Resistente no quiere decir indestructible, y sobre todo no quiere decir que aguante la oscuridad. Una planta resistente es la que perdona: la que sobrevive a que te vayas quince días en agosto, a que la riegues cuando te acuerdas y a un salón con calefacción a 22 °C y el aire por debajo del 35 % de humedad. Eso es exactamente lo que hacen las cinco que vienen aquí.

Ninguna necesita invernadero, todas se encuentran en cualquier vivero o centro de jardinería español por poco dinero, y todas se multiplican en casa con un esqueje. Pero dos de ellas son tóxicas para gatos y perros y una tercera no debe salir nunca al jardín, así que conviene leer la lista entera antes de elegir.

Cheflera (Schefflera arboricola)

Schefflera arboricola o cheflera cultivada en maceta de interior

La cheflera enana forma esos ramilletes de siete u ocho folíolos abiertos en abanico que le han dado el nombre popular de paragüitas. Crece a buen ritmo, ramifica bien y llega al metro y medio o dos metros en interior sin exigir nada raro: luz clara sin sol directo en las horas centrales, riego cuando los primeros tres centímetros de sustrato estén secos y temperatura por encima de 13 °C.

Lo que la estropea es la penumbra. En un rincón oscuro no se muere, hace algo peor: alarga los tallos buscando la ventana, separa las hojas y en un año se queda con la base pelada y una silueta desgarbada que no se recupera sola. La solución es podar en marzo, cortando por encima de un nudo; brota con facilidad desde madera vieja y en un par de meses vuelve a estar compacta. Los recortes enraízan en agua o en sustrato húmedo sin necesidad de hormona.

Existe también Schefflera actinophylla, de folíolos mucho más grandes y porte de árbol. Se cultiva igual, pero necesita más luz y más espacio del que suele haber en un piso; para interior, la arboricola es la apuesta segura.

Precaución: toda la planta contiene rafidios de oxalato cálcico. Si un gato o un perro la muerde, produce quemazón inmediata en la boca, salivación e hinchazón. Rara vez pasa de ahí, pero es un mal rato evitable colocándola en alto.

Cinta (Chlorophytum comosum)

La cinta o malamadre tiene un truco fisiológico que explica su fama: acumula reservas de agua en unos tubérculos blancos y carnosos en la raíz, de modo que puede pasar tres semanas sin riego y recuperarse en cuanto vuelve el agua. Tolera luz media, aguanta un baño sin ventana exterior si tiene claraboya, y se reproduce sola.

Esos hijuelos colgantes que emite en verano al final de un estolón se cortan cuando ya tienen raicillas visibles y se plantan directamente en sustrato húmedo. Enraízan en una o dos semanas. Si tu cinta lleva años sin emitir estolones, suele ser porque está en una maceta demasiado holgada: florece y emite hijuelos cuando la raíz llena el tiesto y recibe luz suficiente.

Su síntoma característico son las puntas marrones. Se atribuyen al aire seco, pero la causa habitual es química: el flúor y el cloro del agua de red y las sales del abono se acumulan en el extremo de la hoja, que es donde termina el recorrido del agua, y queman el tejido. Riega con agua de lluvia o del grifo reposada veinticuatro horas, abona a media dosis y una vez al año lava el cepellón bajo el grifo dejando correr agua abundante. Las puntas ya secas no se regeneran; se recortan en diagonal con tijera limpia.

Buena noticia para quien tenga animales: Chlorophytum comosum no es tóxica. Los gatos la mordisquean porque la hoja fina se mueve, no porque contenga nada estimulante, y como mucho vomitarán por el volumen de fibra ingerido.

Tronco de Brasil (Dracaena fragrans)

Se vende como un trozo de tronco leñoso plantado en vertical del que brotan uno o dos penachos de hojas. Aguanta luz media, aire seco y riegos irregulares mejor que ninguna otra planta de tronco, y por eso lleva cuarenta años en oficinas y recibidores. Un ejemplar bien situado supera los dos metros.

Riego escaso: dejar secar la mitad superior del sustrato, lo que en invierno significa una vez cada dos o tres semanas. El punto crítico está en la corona del tronco, donde nacen las hojas. Si el agua se acumula ahí, se pudre el tejido tierno y la caña entera se pierde; riega el sustrato, nunca el centro de la roseta.

Tampoco le gusta el frío. Por debajo de 10 °C las hojas se ablandan y aparecen manchas acuosas que luego se vuelven marrones, así que si en invierno duerme junto a una ventana que cierra mal, muévela un metro hacia dentro entre noviembre y marzo. Cuando el tronco llega al techo se corta a la altura que quieras, en primavera: rebrotará con dos o tres penachos por debajo del corte, y el trozo cortado enraíza en sustrato húmedo si lo mantienes a más de 20 °C.

Como el resto del género, contiene saponinas y provoca vómitos y salivación en perros y gatos.

Hiedra (Hedera helix): dura fuera, delicada dentro

Aquí toca corregir la fama. La hiedra común es una planta durísima en el jardín —resiste heladas de varios grados bajo cero, sequía estival y sombra profunda—, pero esa dureza no se traslada al interior. Dentro de un piso con calefacción se convierte en una de las plantas que antes se llena de araña roja: las hojas se vuelven mates, aparece un punteado gris y, cuando se ven telillas entre los tallos, la infestación lleva semanas instalada.

Si la quieres dentro, dale el sitio más fresco y luminoso de la casa: una habitación sin calefacción, un recibidor entre 10 y 18 °C, o mejor una ventana orientada al norte. Las variedades de hoja variegada, como la Hedera helix 'Buttercup' de hoja dorada, necesitan más luz que las verdes para no perder el color. Mantén el sustrato ligeramente húmedo y ducha la planta entera con agua templada una vez al mes: es la medida preventiva que más rinde contra el ácaro.

Dos avisos que no suelen darse. El primero, la savia de Hedera helix contiene falcarinol y provoca dermatitis de contacto: poda con guantes si tienes la piel sensible, especialmente al recortar mucha cantidad. El segundo, las hojas y sobre todo los frutos negros son tóxicos por ingestión para personas y animales, con vómitos y dolor abdominal. La planta de interior rara vez fructifica, pero si sacas un ejemplar viejo al patio y trepa, sí lo hará.

Y una consideración de jardín: en el norte peninsular y en zonas de umbría la hiedra tapiza el suelo con una eficacia que ahoga la flora herbácea del entorno. No la plantes en el linde de un espacio natural.

Tradescantia: la más fácil de todas y la que no debe salir al jardín

Tradescantia pallida Purpurea de hojas moradas

Si buscas una planta que enraíce con un trozo de tallo metido en un vaso de agua durante cuatro días, esta es. En vivero verás sobre todo dos: Tradescantia zebrina, de hojas rayadas en plata y púrpura por el envés, y Tradescantia pallida 'Purpurea', enteramente morada y con más aguante al sol. Ambas crecen rápido, cuelgan bien y toleran olvidos de riego porque el tallo es suculento y almacena agua.

El color depende de la luz. En penumbra, la zebrina pierde el plateado y se vuelve verde apagada, y la pallida se pone verdosa con los entrenudos larguísimos. Ponla a menos de un metro de la ventana. La otra costumbre necesaria es despuntar: los tallos se van pelando por la base con el tiempo, así que corta las guías a la mitad dos o tres veces al año y clava los recortes en la propia maceta para que se rellene desde dentro.

Ahora la parte importante. Tradescantia fluminensis, la de hoja verde brillante que a veces circula entre aficionados, figura en el catálogo español de especies exóticas invasoras, y con razón: en la cornisa cantábrica, en Galicia y en las islas forma tapices que impiden la regeneración del bosque de ribera, y un fragmento de tallo de dos centímetros arraiga y forma una mata nueva. La consecuencia práctica vale para todo el género: los restos de poda van a la basura, nunca al compost del jardín ni a un descampado, y la maceta no se vacía en un talud. Un cubo de restos tirado en una umbría húmeda es literalmente sembrar la especie.

La savia irrita la piel en personas sensibles y provoca dermatitis en perros que se tumban sobre la planta, pero no es tóxica por ingestión.

El riego que mantiene vivas a estas cinco

Todas comparten el mismo punto de ruptura: el agua. Riega por el dedo, no por calendario. Introduce el índice tres o cuatro centímetros en el sustrato y, si sale con tierra pegada, deja pasar unos días. En un piso español, la diferencia entre julio y enero puede ser de regar dos veces por semana a regar una vez cada tres semanas, con la misma planta y en el mismo sitio.

Cuando riegues, hazlo hasta que salga agua por el drenaje y vacía el plato a los diez minutos. El agua estancada asfixia la raíz, y el amarilleo que produce se parece tanto al de la sequía que la reacción instintiva es regar más, que remata la planta. Ante una hoja amarilla, lo primero es tocar el sustrato.

Macetas con agujeros, siempre. Un tiesto decorativo sin drenaje se usa como cubremacetas, con la planta dentro en su maceta de plástico, que se saca para regar y se devuelve escurrida. Y no subas de tamaño más de tres o cinco centímetros de diámetro al trasplantar: un volumen de sustrato que la raíz no puede secar se mantiene húmedo semanas y acaba pudriendo el cuello.

Abono líquido equilibrado a media dosis, cada tres o cuatro semanas de abril a septiembre. En invierno se suspende: la planta está parada, no consume, y las sales que no absorbe se quedan en el sustrato y salen luego en forma de puntas quemadas.

Cuál elegir según la casa

Con gatos o perros en casa y ganas de no vigilar, cinta y Tradescantia, las dos únicas de la lista sin problema de toxicidad. Para un rincón con luz media que necesita volumen, cheflera, asumiendo la poda anual. Para altura con poco mantenimiento, tronco de Brasil, lejos de ventanas frías. Y la hiedra solo si tienes una habitación fresca y luminosa; en un salón con radiadores dará más disgustos que satisfacciones.

Si el único sitio disponible es un pasillo interior sin ventana, ninguna de las cinco es la respuesta. Ahí funcionan mejor Zamioculcas zamiifolia, Aspidistra elatior o Sansevieria, y aun así toda planta necesita algo de luz natural o una lámpara de cultivo encendida unas horas al día.

En resumen

Cheflera, cinta, tronco de Brasil, hiedra y Tradescantia aguantan condiciones de piso real, se propagan con un esqueje y cuestan poco. Su resistencia se apoya en tres cosas concretas: luz suficiente aunque sea indirecta, sustrato que se seque entre riegos y protección frente al frío de una ventana en invierno.

Antes de comprar, comprueba dos detalles. Que la maceta tenga agujeros. Y que la especie encaje con quién vive en casa: cheflera, tronco de Brasil y hiedra dan problemas a gatos y perros que las muerden, y los restos de Tradescantia nunca deben acabar en el jardín ni en el monte.


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