El cáliz de la colleja estalla con un chasquido seco si se aplasta contra el dorso de la mano, y de ese ruido salen buena parte de sus nombres populares: restralleras, esclafidons, petardos. Detrás del juego hay una verdura silvestre con tradición sólida en La Mancha, Aragón, Castilla y el sur peninsular, Silene vulgaris, de la familia de las cariofiláceas, que se recoge en primavera y que además se cultiva en el huerto con muy poco esfuerzo.

Cómo se identifica sin dudas

El carácter decisivo es el cáliz inflado. Cada flor lleva un cáliz ovoide, hinchado como una vejiga, membranoso y translúcido, recorrido por unos veinte nervios reticulados de color más oscuro, verdoso o purpúreo. De su boca asoman cinco pétalos blancos profundamente hendidos en dos lóbulos, hasta el punto de que parecen diez, y tres estilos largos. No hay en el campo español otra planta herbácea que combine esa vejiga con esos pétalos bífidos.

El resto de la planta acompaña. Es una perenne de veinte a ochenta centímetros, con cepa leñosa y tallos ascendentes que rebrotan cada año del mismo punto. Toda ella es glabra y glauca: sin pelos y de un verde azulado, ligeramente ceroso al tacto. Las hojas son opuestas, enfrentadas de dos en dos en cada nudo, lanceoladas u ovado-lanceoladas, enteras y sin estípulas. Florece de mayo a septiembre y el fruto es una cápsula que se abre por seis dientes.

La subespecie maritima, propia de acantilados y arenales atlánticos y a veces tratada como especie aparte con el nombre de Silene uniflora, es más rastrera, con flores mayores y menos numerosas. Se come igual.

Flores de Silene vulgaris con el cáliz inflado y los pétalos blancos hendidos

Con qué se puede confundir

Con la planta florida, el riesgo es bajo. El problema es que la colleja se recoge antes de florecer, y en ese momento no hay cáliz que mirar: lo que hay es un manojo de brotes tiernos glaucos con hojas opuestas, mucho menos distintivo.

Las confusiones plausibles en ese estado son otras cariofiláceas del mismo hábitat, sobre todo Silene latifolia, que se distingue por ser pubescente y algo pegajosa al tacto en lugar de lisa y cerosa, y varias especies de Silene menores. Ninguna es peligrosa, aunque el resultado en la sartén es peor. El riesgo serio no viene de parecerse, sino de recolectar a puñados sin mirar: en un mismo herbazal pueden convivir rosetas de plantas que no se comen, y quien mete la mano en la mata y corta lo que pilla acaba llevándose lo que no buscaba.

La solución práctica es sencilla y es la de siempre en el campo: localizar las matas en verano, con la planta florida y el cáliz a la vista, y volver a ese mismo sitio en primavera. La colleja es perenne y rebrota año tras año del mismo pie, así que la mata que se identificó con flor sigue estando allí. Cortar brote a brote, no a manojos, cierra el asunto.

Un apunte de composición, para no exagerarlo ni ocultarlo: la colleja contiene saponinas, más concentradas en la raíz que en la parte aérea, y por eso el consumo tradicional es de brotes jóvenes y cocinados. En las cantidades normales de un revuelto o un potaje no plantea problema; no es una planta para comer cruda en abundancia ni día tras día.

Cuándo se recolecta

La ventana buena va de febrero a mayo según la comarca y la altitud, siempre antes de la floración: en cuanto la planta se dispara a flor, los tallos se vuelven fibrosos y las hojas amargan. Se cortan los brotes apicales tiernos y las hojas jóvenes, con navaja o tijera, dejando la cepa intacta para que rebrote. La planta agradece el corte: da una segunda brotada en pocas semanas si el suelo tiene algo de humedad.

Hay una segunda oportunidad en otoño, tras las primeras lluvias, cuando las matas emiten brotes nuevos antes de parar por el invierno.

Las reglas que valen para cualquier silvestre

Primero, identificación segura. Si hay duda, no se recoge; no existe un margen razonable en el que valga la pena arriesgarse por una tortilla.

Segundo, el sitio. Nada de cunetas y arcenes, donde se acumulan hidrocarburos, restos de frenos y metales pesados. Nada de bordes de cultivo y linderos de parcela agrícola, que son precisamente donde se aplican los herbicidas de contorno. Nada de zonas de paseo de perros, ni de márgenes de acequia que reciben purines o vertidos, ni de escombreras y entornos mineros: la colleja es, de hecho, una planta que la investigación usa como modelo de tolerancia a metales pesados, porque desarrolla poblaciones capaces de vivir en suelos contaminados y de acumular lo que hay en ellos. Que aguante no significa que se pueda comer.

Tercero, lo legal y lo cortés. El monte y el campo tienen dueño, público o privado, y la recolección de flora silvestre está regulada por cada comunidad autónoma, con limitaciones específicas en espacios naturales protegidos y en algunos casos cantidades máximas. Pedir permiso al titular de la finca resuelve más problemas que cualquier otra precaución. Y no agotar la mata: se recoge una parte y se deja el resto para que semille.

Cultivarla en el huerto

Es una de las hortalizas silvestres más agradecidas y menos cultivadas. La semilla, muy fina, se siembra en otoño o a principios de primavera, en marzo, a poca profundidad, y germina en diez o quince días con temperaturas de quince a veinte grados. Se aclara o se trasplanta a un marco de veinticinco o treinta centímetros.

Quiere pleno sol y suelo drenante; tolera terrenos pobres, pedregosos y calizos, y prefiere quedarse algo seca antes que encharcada. Riego moderado, sin más. No necesita abonado nitrogenado: con exceso de nitrógeno crece blanda y se tumba. Como es perenne, una siembra dura tres o cuatro años, y el manejo consiste en cortar los brotes tiernos repetidamente y despuntar las varas florales para retrasar la subida a flor y prolongar la producción de hoja. Si se deja florecer una parte de las plantas, resiembra sola.

Es extremadamente rústica: aguanta heladas fuertes, veranos secos y suelos que no aceptarían una lechuga. Los caracoles y las babosas son su único problema serio, sobre los brotes recién nacidos.

Mata de colleja, Silene vulgaris, con hojas opuestas de tono glauco

Su papel en el campo

La colleja vive en pastos, barbechos, herbazales, majanos y cultivos de secano, desde el nivel del mar hasta bien pasados los dos mil metros. Es moderadamente nitrófila, así que sigue al ganado y al hombre sin llegar a comportarse como una mala hierba agresiva.

Ecológicamente tiene un detalle notable: sus flores abren y perfuman sobre todo al atardecer, y están adaptadas a la polinización nocturna por polillas, que introducen la espiritrompa por el tubo del cáliz. Algunas de esas mariposas nocturnas, del género Hadena, ponen sus huevos en la propia flor y sus orugas se comen parte de las semillas: la planta paga con simiente el servicio de polinización. Es uno de los ejemplos de mutualismo con coste que mejor se estudian en la flora europea, y ocurre en cualquier barbecho.

En resumen

Silene vulgaris se identifica sin margen de error por su cáliz inflado en vejiga, sus pétalos blancos hendidos en dos, sus hojas opuestas y su aspecto glabro y glauco. Se recolectan los brotes tiernos antes de la floración, de febrero a mayo, cortando y sin arrancar la cepa.

El riesgo de confusión es bajo pero no nulo, porque en el momento de recogerla no está florida: la forma segura de resolverlo es marcar las matas en verano y volver a ellas. A eso se suman las reglas generales de cualquier recolección silvestre —identificación cierta, lejos de cunetas, de bordes tratados y de zonas contaminadas, y con permiso y dentro de la normativa autonómica—. En el huerto es fácil, perenne y rústica, y en el campo alimenta a las polillas que la polinizan de noche.


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