reposo forzado en julio y el rizoma se debilita año tras año hasta desaparecer.
Sombra y humedad constante del suelo. Sombra plena o sol filtrado de primera hora. Suelo ácido —pH 5 a 6,5—, profundo, muy rico en mantillo de hojas y permanentemente fresco, sin llegar a encharcarse. Acolchado grueso de hojarasca todo el año.
Dónde puede intentarse. Jardines de montaña húmeda de la mitad norte: Pirineo y prepirineo, valles de la cordillera Cantábrica, montañas de Galicia y del norte de Portugal, umbrías del Sistema Ibérico norte, siempre por encima de cierta altitud y en exposición norte con arbolado. En jardines botánicos y colecciones de plantas de sombra del norte atlántico se mantiene con cuidados constantes. En la meseta, el litoral mediterráneo, el sur y las islas, no es viable al aire libre, y en maceta tampoco resuelve, porque el problema es el aire caliente y seco, no el riego.
Multiplicación. Por división del rizoma en otoño, con la planta ya en reposo, que es lo más fiable. Por semilla fresca, sembrada en cuanto se recoge el fruto y dejada a la intemperie en un semillero protegido: tiene latencia doble y puede tardar dos inviernos en germinar, y las plantas necesitan tres o cuatro años para florecer.
Problemas. Babosas y caracoles devorando los brotes tiernos en primavera, que en un macizo pequeño llegan a arrasar la temporada entera. Golpe de calor y quemadura foliar en cuanto sube el termómetro.
Una advertencia sobre el fruto: como otras Berberidáceas próximas al podófilo, Diphylleia contiene lignanos del tipo de la podofilotoxina, compuestos tóxicos por ingestión. Las bayas azules resultan apetecibles y no lo son: no se comen, ni se prueban, ni se dejan al alcance de niños. En caso de ingestión, servicio de información toxicológica o urgencias.
En resumen
Diphylleia grayi, la flor esqueleto o flor de cristal, es una vivaz rizomatosa de la familia Berberidaceae originaria del norte de Japón, Sajalín y las Kuriles, con dos hojas peltadas de hasta 40 cm por tallo y flores blancas en cima entre mayo y julio.
Sus pétalos se vuelven translúcidos al mojarse por un motivo óptico, no químico. El tejido del pétalo es laxo y contiene espacios de aire; las interfaces entre el aire y las paredes celulares tienen índices de refracción muy distintos y dispersan la luz, lo que produce el blanco. Al llenarse esos huecos de agua, cuyo índice es cercano al de la pared, la dispersión cesa y el pétalo transparenta. Al secarse vuelve a entrar aire y el blanco regresa. Es el mismo principio del papel mojado y de la nieve frente al hielo.
El fruto, una baya azul metálico sobre pedicelos rojos, es tan ornamental como la flor y dura de finales de verano al otoño. Contiene lignanos tóxicos y no debe ingerirse.
En cultivo exige frío invernal marcado, verano fresco y húmedo, sombra y suelo ácido con mantillo siempre fresco. En España solo cabe intentarla en jardines de montaña húmeda del norte; en el resto del país el calor seco del verano acaba con ella, y la maceta no lo arregla.