La ventana buena para cortar lavanda dura poco más de una semana, y de acertar dentro de ella dependen el color que conservará el ramo, la intensidad del aroma y que las florecillas no se desprendan a los dos meses. Cortar antes de tiempo da espigas pálidas y poco olorosas; cortar tarde da manojos que van soltando pétalos secos sobre el mueble cada vez que alguien pasa cerca. Este artículo explica cómo reconocer ese punto en la mata, con qué herramienta y a qué altura cortar, y qué hacer después para que el corte no solo dé flores sino que además rejuvenezca la planta.

El punto de corte depende de para qué quieras las flores

No hay un único "momento óptimo": hay tres, y cada uno corresponde a un uso distinto.

Para ramos secos y decoración. Corta cuando la espiga ya ha tomado color pero apenas se han abierto las primeras flores, una o dos por espiga como mucho. En ese estado los cálices están firmes y sujetan bien la corola al secarse. Es el corte más temprano de los tres y el que da manojos que aguantan años sin desmigarse.

Para aroma y aceite esencial. Espera a que estén abiertas entre un tercio y la mitad de las flores de la espiga. Es cuando la concentración de aceites esenciales en las glándulas del cáliz llega a su máximo. Si buscas rellenar saquitos o macerar la flor en aceite, este es tu momento.

Para infusiones y cocina. Vale el mismo punto que para el aceite, con la flor recién abierta y todavía sin marchitar ninguna. Lo importante aquí es que la mata no haya recibido tratamientos fitosanitarios en las semanas previas.

Lo que no interesa a nadie es el cuarto estado: la espiga con todas las flores abiertas y las de la base ya pardeando. Ahí el aroma ha empezado a caer, el color vira a gris y la flor se desprende sola.

Espigas de lavanda en flor con parte de las florecillas abiertas

Cómo reconocer la espiga lista

Mira una espiga de cerca. Lo que parece una flor alargada es en realidad una inflorescencia formada por verticilos de brácteas, y de cada uno asoma una florecilla tubular. Esas florecillas no se abren todas a la vez: van saliendo escalonadamente, normalmente de abajo hacia arriba, a lo largo de una o dos semanas.

Ese escalonamiento es justo lo que te sirve de reloj. Cuenta a ojo qué proporción de la espiga tiene flor abierta y decide según el uso. Otra pista fiable es el olor: frota una espiga entre los dedos y huélelos. Cuando el aroma es intenso y limpio, sin nota herbácea dominante, la flor está en su momento. Un tercer indicio, si tienes plantas cerca, son las abejas: se concentran en la mata precisamente en los días de mayor producción de néctar, que coinciden aproximadamente con el pico de aceites.

A qué hora del día cortar

Por la mañana, una vez evaporado el rocío y antes de que apriete el sol. En verano peninsular eso suele significar entre las ocho y las diez y media. Hay dos razones distintas y ambas cuentan.

La primera es la humedad: una espiga cortada mojada se seca mal, tiende a enmohecerse dentro del manojo y pierde color. La segunda es que los aceites esenciales son volátiles y las horas de calor fuerte los disipan; a las tres de la tarde de un día de julio en La Alcarria, buena parte del aroma se ha ido literalmente al aire. Cortar al atardecer es el segundo mejor momento, pero con el riesgo de que el rocío de la noche pille las espigas todavía sin colgar.

Evita también cortar el día siguiente a una lluvia fuerte o a un riego copioso: la flor va más hidratada y tarda más en secar.

Cómo cortar: herramienta, altura y el error del leño viejo

Usa tijeras de podar limpias y bien afiladas, o unas tijeras de esquilar si la mata es grande y quieres avanzar rápido. Una hoja mellada machaca el tallo y deja una herida que cicatriza peor.

La técnica es sencilla: agarra un puñado de tallos floridos con una mano, como si fueras a hacer una coleta, y corta todo el manojo de un tijeretazo. Así trabajas rápido y las espigas quedan ya ordenadas y a la misma altura.

La altura de corte es la parte crítica. No cortes solo la espiga: baja unos cuantos centímetros por el tallo floral, hasta entrar un par de dedos en la zona de hoja verde. Pero no bajes más. La lavanda, como el resto de labiadas leñosas, prácticamente no rebrota de la madera vieja desnuda: si cortas por debajo de la última hoja, en la parte gris y lignificada del tallo, ese ramo se queda muerto para siempre y la mata empieza a ahuecarse por el centro.

La regla práctica: deja siempre entre cinco y diez centímetros de brotación verde con hojas por debajo del corte. Con eso obtienes tallo largo para el ramo y la planta conserva yemas desde las que reconstruir.

El corte de flores es también la poda del año

Aquí está la mayor confusión que rodea a esta planta. Mucha gente corta unas pocas espigas para casa y deja el resto secándose en la mata "para que no sufra". El resultado es el contrario del buscado: la lavanda sin recortar se ahueca, se abre por el centro, envejece deprisa y en cinco o seis años hay que arrancarla.

Aprovecha la recolección para dar forma. Cuando hayas cortado lo que quieres para casa, repasa toda la mata con la tijera y déjala como una media esfera compacta, retirando también las espigas que se hayan pasado. Se recorta aproximadamente un tercio de la planta, siempre en zona verde. Una lavanda podada así cada verano vive con buen porte diez o doce años; una sin podar, la mitad.

Un segundo repaso ligero a finales de invierno, en febrero o principios de marzo, termina de igualar la forma. Lo que hay que evitar es podar en otoño avanzado: los brotes tiernos que salen después no llegan a endurecerse y las heladas de diciembre los queman.

Calendario según la especie que tengas

Bajo el nombre de "lavanda" conviven varias especies con calendarios muy distintos. Identificar la tuya te ahorra semanas de espera o un corte a destiempo.

Cantueso (Lavandula stoechas)

La lavanda silvestre de buena parte de la Península, reconocible por el penacho de brácteas moradas que le sale en lo alto de la espiga, corta y gruesa. Es la más temprana: florece de marzo a junio según la zona, y en el sur puede arrancar en febrero. Suele dar una segunda floración menor en otoño si el verano no ha sido demasiado seco. Aroma más alcanforado, menos apreciado para perfumería pero excelente en el jardín seco.

Lavanda fina o inglesa (Lavandula angustifolia)

La de mejor aroma, el que se asocia al aceite esencial de calidad. Espiga estrecha, sin penacho, tallos relativamente cortos. Florece en junio y julio en la mayor parte del interior peninsular, algo antes en el sur y hasta agosto en zonas de montaña. Es la especie de referencia para infusiones y para saquitos.

Lavandín (Lavandula × intermedia)

Híbrido entre L. angustifolia y L. latifolia, es el que se ve en los campos morados y en la mayoría de setos de jardín, con variedades como 'Grosso' o 'Provence'. Mata grande, tallos largos y ramificados, mucha producción. Florece de julio a agosto, unas semanas después que la lavanda fina. Su aceite tiene más alcanfor; para ramos secos es insuperable por la longitud del tallo.

Espliego (Lavandula latifolia)

El más tardío, con floración de agosto a septiembre. Hoja más ancha y aroma marcadamente alcanforado. Crece silvestre en buena parte del este y sur peninsular.

Si tienes varias especies, el escalonamiento natural te permite recolectar desde la primavera hasta bien entrado el verano.

Qué hacer con las flores recién cortadas

El secado empieza en la misma media hora. Forma manojos de unos 100 a 150 tallos, no más gruesos que tu muñeca, y átalos con una goma elástica en vez de con cordel: al secarse los tallos adelgazan, y la goma se ajusta sola mientras que el cordel se afloja y el manojo se desparrama.

Cuélgalos boca abajo en un sitio oscuro, seco y ventilado: un desván, un trastero, la parte alta de un garaje. La oscuridad es lo que conserva el morado; secar al sol lo convierte en gris pardo en pocos días. En dos o tres semanas están listos, y lo sabrás porque los tallos se parten en seco en vez de doblarse.

Para desgranar la flor y guardarla en saquitos, pasa la mano cerrada por la espiga seca sobre un cuenco, o mete el manojo en una bolsa de tela y frótalo por fuera. Guarda el grano en tarro de cristal cerrado, sin luz. Conserva aroma útil un par de años, y se puede reactivar apretando el contenido del saquito entre los dedos.

Si lo que quieres es la flor fresca en jarrón, cámbiale el agua a diario y no esperes más de cuatro o cinco días: la lavanda no es una flor de florero longeva. Mucho mejor secarla.

Mata de lavanda en plena floración en el jardín

Errores frecuentes que arruinan la cosecha

Secar al sol o en la ventana. Es la causa número uno de ramos descoloridos. La radiación destruye los pigmentos y volatiliza los aceites.

Guardar antes de tiempo. Un manojo metido en una caja con algo de humedad residual se enmohece por dentro sin que se vea desde fuera. Espera a que el tallo quiebre en seco.

Cortar con la planta sedienta. Una mata en estrés hídrico severo da espigas mermadas. La lavanda es resistente a la sequía, pero si viene de varias semanas de calor extremo sin una gota, riega abundantemente una vez y corta cuatro o cinco días después.

Manojos demasiado gruesos. El centro no ventila y se pudre. Mejor cuatro manojos medianos que uno enorme.

Cortar por la madera. Repetido a propósito porque es el error irreversible: por debajo de la última hoja verde, la lavanda no rebrota.

Cuidados para que la mata dé flor todos los años

Una lavanda que florece poco casi siempre está sufriendo alguno de estos tres problemas.

Falta de sol. Necesita pleno sol, mínimo seis horas directas. A media sombra vegeta, se estira y da pocas espigas.

Exceso de agua o suelo pesado. Es una planta mediterránea de terrenos pobres, pedregosos y con drenaje rápido; prefiere suelos neutros o calizos y detesta los ácidos y encharcados. En arcilla compacta se pudre el cuello en el primer invierno lluvioso. Plántala en caballón, en talud o en maceta con sustrato muy drenante si tu tierra es pesada. Una vez arraigada, en el interior peninsular puede vivir prácticamente sin riego; en maceta, riega cuando el sustrato esté seco en profundidad.

Exceso de abono. El nitrógeno le da follaje blando, propenso a hongos, y menos flor. Un puñado de compost bien hecho en invierno es suficiente, y en suelo fértil ni eso.

Añade a esto la poda anual de la que hemos hablado y tendrás mata para muchos veranos. Si la tuya ya está ahuecada y leñosa por dentro, no intentes rejuvenecerla podando fuerte sobre la madera: no funcionará. Lo práctico es sustituirla, y de paso puedes multiplicarla por esqueje semileñoso en agosto o septiembre, que arraiga con facilidad.

En resumen

Corta las espigas por la mañana, con el rocío ya evaporado. Si las quieres para ramo seco, hazlo cuando la espiga tenga color pero apenas una o dos flores abiertas; si buscas aroma o aceite, espera a que estén abiertas entre un tercio y la mitad. La fecha depende de la especie: cantueso en primavera, lavanda fina en junio y julio, lavandín en julio y agosto, espliego a finales de verano.

Corta entrando unos centímetros en la zona verde con hoja, sin bajar nunca a la madera desnuda, y aprovecha para recortar toda la mata en forma de media esfera, retirando alrededor de un tercio. Ata manojos de la anchura de una muñeca con goma elástica y cuélgalos boca abajo en oscuridad y ventilación durante dos o tres semanas. Con eso tendrás flor de buen color y buen aroma, y una planta que seguirá dándotela año tras año.


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