Hay una operación que la cimbalaria repite cada verano en cualquier muro donde vive y que conviene mirar de cerca: primero saca la flor hacia la luz para que la encuentre un abejorro, y después, ya fecundada, gira el pedúnculo en sentido contrario y mete el fruto en la grieta más oscura que tenga a mano. Se siembra ella sola en el único punto donde una semilla suya tiene futuro.
Cymbalaria muralis se llama en español cimbalaria, hierba de campanario o ruina de Roma, este último por su abundancia sobre muros antiguos y restos de mampostería. Es una vivaz pequeña, rastrera y persistente, de las que se instalan sin que nadie las plante y que, cuando se plantan a propósito, resuelven un tipo de sitio para el que hay pocas alternativas.
Qué planta es
Pertenece a la familia Plantaginaceae, donde hoy se ubica junto a las Linaria y las Digitalis, después de haber pasado buena parte del siglo XX clasificada en las Scrophulariaceae. Su origen natural está en el centro y sur de Europa, en el arco alpino y la península itálica, y desde ahí se ha naturalizado por medio mundo. En España aparece asilvestrada en toda la mitad norte y en enclaves húmedos y umbríos del sur, siempre asociada a muros, escaleras, fuentes, tapias y taludes de piedra.
Los tallos son delgados, algo carnosos, de color verde a rojizo, de hasta 50 o 60 cm, y enraízan en los nudos allí donde tocan una superficie húmeda. Forman una alfombra tupida de pocos centímetros de espesor que se descuelga por las paredes.
Las hojas son lo que le da el nombre de cimbalaria: redondeadas y arriñonadas, con cinco a siete lóbulos poco marcados, de 1 a 3 cm, largamente pecioladas, verdes por el haz y a menudo teñidas de púrpura por el envés.
Las flores nacen solitarias sobre pedúnculos largos, miden 8-10 mm y tienen forma de boca de dragón en miniatura: dos labios, un espolón corto hacia atrás y la garganta cerrada por un paladar abultado de color amarillo intenso sobre fondo lila o violeta pálido. Esa corola cerrada solo se abre bajo el peso de un insecto de tamaño adecuado, generalmente abejas y abejorros, que quedan guiados hacia el néctar del espolón por la mancha amarilla. La floración va de marzo o abril hasta octubre, y en zonas de invierno suave puede prolongarse casi todo el año.
Hacia la luz y luego hacia la sombra
El comportamiento que hace célebre a esta especie en los manuales de botánica es un cambio de signo en la respuesta del pedúnculo floral.
Mientras la flor está abierta y pendiente de polinización, el pedúnculo es fototrópico positivo: crece orientando la flor hacia la luz, hacia el exterior del muro, que es donde vuelan los polinizadores y donde la mancha amarilla resulta visible. Todo lo que la planta necesita en esa fase es ser vista.
Una vez fecundada la flor, el objetivo cambia por completo. El pedúnculo se alarga, se vuelve fototrópico negativo y se curva en dirección opuesta a la luz, hacia la pared. Empuja la cápsula en desarrollo hacia el interior de las juntas, las fisuras y los huecos del mortero, y allí la deja. Cuando el fruto madura y se abre, las semillas quedan depositadas en una grieta protegida, con humedad más estable, sombra y algo de material fino donde germinar.
El resultado es una siembra dirigida. En vez de soltar semillas al azar, la mayoría de las cuales caerían al suelo al pie del muro, donde tendrían que competir con hierbas mucho más vigorosas, la planta las coloca en el hábitat concreto para el que está adaptada y donde no tiene competencia. Se ha descrito además que las hormigas transportan parte de las semillas, lo que amplía la colonización a fisuras vecinas.
Eso explica un fenómeno cotidiano: una tapia de piedra con cimbalaria acaba teniendo cimbalaria en toda su longitud, mientras que el suelo inmediato apenas la tiene.
Para qué sirve en el jardín
Jardín de muro. Es su papel natural. Muros de mampostería en seco, tapias viejas con juntas de cal, muretes de contención, paredes de pozo y brocales. Una vez instalada cubre la piedra sin taparla del todo y florece durante meses.
Juntas de pavimento y escaleras. Entre losas de piedra, en peldaños umbríos, en los bordes de un camino de gravilla. Tolera el pisoteo ocasional, aunque no el tránsito continuo.
Rocalla y taludes en sombra. En la parte fresca de una rocalla, en la base norte de una roca grande, en un talud sombreado bajo árboles donde el césped no cuaja.
Macetas y cestas colgantes. Como planta de relleno que se descuelga por el borde, sola o acompañando a otras. En una jardinera de balcón orientado al norte funciona muy bien.
Acompañantes que le van bien porque piden lo mismo: Erigeron karvinskianus, Campanula poscharskyana, saxífragas de roca, Sedum de sombra fresca y helechos de muro como Asplenium trichomanes o Ceterach officinarum.
Cuidados
Exposición. Sombra o media sombra. Admite sol directo de mañana y, en el norte peninsular, incluso sol pleno si el sitio se mantiene fresco. En el interior y el sur, un muro a mediodía en agosto la deja reducida a nada, aunque rebrote después.
Suelo. Indiferente y poco exigente. Se conforma con el material acumulado en una junta de mortero, y agradece los sustratos con cal, lo que la hace idónea para muros de piedra tomados con cal o con mortero pobre. En maceta, un sustrato normal de jardinería con algo de arena o perlita basta.
Riego. Moderado y regular en primavera y verano; en muro, lo que reciba de la lluvia y de la humedad de la piedra suele ser suficiente en clima atlántico. En clima seco necesita riego en verano si se quiere que aguante verde. Ante la sequía intensa se agosta y desaparece en superficie, y vuelve a brotar con las primeras lluvias.
Frío. Rústica. Resiste heladas de -10 a -15 ºC; con frío fuerte pierde la parte aérea y rebrota en primavera desde la base y desde las semillas.
Abonado y poda. No necesita abono. Si se descontrola o se afea a final de temporada, se recorta con tijera sin miramientos y rebrota en dos o tres semanas.
Problemas. Pocos. Caracoles y babosas en primavera sobre los brotes tiernos, y oídio en verano si está en sitio muy resguardado y sin ventilación. Nada que exija tratamiento en un uso ornamental normal.
Cómo instalarla en un muro
La multiplicación es sencilla por tres vías.
División. En otoño o a principios de primavera, se levanta una porción de mata con sus raíces y se replanta directamente en el sitio definitivo.
Esquejes. Los tallos enraízan en los nudos con facilidad. Un trozo de 10 cm con dos o tres nudos, colocado sobre sustrato húmedo y a la sombra, arraiga en dos o tres semanas en primavera u otoño.
Semilla. Se recogen las cápsulas maduras en verano. Para sembrar en una pared vertical, el método que mejor funciona es amasar las semillas con un poco de barro o de tierra arcillosa húmeda y presionar esa pasta dentro de las juntas, o bien introducir un esqueje enraizado en el hueco con un puñado de sustrato. La otra opción, más lenta, consiste en colocar una maceta con una planta adulta en la coronación del muro y dejar que ella misma se encargue del resto en dos o tres temporadas.
Un aviso constructivo: sobre una pared sana, con juntas en buen estado, la cimbalaria no causa daño estructural, porque sus raíces son finas y superficiales. Sobre un paramento histórico con mortero de cal ya degradado, la mata retiene humedad contra la fábrica y sus raíces aprovechan las fisuras existentes, lo que acelera la pérdida de material. En edificios de valor patrimonial se controla, no se fomenta.
Colonizadora: hasta dónde
Se expande con determinación. Enraíza en cada nudo, se resiembra sola con el mecanismo descrito y aparece en juntas, macetas vecinas y grietas a varios metros de la planta madre. En un jardín pequeño y ordenado conviene saberlo antes de plantarla, aunque arrancar los brotes sobrantes cuesta poco esfuerzo y no rebrota desde raíces profundas.
Fuera de su área natural ha ido más lejos que eso. Está catalogada como especie exótica naturalizada en buena parte de Europa occidental, incluida España, y figura como invasora en Nueva Zelanda, en zonas del noroeste de Estados Unidos y en el sureste de Australia, donde compite con la flora rupícola nativa en ambientes húmedos. En España no está incluida en el catálogo nacional de especies exóticas invasoras, pero el criterio sensato es el mismo que con cualquier planta de expansión fácil: no soltarla en el medio natural, no tirar restos de poda al monte y no plantarla en el límite de un espacio protegido, sobre todo si hay roquedos umbríos cerca.
Sobre su consumo: las hojas se han tomado tradicionalmente en ensalada en algunos lugares de Europa, con sabor picante parecido al del berro, y no se le conoce toxicidad relevante. No hay respaldo científico para ningún uso medicinal, y cualquier duda al respecto corresponde al médico o al farmacéutico, no a una planta de muro.
En resumen
Cymbalaria muralis —cimbalaria, hierba de campanario, ruina de Roma— es una vivaz rastrera de la familia Plantaginaceae, originaria del centro y sur de Europa y hoy asilvestrada por buena parte de España, con hojas arriñonadas lobuladas y florecillas lilas de paladar amarillo desde primavera hasta el otoño.
Su rasgo más notable es cómo se siembra: el pedúnculo lleva la flor hacia la luz para atraer al polinizador y, tras la fecundación, invierte su respuesta, se curva hacia la oscuridad y deposita la cápsula dentro de la grieta del muro. La descendencia queda colocada justo donde puede prosperar.
En el jardín cumple en muros de piedra, juntas de pavimento, escaleras umbrías, rocallas frescas y cestas colgantes. Quiere sombra o media sombra, se conforma con el mortero de una junta, agradece la cal, resiste hasta -10 o -15 ºC y no necesita abono. Se multiplica por división, por esquejes que enraízan en los nudos o embutiendo semillas amasadas con barro en las juntas.
Y se expande sin ayuda: manéjala sabiendo que colonizará lo que tenga cerca, controla su avance sobre fábricas antiguas de mortero degradado y no la lleves al medio natural, porque en varios países fuera de su área de origen se comporta como invasora.