No es un musgo. La bola verde y aterciopelada que se vende en tiendas de acuariofilia bajo el nombre de cladophora, marimo o «bola de musgo japonesa» es un alga verde filamentosa, sin raíces, sin hojas y sin ninguna relación con los briófitos. Confundirla con un musgo no es solo una imprecisión de nombre: lleva a cuidarla mal, porque un musgo y un alga no piden lo mismo.

Qué es exactamente la cladophora

El nombre válido actual de la especie que forma las bolas es Aegagropila linnaei, dentro del orden Cladophorales, clase Ulvophyceae, división Chlorophyta. Durante décadas se la clasificó como Cladophora aegagropila, y de ahí viene el nombre comercial que aún se usa. Es un alga verde de agua dulce formada por filamentos ramificados, cada uno de una sola hilera de células muy alargadas, que se entrelazan hasta dar un cuerpo compacto.

Vive en lagos fríos, oligotróficos y de aguas duras del hemisferio norte: el lago Akan en Hokkaido (Japón), el Mývatn en Islandia, lagos de Estonia, Escocia y el norte de Europa. Ese origen explica todo lo que viene después. Es un organismo adaptado a agua fría, luz escasa y poco alimento, y los fracasos en casa vienen de darle lo contrario: calor, sol y agua cargada de nutrientes.

Conviene saber también que Aegagropila linnaei es un organismo protegido en su hábitat. En Japón está declarada monumento natural desde 1921 y las poblaciones islandesas del Mývatn colapsaron a principios de la década de 2010. Lo que se vende en Europa procede en su mayor parte de recolección de formas filamentosas en lagos del este del continente, enrolladas a mano hasta darles la forma esférica. No es lo mismo que una bola formada por el oleaje, aunque el resultado sea indistinguible a simple vista.

Bolas de cladophora o marimo en el fondo de un acuario

Por qué tiene forma de bola

La especie presenta tres formas de crecimiento distintas, y solo una de ellas es esférica. Puede vivir como filamentos libres flotando entre la vegetación, como tapiz adherido a piedras y troncos del fondo, y como agregado esférico. La bola no es una estructura programada genéticamente: se forma cuando el oleaje suave de un lago poco profundo hace rodar el conjunto de filamentos sobre el sedimento, una y otra vez, durante años. El movimiento va acomodando los filamentos en disposición radial, todos apuntando hacia fuera desde el centro.

El interior de una bola grande está muerto o en anaerobiosis: solo los tres o cuatro milímetros exteriores hacen fotosíntesis. Esto tiene una consecuencia práctica de primer orden. Si la bola se queda quieta con la misma cara hacia arriba, la parte inferior deja de recibir luz, se pudre y la esfera acaba deshaciéndose desde dentro. Rodarla con la mano cada semana o cada quincena no es un capricho estético: es lo que la mantiene viva.

El crecimiento es extraordinariamente lento. En condiciones de lago, una bola engorda del orden de cinco milímetros de diámetro al año. Los ejemplares de veinte o veinticinco centímetros que aparecen en las fotos del lago Akan tienen décadas encima. En un acuario doméstico, con luz moderada y sin corriente, no hay que esperar cambios visibles de un mes para otro.

La luz: mucha menos de la que se supone

Es el error más repetido. La cladophora se coloca junto a una ventana «para que le dé bien el sol» y en dos semanas se ha vuelto marrón amarillento. Esta alga está adaptada a los fondos de lagos donde la luz llega ya muy atenuada por la columna de agua, y satura su fotosíntesis con intensidades bajas.

Lo adecuado es luz indirecta o iluminación de acuario de intensidad baja o media, entre seis y ocho horas al día. Nunca sol directo, y menos aún tras un cristal en un verano peninsular, donde el agua de un tarro puede pasar de 24 a 35 °C en una tarde. Si el recipiente está en una estantería a un par de metros de la ventana, va bien servida.

Un detalle útil: en un acuario plantado con iluminación potente, colóquela en la zona sombreada por otras plantas o a la sombra de una roca. Tolera el exceso de luz peor que la escasez.

Temperatura y calidad del agua

El rango cómodo va de los 10 a los 22 °C. A partir de 24-25 °C empieza a degradarse: pierde firmeza, se decolora y se vuelve vulnerable a la invasión de otras algas. Por encima de 28 °C sostenidos, no sobrevive.

Esto convierte el verano español en la prueba de fuego. En un acuario tropical mantenido a 26 °C para gupis o discos, la cladophora es una compra condenada a medio plazo, por mucho que la vendan como decoración universal. Encaja mucho mejor en acuarios de agua fría, en nano acuarios de gambas Neocaridina mantenidos a temperatura ambiente, o en un simple tarro de cristal en una habitación fresca. Si el recipiente es pequeño y la casa se calienta, un truco sencillo es tenerla en la nevera unas horas durante las olas de calor, o directamente pasar el tarro a la parte baja del frigorífico durante los días peores.

En cuanto al agua, prefiere aguas duras y de pH ligeramente alcalino, entre 7 y 8, coherente con los lagos calcáreos de donde procede. Las aguas de buena parte del centro y el este peninsular le van de perlas; en zonas de agua muy blanda y ácida crece peor. No hay que abonarla ni inyectar CO2: se alimenta de los nitratos y fosfatos que ya sobran en el agua, y de hecho ayuda un poco a controlarlos.

Lo que sí es obligatorio es declorar el agua. El cloro y sobre todo las cloraminas del agua de red la dañan directamente. Si la mantiene en un tarro sin filtro, cambie el agua cada una o dos semanas, con agua reposada 24 horas o tratada con acondicionador.

Mantenimiento: girar, apretar, enjuagar

La rutina completa cabe en tres gestos y no lleva ni cinco minutos:

Girarla. Cada semana, déle un cuarto de vuelta con la mano o con unas pinzas para que la cara que estaba abajo quede arriba. Es el sustituto casero del oleaje del lago.

Apretarla suavemente bajo el agua del cambio. Con la bola sumergida en un cuenco con agua del propio acuario, presione con delicadeza como si fuera una esponja y suéltela un par de veces. Sale una nube de detritos que se acumulan entre los filamentos. Al soltarla, vuelve a recuperar su forma. No la retuerza ni la escurra al aire.

Recomponer la forma. Si se ha aplanado o deshilachado, ruédela entre las palmas hasta redondearla. Si ha empezado a abrirse, se puede atar con un hilo de algodón fino o de pesca, que se retira al cabo de unas semanas cuando los filamentos hayan vuelto a entrelazarse.

Ni podas, ni trasplantes, ni sustrato. No echa raíces y no debe enterrarse: apoyada sobre la grava está bien.

Reproducción y multiplicación

En la naturaleza la especie se propaga esencialmente de forma vegetativa, por fragmentación. Los trozos que se desprenden de una bola por el roce del fondo siguen creciendo por su cuenta y acaban formando esferas nuevas. No se conoce reproducción sexual en las poblaciones que forman bolas.

Para dividirla en casa el procedimiento es igual de simple. Con la bola húmeda, córtela por la mitad o en cuartos con unas tijeras limpias y afiladas, o sepárela con los dedos. Cada porción se redondea a mano y se ata con hilo de algodón para que mantenga la forma. Es preferible dividir las bolas que superan los siete u ocho centímetros, porque a partir de ese tamaño el núcleo se pudre con facilidad y una división a tiempo evita perder la pieza entera. Marzo o abril, con temperaturas suaves, es buen momento para hacerlo.

Un aviso importante: nunca vierta restos de cladophora, ni el agua de sus cambios, en ríos, embalses, acequias o cualquier masa de agua natural. Los fragmentos son viables y las algas de este grupo colonizan con facilidad. Lo sobrante, a la basura.

Qué significa cada color raro

Marrón amarillento en la superficie. Exceso de luz o de temperatura, o ambos. Retírela del sol, baje la iluminación y, si es viable, refresque el agua. Suele reverdecer en unas semanas.

Manchas blancas o descoloridas. Blanqueo por radiación demasiado intensa. Mismo remedio, y con menos margen de recuperación: la zona blanca ya no vuelve.

Zonas negras, blandas y con mal olor. Putrefacción del interior por falta de rotación o por acumulación de materia orgánica. Hay que abrir la bola, recortar todo el tejido negro sin contemplaciones, quedarse con la parte verde firme y volver a formar una esfera más pequeña. Si huele mal, el problema está avanzado.

Filamentos verdes finos que salen de la bola. No es una enfermedad, es la forma filamentosa libre de la misma alga apareciendo. Se recortan y ya está.

Se ha ido a flote. Casi siempre son burbujas de oxígeno de la fotosíntesis atrapadas entre los filamentos, algo normal a media tarde con buena luz; vuelve a bajar sola por la noche. Solo preocupa si flota permanentemente y a la vez se nota blanda o huele: entonces es gas de descomposición.

La otra cladophora, la que nadie quiere

Merece la pena separar dos cosas que comparten nombre. El género Cladophora propiamente dicho agrupa algas filamentosas que en acuariofilia son una plaga de las difíciles, conocida en inglés como blanketweed. Forma marañas verdes ásperas al tacto, adheridas con firmeza a rocas, plantas y decoración, y se distingue de otras algas filamentosas porque al tirar no se deshace: resiste.

Se diferencia del alga de las bolas en que aparece sola, sin que nadie la haya comprado, y suele desencadenarse por exceso de nutrientes combinado con circulación pobre y luz intensa. Los caracoles y las gambas apenas la tocan, y aguanta tratamientos que acaban con otras algas. La vía que funciona es la aburrida: retirada manual enrollándola en un palillo, cambios de agua frecuentes, reducir el fotoperiodo y corregir el desequilibrio de nitratos y fosfatos. Los algicidas de choque suelen dañar antes al resto del acuario que a ella.

Alga verde creciendo dentro de un acuario

Con quién convive bien

Los mejores compañeros son los invertebrados de agua templada: gambas Neocaridina davidi y Caridina, que pasan el día espigando entre los filamentos y limpian de detritos la superficie, y caracoles pequeños del tipo Neritina o planorbis. Los pequeños ciprínidos de agua fría también encajan.

Los que dan problemas son los peces dorados y las carpas, que empujan y desmenuzan la bola hasta deshacerla, los cíclidos excavadores y cualquier comunidad tropical mantenida por encima de 25 °C. Tampoco aguanta bien un acuario con inyección fuerte de CO2 y luz intensa, donde acabará cubierta por algas más rápidas.

En resumen

La cladophora que se vende en bolas es Aegagropila linnaei, un alga verde de lagos fríos, no un musgo. Pide agua fresca por debajo de 22 °C, dura y ligeramente alcalina, luz indirecta y suave, y una rotación manual periódica para que no se pudra por la cara que queda a la sombra. Ni sustrato, ni abono, ni CO2, ni podas: solo cambios de agua declorada cada una o dos semanas y un apretón suave de vez en cuando para sacarle la suciedad acumulada.

Crece unos milímetros al año, así que la paciencia forma parte del cultivo. Se multiplica cortándola y volviendo a enrollar las porciones, y conviene dividir las bolas que pasan de siete u ocho centímetros antes de que el núcleo se descomponga. El sol directo, el calor del verano y los acuarios tropicales son sus tres enemigos, por ese orden. Y nada de devolverla al medio natural: los fragmentos son viables y el sitio de los restos es la basura.


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