La pregunta parece simple y no lo es. Hay plantas que nacen, florecen y mueren en seis semanas, y hay individuos vivos que germinaron cuando en la Península todavía no había llegado Roma. Entre esos dos extremos cabe todo el reino vegetal. Entender cuánto vive cada tipo de planta no es una curiosidad: es lo que permite dejar de sentirse culpable cuando muere una petunia en octubre y, a la vez, saber qué plantas merecen la inversión de una vida entera.
La vida de una planta se mide por ciclos, no por años
La botánica clasifica las plantas por su ciclo vital, es decir, por cuántas estaciones tardan en cumplir su programa: germinar, crecer, florecer, producir semilla y morir. Ese programa es genético y está muy poco sujeto a negociación. Regar mejor una caléndula no la convertirá en perenne.
Lo que sí puede modificarse, y bastante, es el momento en que ese ciclo se dispara. El calor, la sequía, la duración del día y el estrés adelantan la floración; podar las flores marchitas antes de que cuajen semillas la retrasa. Esa es la palanca real que tiene el jardinero.
Anuales: una temporada y se acabó
Las anuales completan todo su ciclo en menos de doce meses. Germinan, crecen, florecen, fructifican y mueren dentro de la misma estación de cultivo. Su estrategia consiste en producir enormes cantidades de semilla y desaparecer.
En los jardines españoles son anuales de verano el girasol (Helianthus annuus), la zinnia, la caléndula, la petunia, el alhelí de verano o la boca de dragón cultivada como tal. Y son anuales de invierno la amapola (Papaver rhoeas) o el aliso marítimo, que germinan con las lluvias de otoño y florecen en primavera.
En el huerto casi todo es anual: tomate, pimiento, calabacín, lechuga, judía, melón. Un matiz interesante es que el tomate y el pimiento no son anuales por naturaleza. En su origen tropical son perennes de vida corta, y en Canarias o en un invernadero templado pueden vivir varios años. Los cultivamos como anuales porque la helada los mata, no porque su ciclo termine.
Un caso extremo dentro de este grupo son las efímeras del desierto, capaces de completar su ciclo en cinco o seis semanas aprovechando una lluvia puntual. En España las hay en el sureste árido almeriense.
Bienales: dos años, dos papeles distintos
Las bienales reparten su vida en dos temporadas con funciones muy diferentes. El primer año forman una roseta de hojas a ras de suelo y acumulan reservas en la raíz. Pasan el invierno así. El segundo año emiten el tallo floral, florecen, dan semilla y mueren.
Ese paso de una fase a otra necesita casi siempre vernalización: un periodo de frío que actúa como señal. Es un detalle con consecuencias prácticas muy concretas. Cuando una zanahoria, una remolacha o una col se siembran demasiado pronto y sufren un frío intenso siendo ya plantas hechas, interpretan que ha pasado un invierno y se van a flor el primer año. La raíz se vuelve fibrosa y leñosa y el cultivo se pierde. Eso es exactamente lo que ocurre en la meseta con siembras de zanahoria de febrero seguidas de una racha de heladas.
Son bienales típicas la digital (Digitalis purpurea), la campanilla de jardín (Campanula medium), la malvarrosa (Alcea rosea, aunque a menudo se comporta como perenne de vida corta), el perejil, la cebolla, el puerro, la col y la cicuta. En el huerto, la clave es que cosechamos la mayoría de bienales durante su primer año, antes de que gasten sus reservas en florecer.
Los pensamientos y las violas, que tanta gente cree anuales, son en realidad perennes de vida corta cultivadas como anuales o bienales de invierno: agotan su vigor tras la floración y se sustituyen.
Perennes y vivaces: la mayor parte del jardín
Las perennes viven más de dos años y florecen repetidamente. Dentro de ellas conviene distinguir dos grupos que se confunden a menudo.
Las herbáceas vivaces no forman madera. Su parte aérea se seca en invierno o en verano, pero sobreviven bajo tierra gracias a rizomas, bulbos, tubérculos o cepas leñosas, y rebrotan cada temporada. Es el caso de la hosta, el agapanto, la hemerocalis, la peonía o el lirio. Aquí hay una gran variación en longevidad: una peonía bien situada puede vivir más de cincuenta años sin moverse de sitio, mientras que una gaura o una lavanda se agota en cuatro o cinco y conviene renovarla.
Las leñosas —arbustos y árboles— acumulan madera año tras año. Aquí las cifras se disparan. Una hortensia bien cuidada supera fácilmente los 25 años; un rosal de arbusto, entre 25 y 50, y hay ejemplares centenarios; un olivo puede vivir muchos siglos, y en España hay olivos con más de mil años documentados en el Maestrazgo y en el Bajo Aragón.
El drago canario (Dracaena draco) de Icod de los Vinos es probablemente el árbol más famoso del país en este sentido. Las estimaciones serias lo sitúan en varios cientos de años, no en los mil que repite la tradición, porque los dragos carecen de anillos de crecimiento y su edad se calcula por el número de ramificaciones. Los tejos (Taxus baccata) de la cornisa cantábrica y del Sistema Central son los verdaderos veteranos, con ejemplares que superan holgadamente el milenio.
Por qué mueren antes de tiempo
La longevidad genética es un techo, no una garantía. En la práctica, las plantas de nuestros jardines y casas mueren muy por debajo de su potencial por razones bastante repetitivas:
Exceso de riego. Es, con diferencia, la primera causa de muerte de plantas de interior en España. La asfixia radicular y la pudrición matan más que la sequía.
Maceta agotada. Una planta que lleva ocho años en el mismo tiesto vive de un sustrato mineralizado y salinizado. Renovar el sustrato cada dos o tres años prolonga su vida de forma notable.
Ubicación equivocada. Un arbusto de umbría plantado a pleno sol de Sevilla no morirá el primer verano, sino el tercero, tras acumular estrés.
Falta de poda de renovación. Muchas vivaces y arbustos se agotan si no se rejuvenecen. Dividir una mata de hemerocalis o de agapanto cada tres o cuatro años, o podar a fondo una lavanda antes de que se lignifique, alarga su vida años.
Hay también un truco legítimo para prolongar la vida de las plantas de flor: retirar las flores marchitas antes de que formen semilla. La planta lee la producción de semilla como el final de su misión. Al impedirlo, muchas anuales alargan la floración semanas y algunas vivaces de vida corta ganan una temporada entera.
En resumen
Las anuales completan su vida en una temporada, las bienales en dos —hojas el primer año, flor el segundo, tras pasar frío— y las perennes viven indefinidamente, desde los cuatro o cinco años de una lavanda hasta los siglos de un olivo o un tejo. Ese ciclo lo marca la genética, no el cuidado, pero el cuidado decide si una planta alcanza su techo o se queda muy por debajo. Renovar sustrato, regar con criterio, elegir bien la exposición, podar a tiempo y quitar las flores pasadas es lo que separa a una planta que dura una temporada de una que acompaña una vida.