A tres metros de distancia, una acalifa bien cultivada parece un arbusto en plena floración. No lo está: ese jaspeado de cobre, rosa, crema y granate son las hojas, y las flores de verdad son unas espigas colgantes tan discretas que pasan desapercibidas. Esa es la gracia de la planta y también su exigencia, porque el color de la hoja depende directamente de la luz que reciba.

Hojas jaspeadas de cobre y rosa de Acalypha wilkesiana

Qué planta es exactamente

La acalifa de hoja de color es Acalypha wilkesiana, un arbusto de la familia de las euforbiáceas originario de las islas del Pacífico occidental (Fiyi, Vanuatu y alrededores). En su clima natural forma matas de dos o tres metros que allí se usan como seto vivo; en una maceta española rara vez pasa de metro y medio, y conviene mantenerla bastante por debajo.

Las hojas son grandes, de 10 a 20 cm, ovaladas, con el borde aserrado y textura mate y algo áspera, nada que ver con el brillo charolado de otras plantas de hoja coloreada. Sobre un fondo bronce aparecen manchas irregulares de rosa, rojo cobrizo y crema, y el dibujo cambia de una hoja a otra dentro del mismo ejemplar. Hay varios cultivares habituales: 'Musaica' (o 'Mosaica'), con salpicaduras naranjas y rojas muy contrastadas; 'Marginata', verde con el filo rosado; 'Godseffiana', más verde y estrecha, y la curiosa forma circinata, de hojas enroscadas sobre sí mismas.

Conviene no confundirla con Acalypha hispida, que es su pariente de hoja verde lisa y las espigas rojas colgantes de 30 a 50 cm que le han dado el nombre de rabo de gato. Se cuidan de forma parecida, pero se compran por motivos opuestos: una por la hoja, la otra por la inflorescencia.

La confusión de vivero con el crotón

En el garden verás las dos juntas, en el mismo expositor de plantas de hoja tropical, y a veces con la etiqueta genérica de "planta de color". Distinguirlas es fácil una vez sabes dónde mirar: el crotón (Codiaeum variegatum) tiene la hoja dura, coriácea, brillante como si estuviera encerada, el borde entero y el color organizado en nervios amarillos o rojos bien marcados. La acalifa tiene la hoja blanda, mate, con dientes en el margen, y el color repartido en manchas caóticas.

La diferencia importa a la hora de regar. El crotón aguanta un despiste con más elegancia; la acalifa, con la hoja fina que tiene, se marchita en cuestión de horas si el cepellón se seca del todo, y una marchitez severa le cuesta media planta de hojas caídas aunque la riegues acto seguido.

Savia irritante: manéjala con guantes

Al ser euforbiácea, la acalifa suelta por los cortes una savia lechosa irritante. En contacto con la piel puede provocar enrojecimiento y picor, y es especialmente molesta en los ojos si te frotas la cara después de podar. Ninguna parte de la planta es comestible: si un niño o una mascota mordisquean una hoja, lo esperable es irritación de boca y molestia digestiva.

Con ponerse guantes para podar o esquejar, lavarse las manos después y colocar la maceta fuera del alcance de un perro o un gato mordedor, el asunto queda resuelto. No es una planta prohibida en casa, simplemente no es una planta para manipular a manos desnudas.

Luz: aquí se decide el color

Una acalifa en un rincón sombrío del salón no se muere de golpe. Hace algo peor: va sacando hojas cada vez más verdes y más pequeñas, con entrenudos largos, hasta convertirse en un manojo de tallos desgarbados con cuatro hojas mustias arriba. Cuando llegas a ese punto ya has perdido la planta que compraste, aunque siga viva.

Colócala lo más cerca posible de una ventana luminosa. Orientación este o sur con una cortina fina son ideales dentro de casa. En la costa mediterránea, en Canarias o en el sur peninsular puede vivir en el exterior todo el año en semisombra luminosa, y ahí es donde saca el color más espectacular. En el interior peninsular, sácala a la terraza de mayo a septiembre —acostumbrándola a la luz de forma gradual, una semana en sombra antes de darle sol filtrado— y métela dentro en cuanto las noches bajen de 12 °C.

El sol directo de mediodía en julio, en cambio, le quema el limbo dejando manchas secas de color papel. La luz que quiere es mucha y tamizada, no abrasadora.

Temperatura y humedad

Es una planta estrictamente tropical. Se encuentra cómoda entre 18 y 28 °C. Por debajo de 15 °C se para, por debajo de 10 °C empieza a soltar hojas y una helada ligera la mata. Un pasillo frío o el alféizar pegado al cristal en enero son sitios malos.

La humedad ambiental es el otro factor decisivo, y en un piso español con calefacción de radiadores el ambiente baja tranquilamente al 25 % de humedad relativa. La acalifa quiere por encima del 50-60 %. La consecuencia de no dárselo se ve en dos semanas: bordes de hoja secos y marrones, y a continuación araña roja, que es exactamente la plaga que prospera con calor seco. Agrupa varias plantas, pon un plato con arcilla expandida y agua bajo la maceta (sin que el fondo toque el agua) o usa un humidificador. Pulverizar es de escaso efecto y, si el agua es dura, deja manchas de cal sobre la hoja.

Riego y sustrato

El objetivo es un sustrato constantemente algo húmedo, nunca encharcado ni nunca seco del todo. En la práctica: mete el dedo dos centímetros y riega cuando notes que esa capa superficial ha perdido humedad. En pleno verano, con la planta en la terraza, eso puede significar regar a diario; en diciembre, una vez cada diez o doce días.

Riega hasta que salga agua por el desagüe, espera cinco minutos y vacía el plato. El agua estancada bajo la maceta pudre las raíces finas y la planta reacciona amarilleando desde abajo. Interpretar ese amarilleo como sed y regar más cierra el círculo.

El sustrato ideal es suelto y ligeramente ácido: dos partes de turba o fibra de coco, una de perlita y un puñado de humus de lombriz. Maceta con agujeros, siempre. Trasplanta cada primavera mientras la planta sea joven, subiendo un solo número de maceta cada vez.

Acalypha wilkesiana 'Mosaica' con manchas rojas y naranjas

Abonado

Crece rápido y agota el sustrato. De marzo a septiembre, abono líquido para plantas verdes cada 15 días a la dosis del envase, o abono de liberación lenta al trasplantar. De octubre a febrero, nada: con menos luz y menos temperatura no puede procesar esos nutrientes y las sales se acumulan en el cepellón, lo que se traduce en puntas quemadas.

Poda: la clave para que no se desnude por abajo

La acalifa tiende a alargarse y a perder las hojas bajas, quedándose con los tallos pelados y toda la vegetación en el extremo. Se corrige podando, y admite mucha más tijera de la que su aspecto blando sugiere.

A finales de invierno o principios de primavera, justo antes del arranque vegetativo, recorta cada rama entre un tercio y la mitad, cortando siempre por encima de una yema orientada hacia fuera. Brota sin problema de madera vieja. Durante el verano, pellizca las puntas de los brotes nuevos cada pocas semanas para forzar ramificación. Una planta podada a conciencia en marzo está compacta y llena de hoja nueva en junio; una sin podar en tres años es un palo con penacho.

Las espigas florales son insignificantes y consumen energía: córtalas si aparecen y prefieres follaje denso.

Esquejes

Enraíza con facilidad, así que la manera práctica de tener acalifa siempre joven es renovarla cada tres o cuatro años a partir de esquejes de la propia planta, aprovechando los recortes de la poda.

Toma trozos de tallo semileñoso de 10 a 15 cm, en primavera o verano. Quita las hojas de la mitad inferior y recorta a la mitad las de arriba para reducir la transpiración. Deja secar el corte unos minutos —recuerda el látex—, moja la base en hormonas de enraizamiento y clava en una mezcla de turba y perlita a partes iguales. Necesita 22-25 °C y ambiente saturado: una bolsa transparente sobre la maceta, aireando cada dos días, sirve. Enraíza en tres a cinco semanas.

Plagas y problemas frecuentes

Araña roja (Tetranychus urticae). El enemigo número uno en interior. Hojas con punteado pálido, aspecto polvoriento y telarañas finísimas en el envés y las axilas. Aparece con aire seco y calor. Sube la humedad, ducha el envés de las hojas con agua templada y trata con jabón potásico o aceite de neem cada 5-7 días, tres aplicaciones.

Mosca blanca. La acalifa le encanta. Nubecillas de insectos blancos que salen volando al mover la planta, y melaza pegajosa con negrilla después. Trampas cromáticas amarillas y jabón potásico insistiendo en el envés.

Cochinilla algodonosa. Motas blancas algodonosas en axilas y nervios. En pocos focos, bastoncillo con alcohol de 70°; si está extendida, aceite de parafina o neem.

Caída brusca de hojas. Suele venir de un cambio de sitio, de una corriente de aire frío o de un secado total del cepellón. Si el tallo sigue verde y flexible, rebrota; mantén el riego regular y no abones hasta que salgan hojas nuevas.

Hojas nuevas verdes en lugar de coloreadas. Falta de luz, sin más. Ni el abono ni el riego corrigen eso: hay que acercarla a la ventana.

En resumen

Acalypha wilkesiana es un arbusto tropical de hoja jaspeada que en España se cultiva en maceta y, en la costa cálida, también al aire libre. Pide luz abundante y tamizada —de ella depende el color—, temperaturas por encima de 15 °C, humedad ambiental alta y un sustrato suelto que se mantenga fresco sin encharcarse. Abona quincenalmente de marzo a septiembre, poda fuerte a finales de invierno para que no se desnude, vigila la araña roja en cuanto enciendas la calefacción y maneja los cortes con guantes, porque la savia irrita. Renovada cada pocos años con esquejes de la propia poda, se mantiene compacta y con el follaje que justifica tenerla.


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