Un almendro abre sus flores en febrero, con el suelo todavía frío, y un crisantemo espera a octubre para hacer lo mismo. Ninguno de los dos se equivoca de fecha: cada especie mide el paso del año con sus propios instrumentos y florece cuando esos instrumentos le dan la señal. Entender qué está midiendo la planta explica por qué unas se adelantan, por qué otras se saltan un año entero y por qué la que tenemos en el jardín lleva tres temporadas sacando hojas magníficas y ni una sola flor.

Qué dispara realmente la floración

Florecer es caro. Una planta que forma flores desvía azúcares, nitrógeno y fósforo que podría destinar a crecer, y en muchas especies compromete la temporada siguiente. Por eso el paso de crecimiento vegetativo a floración está controlado por varias señales que deben coincidir, no por una sola.

Las tres que más pesan son:

La duración del día y de la noche. Es el reloj más fiable que existe en la naturaleza: no depende del tiempo que haga, solo de la latitud y de la fecha. Una planta que responde al fotoperiodo florece siempre en las mismas semanas del año, llueva o no.

La temperatura acumulada. Aquí entran dos cosas distintas: el frío invernal que muchas especies necesitan para desbloquear las yemas, y el calor primaveral que hace falta después para que esas yemas se abran. Un invierno suave y una primavera cálida no producen el mismo efecto.

La edad y el tamaño de la planta. Un ejemplar juvenil no florece aunque le den la luz y el frío correctos. Tiene que alcanzar una madurez fisiológica que se mide en número de nudos producidos, no en meses de calendario.

A estos tres factores se suman moduladores: el estrés hídrico moderado adelanta la floración en algunas especies mediterráneas, el exceso de nitrógeno la retrasa en casi todas, y una poda mal colocada en el calendario puede eliminarla por completo durante un año.

El florígeno: la señal que viaja de la hoja a la yema

Hay un detalle que sorprende: la planta no percibe la luz en el sitio donde va a florecer. El fotoperiodo lo miden las hojas, mientras que la flor se forma en el ápice de los tallos. Entre un punto y otro tiene que viajar un mensaje.

Ese mensaje se bautizó como florígeno en 1937, cuando el fisiólogo Mijaíl Chailajian demostró con injertos que una planta ya inducida a florecer podía inducir a otra que no había recibido el fotoperiodo adecuado. Durante casi setenta años fue una hormona hipotética que nadie conseguía aislar. Hoy sabemos que se corresponde en buena medida con una proteína llamada FT (FLOWERING LOCUS T), que se produce en las hojas cuando el fotoperiodo es el correcto, se desplaza por el floema hasta el meristemo apical y allí activa los genes que convierten una yema de hoja en una yema de flor.

La consecuencia práctica de esto es doble y conviene tenerla presente. Primero: una planta defoliada o muy podada en el momento de la inducción no recibe la señal, porque el emisor son las hojas. Segundo: basta con que unas pocas hojas estén expuestas al fotoperiodo adecuado para que toda la planta responda, lo que explica por qué una trepadora en semisombra puede florecer solo en la parte alta, la que asoma a la luz.

Día corto, día largo y las que no hacen caso

Según cómo respondan al fotoperiodo, las plantas se agrupan en tres tipos.

Las plantas de día largo florecen cuando la duración del día supera un umbral, de modo que en la península ibérica lo hacen entre finales de primavera y el solsticio de junio. Es el caso de la espuela de caballero, la amapola de California, muchas gramíneas ornamentales, el iris de barbas y también de las hortalizas de hoja: cuando la lechuga, la espinaca o la rúcula "se espigan" en mayo no es porque haga calor, es porque el día se ha alargado y la planta ha decidido que le toca reproducirse.

Las plantas de día corto esperan a que el día se acorte, y por eso florecen a finales de verano y en otoño: crisantemo, poinsetia, kalanchoe, dalia (parcialmente), Cosmos. Aquí está una de las confusiones más extendidas de toda la horticultura. Estas plantas no miden el día: miden la noche. Lo que necesitan es un periodo de oscuridad continua superior a cierto número de horas, y un solo destello de luz en mitad de esa noche anula la respuesta. De ahí que la poinsetia comprada en Navidad no vuelva a colorear al año siguiente si pasa el otoño en un salón con la lámpara encendida hasta las once, o junto a una ventana con una farola enfrente. Para que forme brácteas rojas necesita unas ocho a diez semanas con unas catorce horas de oscuridad sin interrupciones, algo que en una casa normal solo se consigue metiéndola en un armario o cubriéndola con una caja cada tarde.

Las plantas de día neutro ignoran el fotoperiodo y florecen cuando alcanzan cierto tamaño y tienen temperatura y agua suficientes. El tomate, el geranio, los rosales modernos de flor recurrente, la petunia o el hibisco pertenecen a este grupo, y por eso pueden florecer durante meses seguidos mientras las condiciones acompañen.

Plantas en flor en un balcón a principios de primavera

El frío que hay que pasar antes: vernalización y horas frío

Muchas especies de clima templado llevan incorporado un seguro contra los falsos veranos: no florecen hasta haber acumulado una cantidad determinada de frío. Es la manera que tiene la planta de asegurarse de que el invierno ya ha pasado de verdad y no está abriendo flores en una semana templada de diciembre.

En las herbáceas y bienales este proceso se llama vernalización: la exposición prolongada a temperaturas bajas, en general por debajo de unos 7 °C, desbloquea la capacidad de florecer. Un ajo o una cebolla que no pasan frío no bulbifican bien; un tulipán plantado en una zona cálida del sur sin haber recibido frío suficiente saca hoja y aborta la flor. Por eso los bulbos de tulipán y jacinto que se cultivan en el litoral mediterráneo suelen tratarse en frío antes de plantar, y por eso rara vez repiten un segundo año en esos climas.

En los frutales de hueso y pepita se habla de horas frío: el número de horas por debajo de unos 7 °C que las yemas necesitan acumular durante el reposo invernal. Las cifras varían mucho entre especies y sobre todo entre variedades, y ese dato es el criterio principal a la hora de elegir un frutal para una zona concreta. A grandes rasgos, el almendro y algunas variedades de melocotón se conforman con muy pocas horas y por eso florecen tempranísimo, mientras que cerezos, manzanos y perales exigen bastante más, motivo por el cual dan mal resultado en zonas cálidas del sur y del litoral. Si compras un frutal, pregunta por sus horas frío antes que por el sabor: es lo que decide si va a florecer.

La cara amarga de este mecanismo son los inviernos suaves. Con frío insuficiente la floración se vuelve escalonada e irregular, se abren pocas yemas y el cuajado es pobre. Y en el extremo contrario, un enero anormalmente templado hace que el almendro o el albaricoquero adelanten la apertura y luego pierdan la cosecha con la primera helada de marzo.

Cuándo florece cada cosa: el año en la península

Las fechas que siguen valen para una zona intermedia. En el litoral mediterráneo y en el suroeste conviene adelantarlas dos o tres semanas; en la meseta norte y en zonas de montaña, atrasarlas otro tanto.

Invierno (diciembre a febrero). El jardín no se para. Florecen la mimosa (Acacia dealbata), el jazmín de invierno (Jasminum nudiflorum), el eléboro o rosa de Navidad (Helleborus), las camelias, el durillo (Viburnum tinus), los primeros narcisos, el almendro a partir de finales de enero y el Chimonanthus praecox, que perfuma un patio entero con cuatro flores discretas.

Primavera (marzo a mayo). El grueso del año. Frutales de flor en marzo, árbol del amor (Cercis siliquastrum) y lilos en abril, azahar de los cítricos en abril y mayo, glicina (Wisteria sinensis) a finales de abril, peonías, lirios, tulipanes y, ya en mayo, la primera y más abundante floración de los rosales.

Verano (junio a agosto). Toman el relevo las que aguantan el calor: adelfa, buganvilla, hibisco, agapanto, lavanda desde finales de mayo, Hemerocallis, plumbago, jazmín, hortensias en la mitad norte y la Lagerstroemia o árbol de Júpiter, que es de las pocas que florece con fuerza en pleno agosto.

Otoño (septiembre a noviembre). Segunda floración de los rosales, crisantemos, salvias arbustivas, Sedum, dalias tardías, Nerine, el ciclamen y el madroño (Arbutus unedo), que tiene la particularidad de abrir sus flores blancas al mismo tiempo que maduran los frutos rojos del año anterior.

La otra clave del calendario: madera vieja o madera nueva

Este es el punto donde se pierden más floraciones por error propio, y merece la pena tenerlo claro porque no cuesta nada aplicarlo.

Hay arbustos que forman sus yemas de flor durante el verano anterior y las llevan puestas todo el invierno. Podarlos en enero o febrero, que es cuando apetece ordenar el jardín, equivale a tirar la floración a la basura. Están en este grupo la forsitia, el lilo, la Weigela, el Philadelphus, la glicina, la camelia, las hortensias de bola (Hydrangea macrophylla) y los rosales trepadores de una sola floración. A todos ellos se los poda justo después de florecer, para darles el verano entero por delante.

Otros forman las flores sobre los brotes del año en curso. A esos sí conviene podarlos a final de invierno, porque cuanto más vigoroso sea el brote nuevo, mejor florecen: adelfa, buddleia, hibisco de Siria, Perovskia, Caryopteris, hortensia paniculada, rosales arbustivos de flor recurrente y pasiflora.

Por qué tu planta no florece

Cuando una planta sana y bien desarrollada no da flor, la causa suele estar en esta lista corta:

Exceso de nitrógeno. El fallo más repetido. El nitrógeno empuja hoja y tallo; el fósforo y sobre todo el potasio favorecen flor y fruto. Un abono universal muy nitrogenado, o un césped abonado justo al lado de un arbusto, producen ejemplares exuberantes y estériles. Desde primavera conviene pasar a un fertilizante con más potasio que nitrógeno.

Poca luz. Con menos de cuatro o cinco horas de sol directa, la mayor parte de las plantas de flor sobrevive pero no florece. No es una cuestión de espacio ni de riego: sin fotosíntesis suficiente no hay azúcares que invertir en flores.

La planta todavía es juvenil. Una glicina obtenida de semilla puede tardar de diez a quince años en florecer, mientras que una injertada lo hace en dos o tres. Con los frutales pasa lo mismo. Si compras una trepadora o un frutal de flor, comprueba si está injertado o multiplicado por esqueje.

Poda en el momento equivocado, según lo explicado en el apartado anterior.

Falta de frío invernal en especies que lo necesitan, algo cada vez más frecuente en el litoral.

Demasiada maceta. Muchas especies florecen mejor con las raíces algo apretadas. Un trasplante a un contenedor mucho más grande dispara el crecimiento de raíz y hoja y retrasa la floración una o dos temporadas. Ocurre con la pasiflora, el clivia, el estrelitzia o el agapanto.

Cómo conseguir que florezca todos los años

Repetir floración año tras año depende de que la planta pueda reponer reservas después del esfuerzo. Cuatro hábitos hacen casi todo el trabajo.

Retirar las flores marchitas antes de que formen semilla. Una planta que fructifica interpreta que su ciclo ha terminado y detiene la producción de flores; si se le quitan las flores pasadas, sigue emitiendo. Funciona muy bien en rosales, petunias, geranios, Cosmos y salvias.

No cortar las hojas de los bulbos cuando terminan de florecer. Narcisos, tulipanes y jacintos fabrican en esas semanas las reservas de la floración siguiente. Hay que esperar a que las hojas amarilleen solas, aunque quede feo.

Abonar en el momento útil: desde la brotación hasta el final de la floración, con aportes ligeros y frecuentes mejor que uno grande. Después del verano, suspender el nitrógeno para que la madera endurezca antes del frío.

Riego regular durante la formación de las yemas. En los frutales y en muchos arbustos las yemas del año que viene se inducen en pleno verano; un estrés fuerte de sequía en julio se paga con menos flores en marzo.

En resumen

Las plantas no florecen por fecha del calendario, sino porque suman señales: duración de la noche, frío invernal acumulado, calor primaveral y madurez propia. Las hojas miden la luz y envían la señal, el florígeno, hasta las yemas donde se formará la flor. En la península hay floración los doce meses del año, con el máximo entre marzo y mayo y un segundo empujón en otoño.

Si una planta no florece, revisa por este orden: horas de sol, tipo de abono, momento de la poda y edad del ejemplar. Y antes de coger las tijeras, averigua si tu arbusto florece sobre madera del año anterior o sobre los brotes nuevos, porque esa sola pregunta salva o arruina la floración de toda una temporada.


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