Un rosal que durante tres años dio flores grandes de color intenso y al cuarto solo produce ramilletes de florecillas blancas de cinco pétalos no ha degenerado ni ha mutado. Lo que se está viendo es el portainjerto, que ha ganado la partida. Y ese desenlace concreto, con sus equivalentes en cítricos, en frutales y en arbustos de pie alto, es lo que separa el mantenimiento de una planta injertada del de una planta corriente.

Una planta injertada son dos organismos soldados: la raíz y el arranque del tronco pertenecen a un individuo, el patrón, y todo lo que hay por encima de la unión pertenece a otro, la variedad. Cada uno conserva su genética y su comportamiento durante toda la vida del ejemplar. Cuidarla consiste, básicamente, en mantener ese reparto en su sitio.

Cactus injertado sobre patrón

Lo primero: localizar la unión

Antes de poder cuidar nada hay que saber dónde está la frontera, porque todas las decisiones dependen de ella. Se busca en la parte baja del tronco, entre el suelo y los primeros veinte o treinta centímetros, y tiene señales bastante claras:

  • Un engrosamiento o un escalón, a veces un bulto marcado, donde el diámetro cambia de golpe.
  • Un cambio de textura o color de la corteza. Por debajo, la corteza del patrón; por encima, la de la variedad. En cítricos el contraste suele verse a simple vista.
  • Una cicatriz oblicua o en cuña, resto del corte original, con una torcedura leve del tronco a esa altura.
  • En rosales, un nudo leñoso ensanchado, la llamada corona, justo donde el tallo emerge del suelo y del que salen todas las ramas de la variedad.
  • En árboles de copa llorona o de porte enano injertados en pie alto —morera llorona (Morus alba 'Pendula'), cerezo llorón, algunos arces—, la unión no está abajo sino arriba, justo donde el tronco recto se convierte en copa colgante, a metro y medio o dos metros.

Hay una comprobación que casi nunca falla: la hoja. Por debajo de la unión y por encima, las hojas son distintas. Un limonero injertado sobre naranjo amargo (Citrus × aurantium) tiene arriba hojas con pecíolo estrecho, y abajo, si sale algo del patrón, hojas con el pecíolo claramente alado, en forma de corazoncito. Un rosal de jardín tiene arriba hojas de cinco foliolos brillantes, y del patrón salen hojas mates de siete foliolos más pequeños. Si dos ramas de la misma planta tienen hojas que no se parecen, una de las dos no pertenece a la variedad que se compró.

La unión, por encima del suelo y descubierta

Esta es la regla que decide el destino de la planta a largo plazo, y se incumple sin querer con una facilidad enorme.

El punto de injerto tiene que quedar visible por encima del nivel del suelo. En España, lo habitual y lo correcto es plantar con la unión a ras o unos centímetros por encima. Enterrarla es una costumbre de climas con inviernos muy severos, donde se busca proteger la yema del hielo; en el clima peninsular no aporta nada y trae dos problemas serios.

El primero es el franqueamiento. Si la unión queda cubierta de tierra, la variedad —que está en contacto con sustrato húmedo— acaba emitiendo raíces propias. A partir de ese momento deja de depender del patrón, y con ello se pierde todo lo que el patrón aportaba: la tolerancia a la caliza, la resistencia a nematodos, la resistencia a la asfixia radicular o el control del tamaño. El árbol enano que se compró para un patio pequeño se dispara a los tres o cuatro años y se planta en siete metros. El cítrico que aguantaba el suelo calizo empieza a amarillear.

El segundo es la podredumbre. El tejido de la unión es una cicatriz, no corteza normal, y mantenida húmeda de forma permanente es una puerta de entrada para Phytophthora. En cítricos, la gomosis del cuello se cobra árboles adultos por esta vía, y el origen suele ser un alcorque que ha ido acumulando tierra o un acolchado apilado contra el tronco.

De ahí tres consecuencias prácticas. Al plantar, se respeta la marca de tierra que trae el ejemplar del vivero y no se entierra un dedo más. El acolchado o la corteza decorativa se dejan a diez centímetros del tronco, en corona, nunca amontonados contra él. Y conviene revisar cada dos o tres años que el riego, las escardas y los aportes de compost no hayan ido subiendo el nivel del suelo alrededor: en un arriate mantenido, esa cota sube sin que nadie lo decida.

Los chupones del patrón: la tarea que dura toda la vida

El patrón no es una raíz pasiva. Es una planta entera a la que se le ha cortado la parte aérea, y cada vez que puede intenta reconstruirla. Emite brotes desde el cuello o directamente desde las raíces, y esos brotes tienen todas las ventajas: conexión directa con el sistema radicular, vigor de especie silvestre y ninguna de las limitaciones de una variedad seleccionada.

Si se dejan crecer, la consecuencia es previsible. El chupón crece más deprisa que la variedad, atrae hacia sí la savia bruta, sombrea la copa injertada y en dos o tres temporadas la variedad se debilita, deja de florecer y se seca. La planta sigue viva, pero es otra planta.

Cómo se distingue un chupón de un brote de la variedad

La regla básica es la posición: todo lo que nace por debajo de la unión, o del suelo a cierta distancia del tronco, es del patrón. Todo lo que nace por encima es de la variedad. Con eso basta en la mayoría de los casos, y por eso importa tanto haber localizado la unión.

Cuando la posición no está clara, hay señales de apoyo:

  • Hoja distinta, en número de foliolos, tamaño, brillo o color, como se ha descrito arriba.
  • Crecimiento marcadamente más vertical y vigoroso, con entrenudos largos y aspecto de vara.
  • Tallo de otro tono, con frecuencia más claro o más rojizo.
  • Espinas más numerosas o de distinta forma: en rosales, el patrón Rosa canina o R. multiflora lleva aguijones ganchudos característicos; en cítricos, los patrones tipo citrange o naranjo amargo llevan espinas largas y rectas que la variedad de mesa no tiene.
  • Ausencia de flor los primeros años, o flor simple de cinco pétalos cuando aparece.

Cómo se quitan

Aquí hay un detalle técnico que cambia el resultado. Cortar el chupón a ras con tijera deja intacto el anillo de yemas basales que hay en su punto de inserción, y de ahí rebrotan tres o cuatro chupones donde había uno. El problema se multiplica cada vez que se poda.

Lo que funciona es descubrir el punto de inserción —apartando tierra si hace falta— y arrancar el brote de un tirón seco hacia abajo, cuando todavía es tierno y verde. El desgarro se lleva por delante el tejido meristemático de la base y esa posición ya no rebrota. Se hace con guantes y en primavera, mientras el brote cede sin partirse. Si ya está lignificado, se corta lo más pegado posible a la inserción y se acepta que habrá que repetir.

La frecuencia: una revisión cada tres o cuatro semanas de marzo a septiembre. Es tarea de dos minutos por planta, y es la que decide si dentro de cinco años se tiene la variedad que se compró.

Dos casos que se ven en cualquier jardín

El rosal que "se vuelve silvestre"

Los rosales de jardín se injertan sobre pies silvestres, Rosa canina o Rosa multiflora normalmente, porque aportan vigor, rusticidad y tolerancia a suelos difíciles. Cuando el rosal se planta con la corona enterrada, cuando una helada fuerte mata la parte injertada o cuando simplemente no se han quitado los chupones, el pie se impone.

El cuadro final es inconfundible: ramas largas y arqueadas que salen desde la base, hojas mates de siete foliolos, muchos aguijones, y una floración única en mayo con flores simples de cinco pétalos, blancas o rosa pálido, sin apenas perfume o con perfume distinto. Esa planta no ha cambiado de variedad; la variedad se ha muerto y ha quedado el patrón. No hay forma de revertirlo salvo injertar de nuevo sobre ese pie.

El limonero que echa naranjo amargo

Los cítricos de jardinería van casi siempre injertados. Los patrones habituales en España son el naranjo amargo (Citrus × aurantium), muy tolerante a la caliza y a la asfixia, y los citranges tipo Carrizo o Troyer, con buena resistencia al virus de la tristeza. Cualquiera de los dos, si rebrota, es reconocible: hojas de pecíolo muy alado, espinas largas, crecimiento explosivo y, si llega a florecer, un fruto pequeño, con mucha corteza y una pulpa amarga que no vale para comer.

El error que suele haber detrás es haber enterrado la unión al plantar o haber acumulado tierra y acolchado en el alcorque con los años. Y hay una variante más incómoda: un limonero al que una helada le mata toda la parte aérea puede rebrotar exclusivamente de debajo de la unión, y lo que crece entonces, con mucho vigor, ya no es un limonero.

Los pies altos y los llorones

En una morera llorona, un cerezo llorón o un rosal de pie alto, la unión está en lo alto del tronco. Todo brote que salga del tronco recto, por debajo de la copa, pertenece al patrón, crece erguido y vigoroso, y en un par de temporadas convierte el árbol en un ejemplar corriente con una copa llorona deprimida en un lado. Se limpian una o dos veces al año, en primavera y a mitad de verano, recorriendo el tronco de arriba abajo.

La unión es un punto mecánicamente débil los primeros años

El tejido que suelda el patrón con la variedad es callo de cicatrización, y necesita dos o tres temporadas completas de crecimiento secundario para tener una resistencia comparable a la de la madera normal. Durante ese tiempo, la unión es el punto por donde la planta se parte.

Lo que hay que hacer es poco y basta con hacerlo:

  • Tutor las dos o tres primeras temporadas, clavado en el lado del viento dominante, y sujeciones cada veinte o treinta centímetros. Un brote de la variedad que crece medio metro en un verano actúa como una vela.
  • Ataduras en ocho, nunca en anillo cerrado. La cinta cruzada entre tronco y tutor deja una holgura y evita que el tronco roce directamente contra la madera. Un roce continuado desgasta la corteza y abre una herida justo donde no interesa.
  • Revisar las ataduras cada primavera y aflojarlas, porque el tronco engorda y lo que era holgado estrangula al año siguiente.
  • Retirar el tutor a los dos o tres años. Un árbol permanentemente entutorado no desarrolla madera de reacción y queda más débil que uno que se ha movido con el viento desde joven.
  • No plantar en el pasillo de viento de una esquina de edificio o de un hueco entre muros, donde las rachas se aceleran.

En cactus injertados —los Gymnocalycium de colores sobre Hylocereus, las euforbias crestadas sobre pies rectos— el problema equivalente es el roce y el golpe: la unión es una superficie plana pegada sin resistencia lateral, y un empujón la desplaza. Se colocan donde no se manipulen y no se cambian de sitio sin cogerlos por la maceta.

La cinta de injerto: retirarla a tiempo

La atadura que mantiene unidas las dos piezas cumple su función durante seis u ocho semanas y a partir de ahí solo puede hacer daño. Las cintas parafinadas y las de látex se degradan solas con el sol y la lluvia; las de plástico o rafia, no. Una cinta olvidada un año entero deja una acanaladura que estrangula el paso de savia elaborada por el floema, engrosa el tronco por encima del punto de ahogamiento y termina partiendo la planta por ahí, con frecuencia cuando ya lleva peso de fruta o de copa.

Si el injerto se ha hecho en casa, la cinta se afloja o se retira a las seis u ocho semanas de haberlo hecho, cortándola por el lado contrario a la unión.

Si la planta viene de vivero, hay que revisarla al llegar y quitar todo lo que la aprisione. Se busca: restos de cinta en la unión, bridas de plástico del transporte, el atado del tutor y la etiqueta identificativa colgada con alambre o con hilo plastificado alrededor de una rama. Esa etiqueta, dejada en su sitio, anilla la rama en tres o cuatro años y la mata. La señal de alarma, en cualquiera de los casos, es un abultamiento por encima de un surco: cuando eso se ve, la constricción ya lleva tiempo.

Incompatibilidad tardía: cuando el injerto falla años después

Hay combinaciones patrón-variedad que prenden bien, crecen con normalidad durante años y se rompen después. La causa está en una conexión vascular imperfecta entre los dos tejidos, que va degradándose a medida que el tronco engorda. Es frecuente en peral sobre membrillero con determinadas variedades, y aparece en otras combinaciones entre géneros distintos.

Las señales, en orden de aparición:

  • Desproporción de diámetros entre patrón y variedad, con un escalón marcado en la unión, hacia arriba o hacia abajo. Una diferencia leve es normal; un escalón evidente y creciente no lo es.
  • Coloración otoñal adelantada: hojas que enrojecen o amarillean en agosto, mientras árboles vecinos siguen verdes. Es el síntoma más característico y refleja que los azúcares no bajan bien hacia la raíz.
  • Brotación retrasada y débil en primavera, con brotes cortos.
  • Floración y cuajado excesivos con fruto pequeño, una reacción de estrés del árbol.
  • Al levantar un trozo de corteza en la unión, una línea parda o una discontinuidad entre los dos tejidos, en lugar de una transición limpia.
  • Descabalgamiento: con una racha fuerte, el árbol se parte exactamente por la unión y la superficie de rotura aparece lisa, no astillada.

No hay tratamiento curativo. Lo que se puede hacer, si el ejemplar interesa, es plantar un pie compatible al lado y unirlo a la variedad con un injerto de aproximación, para que aporte una vía vascular alternativa; y mientras tanto, entutorar y aligerar la copa para reducir el brazo de palanca. En la práctica, lo razonable en un jardín es replantar y elegir mejor la combinación.

Riego y abonado: manda el patrón

Un detalle que se pasa por alto al buscar información de cuidados: la tolerancia al suelo, al agua dura y al encharcamiento la pone la raíz, es decir, el patrón, no la variedad. Dos limoneros de la misma variedad, uno sobre naranjo amargo y otro sobre citrange Carrizo, no se comportan igual en un suelo calizo: el segundo amarillea de clorosis férrica y el primero no. Dos melocotoneros de la misma variedad, uno sobre híbrido almendro × melocotonero y otro sobre franco, tampoco toleran el mismo suelo.

Por eso conviene guardar la etiqueta del vivero con el patrón anotado, o preguntarlo al comprar. Determina el riego, la sensibilidad a la caliza, la resistencia a la asfixia y el tamaño final. En cuanto al abonado, no hay nada específico por el hecho de estar injertada, más allá de una regla razonable: no forzar con nitrógeno los primeros años, porque un crecimiento explosivo sobre una unión todavía tierna aumenta el riesgo de rotura.

En resumen

El mantenimiento de una planta injertada gira en torno a la unión. Hay que localizarla —engrosamiento, cambio de corteza, cicatriz oblicua, y hojas distintas por encima y por debajo— y mantenerla siempre visible por encima del suelo, sin acolchado apilado contra el tronco: enterrarla lleva al franqueamiento, con pérdida de todo lo que aportaba el patrón, y a la podredumbre del cuello.

Los chupones del patrón se eliminan cada tres o cuatro semanas durante toda la temporada de crecimiento y durante toda la vida de la planta. Nacen por debajo de la unión, tienen hoja distinta, crecen más deprisa y más vertical, y se arrancan de un tirón desde su punto de inserción, no se cortan a ras, porque cortarlos los multiplica. Descuidarlos produce el rosal que vuelve a flor silvestre y el limonero que acaba siendo naranjo amargo.

Los primeros años la unión es frágil: tutor con ataduras en ocho, revisadas cada primavera, y protección del viento. Toda cinta, brida o etiqueta con alambre se retira a tiempo, o estrangula. Y si con los años aparecen escalón en la unión, hoja que enrojece en agosto y brotación pobre, se está viendo una incompatibilidad tardía, que no tiene remedio pero sí aviso.


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