Antes de buscar dónde comprarlo conviene saber en qué terreno se entra: esta especie figura en el Apéndice I del CITES y en el Anexo A del reglamento europeo de comercio de especies silvestres. Eso significa que un ejemplar recolectado en la naturaleza no puede comercializarse, y que un ejemplar reproducido artificialmente necesita documentación que lo acredite. Quien lo compre sin papeles se lleva, además de un problema legal, una planta que probablemente salió del Richtersveld dentro de una mochila.

El nombre científico también ha cambiado. Lo que las etiquetas siguen llamando Aloe pillansii se denomina hoy Aloidendron pillansii, tras la separación de los aloes arborescentes en un género propio junto a Aloidendron dichotomum y Aloidendron ramosissimum. Ambos nombres remiten a la misma planta.

Ejemplar adulto de Aloidendron pillansii con su tronco grisáceo y las rosetas terminales

Un árbol, no una mata

Es un aloe arborescente que alcanza de 6 a 10 metros, con ejemplares excepcionales por encima. El tronco es macizo, recto, de hasta un metro de diámetro en la base, cubierto de una corteza gris blanquecina que se desprende en escamas planas y refleja la luz del desierto. Ramifica poco y alto: unas pocas ramas gruesas en el tercio superior, en lugar de la copa densa y muy dividida del kokerboom común.

Cada rama termina en una roseta de hojas glaucas, de un azul grisáceo, gruesas, lanceoladas, de 40 a 60 cm, con dientes cortos y amarillentos en el margen. La capa cerosa que les da ese color es una defensa contra la radiación, no un rasgo cosmético: en cultivo con poca luz las hojas salen más verdes y más blandas.

La flor es la señal que separa a esta especie de su pariente. En Aloidendron pillansii las inflorescencias salen de entre las hojas y cuelgan hacia abajo, con racimos de flores amarillas; en A. dichotomum los racimos se levantan erguidos por encima de la roseta. Florece en pleno invierno austral, entre junio y agosto, lo que en el hemisferio norte se traduce en floraciones de diciembre a febrero cuando el ejemplar es adulto. Y eso, en cultivo, tarda décadas.

De dónde viene y por qué importa

Su área natural es diminuta: el Richtersveld, en la provincia sudafricana del Cabo Norte, y una franja del sur de Namibia, a ambos lados del río Orange. Vive en laderas rocosas de cuarcita y granito, entre 300 y 900 m de altitud, con menos de 100 mm de lluvia al año, concentrada en invierno, y con la niebla costera del Atlántico como aporte extra de humedad. Verano seco y abrasador, inviernos suaves y ligeramente húmedos.

La población silvestre está por debajo del millar de ejemplares adultos y sigue cayendo: apenas hay reclutamiento de plantas jóvenes, los puercoespines y los babuinos descortezan los troncos, y la recolección ilegal se lleva los pocos ejemplares accesibles. De ahí su catalogación en peligro crítico y la protección CITES. Comprar semillas de procedencia declarada, o una planta de vivero con papeles, es la única vía honesta de tenerlo.

Clima: dónde se puede cultivar en España

El régimen de lluvias del Richtersveld —invierno húmedo, verano seco— coincide en el calendario con el mediterráneo, y eso juega a favor. Lo que no coincide es la cantidad ni el frío: aquí llueve entre cinco y quince veces más, y llueve sobre un suelo frío.

En el suelo, al aire libre y todo el año, funciona en Canarias, el litoral de Almería y Murcia, el sur de Alicante y la costa malagueña, siempre en posición soleada, elevada y con drenaje libre. Tolera heladas breves de hasta unos -2 ºC estando seco; con el sustrato húmedo, la misma temperatura provoca daño en el ápice y podredumbre. Fuera de esas zonas, cultivo en maceta con invernada bajo cubierta luminosa y fresca, de 8 a 15 ºC, sin riego.

Sol directo desde el principio. Un ejemplar de semillero criado a media sombra crece más rápido, pero sale etiolado, con hojas verdes y flácidas que se queman en cuanto se le saca al sol de julio. La aclimatación al pleno sol se hace despacio, a lo largo de una primavera.

Sustrato y riego

El sustrato ha de ser mineral en su mayor parte: un 70-80 % de árido —picón, pumita, arena gruesa de sílice, grava volcánica de 3-8 mm— y un 20-30 % de materia orgánica bien madura. Debe drenar en segundos. Los sustratos comerciales para cactus de supermercado suelen llevar demasiada turba y retienen agua durante días; conviene cortarlos con al menos el mismo volumen de árido. La maceta, de barro y con un buen agujero, ayuda a secar el cepellón.

El ciclo de riego se invierte respecto a lo que se hace con la mayoría de las plantas de jardín. Su periodo de crecimiento es el otoño, el invierno suave y la primavera; en pleno verano descansa.

  • Octubre a mayo: riegos espaciados, uno cada dos o tres semanas, mojando bien y dejando secar del todo. Se riega en día soleado y con temperatura al alza, nunca con una ola de frío encima.
  • Junio a septiembre: prácticamente nada. Un riego ligero al mes en ejemplares jóvenes en maceta; en planta adulta de suelo, ninguno.
  • Lluvia invernal en zonas frías: si el sitio combina inviernos por debajo de 5 ºC con lluvia sostenida, hay que ponerle un techo. Frío más humedad en la base del tronco es el camino directo a la podredumbre.

Abonado escaso: un fertilizante bajo en nitrógeno y con potasio, a la mitad de la dosis de etiqueta, dos o tres veces repartidas en el periodo de crecimiento. El nitrógeno abundante hincha los tejidos, borra el tono azulado y produce troncos blandos.

Ejemplar joven de Aloe pillansii en cultivo

Multiplicación

Por semilla, que es además la vía legal más limpia. La semilla es alada, pequeña y pierde viabilidad con rapidez: cuanto más fresca, mejor. Se siembra en primavera, a 20-25 ºC, en una mezcla mineral fina, apenas cubierta —el grosor de la propia semilla—, y se mantiene ligeramente húmeda por capilaridad, no regando desde arriba. Germina en dos o tres semanas. Los primeros meses son los delicados: los plantones se pudren por exceso de riego y se pierden por sequía total, así que la humedad debe ser constante y mínima a la vez.

No emite hijuelos de base como Aloe arborescens o Aloe vera, y los esquejes de rama enraízan mal y con frecuencia se pudren por el corte. Quien vea un ejemplar grande a la venta a precio moderado debería preguntarse de dónde ha salido, porque no hay atajo de propagación que produzca árboles de dos metros en poco tiempo: esta planta crece unos pocos centímetros al año.

Plagas y problemas

Ácaro del aloe (Aceria aloinis): deforma los tejidos y produce excrecencias verrugosas y anaranjadas en hojas e inflorescencias. Es el problema sanitario más serio de los aloes en el litoral español. No hay cura sencilla; se cortan y se destruyen las partes afectadas en cuanto aparecen, sin dejarlas en el jardín.

Cochinillas algodonosas en la axila de las hojas y en el cuello. Se ven mal por la disposición apretada de la roseta; conviene mirar con linterna cada cierto tiempo.

Podredumbre basal por Phytophthora y hongos de suelo: casi siempre secundaria a un exceso de agua o a un suelo compacto. Cuando el tronco se ablanda a ras de sustrato, el ejemplar rara vez se recupera.

Y una precisión sobre sus usos: los aloes contienen antraquinonas en el exudado amarillo de la hoja, de acción irritante y purgante. Aloidendron pillansii no es una planta medicinal ni sustituye al Aloe vera para nada. No se corta una hoja de esta especie para aplicarse el gel.

En resumen

Aloidendron pillansii es un árbol suculento de crecimiento lentísimo, protegido por el CITES y con una población silvestre reducida a unos cientos de ejemplares. En España se cultiva bien al aire libre solo en Canarias y en el litoral más cálido del sureste; en el resto, en maceta y bajo cubierta durante el invierno. Sustrato mineral que drene en segundos, sol pleno desde joven, riego de otoño a primavera y sequía estival, y ninguna tolerancia a la combinación de frío y humedad. Y si se compra, con papeles: aquí el origen del ejemplar es parte del cuidado.


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