El género Aloe reúne más de quinientas especies descritas, y solo una de ellas es la del gel de las quemaduras. Las demás se cultivan por lo que son: rosetas arquitectónicas, hojas moteadas, tallos ramificados y espigas de flor naranja en pleno enero, cuando el resto de la terraza está parado. Para un patio o una maceta grande al sol, eso vale más que cualquier propiedad medicinal.

Conviene decirlo pronto, antes de entrar en materia. Bajo la piel de la hoja, todos los aloes tienen una capa de látex amarillo rica en aloína, un compuesto antraquinónico de acción laxante fuerte que irrita la piel y las mucosas. Ninguna de las cinco especies de esta lista es sustituto del Aloe vera para uso tópico ni, mucho menos, para ingerir. Si tienes perro o gato, ten presente que ese mismo látex les provoca vómitos y diarrea si mordisquean una hoja: una maceta a ras de suelo con un animal curioso es mala combinación. Con eso claro, son plantas de cultivo sencillo y muy poco riego.

Aristaloe aristata, el antiguo Aloe aristata

Empieza por la etiqueta, porque genera confusión: esta planta se sigue vendiendo como Aloe aristata, pero desde 2014 la botánica la separó en un género propio, Aristaloe, del que es la única especie. El nombre correcto hoy es Aristaloe aristata. En el vivero verás las dos etiquetas y a veces una tercera, la de haworthia, con la que se parece bastante a primera vista.

Forma una roseta cerrada de 10 a 15 cm, sin tallo, con hojas verde oscuro cubiertas de tubérculos blancos y rematadas en una arista fina y blanquecina, casi un pelo, que es lo que le da el nombre. Emite hijuelos alrededor y en dos o tres años tienes una colonia compacta que llena un cuenco ancho. En verano saca una vara de 40 o 50 cm con flores tubulares naranja salmón.

Es la más rústica del grupo y la que mejor encaja fuera de la costa: soporta heladas de hasta unos −5 °C siempre que el sustrato esté seco cuando llegan. Esa condición es la clave real. Frío y seco lo aguanta; frío con el cepellón encharcado le pudre el cuello, y la roseta se desprende entera al tirar de ella. En zonas de interior con inviernos secos vive todo el año a la intemperie; donde llueve mucho en invierno, arrímala a una pared bajo alero.

Roseta de Aristaloe aristata con tubérculos blancos en las hojas

Aloe juvenna

Conocido como aloe cocodrilo o aloe diente de tigre, el Aloe juvenna no forma roseta plana sino tallos que se alargan hasta unos 30 cm, con las hojas triangulares dispuestas muy apretadas en espiral y armadas de dientes blancos en el margen. Las hojas llevan manchas claras irregulares que refuerzan el aspecto de piel de reptil. Ramifica desde la base y acaba formando una mata densa que desborda el borde de la maceta.

Tiene una particularidad de color muy aprovechable en decoración: a media sombra se mantiene verde claro, y con sol directo intenso y riego escaso se broncea a tonos rojizos y cobrizos. Es una respuesta de estrés, no un daño, y se revierte en cuanto vuelve la sombra. Si lo quieres cobrizo, ponlo al sol de mañana y tarde y riega poco en verano.

Procede de Kenia y es bastante más friolero que el anterior: por debajo de 2 o 3 °C empieza a marcarse y una helada de verdad lo liquida. En clima peninsular no costero, maceta y refugio de noviembre a marzo. A cambio, es de los aloes más fáciles de multiplicar: se corta un tallo de 10 cm, se deja secar el corte tres o cuatro días a la sombra hasta que cicatriza y se planta en sustrato apenas húmedo. Enraíza en un par de semanas en primavera.

Aloe maculata, el aloe jabón

Aquí también hay lío de nombres: Aloe saponaria es sinónimo, y el nombre aceptado es Aloe maculata. Es sudafricana, de roseta ancha y abierta, con hojas gruesas verde grisáceo cruzadas por bandas de manchas blancas alargadas y dientes marrones en el borde. El nombre de aloe jabón viene de las saponinas de su savia, que hacen espuma al frotarla en agua.

Se distingue de otras especies parecidas por la inflorescencia: en lugar de una espiga alargada, ramifica en un corimbo de cima aplanada, como una bandeja de flores naranja rojizo sobre una vara de casi un metro. Florece en invierno y primavera, y ese es su mejor argumento, porque llena de color un patio en febrero.

El punto que hay que valorar antes de plantarla es su capacidad de colonizar. Emite estolones subterráneos con vigor y forma corros que se extienden rápido. En una maceta significa que en dos temporadas la madre queda ahogada entre hijuelos y hay que dividir; en un jardín de costa mediterránea o en Canarias significa que puede escaparse del arriate y naturalizarse, cosa que ya ha ocurrido en varios puntos del litoral. Si el patio tiene suelo natural, plántala en un espacio delimitado o mantenla en contenedor. Es muy resistente al frío para lo que es un aloe —tolera unos −4 °C— y aguanta sol pleno, sequía y suelo pobre sin inmutarse.

Aloe somaliensis

El más de coleccionista de los cinco y el más delicado. Aloe somaliensis es originario del Cuerno de África y forma una roseta compacta y baja, sin tallo aparente, con hojas gruesas de un verde grisáceo profundo salpicadas de manchas blancas alargadas y bordeadas de dientes claros bien marcados. Rara vez pasa de 25 o 30 cm de diámetro, lo que lo hace ideal para maceta individual de barro en una mesa o una repisa soleada. En su momento saca un racimo alargado de flores rojo anaranjado.

Su límite no es tanto el frío como la humedad. Viene de un clima árido con lluvia escasa, y lo que lo mata en España es un invierno peninsular con semanas de lluvia y niebla sobre un sustrato que no seca. La combinación de 8 °C y cepellón húmedo durante quince días produce podredumbre basal, y cuando las hojas de fuera se ablandan ya no hay marcha atrás. Cultívalo en sustrato muy mineral —la mitad o más de arena gruesa, puzolana o pómice—, en maceta de barro sin esmaltar y bajo cubierta desde octubre. Riego cada dos o tres semanas en primavera y verano, prácticamente nulo en invierno.

Kumara plicatilis, el aloe abanico

Si buscas una pieza que estructure un patio, esta es la elección. Descrito durante siglo y medio como Aloe plicatilis y recombinado en 2013 como Kumara plicatilis, es un aloe arbustivo o arbóreo del fynbos del Cabo Occidental que ramifica de forma dicótoma —cada rama se bifurca en dos— y remata cada extremo en un abanico plano de hojas dispuestas en dos filas opuestas, romas, de un gris azulado, casi sin dientes. Con los años puede alcanzar tres metros o más, aunque su crecimiento es lento: cuenta con décadas, no con temporadas.

Kumara plicatilis con sus hojas dispuestas en abanico

Su ciclo desconcierta a quien lo trata como una suculenta cualquiera. Procede de una zona de clima mediterráneo con lluvias de invierno y verano seco, así que su temporada de crecimiento es el invierno y la primavera, y en julio y agosto está en semirreposo. Regarlo generosamente en pleno verano, que es lo que uno haría por instinto viendo las hojas mustias, es justo lo que lo pudre. En verano, agua escasa y espaciada; en otoño e invierno, riego moderado con el sustrato secando entre aportes.

El otro requisito es el suelo. En su hábitat crece sobre arenisca ácida, y responde mal a los sustratos calizos y al agua dura: amarillea entre nervios y se estanca. Sustrato ácido y muy drenante, sin caliza, y agua de lluvia si el grifo de tu zona es duro. Resiste heladas ligeras de hasta unos −3 °C en seco, lo que lo hace viable a la intemperie en buena parte del litoral peninsular y en zonas templadas del interior con protección.

Sustrato, riego y los dos problemas que de verdad los matan

Los cinco comparten receta básica. Sustrato con al menos un 50 % de componente mineral —arena de río gruesa, puzolana, pómice o akadama— mezclado con turba o fibra de coco; maceta con agujero generoso y sin plato debajo, o con el plato vaciado a los diez minutos de regar. Se riega por inmersión o abundantemente y luego se espera a que el sustrato seque del todo. En verano eso puede ser cada diez días; en invierno, una vez al mes o ninguna.

Un detalle de compra que ahorra disgustos: los aloes que salen de invernadero vienen aclimatados a luz filtrada. Sacarlos en junio a pleno sol del mediodía sin transición les quema la epidermis en dos días, con manchas blancas o marrones que ya no se van porque la hoja no se regenera. Dales dos o tres semanas a media sombra antes de pasarlos al sol pleno.

De plagas, dos importan. La cochinilla algodonosa se instala en las axilas de las hojas y en el cuello, se ve como motas blancas de algodón y se trata con alcohol de 70° en bastoncillo o con jabón potásico repetido. Y el ácaro del aloe (Aceria aloinis), mucho peor: provoca deformaciones y excrecencias verrugosas en hojas y flores, con aspecto de coliflor o de tumor verde. No se cura con los tratamientos habituales de jardinería doméstica; lo que funciona es cortar y destruir la parte afectada en cuanto aparece y aislar el ejemplar del resto, porque se transmite por contacto y viento. Un aloe con esas galerías junto a otras suculentas contagia a la colección entera.

En resumen

Para un patio con invierno frío pero seco, Aristaloe aristata. Para una maceta colgante o de borde, con color cobrizo al sol, Aloe juvenna, entrado en invierno. Para flor en febrero y cero cuidados, Aloe maculata, siempre en contenedor o en espacio delimitado porque coloniza por estolones. Para vitrina o repisa protegida de la lluvia, Aloe somaliensis. Y como pieza escultórica de largo plazo, Kumara plicatilis, con su ciclo invertido: crece en invierno y descansa en verano. Todos quieren sustrato mineral, secado completo entre riegos y ninguno sustituye al Aloe vera para uso sobre la piel.


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