Canola es un nombre comercial acuñado en Canadá a finales de los años setenta, contracción de Canadian oil, low acid. La planta que hay detrás se llama Brassica napus y en España se siembra desde hace siglos con otro nombre: colza. No son dos especies distintas ni dos cultivos distintos; canola designa a las variedades de colza seleccionadas para tener menos de un 2 % de ácido erúcico en el aceite y muy pocos glucosinolatos en la harina. En la jerga agronómica europea esas variedades se llaman doble cero o 00, y son las únicas que se siembran hoy aquí.

Conviene aclarar de entrada otra cosa, porque circula mucho: la colza no es una planta de interior. Es un cultivo herbáceo anual o bienal de campo abierto, de raíz pivotante profunda, que en plena floración levanta metro y medio y ocupa hectáreas enteras. En un jardín tiene sentido como abono verde, como planta melífera o como curiosidad de huerto; en una maceta del salón, ninguno.

Campo de Brassica napus en floración

Qué planta es exactamente

Brassica napus pertenece a las brasicáceas o crucíferas, la familia de las coles, los rábanos y la mostaza. Su origen es híbrido: surgió del cruce natural entre la nabina (Brassica rapa) y la col (Brassica oleracea), y arrastra los cromosomas de las dos, lo que la convierte en un anfidiploide. Ese parentesco explica muchas cosas prácticas, empezando por las plagas que comparte con el resto del huerto de coles.

Dentro de la especie hay más de un cultivo. La variedad napobrassica es el colinabo o nabo sueco, esa raíz gruesa de carne amarilla que se come cocida. La variedad pabularia se cultiva por la hoja. Y la variedad oleifera, la que aquí interesa, se cultiva por la semilla y su aceite.

Morfológicamente reconocerla es fácil una vez sabes qué mirar. Nace formando una roseta basal de hojas glaucas, azuladas, cubiertas de una cera que hace que el agua resbale en gotas redondas. Las hojas del tallo son abrazadoras: envuelven el tallo por la base, sin peciolo. Ese detalle la distingue de la nabina, cuyas hojas superiores también abrazan pero son más verdes y ásperas al tacto, mientras que las de la colza son lisas y céreas. La flor es la típica cruz de cuatro pétalos amarillos, agrupada en racimos que se van alargando desde abajo. El fruto es una silicua, una vaina estrecha de 5 a 10 cm que al madurar se abre por dos valvas y suelta unas semillas redondas, negras o pardas, de apenas 2 mm.

Ciclo: por qué la fecha de siembra lo decide todo

Hay dos tipos de colza y confundirlos arruina la cosecha antes de empezar. Las variedades de invierno necesitan pasar frío para florecer: sin ese periodo de vernalización se quedan en roseta indefinidamente y no suben a flor. Las de primavera no lo necesitan, pero rinden bastante menos.

En la Península se cultiva casi exclusivamente colza de invierno. La siembra va de mediados de septiembre a mediados de octubre, ajustando según altitud: antes en la meseta norte y en zonas frías, algo después en el sur. La planta entra el invierno como roseta bien asentada, sube a flor en marzo, florece entre finales de marzo y abril durante unas tres o cuatro semanas, y se recolecta a finales de junio o en julio.

El fallo clásico es sembrar demasiado pronto. Una colza que en noviembre ya ha empezado a alargar el tallo tiene el punto de crecimiento expuesto, y la primera helada seria de diciembre se lo lleva por delante: la planta rebrota mal, se desiguala y florece a destiempo. La otra cara es sembrar tarde, con el suelo ya frío: nace poco y llega al invierno con dos hojas, sin raíz suficiente para aguantar los hielos ni la sequía de mayo.

Suelo, siembra y agua

La colza quiere suelo profundo y bien drenado, con pH entre 6 y 7,5. Tolera mal dos cosas: la acidez marcada y el encharcamiento. En suelos ácidos aparece la hernia de la col; en suelos que se apelmazan y retienen agua, la raíz pivotante se asfixia y la planta se queda amarilla y raquítica sin que ninguna plaga tenga la culpa.

La semilla es muy pequeña, así que la cama de siembra tiene que estar fina y algo asentada. Se siembra a 1-2 cm de profundidad, nunca más: enterrada a 4 cm no emerge. La dosis habitual en cultivo extensivo ronda los 3-5 kg/ha, y en huerto o parcela pequeña basta con sembrar ralo, a chorrillo en líneas separadas 20-40 cm, y aclarar después. Buscar demasiada densidad es contraproducente: las plantas se ahílan, dan tallos finos que se tumban con el primer vendaval de mayo y ramifican mal.

En cuanto a riego, en secano peninsular la colza vive de lo que llueve, y ahí está su limitación: necesita agua en dos momentos concretos, la nascencia de otoño y la fase de floración-llenado de silicua en abril. Una primavera seca en abril recorta el rendimiento aunque el resto del ciclo haya ido bien. Si se riega, mejor riegos espaciados y profundos que superficiales frecuentes, porque la raíz baja fácilmente más de un metro si la dejas.

Abonado: el azufre no es opcional

La colza es exigente en nitrógeno, pero la carencia que de verdad se ve en campo español es otra. Las crucíferas necesitan azufre en cantidades que ningún cereal pide, porque lo emplean para fabricar glucosinolatos y proteínas. Desde que las lluvias dejaron de traer azufre atmosférico —efecto colateral de haber limpiado las emisiones industriales—, las deficiencias se han vuelto habituales.

La imagen es inconfundible: hojas jóvenes amarillentas con las nervaduras verdes, y sobre todo pétalos pálidos, casi blancos, y silicuas cortas y deformes. Si aparece eso en plena floración ya es tarde para corregirlo. El azufre se aporta antes de la subida a flor, en forma de sulfato, en el entorno de 40-60 kg de S por hectárea; en huerto, un abono que lleve sulfatos en lugar de solo NPK cubre el asunto.

El nitrógeno se fracciona: una parte a la salida del invierno, cuando la roseta reanuda el crecimiento, y otra al inicio de la subida a flor. Pasarse tiene consecuencias concretas: exceso de vegetación, encamado, floración prolongada y más humedad dentro del cultivo, que es justo lo que necesita la Sclerotinia para instalarse.

Plagas y enfermedades reales

Casi todos los problemas de la colza son compartidos con las coles del huerto, así que si tienes brásicas cerca conviene no plantarlas juntas.

En otoño, sobre las plántulas recién nacidas, ataca la altisa o pulguilla (Psylliodes chrysocephala, y varias Phyllotreta): escarabajos diminutos que saltan al acercarte y dejan las hojas acribilladas de agujeritos redondos. Con dos hojas verdaderas, una plaga fuerte se lleva la nascencia entera; con seis hojas, la planta lo aguanta sin despeinarse.

En invierno y a la salida de él trabajan los gorgojos del género Ceutorhynchus. Uno pone dentro del tallo y provoca que se raje longitudinalmente y se retuerza; otro ataca las silicuas y abre la puerta a la mosca de las silicuas, que remata el daño.

En el momento del botón floral, todavía cerrado, llega el meligete (Brassicogethes aeneus), un escarabajito negro brillante que perfora los botones para comerse el polen. El botón perforado no llega a flor y queda un pedúnculo pelado. Aquí está el punto delicado: el meligete se combate antes de que abra la flor, nunca durante la floración. Tratar con insecticida un campo de colza en flor es matar abejas, y además es ilegal con la mayoría de materias activas. La colza es una de las mayores fuentes de néctar y polen de la primavera peninsular, y un colmenar cerca vale más que cualquier tratamiento.

Entre las enfermedades, tres importan de verdad. La necrosis del cuello (Leptosphaeria maculans, el llamado phoma) empieza como manchas claras con puntitos negros en las hojas de otoño y acaba pudriendo el cuello de la raíz; la planta se tronza sola justo antes de la cosecha. La podredumbre blanca (Sclerotinia sclerotiorum) aparece en floración húmeda: manchas blancas algodonosas en el tallo, con granos negros duros dentro, y la planta muere de golpe con las silicuas a medio llenar. Y la hernia de la col (Plasmodiophora brassicae) deforma las raíces en agallas y se ceba en suelos ácidos y húmedos; una vez está en la parcela, dura décadas.

La herramienta principal contra las tres no es un producto, es la rotación: nunca colza tras colza ni tras otra crucífera, y con intervalos de al menos tres o cuatro años. Enterrar bien los restos de cosecha y no dejar rebrotes espontáneos ni jaramagos alrededor también corta el ciclo.

Rusticidad y clima

Una colza de invierno bien enraizada, en fase de roseta y con el cuello a ras de suelo, aguanta sin problema heladas de -12 a -15 °C, e incluso más si hay nieve cubriéndola. Su punto débil no es el frío en sí, sino el frío llegando en el momento equivocado: helada fuerte sobre planta ya espigada, o alternancia de hielo y deshielo que descalza las raíces en suelos sueltos.

Por el otro extremo, lo que más le perjudica es el golpe de calor de mayo. Una racha de 30 °C durante la floración provoca aborto de flores y silicuas vacías. Por eso funciona bien en la meseta norte, Castilla y León, Navarra, Aragón y Cataluña interior, y peor cuanto más al sur y más cálida la primavera.

Usos: en el jardín y en la cocina

Como planta ornamental estricta no se cultiva, pero tiene dos papeles útiles en una parcela. El primero, abono verde: sembrada en otoño, su raíz pivotante rompe suelas de labor y descompacta el suelo, y al segarla antes de floración devuelve materia orgánica. El segundo, planta melífera: la miel de colza es real, muy clara y de cristalización rapidísima —tan rápida que hay que extraerla enseguida o se solidifica en el panal—, y el aporte de polen en marzo saca adelante muchas colmenas.

Flores amarillas de la colza vistas de cerca

En cocina, el aceite de colza refinado —el que en medio mundo se etiqueta como aceite de canola— es uno de los aceites vegetales con mejor perfil de grasas: alrededor de un 7 % de saturadas, en torno a un 60 % de ácido oleico y un 9-11 % de ácido alfa-linolénico, que es omega-3. Refinado tiene un punto de humo alto, sabor casi neutro y va bien para repostería y salteados. Comparado con el aceite de oliva virgen extra pierde en polifenoles y en sabor, y en España no hay razón para desplazar al de oliva, pero es un aceite perfectamente sano.

Las hojas tiernas de la roseta son comestibles cocinadas, con sabor parecido al grelo, y de hecho los grelos y nabizas gallegos proceden de Brassica rapa, la especie hermana. Las semillas se pueden germinar como los brotes de mostaza.

La sombra del 81, y por qué no aplica

En España la palabra colza arrastra el recuerdo del síndrome del aceite tóxico de 1981, y merece explicarse con precisión, porque la conclusión que quedó grabada es errónea. Lo que se vendió entonces no fue aceite alimentario de colza: fue aceite de colza de uso industrial, desnaturalizado con anilina al 2 % para impedir que se destinara al consumo, refinado de forma clandestina y vendido a granel como si fuera aceite de oliva. La toxicidad se atribuye a los compuestos derivados de esa anilina, no a la colza. El aceite de colza en sí no causó aquello.

Desde entonces, además, todo el aceite comestible de colza que se comercializa en la Unión Europea procede de variedades 00 y está sujeto a límites legales de ácido erúcico. El aceite refinado que hay hoy en el supermercado no tiene relación con lo que ocurrió en 1981.

En resumen

Canola y colza son la misma planta, Brassica napus, y la diferencia está en la genética de la variedad, no en la especie: las 00 tienen poco ácido erúcico y pocos glucosinolatos. Es un cultivo de campo, anual de invierno, que se siembra de septiembre a octubre a 1-2 cm de profundidad, florece en marzo-abril y se recolecta en verano. Quiere suelo profundo, drenado y no ácido, nitrógeno fraccionado y, sobre todo, azufre, cuya falta se lee en pétalos pálidos y silicuas deformes. Sus peores enemigos —phoma, esclerotinia y hernia— se controlan con rotación larga antes que con productos, y el meligete se trata en botón cerrado y jamás con el campo en flor, porque la colza es una de las principales despensas de las abejas en primavera. Y el episodio de 1981 fue un fraude con aceite industrial desnaturalizado con anilina, no un problema del cultivo.


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