Pide una bignonia en un vivero y puedes salir con cinco plantas distintas: una que resiste veinte grados bajo cero y otra que se muere con la primera helada; una que se agarra sola al muro y otra que necesita alambres; una que hay que podar en febrero y otra a la que podar en febrero le cuesta toda la floración del año. El nombre es el mismo para todas, y ahí empieza el problema.

Conviene desenredarlo antes de hablar de cuidados, porque casi todo lo que se puede decir sobre riego, frío o poda depende de cuál de ellas tengas plantada.

Qué es una bignonia y qué se vende con ese nombre

En sentido botánico estricto, el género Bignonia se ha quedado reducido a una sola especie: Bignonia capreolata, un trepador semiperenne del sureste de Estados Unidos. Todas las demás plantas que en España llamamos bignonia pertenecen a otros géneros de la misma familia, las bignoniáceas, y el nombre popular se ha extendido a casi cualquier trepadora de flor en trompeta.

Estas son las que de verdad vas a encontrar en un vivero español:

Campsis radicans y Campsis grandiflora (trompeta de Virginia, bignonia de verano). Caducas, muy vigorosas, flores tubulares anaranjadas o rojizas de julio a septiembre. El híbrido Campsis × tagliabuana 'Madame Galen' es el más vendido y el mejor cultivar de jardín.

Podranea ricasoliana (bignonia rosa, trompeta rosa). Perenne o semiperenne, de origen sudafricano, con panículas de flores rosadas con venas más oscuras al final del verano y en otoño. Es la reina de los muros del litoral mediterráneo y de Andalucía.

Pandorea jasminoides (bignonia rosada, pandorea). Australiana, perenne, de aspecto más fino y menos invasiva que las anteriores, con flores blancas o rosa pálido de garganta granate.

Pyrostegia venusta (bignonia de invierno, llamarada, flor de San Juan en algunos países). La que florece cuando las demás duermen: cascadas de flores naranja intenso de diciembre a marzo. Solo en clima suave.

Bignonia capreolata, la bignonia auténtica. Flores rojo anaranjadas por fuera y amarillas por dentro, en abril y mayo, y hoja que se broncea en invierno. La más rústica de todas y, curiosamente, la menos vendida.

Tecoma capensis (bignonia del Cabo). Más arbusto sarmentoso que trepadora real, muy tolerante a la salinidad, útil en primera línea de costa.

Flores acampanadas de Bignonia capreolata sobre un muro

La que conviene no plantar

Hay una bignoniácea que aparece a la venta como «bignonia amarilla» o «uña de gato» y que merece un aviso serio: Dolichandra unguis-cati, antes Macfadyena unguis-cati. Es una trepadora de flor amarilla espectacular, con zarcillos rematados en tres ganchos que se clavan en cualquier superficie, y forma tubérculos subterráneos a lo largo de todo el tallo enterrado.

El problema no es que crezca mucho, es que no se puede quitar. Cortar la planta a ras de suelo no hace nada: cada tubérculo rebrota, y los tubérculos se cuentan por decenas en pocos años. Está naturalizada en el sur y el este peninsular, donde ahoga vegetación de ribera, y figura entre las invasoras más problemáticas de zonas subtropicales de medio mundo. Si tu jardín linda con un cauce, con un talud o con monte, no la plantes; y si ya la tienes contenida en una maceta, que siga en la maceta.

Cómo se agarran: esto decide la estructura que necesitas

Comprar la trepadora y luego improvisar el soporte es el orden inverso al que funciona. Cada especie trepa de una forma distinta y no todas valen para lo mismo:

Campsis emite raíces adventicias a lo largo del tallo, como la hiedra, y se agarra sola a muros rugosos, ladrillo y hormigón. Sube sin ayuda, pero con el tiempo esas raicillas se meten en juntas de mortero deterioradas y bajo tejas y canalones. En una fachada en buen estado no hace daño; en una pared vieja con el mortero suelto, sí.

Bignonia capreolata trepa con zarcillos ramificados terminados en discos adhesivos, un sistema parecido al de la parra virgen. También se sostiene sola y es menos agresiva con el paramento que Campsis.

Podranea, Pandorea y Tecoma capensis no se agarran a nada: son plantas volubles o simplemente sarmentosas que hay que conducir y atar sobre alambres tensados, celosía o pérgola. Plantarlas contra un muro liso y esperar que suban solas termina con la planta tumbada en el suelo.

Pyrostegia venusta usa zarcillos trífidos y necesita malla o alambre, aunque una vez encaramada se sostiene sobre su propia masa.

Sol, y cuánto

Todas estas plantas florecen en proporción directa a la luz que reciben. Pleno sol es la respuesta para todas; media sombra reduce la floración y produce mucha rama.

El caso más claro es Campsis: colocada en un muro orientado al norte, o tapada por un árbol que ha crecido después, puede pasarse años haciendo metros de sarmiento sin abrir una sola flor. Y aquí hay que sumar otro factor: las plantas de Campsis obtenidas de semilla atraviesan una fase juvenil larga y pueden tardar entre cinco y siete años en florecer. Por eso conviene comprar cultivares con nombre —'Madame Galen', 'Flamenco', 'Indian Summer'—, que se propagan por esqueje o injerto a partir de plantas adultas y florecen en dos o tres años.

La orientación ideal en la península es sur o suroeste. En el interior con veranos duros, un muro a poniente castiga menos si la planta tiene raíz fresca y acolchada.

Frío: la diferencia que separa unas de otras

Aquí es donde el nombre común hace más daño. Los rangos aproximados de resistencia son estos:

Campsis radicans soporta bien por debajo de -15 °C, y en algunas zonas hasta -20 °C. Se cultiva sin problema en Castilla, Aragón, la meseta norte o el interior de Cataluña; pierde la hoja en otoño y rebrota tarde, ya en abril o incluso mayo, lo que asusta a quien la cree muerta.

Bignonia capreolata aguanta en torno a -15 °C y conserva parte del follaje, que vira a tonos bronce o púrpura con el frío.

Podranea ricasoliana se daña ya con -3 o -4 °C y se pierde si la helada es prolongada. Su territorio es el litoral mediterráneo, el valle del Guadalquivir, Canarias y microclimas resguardados.

Pandorea jasminoides es de resistencia similar, quizá algo menor, y agradece protección de vientos fríos.

Pyrostegia venusta es la más delicada: por debajo de 0 °C sufre, y una helada de -2 °C le quema el brote y con él la floración de la temporada, que es justamente invernal. Solo tiene sentido en costa cálida y en Canarias.

Tecoma capensis tolera heladas ligeras de hasta -3 °C, rebrotando desde la base si la parte aérea se quema.

Suelo, plantación y riego

No son exigentes con el suelo siempre que drene. Toleran calizas y suelos pobres; lo que no perdonan es el encharcamiento invernal, que provoca podredumbre de raíz sobre todo en Podranea y Pandorea.

En la plantación, dos decisiones cuentan más que el resto. La primera: separar la planta 30-40 cm del muro, porque la franja pegada a la pared es la más seca del jardín —la lluvia no llega y la cimentación absorbe humedad— y ahí la planta arranca mal. La segunda: plantar Campsis lejos de todo lo que pueda estropear. Sus raíces emiten chupones que aparecen a cinco o más metros del pie, dentro del césped, en las juntas del pavimento o en el arriate del vecino; en una zanja de tuberías o junto a una piscina es una decisión que se lamenta.

El riego sigue el patrón habitual de las trepadoras leñosas: abundante y regular durante los dos primeros veranos, hasta que el sistema radicular se establece, y muy espaciado a partir de entonces. Una Campsis asentada en un jardín del interior puede pasar el verano con un riego profundo cada dos o tres semanas. Podranea y Pandorea, siendo perennes, necesitan algo más de constancia en julio y agosto para no perder hoja. En invierno, riego mínimo o ninguno.

Abonado, y por qué a veces no florecen

Un aporte de compost o estiércol maduro al pie a finales de invierno cubre las necesidades del año en suelo de jardín. En maceta o en suelos muy pobres, un abono de liberación lenta en marzo y otro a principios de junio.

Lo que hay que evitar es el nitrógeno de más. Una bignonia plantada al borde de un césped que se abona cada seis semanas recibe un chorro constante de nitrógeno, y responde exactamente como cabe esperar: metros de brote verde, hoja grande y ninguna flor. Si tu trepadora hace madera y no florece y el sol es suficiente, mira primero de dónde viene el abono. Un fertilizante rico en potasio y bajo en nitrógeno en primavera reconduce la situación en una temporada.

Poda: la fecha depende de dónde florece cada una

Esta es la parte donde equivocar la especie se paga con un año sin flor. La regla es simple una vez conocida:

Las que florecen sobre la madera del año —Campsis, Podranea, Tecoma capensis— se podan a finales de invierno, entre febrero y principios de marzo, antes de que arranque el brote. En Campsis la poda es franca: se establece una estructura permanente de tres o cuatro brazos y cada invierno se recortan los brotes laterales dejando dos o tres yemas, como en una viña. Sin esa poda la planta se convierte en una maraña que florece solo en la superficie exterior y arriba del todo, lejos de la vista.

Las que florecen sobre la madera del año anterior —Bignonia capreolata, Pyrostegia venusta— se podan justo después de la floración. Podar una Pyrostegia en febrero significa cortar los brotes que iban a florecer o que están floreciendo, y quedarse sin espectáculo hasta el invierno siguiente. Con ella lo correcto es intervenir en marzo o abril, cuando termina.

Pandorea jasminoides florece de forma escalonada sobre brotes del año y admite un aclarado ligero al final del invierno más recortes de mantenimiento después de cada oleada.

Una precaución de manejo con Campsis radicans: la savia y el contacto repetido con hojas y brotes provocan dermatitis de contacto en personas sensibles —de ahí su nombre inglés, cow itch vine. Podarla con guantes y manga larga evita el picor y las rojeces posteriores.

Bignonia rosa o Podranea ricasoliana en flor sobre una pérgola

Multiplicación

El esqueje semileñoso de julio o agosto, de 12-15 cm, con hormona de enraizamiento y en sustrato aireado bajo humedad alta, funciona en todas ellas. Podranea y Pandorea enraízan con especial facilidad.

El acodo por aproximación, enterrando un tramo de sarmiento flexible sin separarlo de la planta madre, es el método más seguro para el aficionado y da plantas grandes en un año.

Campsis añade dos vías más: los chupones de raíz, que ya vienen enraizados y solo hay que separar con un trozo de raíz en invierno, y las estaquillas de raíz. La semilla germina bien pero, por la juvenilidad que ya se ha comentado, no es un camino recomendable si lo que se quiere es flor pronto.

Plagas y problemas frecuentes

Pulgón. Se concentra en los racimos de botones florales de Campsis y Podranea en primavera y a principios de verano, deformando las flores y dejando melaza que atrae hormigas y da paso a la negrilla. Jabón potásico repetido, o un chorro de agua a presión en infestaciones pequeñas.

Araña roja. En verano seco, sobre todo en plantas contra muros que reflejan calor y bajo aleros donde no llega la lluvia. Punteado amarillento en el haz, telilla en el envés.

Mosca blanca. Más habitual en Podranea y Tecoma en zonas de invierno suave, donde no hay frío que corte el ciclo.

Oídio. Polvo blanco en hojas jóvenes al final del verano, favorecido por noches húmedas y días calurosos y por masas de vegetación sin ventilar. Aclarar la planta en la poda es la mejor prevención.

Clorosis férrica. En suelos muy calizos y con agua dura, sobre todo en Pandorea, aparece amarilleo internervial en las hojas nuevas. Se corrige con quelato de hierro EDDHA, que es el que se mantiene estable a pH alto.

Ausencia de floración. Antes de buscar plagas o carencias, repasa por este orden: horas de sol reales, edad y origen de la planta, exceso de nitrógeno y fecha de poda. En la práctica, casi todos los casos se explican con uno de esos cuatro.

Cuál elegir para cada situación

Para un muro grande de ladrillo en clima continental, con inviernos duros, y sin miedo a una planta vigorosa: Campsis × tagliabuana 'Madame Galen'.

Para una pérgola o una valla en la costa mediterránea, con floración de agosto a noviembre: Podranea ricasoliana.

Para un espacio reducido, un patio o una maceta grande, donde una Campsis sería excesiva: Pandorea jasminoides.

Para tener color en pleno invierno en clima suave: Pyrostegia venusta, sabiendo que la primera helada la castiga.

Para clima frío y una planta que conserve algo de hoja todo el año y florezca temprano: Bignonia capreolata, la auténtica, que además es mucho más contenida que Campsis.

En resumen

Bignonia es un nombre comercial que agrupa a varias trepadoras de la familia de las bignoniáceas con flores en trompeta y con exigencias muy distintas entre sí. Lo primero al comprar es leer el nombre científico de la etiqueta, porque de él dependen las tres decisiones que importan: si aguantará el invierno de tu zona —de -20 °C en Campsis a apenas 0 °C en Pyrostegia—, si trepará sola o necesitará alambres, y en qué mes hay que podarla.

Todas quieren pleno sol, suelo que drene y muy poco nitrógeno. Las que florecen sobre brote del año se podan en febrero; las que florecen sobre madera vieja, en cuanto acaban. Campsis pide además distancia respecto a pavimentos y tuberías por sus chupones de raíz, y guantes al podarla. Y hay una que conviene descartar de entrada: la uña de gato, Dolichandra unguis-cati, cuyos tubérculos la hacen prácticamente imposible de eliminar una vez suelta en el terreno.


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