El aroma no se reparte por igual en un jardín: se acumula donde el aire se queda quieto y se pierde en cuanto corre el viento. Por eso una lavanda plantada en mitad de una pradera abierta huele solo si te agachas, mientras que la misma lavanda junto a un muro orientado al sur, en un rincón resguardado, perfuma toda la terraza a las siete de la tarde.
Esa es la primera decisión, y va antes que la elección de especie. Las moléculas volátiles que forman el perfume floral se liberan mejor con calor y humedad relativa alta, y se dispersan con la corriente. Un pasillo estrecho entre setos, un patio cerrado, el tramo de camino que va del coche a la puerta, la zona junto a una ventana que se abre en verano: ahí es donde una planta aromática rinde. Plantarlas repartidas por simetría, a diez metros del sitio donde uno se sienta, es tirar el efecto.
La segunda decisión es el horario. Hay flores que perfuman a pleno día, con el sol dando, y otras que solo abren el grifo al atardecer porque sus polinizadores son nocturnos. Mezclar sin criterio deja huecos: un jardín que huele a las once de la mañana, cuando nadie está, y calla a las diez de la noche, que es cuando se cena fuera. Las cinco plantas que siguen cubren horarios y estaciones distintas, y conviene saber cuál hace cada turno.
Rosas
Un rosal elegido por la foto de la etiqueta puede acabar sin oler a nada. Buena parte de la rosa moderna de corte se seleccionó durante décadas por tallo largo, color estable y aguante en transporte, y el aroma se quedó por el camino: no es un defecto de la planta, es lo que se buscaba. Si quieres perfume, hay que elegir el cultivar por eso.
Los grupos que concentran aroma son los antiguos y los que se han cruzado con ellos. Rosa × damascena, la rosa de Damasco de la que sale el aceite esencial, y Rosa gallica 'Officinalis' son referencias clásicas de olor. Entre los borbones, 'Madame Isaac Pereire' tiene una intensidad casi excesiva en un espacio cerrado. De los rosales ingleses tipo David Austin, 'Gertrude Jekyll' y 'Munstead Wood' están entre los más olorosos, con la ventaja de que reflorecen, cosa que los antiguos puros no siempre hacen: muchos gálicas y damascenas dan una sola floración larga en mayo y junio y ahí se acaba.
El aroma de la rosa es más denso a media mañana, cuando el rocío se está evaporando y la temperatura sube. En pleno bochorno de agosto, a las cuatro de la tarde, la misma flor huele a mucho menos. Plántalos a pleno sol —seis horas mínimo—, con suelo profundo y materia orgánica, y poda en enero o febrero según la zona, antes de que el brote se dispare. Los rosales quieren riego en la base: mojar la hoja por aspersión en tardes cálidas es la vía directa al oídio y a la mancha negra.
Plumeria
La Plumeria rubra y la Plumeria obtusa, el frangipani de las guirnaldas hawaianas, dan uno de los perfumes más reconocibles que existen: cremoso, cítrico, con fondo de coco, y sale al atardecer. Es planta de polinizador nocturno, así que su mejor momento coincide con la hora de la cena en verano.
El límite es la temperatura, y es un límite duro. Es una apocinácea tropical que no tolera heladas; por debajo de 5 °C sufre y una helada la mata o la reduce a un tocón. En la Península solo vive todo el año en la costa del sur y del sureste —Málaga, la costa granadina, Almería, el litoral de Alicante y Murcia— y en Canarias. En el resto se cultiva en maceta grande y se entra a un porche cerrado o a un garaje luminoso entre noviembre y marzo. Pierde la hoja en invierno y eso es normal: cuando está desnuda, no se riega. Un frangipani en reposo regado en enero se pudre por el tallo desde la punta.
Otro dato que conviene tener claro antes de podarla: al cortarla suelta un látex blanco irritante para la piel y las mucosas. Guantes y lavarse después, sin más drama, pero no la manipules con niños alrededor tocando el corte.
Lavanda
Aquí el perfume no está en la flor, o no solo: está en las glándulas de la hoja y del tallo, y por eso la lavanda huele si la rozas al pasar aunque sea febrero. Es la planta que mejor rinde en un borde de camino, en un escalón o al lado de un banco.
Conviene distinguir tres cosas que se venden juntas. Lavandula angustifolia es la lavanda fina, de aroma más dulce y limpio, la que se usa en perfumería; aguanta bien el frío, incluso −15 °C, pero se resiente de los veranos muy húmedos y tórridos. Lavandula × intermedia, el lavandín, es el híbrido de porte grande y espiga larga que se ve en los campos de Brihuega: más rústico, más productivo y con un olor más alcanforado. Y Lavandula stoechas, el cantueso, el de las brácteas moradas en penacho, que florece antes —desde marzo— y tiene una exigencia que arruina plantaciones enteras: es calcífuga, quiere suelo ácido o silíceo. Plántalo en un suelo calizo del interior o riégalo con agua dura y amarillea por clorosis hasta morirse, mientras la angustifolia y el lavandín de al lado siguen tan contentos.
El otro punto que decide si una lavanda dura cuatro años o quince es la poda. Hay que recortar cada verano, en cuanto se pasa la flor, quitando la espiga y un tercio del crecimiento del año, sin llegar nunca a la madera vieja y sin hojas. La lavanda no rebrota de ahí. Si la dejas crecer libre tres temporadas, la mata se lignifica, se abre por el centro y ya no hay recuperación posible: solo queda arrancarla y plantar otra. Y riego, poco: en suelo bien drenado, una lavanda establecida no necesita nada más que la lluvia salvo en olas de calor extremas.
Jazmín
Pide un jazmín en un vivero y pueden salir cuatro plantas muy distintas, con la etiqueta igual de convincente en todas. La diferencia se nota a los seis meses de plantarla. Jasminum officinale, el jazmín común o morisco, es la trepadora rústica de flor blanca y estrellada que perfuma de junio a septiembre, aguanta heladas moderadas y se defiende en casi toda la Península. Jasminum grandiflorum, el llamado jazmín real o de España, tiene la flor mayor y el aroma más profundo, pero es notablemente más friolero y quiere costa o mucha protección. Jasminum polyanthum florece en invierno y primavera con una cascada de capullos rosados y huele muchísimo, aunque se hiela con facilidad. Y Jasminum sambac es tropical de verdad: en la Península, planta de interior o de invernadero.
Un aviso útil en la floristería de enero: el Jasminum nudiflorum, ese arbusto de varas verdes que se llena de flores amarillas en pleno invierno sin una hoja, no tiene olor. Es magnífico por el color y la fecha, pero quien lo compre buscando perfume se llevará un chasco.
Aparte va el Trachelospermum jasminoides, el jazmín estrellado, que ni siquiera pertenece al género Jasminum: es una apocinácea. Compensa conocerlo porque resuelve muchos casos: hoja perenne y brillante todo el año, aguanta el frío mejor que los jazmines verdaderos, tolera semisombra y cubre una celosía o una barandilla con muy poco mantenimiento. Florece en mayo y junio con un perfume denso y dulce que llena un patio entero. Todos ellos, verdaderos o no, prefieren la raíz fresca y a la sombra y la parte aérea al sol: pie tapado por un arbusto bajo o por una losa, y la guía trepando hacia la luz.
Lilo común
La Syringa vulgaris da en abril y mayo un perfume que no se parece a ningún otro y que se percibe a veinte metros con brisa suave. Dura poco —dos o tres semanas de flor y se acabó— y el resto del año es un arbusto de hoja acorazonada sin mayor gracia. Aun así, merece el sitio si el clima acompaña.
Y esa es la condición: el lilo necesita frío invernal acumulado para diferenciar sus yemas de flor. En Castilla, Aragón, la meseta norte o la montaña florece espectacular; en la costa mediterránea templada o en el litoral atlántico suave se queda en hoja y da cuatro racimos raquíticos, hagas lo que hagas. Antes de comprar uno, mira si en tu zona hay lilos viejos florecidos en jardines antiguos: es el mejor indicador que existe.
Con la poda hay una regla que no admite excepción: el lilo forma las yemas de flor durante el verano anterior, sobre la madera de ese año. Se poda justo después de que se marchite la flor, en junio, quitando los racimos secos y aclarando ramas viejas. Pódalo en invierno, como se hace con un frutal, y en abril no tendrás ni una flor. Agradece el suelo calizo, cosa poco común, y tolera la sequía una vez arraigado. Si el ejemplar está injertado —muchos lo están—, vigila los chupones que salen del portainjerto por debajo del punto de unión: crecen más rápido que la variedad y, si los dejas, acabarás con un ligustro grande donde había un lilo.
Cómo combinarlas para tener aroma casi todo el año
Repartidas por fechas, estas cinco cubren un calendario razonable en clima peninsular: cantueso en marzo, lilo en abril y mayo, rosales antiguos desde mayo, jazmín estrellado en mayo y junio, lavanda de junio a agosto, jazmín común y plumeria todo el verano hasta septiembre, y rosales reflorecientes rematando en octubre. Con eso quedan libres solo los meses fríos, que es cuando se sale menos al jardín.
Dos cautelas al agruparlas. La primera, no amontonar aromas potentes en el mismo metro cuadrado: un jazmín grandiflorum, un lilo y un rosal borbón juntos no suman, se anulan y producen una mezcla empalagosa. Deja distancia y que cada uno tenga su turno. La segunda, cuidado con la potencia bajo una ventana de dormitorio: Jasminum polyanthum, plumeria o una dama de noche (Cestrum nocturnum, que además es tóxica por ingestión) a dos metros de la cabecera con la ventana abierta pueden llegar a resultar molestas, incluso dar dolor de cabeza. Cinco o seis metros de separación bastan para convertir eso mismo en un acierto.
En resumen
El sitio pesa tanto como la especie: rincones resguardados, junto a los pasos y cerca de donde se está sentado. Elige el rosal por su cultivar aromático y no por el color de la foto. La plumeria solo vive fuera en la costa cálida y en Canarias, y en invierno no se riega. La lavanda pide drenaje y poda anual sin entrar en madera vieja, y el cantueso exige suelo ácido. Entre los jazmines, distingue el rústico Jasminum officinale del friolero grandiflorum, recuerda que el de flor amarilla invernal no huele y considera el jazmín estrellado si buscas hoja perenne y poco mantenimiento. Y el lilo solo florece bien donde hay invierno de verdad, podado siempre en junio, nunca en enero.