A finales de junio, en una turbera de la Serra do Courel, hay rosetas del tamaño de una moneda de dos céntimos pegadas al musgo, con gotas que brillan al sol y mosquitos enredados en ellas. Son droseras, y llevan ahí desde mucho antes de que a nadie se le ocurriera vender Dionaea en un tarro de plástico. En la Península crecen de forma espontánea unas dos docenas de especies carnívoras repartidas en cuatro géneros, y varias de ellas no viven en ningún otro sitio del mundo.

Este artículo repasa las que se encuentran con más facilidad en el campo español, cómo distinguirlas de sus parientes próximas, en qué ambientes buscarlas y qué hace falta para cultivarlas legalmente en casa. Empiezo por lo que conviene tener claro antes de salir con una paleta en la mochila.

Antes de nada: no se recolectan

Todas las carnívoras ibéricas están protegidas en mayor o menor grado. Buena parte figura en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, y las endémicas de área muy reducida aparecen además en catálogos autonómicos con categorías de amenaza. Arrancar una planta, o incluso llevarte un pedazo de rizoma, es una infracción sancionable, y en poblaciones que ocupan cien metros cuadrados de turbera no es un asunto simbólico.

Hay otro motivo, menos jurídico y más práctico: casi ninguna sobrevive al trasplante. Una Drosera arrancada de un tapiz de Sphagnum llega a casa con las raíces rotas, pierde el mucílago en dos días y se pudre en dos semanas. Lo que sí puedes hacer es fotografiarla, anotar la fecha y la altitud, y comprar planta de vivero propagada en cultivo, que es barata y viene aclimatada. Las semillas de intercambio entre aficionados son otra vía perfectamente legal.

Y una advertencia sobre el sustrato: la turba rubia de Sphagnum sale precisamente de estos ecosistemas. Recoger musgo vivo en el monte para el macetero es una manera absurda de destruir el hábitat que te ha gustado.

Drosera rotundifolia, la más repartida

Drosera rotundifolia es la carnívora española más fácil de ver. Ocupa turberas y brezales encharcados de Galicia, la cornisa cantábrica, los Pirineos y algunos enclaves del Sistema Central e Ibérico, siempre sobre suelo ácido, pobre y permanentemente húmedo. La roseta es plana, casi pegada al suelo, con láminas redondeadas de menos de un centímetro sobre peciolos largos y peludos.

El mecanismo es lento y eficaz: los tentáculos glandulares segregan una gota de mucílago que retiene al insecto, y en cuestión de minutos u horas los tentáculos vecinos se curvan hacia la presa y la lámina se pliega sobre ella. La digestión tarda días. Lo que la planta busca ahí no son calorías, sino nitrógeno y fósforo, que en una turbera son casi inexistentes; el azúcar lo sigue fabricando por fotosíntesis como cualquier otra planta.

En invierno desaparece. Forma un hibernáculo, una yema compacta cubierta de restos de hojas, y rebrota en abril o mayo. Una planta cultivada que en noviembre parece seca y acaba en la basura estaba simplemente en reposo; y si se le impide ese reposo manteniéndola caliente, se agota y muere en dos o tres temporadas.

Roseta de Drosera rotundifolia con gotas de mucílago en los tentáculos

Drosera intermedia y la confusión con su prima

Drosera intermedia comparte hábitat con la anterior y a veces convive con ella en el mismo charco, pero busca los puntos más encharcados: bordes de pozas, turba desnuda, canales de drenaje natural. Tolera incluso quedar sumergida unos días tras una lluvia fuerte.

Se separa bien de D. rotundifolia por dos rasgos. Las láminas son espatuladas, más largas que anchas, y los peciolos se levantan formando una roseta ascendente en lugar de tumbada. Además, con los años desarrolla un pequeño tallo que puede alcanzar cinco centímetros, algo que rotundifolia no hace. Donde ambas conviven aparece el híbrido Drosera × beleziana, estéril y con caracteres intermedios, que explica buena parte de las identificaciones dudosas.

Hay una tercera drosera ibérica, Drosera anglica (también citada como D. longifolia), de hojas estrechas y erectas, mucho más rara y localizada en enclaves pirenaicos y cantábricos.

Drosophyllum lusitanicum, la carnívora que odia el agua

Aquí es donde se rompen las reglas que valen para todas las demás. El drosófilo o hierba pinera vive en el suroeste peninsular —Cádiz, Huelva, Málaga, con continuación en Portugal y el norte de Marruecos— sobre suelos secos, arenosos y ácidos, entre jaras y brezos, en laderas que en agosto están polvorientas. Es el único carnívoro que se comporta como una planta de matorral mediterráneo.

Su aspecto es inconfundible: un tallo leñoso corto del que salen hojas lineares, triangulares en sección, cubiertas de glándulas rojas con mucílago. Las hojas jóvenes se desenrollan hacia fuera, al revés que en los helechos y que en cualquier otra carnívora. Las glándulas no se mueven: la trampa es puramente adhesiva. Desprende un olor dulzón que atrae moscas a varios metros, y en las casas rurales del Algarve y del Campo de Gibraltar se colgaba un ejemplar en la cocina a modo de papel matamoscas.

En cultivo tiene una exigencia que no admite negociación: raíz pivotante profunda que no soporta el trasplante. Se siembra directamente en la maceta definitiva, honda —veinte centímetros como mínimo—, con una mezcla muy mineral: un tercio de turba y dos tercios de arena silícea gruesa y perlita. Riego escaso, mejor por arriba y dejando que la superficie se seque, jamás con el cepellón permanentemente sumergido en un plato. Sol directo y aire en movimiento. Un drosófilo tratado como una drosera de turbera se pudre por el cuello en cuestión de semanas.

Ejemplar de Drosophyllum lusitanicum con sus hojas lineares cubiertas de glándulas

Las grasillas atlánticas: Pinguicula lusitanica

Las Pinguicula atrapan con la propia lámina de la hoja, cubierta de dos tipos de glándulas: unas pedunculadas que segregan mucílago y otras sésiles que liberan las enzimas. La hoja apenas se mueve; como mucho el borde se enrolla ligeramente sobre la presa. Por eso capturan sobre todo insectos diminutos, mosquitos del suelo y colémbolos.

Pinguicula lusitanica es una planta minúscula, de dos a seis centímetros, con hojas de un verde oliváceo grisáceo, márgenes ondulados y venación rojiza bien visible, que la distingue de cualquier otra grasilla ibérica. Vive en el noroeste húmedo —Galicia, Asturias, Cantabria, con puntos en el Sistema Central y en Andalucía occidental— en rezumaderos y brezales turbosos. Florece en verano con una flor pálida, lilácea, de garganta amarillenta.

No forma hibernáculo: permanece verde todo el año, y a cambio es de vida corta, con frecuencia bienal. En cultivo se comporta casi como una anual que hay que resembrar, y agradece más humedad ambiental que sol directo intenso.

Pinguicula dertosensis y las endémicas de roca

Pinguicula dertosensis es un endemismo de Els Ports, en el límite entre Tarragona y Castellón, que crece en paredes calizas rezumantes y umbrías, sobre tobas mojadas por el goteo constante. Su población mundial entera cabe en un puñado de barrancos, de ahí que cualquier alteración del acuífero o del régimen de visitas la ponga en riesgo inmediato.

Forma parte de un grupo de grasillas ibéricas de hoja larga, ligadas a roquedos calcáreos húmedos, que incluye Pinguicula vallisneriifolia, de las sierras de Cazorla y Segura, con hojas colgantes que superan los quince centímetros, y Pinguicula nevadensis, restringida a los borreguiles de Sierra Nevada y catalogada como amenazada. Ninguna es planta para principiantes: exigen agua corriente, calcárea en algunos casos, temperaturas frescas y una humedad de aire que en el interior de una vivienda no existe.

Pinguicula vulgaris y el equívoco con P. grandiflora

Pinguicula vulgaris es la grasilla de montaña de los Pirineos, la Cordillera Cantábrica y algunos puntos del Sistema Ibérico, en pastos encharcados y manantiales de aguas duras entre los 800 y los 2.400 metros. Hojas de un verde amarillento algo untuoso al tacto, flor violeta con espolón, y un hibernáculo compacto en invierno rodeado de yemas hijas que permiten multiplicarla sin tocar la planta madre.

A su lado, en hábitats casi idénticos de la misma franja cantabropirenaica, crece Pinguicula grandiflora. La diferencia está en la flor: en grandiflora es notablemente mayor, con los lóbulos del labio inferior anchos y solapados entre sí, formando una corola casi circular. En vulgaris los lóbulos quedan separados y la flor parece más estrecha y colgante. Con la hoja sola, en pleno verano y sin flor, la identificación es poco fiable.

Utricularia vulgaris, la trampa más rápida del reino vegetal

Utricularia vulgaris no tiene raíces. Flota como una maraña de tallos finísimos y hojas muy divididas en aguas quietas: lagunas, meandros abandonados, balsas de riego, canales de arrozal. Entre esas hojas cuelgan las utrículas, vejigas de uno a tres milímetros con una trampilla y unos pelos sensitivos en el borde.

El funcionamiento es puramente mecánico. La vejiga bombea agua hacia fuera hasta quedar con presión negativa, y cuando un microcrustáceo o una larva roza los pelos la trampilla cede y el agua entra de golpe arrastrando a la presa. Todo el proceso ocurre en menos de un milisegundo, lo que la convierte en el movimiento más rápido conocido en plantas, muy por delante de la venus atrapamoscas. Luego la trampilla vuelve a sellarse y el bombeo recomienza en media hora.

En verano saca escapos por encima del agua con flores amarillas parecidas a bocas de dragón; en otoño produce turiones, yemas densas que se hunden hasta el fondo y rebrotan en primavera. Se confunde con Utricularia australis, muy extendida también en España y separable sobre todo por detalles florales. Cuidado con Utricularia gibba, especie de origen tropical asilvestrada en humedales y arrozales peninsulares, que forma tapices densos y desplaza a la flora acuática autóctona: no debe soltarse en ningún estanque natural.

Qué necesitan si decides cultivarlas

Las especies ibéricas de turbera comparten un guion bastante estricto:

Agua. De lluvia, de ósmosis inversa o destilada, por debajo de unos 50 µS/cm de conductividad. El agua del grifo de gran parte de España lleva carbonatos y sales que en pocos meses saturan el sustrato y queman las raíces. Los síntomas aparecen tarde y son irreversibles.

Sustrato. Turba rubia ácida sin abonar mezclada con perlita o arena silícea a partes iguales. Nada de mantillo, ni de compost, ni de sustrato universal. Si la bolsa incluye la palabra «fertilizado» en la etiqueta, no sirve.

Luz. Sol directo varias horas. Una drosera a media sombra pierde el color rojo y deja de producir mucílago.

Reposo invernal. Las especies templadas necesitan pasar frío, entre 0 y 10 °C, a la intemperie o en un lugar fresco y luminoso. Mantenerlas calientes todo el año las mata por agotamiento en un par de temporadas.

Nada de abono ni de carne. Darle a una carnívora un trozo de carne picada le provoca una podredumbre en la hoja, porque no puede digerir la grasa ni el tejido conjuntivo. Al aire libre cazan de sobra por su cuenta; en interior, un mosquito de la fruta cada dos semanas es más que suficiente.

Y una cuestión de clima: en el arco mediterráneo y en el interior peninsular, con veranos de más de 35 °C, las especies atlánticas de turbera lo pasan mal aunque el riego sea perfecto. Un lugar con sombra a mediodía en julio y agosto, y una masa de agua importante en el plato para amortiguar la temperatura del cepellón, es la diferencia entre una planta que sobrevive y una que se cuece.

En resumen

España tiene carnívoras propias en cuatro géneros: Drosera en turberas atlánticas y de montaña, Drosophyllum en el matorral seco del suroeste, Pinguicula desde brezales gallegos hasta paredes calizas de Els Ports, Cazorla o Sierra Nevada, y Utricularia en aguas quietas de media Península. Todas están protegidas y ninguna se traslada bien, así que la visita se limita a mirar y fotografiar.

Para cultivarlas, planta propagada en vivero, agua de lluvia o de ósmosis, turba ácida con arena, sol y frío invernal. La excepción a memorizar es Drosophyllum lusitanicum: siembra directa en maceta honda, sustrato arenoso, riego corto y ni un solo trasplante en toda su vida.


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