Entre 1992 y el año 2000, las matas de Fargesia murielae de media Europa florecieron a la vez y se murieron después. No fue una plaga ni una helada: la especie cultivada descendía de un puñado de semillas recogidas en China en 1907, era genéticamente casi el mismo material, y le llegó el turno de florecer al mismo tiempo aunque las plantas estuvieran repartidas entre Escocia y Asturias. Los ejemplares que hoy se venden en vivero son hijos de aquella floración. Merece la pena saberlo, porque explica de dónde viene esta planta y por qué las que hay en los jardines tienen todas más o menos la misma edad.

Más allá de la anécdota, el bambú paraguas es el bambú que mejor encaja en un jardín pequeño: forma mata cerrada, no corre por debajo del césped y aguanta fríos que dejan pelados a otros bambúes. Lo que no lleva bien es el verano seco del interior peninsular, y ahí está la clave de que prospere o se arrastre.

Cañas y follaje del bambú Fargesia murielae

Qué planta es exactamente

Fargesia murielae (familia Poaceae, subfamilia Bambusoideae) procede de los bosques de montaña del oeste de China, entre Hubei y Sichuan, donde crece a 1.500-2.500 m de altitud bajo sombra ligera de arbolado y con niebla frecuente. Ese origen condiciona todo lo demás: frío sí, calor seco no.

En cultivo alcanza entre 2,5 y 4 metros, con cañas finas de 1 a 1,5 cm de diámetro. Salen verdes, cubiertas de una pruina blanquecina que se frota con el dedo, y con los años pasan a un amarillo mate. El follaje es de hoja pequeña y estrecha, de 5 a 10 cm, verde claro, de aspecto plumoso. Las cañas, cargadas de ramillas, se arquean hacia fuera por el peso: de ahí el nombre de bambú paraguas. Una mata adulta ocupa entre uno y metro y medio de diámetro y se ensancha unos 10-20 cm al año, sin sobresaltos.

En la etiqueta de la maceta aparecen variedades como 'Simba' (compacta, en torno a 2-2,5 m, útil para setos bajos y macetas), 'Jumbo' (más alta y de porte más abierto) o 'Bimbo' (enana). Atención a una etiqueta muy repetida: 'Rufa'. Se comercializa a menudo como si fuera una variedad de murielae, pero corresponde a otra especie, Fargesia rufa, más baja, con vainas anaranjadas en la base de las cañas y con bastante mejor tolerancia al calor. Para quien cultive en Madrid, Zaragoza o Sevilla, esa confusión juega a favor: la rufa o Fargesia robusta darán mejor resultado que la murielae pura.

El rizoma en mata: por qué esta no invade

La fama de invasor del bambú viene de los géneros de rizoma leptomorfo, como Phyllostachys o Sasa: tallos subterráneos largos y delgados que avanzan metros por temporada y emergen al otro lado del muro. La Fargesia tiene rizoma paquimorfo: corto, grueso, curvado hacia arriba, que emite la caña casi al lado de la anterior. El resultado es una mata que crece por el borde, despacio y de forma previsible.

Se puede plantar junto a una piscina, en un patio o pegada a una linde sin barrera antirrizoma y sin arrepentirse. Es la razón principal para elegirla frente a los bambúes altos: se renuncia a los seis metros de caña gruesa, pero se ahorra la barrera de polietileno de 70 cm y el repaso anual con la pala.

Dónde funciona en España y dónde no

La resistencia al frío no es su problema. Soporta unos -20 a -25 °C en tierra sin daño estructural. Las hojas se enrollan y llegan a quemarse con viento helado y seco, pero rebrota. Cornisa cantábrica, Galicia, Pirineo y montaña ibérica son terreno cómodo.

El límite es el verano. Con varios días seguidos por encima de 33-35 °C, aire seco y sol directo, las hojas se enrollan en cilindro por la mañana y ya no se abren por la tarde; luego se doran por la punta y caen. Una planta puede pasar ese trance y recuperarse en septiembre, pero si se repite dos veranos seguidos la mata se ralentiza y no llega a cerrar. En el centro y el sur peninsular la murielae solo cuaja en sombra de pared norte o bajo copa alta, con suelo fresco y resguardo del viento cálido.

Al revés de lo que sugiere la etiqueta genérica de "planta de sol", en clima mediterráneo es el sol directo de la tarde lo que estropea la planta. En el norte húmedo sí acepta pleno sol sin despeinarse.

Suelo y plantación

Quiere suelo profundo, fresco, rico en materia orgánica y con drenaje. Las dos situaciones que la matan son opuestas: el suelo encharcado en invierno, que pudre el rizoma, y el suelo calizo, compacto y seco, donde amarillea por clorosis férrica y no arranca nunca. Un pH ligeramente ácido a neutro, entre 5,5 y 7, es lo ideal.

La mejor época de plantación en la Península es el otoño, de octubre a noviembre: la planta tiene todo el invierno y la primavera para enraizar antes del primer verano, que es la prueba de fuego. El final del invierno, en febrero o marzo, es la segunda opción; plantar en mayo o junio obliga a regar como un enfermo durante todo el estío.

Abre un hoyo del doble de ancho que el cepellón y de la misma profundidad, no más: el cuello debe quedar al nivel del terreno. Mezcla la tierra extraída con compost bien hecho y moja el cepellón sumergiéndolo en un cubo hasta que deje de burbujear. Este paso importa: un cepellón de bambú que ha llegado seco al vivero se vuelve hidrófobo, y el agua de riego resbala por el hueco de plantación sin llegar nunca a las raíces. Para seto, coloca las plantas a 80-100 cm entre ejes; a esa distancia cierran en dos o tres temporadas. Poner tres por metro adelanta un año la pantalla y luego condena a las plantas a competir entre ellas.

El acolchado no es opcional en clima seco: 5-8 cm de corteza, restos de poda triturados o incluso las propias hojas caídas del bambú, que devuelven sílice y potasio al suelo. Barrer las hojas bajo la mata es trabajo perdido y además perjudica.

Riego

Es una planta de humedad constante, sin llegar a charco. La hoja avisa antes que el sustrato: hoja enrollada a lo largo del nervio equivale a sed. Si a primera hora de la mañana ya está enrollada, el riego llega tarde.

En verano mediterráneo, un ejemplar en tierra pide agua cada dos o tres días, abundante y en profundidad, mejor por goteo con dos o tres emisores repartidos por el perímetro de la mata que con un chorro en el centro. En invierno, con suelo húmedo y frío, no se riega. Y en climas de verano seco conviene mojar el follaje al atardecer de vez en cuando: la humedad ambiental le sienta tan bien como el agua en la raíz.

Abonado

Un bambú es una hierba gigante y come como tal: nitrógeno por encima de todo, más potasio y sílice. Sirve perfectamente un abono de césped de liberación lenta, un 20-8-10 o similar, repartido en dos aplicaciones: una fuerte a finales de marzo, cuando empiezan a asomar los turiones, y otra más ligera a mediados de junio. Nada de abonar en agosto ni en otoño; el crecimiento tardío no lignifica a tiempo y el frío lo quema.

La alternativa orgánica funciona igual de bien: un par de centímetros de compost o de estiércol maduro esparcidos sobre el acolchado en febrero. Si las hojas jóvenes salen amarillas con los nervios verdes en un suelo calizo, se trata de clorosis férrica y se corrige con quelato de hierro EDDHA regado en primavera, no con más abono.

Temperatura, viento y cultivo en maceta

El punto delicado es la maceta. En el suelo aguanta -25 °C; en un contenedor, el cepellón se congela por los lados y las raíces empiezan a sufrir hacia los -8 o -10 °C. Para un ejemplar de dos metros hace falta un recipiente de 50-60 litros como mínimo, y aun así habrá que dividirlo cada tres o cuatro años porque el cepellón acaba convertido en un bloque macizo de rizomas. En invierno, la maceta se arrima a una pared y se envuelve con arpillera o plástico de burbujas; y se sigue regando, porque el bambú es perenne y transpira también en enero.

El otro factor es el viento. No la tumba, pero el viento seco —el cierzo, el poniente de verano— deseca la hoja mucho más que el propio calor. Una pantalla a barlovento, aunque sea un seto de arbustos, cambia por completo el aspecto de la planta.

Poda

La Fargesia pide poco, y conviene entender una cosa antes de coger la tijera: una caña cortada no vuelve a crecer a lo alto. El bambú carece de crecimiento secundario; el tallo sale del suelo con el grosor definitivo, alcanza su altura en unas semanas y ahí se queda para siempre. Despuntar todas las cañas para "igualar" la mata la convierte en un cepillo con ramificación densa arriba, y eso ya no se deshace.

Lo que sí se hace, a finales de invierno (febrero-marzo), antes de que broten los turiones:

Aclareo. Cortar a ras de suelo las cañas de más de cinco o seis años, las secas y las torcidas. Se reconocen porque están grisáceas, mates y con líquenes. Retirar una cuarta parte de las cañas viejas cada año mantiene la mata luminosa y renovada.

Faldón. Para lucir las cañas, se eliminan las ramillas del metro inferior. Es un efecto muy limpio en jardines pequeños y patios.

Recorte de altura en seto. Solo asumiendo lo anterior: se corta justo por encima de un nudo, con tijera limpia, y la caña ramificará por debajo del corte pero no ganará ni un centímetro de altura.

Si florece

La floración gregaria de los años noventa dejó una lección práctica. Si una mata empieza a producir espiguillas parduzcas en las puntas y a perder hoja masivamente, no es una carencia nutricional: está floreciendo, y la floración de los bambúes es monocárpica, es decir, agota la planta. A veces sobrevive si se corta a ras, se riega y se abona con nitrógeno, y rebrota débil durante un par de años. Otras veces no.

La parte tranquilizadora es que los ejemplares actuales son plántulas de aquella floración masiva, así que el ciclo —del orden de 80 a 100 años en esta especie— acaba de empezar. Una floración aislada en una sola mata suele deberse a estrés fuerte y no arrastra al resto del jardín.

Problemas que sí vas a ver

Puntas doradas y hoja enrollada en julio. Golpe de calor y sequedad. Riega en profundidad, acolcha y, si se repite cada año, replantea la ubicación o cambia a Fargesia rufa.

Punteado amarillo fino en el haz y telilla en el envés. Araña roja, favorecida por el calor seco. Mojar el follaje y subir la humedad ambiental corta el ataque en su fase inicial.

Melaza pegajosa y negrilla. Pulgón del bambú (Takecallis spp.), instalado en el envés de las hojas jóvenes. Rara vez pasa de ser un problema estético; un chorro de agua a presión y jabón potásico bastan.

Hojas amarillas con el nervio verde. Clorosis por caliza, no falta de riego. Quelato de hierro.

La mata no crece nada en tres años. Suele ser suelo compacto y seco, o un cepellón que se plantó deshidratado y nunca llegó a mojarse por dentro. Se soluciona desenterrando, rehidratando y replantando con enmienda orgánica.

Ramas arqueadas del bambú Fargesia

En resumen

Fargesia murielae es el bambú que se puede plantar sin miedo: rizoma paquimorfo, mata de metro y medio que se ensancha 10-20 cm al año, entre 2,5 y 4 metros de altura y resistencia hasta -25 °C en el suelo. Ideal para pantallas verdes en el norte húmedo, en semisombra, con suelo profundo, fresco y no calizo.

Sus dos límites reales son el calor seco —en el interior y el sur peninsular hay que darle sombra y agua, o cambiar a Fargesia rufa o robusta— y la maceta, donde el cepellón se congela mucho antes que en tierra. Planta en otoño, acolcha, abona con nitrógeno en marzo y junio, aclara las cañas viejas en febrero y no despuntes esperando que la caña vuelva a subir, porque no lo hará.


Contenidos relacionados