En el interior peninsular no existe una planta de jardín que aguante doce meses seguidos con flor a la intemperie: la helada de enero corta la floración, y punto. Lo que sí existe son especies de floración larguísima —siete, ocho, diez meses— y una manera de encadenarlas para que en el jardín haya siempre algo abierto. Eso es lo que en realidad se busca cuando se pide una planta "que florezca todo el año", y se consigue, pero con matices que conviene tener claros antes de comprar nada.

Jardín con plantas de exterior en floración

Dónde vives decide cuánto florece

La diferencia entre un jardín de Málaga y uno de Soria no es de cuidados, es de mínimas invernales. En el litoral mediterráneo y en el sur atlántico, donde la temperatura rara vez baja de 0 °C, hay plantas que no llegan a parar: siguen abriendo flores en diciembre a media potencia y arrancan otra vez en febrero. En la meseta, con mínimas de -5 °C a -8 °C y heladas hasta abril, cualquier planta de floración continua se comporta como una planta de temporada larga: abre en abril o mayo y se apaga con la primera helada de noviembre.

Antes de elegir especies, mira dos datos de tu zona: la mínima absoluta habitual de los últimos inviernos y la fecha media de última helada. Con eso ya sabes si puedes contar con floración invernal al aire libre o si tu invierno es de estructura, corteza y hoja perenne. Un balcón cerrado, un patio interior o el pie de un muro orientado al sur suben esa mínima dos o tres grados, y eso a veces basta para que un pelargonio pase el invierno con flor donde su vecino de la acera de enfrente se hiela.

Las de floración más larga de verdad

Erysimum 'Bowles's Mauve' es lo más parecido a una planta perpetua que se puede plantar en España. Es un alhelí arbustivo estéril que florece de febrero a noviembre en clima suave, y de marzo a octubre en zonas frías, con espigas malvas continuas. A cambio es de vida corta: a los tres o cuatro años se abre por el centro y se agota. Se renueva por esqueje semileñoso en verano, enraíza con facilidad, y merece la pena tener siempre uno de repuesto.

Pelargonium —los geranios de toda la vida, Pelargonium × hortorum de hoja redonda y Pelargonium peltatum de porte colgante— no paran en la costa. Aguantan sequía, sol directo y macetas pequeñas. Se hielan alrededor de -2 °C, así que en el interior se cultivan como planta de abril a noviembre o se resguardan. El detalle que multiplica la floración es retirar las inflorescencias marchitas tirando del pedúnculo desde la base, no cortando por la mitad: el tocón que queda se pudre y a partir de ahí entra el Botrytis.

Salvia microphylla y Salvia greggii, con sus híbridos, van de abril a las primeras heladas sin descanso, resisten hasta -8 °C con drenaje bueno y no piden riego una vez arraigadas. Oenothera lindheimeri (la antigua Gaura lindheimeri) florece de mayo a octubre en nubes blancas o rosadas y tolera suelos pobres. Las rosas remontantes modernas de arbusto —los tipos paisajísticos y las floribundas— dan tres o cuatro oleadas de mayo a noviembre si se despuntan las flores pasadas y se abona en junio tras la primera oleada.

Abelia × grandiflora florece de julio a octubre con flores blancas o rosadas, y luego mantiene los sépalos rojizos hasta bien entrado el invierno, lo que da la sensación de floración prolongada aunque la flor ya haya caído. Es semiperenne, tolera poda de setos y aguanta la contaminación urbana; una de las pocas cosas que se pueden plantar en un alcorque estrecho y no defraudan.

El trueno de Venus (Duranta erecta) florece prácticamente todo el año en zonas sin helada, con racimos azul lila seguidos de bayas naranjas muy vistosas. Esas bayas son tóxicas por ingestión, así que en jardines con niños pequeños o perros que mordisquean, mejor situarlo lejos de la zona de juego o podarlo antes de que fructifique. Por debajo de -2 °C se quema entero, y aunque rebrota de cepa en zonas de invierno suave, pierde la mitad de la temporada rehaciéndose.

Mención aparte para Lantana camara, que se recomienda mucho por florecer sin parar en calor. Se naturaliza con facilidad en el litoral cálido y en Canarias, donde forma matorrales que desplazan a la flora local, y sus frutos verdes son tóxicos si se ingieren. Si vives cerca de una zona natural o de un barranco, no es la elección que yo haría.

El invierno se cubre con otras especies

La clave de un jardín con flor doce meses no es una planta milagro, es el relevo. De noviembre a marzo el trabajo lo hacen especies que florecen justo cuando las demás descansan, porque compiten por polinizadores en un momento vacío:

Viburnum tinus, el durillo, abre corimbos blancos de noviembre a marzo y es tan resistente que se usa como seto de bajo mantenimiento. Jasminum nudiflorum cubre de amarillo sus ramas desnudas en pleno diciembre y enraíza sola donde toca el suelo. Chimonanthus praecox y Hamamelis florecen sobre madera pelada en enero, con perfume a metros de distancia. Las camelias reparten el turno: Camellia sasanqua de octubre a diciembre, Camellia japonica de enero a marzo, ambas en suelo ácido y a media sombra, condición que en la mitad este peninsular obliga a maceta con sustrato de acidófilas y agua sin cal.

Y para el hueco de febrero-marzo, bulbos: Narcissus, Muscari, Crocus, plantados en octubre y olvidados. Cuestan poco y son los que dan la sensación de que el jardín no ha parado.

Cuatro nombres que se repiten y no cumplen lo que prometen

La hiedra aparece en cualquier lista de plantas de flor todo el año, y es un malentendido. Hedera helix tiene dos fases: la juvenil, trepadora, de hoja lobulada, no florece nunca; solo la fase adulta —arbustiva, hoja entera, a partir de ocho o diez años y cuando la planta ha alcanzado un tope y le da la luz— produce umbelas verdosas en septiembre y octubre. Son discretísimas como ornamento, aunque tienen un valor enorme: alimentan abejas y sírfidos en el último néctar del año. La hiedra se planta por su follaje perenne, no por su flor. Sus frutos negros son tóxicos por ingestión.

La hortensia (Hydrangea macrophylla) florece de junio a agosto y nada más. Lo que engaña es que las inflorescencias secas se quedan puestas en la mata hasta el invierno. Aprovecho para deshacer otra confusión de esta especie: el color no lo decide la variedad sino el suelo. Con pH por debajo de 5,5 el aluminio queda disponible y la flor es azul; por encima de 6,5 vira a rosa. Las variedades blancas no cambian con nada, riegues lo que riegues.

El crisantemo (Chrysanthemum × morifolium) es una planta de día corto: florece cuando la noche se alarga, en septiembre y octubre. Las macetas que se ven floridas en primavera en superficies comerciales vienen de invernadero con fotoperiodo manipulado; plantadas en el jardín, al año siguiente vuelven a su calendario natural de otoño. No es un defecto de la planta ni tuyo.

La lavanda florece de junio a agosto en el caso de Lavandula angustifolia, y de marzo a junio en Lavandula stoechas, el cantueso. La que más se acerca a florecer casi todo el año es Lavandula dentata, y solo en costa sin heladas. Sea cual sea, si no se poda cada año tras la floración —cortando un tercio del crecimiento del año, sin bajar nunca a la madera vieja sin hojas, que no rebrota— la mata se abre por el centro y en cuatro años hay que arrancarla.

Mata de lavanda en flor en un jardín de exterior

Lo que sostiene una floración larga

Una planta florece para producir semilla. En cuanto la consigue, deja de gastar en flores. Por eso retirar las flores marchitas antes de que cuajen es lo que más alarga la temporada en rosales, pelargonios, erysimum, salvias, cosmos o gaura. Se hace cada semana o cada diez días durante toda la primavera y el verano, y en las salvias y el erysimum conviene rebajar la mata un tercio a mediados de julio: pierdes dos semanas de flor y ganas septiembre y octubre completos.

En abono, el exceso de nitrógeno da una planta enorme y verde con poca flor. Para floración interesa un fertilizante equilibrado o con más potasio que nitrógeno, aplicado desde marzo hasta agosto, y suspendido en otoño: seguir abonando en septiembre fuerza brotes tiernos que se hielan en noviembre. En maceta, el sustrato se agota en tres o cuatro meses de riegos, así que ahí el abono líquido cada dos semanas no es opcional.

Y el riego: en verano, poco y profundo, mejor que diario y superficial. Un riego largo cada tres días manda la raíz hacia abajo; uno corto todos los días la mantiene en los cinco centímetros de superficie y a la primera ola de calor la planta se marchita aunque el sustrato esté húmedo por debajo. El drenaje pesa más que la cantidad de agua: en un suelo compactado, tres semanas de lluvia de noviembre pudren el cuello de una salvia que aguantaría -8 °C sin problema en terreno suelto.

Un plan que funciona en un jardín pequeño

Con siete u ocho plantas bien elegidas se cubre el año entero en un patio de veinte metros. Un Viburnum tinus de fondo para noviembre-marzo; un puñado de narcisos y muscari para febrero; un cantueso para marzo-junio; dos Erysimum 'Bowles's Mauve' cubriendo casi todo; un rosal remontante y dos salvias para mayo-noviembre; una abelia para el bloque de julio a octubre. Si el invierno es suave, se añaden pelargonios en maceta junto a la pared sur y ya no hay ningún mes en blanco.

Planta los arbustos entre octubre y febrero, en parada vegetativa, para que enraícen con las lluvias antes del calor. Las plantas de floración larga en maceta se colocan en primavera. Y agrupa por necesidades de agua: mezclar lavanda con hortensias en el mismo parterre condena a una de las dos, porque el riego que necesita la hortensia mata a la lavanda por asfixia radicular.

En resumen

Ninguna planta de exterior florece los 365 días del año en la mayor parte de España, y quien lo promete está vendiendo otra cosa. Lo que sí se consigue es un jardín con flor todo el año encadenando especies: erysimum, salvias, pelargonios, rosas remontantes, gaura y abelia para la temporada larga; durillo, jazmín de invierno, hamamelis y camelias para el hueco de noviembre a marzo; bulbos baratos para febrero. La hiedra se planta por su hoja, la hortensia da tres meses de flor, el crisantemo es de otoño y la lavanda no pasa de agosto salvo en costa. Y la parte que no se compra en el vivero —quitar la flor marchita cada semana, abonar con potasio hasta agosto, regar hondo y espaciado, podar tras cada floración— es la que decide si tu temporada dura cinco meses o nueve.


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