Las curiosidades botánicas circulan casi siempre sin el dato que las hace interesantes: el porqué. Un hecho suelto se olvida en una semana; el mecanismo que hay detrás se recuerda y sirve para entender la planta que uno tiene delante. Lo que sigue son ocho fenómenos comprobados, con la explicación de cómo funcionan y, cuando toca, con el matiz de hasta dónde llega la evidencia y dónde empieza el relato.
Las plantas se avisan con olores
Cuando una oruga muerde una hoja, esa hoja libera compuestos orgánicos volátiles: aldehídos y alcoholes de seis carbonos —lo que se huele al cortar el césped— junto a terpenos y jasmonato de metilo. En experimentos hechos desde los años ochenta, plantas vecinas expuestas a esos volátiles activan sus defensas antes de ser atacadas: acumulan inhibidores de proteasas que estropean la digestión del insecto, elevan compuestos fenólicos y responden después con más rapidez.
El fenómeno está bien documentado, pero conviene entenderlo sin sentimentalismo. La interpretación más sólida no es que la planta avise a sus vecinas por generosidad, sino que se avisa a sí misma: el aire es una vía de comunicación más rápida entre ramas de un mismo individuo que el sistema vascular, que impone rodeos anatómicos. Las vecinas simplemente escuchan una señal que no iba dirigida a ellas.
Hay un segundo nivel más llamativo todavía. El maíz atacado por orugas emite una mezcla de terpenos que atrae a avispas parasitoides, las cuales ponen sus huevos dentro de la oruga. La planta no se defiende sola: recluta al enemigo de su enemigo, y la mezcla emitida varía según la especie que la está mordiendo, porque las enzimas de la saliva del insecto son distintas.
Las micorrizas, sin exagerar la red
Entre el 80 y el 90 % de las plantas terrestres viven asociadas a hongos en la raíz. En la micorriza arbuscular, la más extendida, el hongo penetra en las células corticales y forma unas estructuras ramificadas donde se produce el intercambio; en la ectomicorriza, propia de pinos, hayas, robles, abedules y jaras, el hongo envuelve la raíz sin entrar en las células.
El trato es cuantificable: el hongo entrega fósforo, cinc, cobre y agua, que capta con hifas mucho más finas que cualquier pelo radical y por tanto en un volumen de suelo mucho mayor; la planta le paga con azúcares y lípidos, y ese pago se lleva del orden del 4 al 20 % de todo lo que fija por fotosíntesis. No es un detalle menor: es una quinta parte de la producción de la planta.
La parte que conviene rebajar es la del «internet del bosque». Es cierto que las hifas de un mismo hongo pueden conectar raíces de árboles distintos, y que en experimentos con isótopos se ha detectado paso de carbono de un árbol a otro. Lo que no está demostrado es que esas redes funcionen habitualmente en el campo como sistemas de reparto entre árboles adultos y plántulas, ni como canales de aviso ante ataques. Una revisión reciente de la bibliografía encontró que esas afirmaciones se citan mucho más de lo que las sostienen los datos originales. Hay red; falta demostrar para qué sirve.
El fruto más grande del mundo es una calabaza
Botánicamente la calabaza es un fruto —un pepónide, con la pared del ovario engrosada— y las variedades gigantes de Cucurbita maxima han superado los 1.200 kg en competición. Ningún otro fruto se acerca: el más pesado que produce un árbol es la yaca (Artocarpus heterophyllus), que ronda los 40 kg.
El motivo del tamaño es una combinación de tres cosas. Primera, la genética: las variedades de competición proceden de un linaje seleccionado durante más de un siglo y el número de células del fruto queda fijado muy pronto, en las semanas siguientes a la polinización. Segunda, el cultivo: se deja un solo fruto por planta y se le dedica una superficie foliar enorme, del orden de decenas de metros cuadrados, de modo que todos los azúcares de la planta van a un único destino. Tercera, la fisiología del floema, capaz de descargar azúcares en el fruto a un ritmo que sostiene ganancias de más de 20 kg diarios en el pico de crecimiento. Y hay un cuarto factor menos glamuroso: la calabaza es agua en más de un 90 %, así que buena parte del récord es capacidad de importar agua sin reventar la corteza.
Hay plantas que calientan sus flores
Varias aráceas producen calor de forma activa en la inflorescencia. El aro (Arum maculatum) eleva el espádice varios grados sobre el ambiente; el col mofeta americano (Symplocarpus foetidus) mantiene la inflorescencia entre 15 y 22 °C durante dos semanas con el aire bajo cero, y funde la nieve a su alrededor.
El mecanismo es una vía respiratoria alternativa en la mitocondria: una enzima llamada oxidasa alternativa cortocircuita la cadena de transporte de electrones y desacopla la respiración de la producción de ATP. Toda la energía de la oxidación de azúcares y almidón sale entonces como calor, y el consumo de oxígeno por gramo de tejido alcanza valores comparables a los de un colibrí en vuelo.
El calor sirve a la polinización de dos formas: volatiliza los compuestos malolientes que atraen a moscas y escarabajos carroñeros, aumentando el radio de alcance del olor, y ofrece al insecto una cámara templada en la que quedarse una noche entera, con lo que sale bien cargado de polen. En el caso del aro, la señal que dispara todo el proceso es el ácido salicílico, y ese hallazgo fue la primera prueba de que el salicilato funciona como hormona en las plantas.
Semillas que germinaron después de siglos
Tres casos bien fechados, y lo interesante está en cómo se fecharon.
Silene stenophylla. En 2012 se regeneraron plantas completas y fértiles a partir de tejido de frutos inmaduros conservados en madrigueras fósiles de ardilla ártica, en el permafrost siberiano, con una edad en torno a los 31.800 años. El matiz importa: no germinó una semilla, sino que se cultivó in vitro tejido placentario del fruto. La datación se hizo por radiocarbono sobre el propio material vegetal, no sobre el sedimento.
La palmera datilera de Masada. Una semilla de Phoenix dactylifera recuperada en las excavaciones de la fortaleza de Masada germinó en 2005. Se dató por radiocarbono un fragmento del propio tegumento de la semilla, y el resultado situó su formación entre el siglo I antes y el siglo I después de nuestra era: unos 2.000 años. Datar la semilla misma y no el estrato es lo que convierte el caso en prueba y no en anécdota.
El loto sagrado. Semillas de Nelumbo nucifera de un lago desecado en China germinaron con edades directamente medidas de alrededor de 1.300 años. La clave está en el pericarpio: impermeable, durísimo y con una dotación de enzimas reparadoras de proteínas que mantiene el embrión viable.
Movimientos rápidos sin músculos ni nervios
La sensitiva (Mimosa pudica) pliega los folíolos uno o dos segundos después de un roce. No hay músculo: hay un pulvínulo, un engrosamiento en la base de cada folíolo con células motoras. El estímulo genera una señal eléctrica que recorre la planta; al llegar, las células motoras expulsan potasio y cloruro, el agua las sigue por ósmosis, pierden turgencia y el folíolo cae. Recuperar la posición cuesta entre diez y veinte minutos, porque hay que volver a bombear iones contra gradiente. Las hojas de la acacia de Constantinopla (Albizia julibrissin) se cierran cada noche por el mismo mecanismo, solo que gobernado por el reloj interno en lugar de por el tacto.
La venus atrapamoscas (Dionaea muscipula) va más lejos: cuenta. Cada pelo sensitivo genera un potencial de acción al doblarse, y la trampa solo se cierra si recibe dos en un intervalo corto, de unos veinte o treinta segundos. Con eso descarta una gota de lluvia. Y no empieza a segregar enzimas digestivas hasta acumular cinco estímulos, que es la señal de que dentro hay algo vivo que se mueve y que merece el gasto. La planta lleva la cuenta mediante la concentración de calcio en el citoplasma, que sube con cada impulso y decae despacio.
Miden la noche, no el día
Las plantas fotoperiódicas florecen cuando la duración del día alcanza cierto umbral. El detalle inesperado, demostrado hace un siglo, es que lo que miden es la longitud de la noche ininterrumpida. Si a una planta de día corto se le da una noche larga pero se enciende una luz un minuto en mitad de ella, se comporta como si el día hubiera sido largo y no florece.
El sensor es el fitocromo, un pigmento con dos formas que se convierten una en otra: la luz roja de 660 nm lo pasa a la forma activa, y el rojo lejano de 730 nm o la oscuridad prolongada lo devuelven despacio a la inactiva. Ese vaivén es, literalmente, un cronómetro químico.
Tiene dos consecuencias muy prácticas. Una, el cultivo forzado: crisantemos y flor de Pascua necesitan noches largas y continuadas durante semanas para florecer o para colorear las brácteas, y una farola o la luz del rellano bastan para arruinar la partida. Dos, el fitocromo también mide la proporción entre rojo y rojo lejano. Las hojas absorben el rojo y dejan pasar el rojo lejano, así que una planta a la sombra de otra recibe una luz empobrecida en rojo, lo detecta y responde alargando tallos y entrenudos para escapar hacia arriba. Es el motivo de que las plantas apretadas en un semillero salgan espigadas y débiles, y de que un seto demasiado denso se desnude por abajo.
La madera se inventó varias veces
La madera es xilema secundario: tejido conductor lignificado producido por un cámbium. Los fósiles más antiguos con madera reconocible tienen unos 407 millones de años y corresponden a plantas del Devónico inferior de apenas unos centímetros de altura. Ese dato desmonta la explicación intuitiva: la madera no apareció para sostener árboles, porque todavía no había árboles. Apareció, con toda probabilidad, para transportar agua con eficacia, y solo después se aprovechó como material de sostén.
Además apareció más de una vez, en linajes distintos y de forma independiente, igual que el porte arbóreo. Fueron árboles los licopodios gigantes de los bosques carboníferos, los equisetos arborescentes, algunos helechos y las progimnospermas, todos por caminos anatómicos diferentes. Y algunas monocotiledóneas —Dracaena, Yucca— desarrollaron su propio sistema de engrosamiento, que no es el cámbium de un roble.
La otra cara: se puede llegar a árbol sin madera. Las palmeras de cera andinas del género Ceroxylon superan los 50 metros de altura con un estípite sin crecimiento secundario, sostenido por haces de fibras dispersos y por la presión de sus tejidos. Y el bambú, que tampoco tiene madera verdadera, alcanza resistencias específicas comparables a las del acero en tracción.
En resumen
Las plantas emiten volátiles que activan defensas en otras hojas y atraen a los parásitos de sus herbívoros; viven asociadas a hongos que les dan fósforo a cambio de hasta una quinta parte de su fotosíntesis, aunque la idea de una red de reparto entre árboles esté por demostrar; producen el fruto más pesado del planeta concentrando toda una planta en una calabaza; calientan sus inflorescencias con una vía respiratoria que solo da calor; conservan embriones viables durante milenios, como acreditan las dataciones directas de Masada y del permafrost siberiano; se mueven en segundos mediante bombas de iones y llegan a contar estímulos; miden la duración de la noche con un pigmento reversible; y fabricaron madera varias veces por separado, antes de que existiera ningún árbol que sostener.