El fruto mide medio centímetro y lleva las espinas dispuestas de manera que, caiga como caiga, siempre queda una apuntando hacia arriba. De ahí salen el nombre inglés de la planta, puncturevine, las ruedas de bicicleta pinchadas al pasar por un arcén y las cojeras de los perros en agosto.

Los abrojos son Tribulus terrestris, una hierba anual de la familia de las zigofiláceas repartida por toda la Península, y son dos cosas a la vez: una mala hierba de verano difícil de erradicar y la materia prima de un suplemento deportivo cuyas promesas no se sostienen. Conviene tratar los dos asuntos por separado, porque quien busca cómo quitarlos del jardín y quien busca si sirven para el gimnasio no necesitan la misma respuesta.

Aviso por delante, para no enterrarlo al final: la planta está documentada como tóxica para el ganado ovino, sus frutos causan heridas mecánicas en personas y animales, y no hay pruebas sólidas de que sus extractos aumenten la testosterona ni la masa muscular. Nada de lo que sigue incluye formas de prepararla para consumo.

Planta de abrojos, Tribulus terrestris, extendida sobre el suelo

Cómo reconocerlo

Es una planta anual, postrada, que nace de una raíz principal pivotante y emite tallos radiales, ramificados y peludos, de veinte centímetros a un metro de largo, pegados al suelo formando una estrella. Rara vez levanta más de cinco centímetros salvo cuando compite por luz entre otras hierbas.

Las hojas son compuestas paripinnadas, opuestas y de tamaño desigual dentro de cada par, con cuatro a ocho pares de foliolos pequeños y pubescentes. La flor es solitaria, axilar, de cinco pétalos amarillos, de entre 4 y 10 mm, y abre a primera hora de la mañana para cerrarse a mediodía; si buscas la planta por la tarde, la verás sin flor.

La clave definitiva está en el fruto. Es un esquizocarpo que se parte en cinco piezas leñosas (los llamados cocos), cada una armada con dos espinas largas y dos cortas, muy duras, capaces de atravesar una suela fina y una cubierta de bicicleta. Verde al principio, pardo y pétreo al secarse. Cuando encuentras esos frutos, ya no hay duda posible.

El nombre popular «abrojo» se reparte entre varias plantas espinosas que no tienen relación botánica con esta. El Xanthium spinosum (cadillo) es erguido y con espinas trífidas en el tallo. La Centaurea calcitrapa, el cardo estrellado, tiene capítulos rosados con brácteas espinosas. El Emex spinosa da un fruto triangular con tres puntas. Si alguien te habla de abrojos y no ves tallos tumbados en estrella con flor amarilla, probablemente esté hablando de otra cosa.

Dónde crece y cuándo aparece

Se encuentra en toda España, con más presencia en el valle del Ebro, la mitad sur, el litoral mediterráneo y las zonas arenosas del interior. Ocupa terrenos secos, soleados, compactados y pobres: arcenes, aparcamientos de tierra, solares, bordes de acera, viñedo, olivar, huertos abandonados y céspedes que pasan sed en verano.

Su calendario es el del calor. La semilla necesita suelo templado para germinar, así que no aparece con las lluvias de primavera temprana sino a partir de mayo, con el grueso de las nascencias en junio y julio tras una tormenta o un riego. Con calor y humedad puede pasar de plántula a fruto maduro en un mes largo, y encadenar varias generaciones hasta septiembre. Ese es el motivo real de que se escape: no da tiempo a verla crecer.

Tolera la sequía mucho mejor que casi cualquier hierba competidora, y por eso domina el terreno justo cuando el resto de la vegetación se agosta.

Fruto espinoso del Tribulus terrestris dividido en cocos

Por qué cuesta tanto quitarlo

Tres rasgos suyos explican la dificultad, y entenderlos cambia la estrategia.

El banco de semillas dura años. Cada coco encierra varias semillas que no germinan a la vez: unas nacen el verano siguiente y otras esperan en el suelo. Limpiar la superficie no vacía ese depósito, y por eso una zona aparentemente erradicada vuelve a llenarse el año siguiente. Cuenta con varias temporadas de vigilancia, no con una tarde de trabajo.

Crece por debajo de la cuchilla. Al ser postrada, la segadora pasa por encima sin tocarla y la planta sigue floreciendo y fructificando a ras de suelo. Segar un césped con abrojos no los controla; solo los esconde.

Rebrota del cuello. Si arrancas tirando de los tallos, se parten y la corona vuelve a emitir. Hay que cortar la raíz pivotante dos o tres centímetros por debajo del cuello, con azada o escardillo, o extraerla entera cuando el suelo está húmedo.

Control práctico en jardín y huerto

La regla que ordena todo el trabajo es esta: la batalla se gana antes de que fructifique. Una planta arrancada en flor no ha aportado nada al banco de semillas; la misma planta arrancada tres semanas después ya ha dejado cientos de cocos en el suelo, y el trabajo de ese día es inútil para el año que viene. Revisa las zonas de riesgo cada diez o quince días entre junio y septiembre.

Escarda manual o con azada, con el suelo algo húmedo y cortando bajo el cuello. Es el método más eficaz en superficies pequeñas, sin discusión. Guantes gruesos.

Riego provocador seguido de escarda. En zonas de tierra desnuda que vayas a plantar, riega, espera a que nazca la tanda de abrojos y elimínala en estado de plántula. Repetido dos o tres veces en un verano, agota buena parte de la reserva superficial.

Acolchado. Necesita luz y suelo desnudo. Cinco a siete centímetros de acolchado, o una cubierta vegetal densa, lo desplazan sin más intervención. En bancales, cualquier cultivo que cierre el suelo pronto le quita el sitio.

Recogida de frutos. Los cocos ya caídos se levantan arrastrando una pieza de moqueta vieja, una alfombrilla de goma o una plancha de espuma por la grava y la tierra compactada; se clavan solos. Es un trabajo agradecido en accesos y caminos de paso.

No al compost casero. Los frutos van a la basura, no a la compostera: un montón doméstico no alcanza ni mantiene la temperatura necesaria para matar esa semilla, y acabarás repartiéndola por todo el huerto con el compost terminado.

Césped denso y alto. En zonas verdes, la mejor defensa es una hierba tupida segada a buena altura y regada con regularidad. Los abrojos entran por los calvos y por las franjas que pasan sed.

Sobre herbicidas conviene ser realista. Los tratamientos funcionan sobre plántulas jóvenes y pierden eficacia cuando la planta ya está endurecida y con frutos formados, y ninguno actúa sobre el banco de semillas, de modo que la aplicación hay que repetirla temporada tras temporada. Además, en España un particular solo puede emplear productos fitosanitarios autorizados para jardinería exterior doméstica y de uso no profesional, con su uso concreto recogido en la etiqueta; en jardines públicos y zonas de uso colectivo las restricciones son mayores. Para una superficie doméstica, la azada llega antes y sale más barata.

Como dato, existen dos gorgojos empleados como control biológico de esta planta, Microlarinus lareynii y Microlarinus lypriformis, introducidos en Estados Unidos y Australia. No son una herramienta disponible en España ni algo que un particular pueda plantearse.

Riesgos para personas y animales

El daño más inmediato es mecánico. Las espinas perforan almohadillas de perros y gatos, se clavan en las suelas y en las manos al escardar sin guantes, pinchan neumáticos de bicicleta y de carretilla y provocan heridas en la boca del ganado que pasta donde hay frutos maduros. En una zona de juego infantil o en un camino de acceso, esto por sí solo justifica eliminarla.

El daño tóxico está bien documentado en ovino. El consumo continuado de grandes cantidades de esta planta se asocia a una fotosensibilización hepatógena, un cuadro en el que el daño hepático hace que la piel poco pigmentada y expuesta (cara, orejas, morro) reaccione a la luz solar con inflamación y necrosis; en Sudáfrica se conoce clásicamente como geeldikkop. También se ha descrito en Australia un síndrome nervioso con incoordinación en ovejas que pastan la planta durante periodos largos. Y, como muchas ruderales de suelos nitrificados, puede acumular nitratos en concentraciones peligrosas para rumiantes.

Esto no significa que un perro que roce la planta se envenene. El problema es de ingestión sostenida y en cantidad, propio de ganado que pasta terrenos invadidos. Pero sí desaconseja por completo que se recoja como forraje o se dé a animales domésticos.

Los suplementos de Tribulus terrestris

La planta contiene saponinas esteroídicas, entre ellas la protodioscina, y sobre esa base se comercializa desde hace décadas como suplemento para aumentar la testosterona, la fuerza y la masa muscular, además de para la función sexual. Es un producto que se vende en España como complemento alimenticio, no como medicamento: no ha pasado por una evaluación de eficacia, y no existen declaraciones de propiedades saludables autorizadas en la Unión Europea que respalden esos efectos.

Lo que dicen los estudios controlados en personas, resumido sin adornos:

  • En hombres sanos, incluidos deportistas entrenados, los ensayos no han mostrado aumentos significativos de testosterona ni mejoras de fuerza o composición corporal frente a placebo.
  • En función sexual los resultados son inconsistentes: algunos trabajos describen mejoras modestas en poblaciones concretas, otros no encuentran diferencias, y las muestras suelen ser pequeñas y los seguimientos cortos.
  • La composición del producto varía enormemente según el origen geográfico, la parte de planta usada y el proceso. Dos botes con la misma etiqueta pueden tener contenidos muy distintos de saponinas, lo que hace que los resultados de un estudio no sean extrapolables a lo que compras.

Hay además dos problemas de seguridad que merecen mencionarse. Se han publicado casos clínicos de daño hepático y renal asociados al consumo de preparados de esta planta, algunos graves. Y en el mercado de suplementos deportivos se han detectado adulteraciones con esteroides anabolizantes sintéticos no declarados en la etiqueta, con el riesgo sanitario que eso implica y, para un deportista federado, la posibilidad de un positivo por una sustancia que no sabía que estaba tomando.

Por eso aquí no vas a encontrar formas de preparar la planta en casa: la concentración de principios activos es imposible de controlar en una preparación doméstica, el material recogido en arcenes y solares acumula nitratos y contaminantes de tráfico, y el balance entre lo que se sabe que puede pasar y lo que no está demostrado que aporte no invita a experimentar. Quien esté valorando un suplemento de este tipo, especialmente si toma medicación, tiene alguna afección hepática o renal, o está embarazada o en lactancia, debe consultarlo con un profesional sanitario antes.

Cultivarlo a propósito

Alguien puede querer la planta por curiosidad botánica o para una colección de flora ruderal. Técnicamente es sencillo: germina con calor sobre sustrato arenoso y pobre, a pleno sol, con riego mínimo, y completa su ciclo en un verano sin cuidado alguno.

El problema no es el cultivo sino la contención. Basta con que una planta llegue a fructificar y que los cocos se peguen a una suela, a un neumático o al pelo de un perro para repartirla por el barrio, y el banco de semillas resultante durará años en el suelo. Si aun así la cultivas, hazlo en maceta aislada, en un lugar donde nadie pase, y retira las flores antes de que cuajen. Y no la plantes en el suelo del jardín pensando que la controlarás: esa dispersión por adherencia es exactamente aquello para lo que su fruto está diseñado.

En resumen

Tribulus terrestris es una anual de verano, postrada, de flor amarilla que solo abre por la mañana y fruto leñoso con espinas que se clavan hacia arriba. Aparece de mayo a septiembre en suelos secos, compactados y soleados, y su fuerza está en un banco de semillas que dura varias temporadas y en un ciclo tan rápido que fructifica antes de que la detectes. Se controla revisando cada diez o quince días en verano, cortando la raíz bajo el cuello antes de que forme frutos, acolchando el suelo desnudo, recogiendo los cocos caídos con una alfombrilla y tirándolos a la basura en vez de al compost. Cuidado con perros y ganado: las espinas hieren, y el consumo continuado está descrito como causa de fotosensibilización hepatógena en ovejas. Y sobre los suplementos, la evidencia disponible no respalda que aumente la testosterona ni la masa muscular en personas sanas, mientras que sí hay casos publicados de toxicidad y un historial de adulteración en el mercado deportivo.


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