En una etiqueta de vivero cabe la palabra «Drosera» y poco más. Con esa información el comprador se lleva a casa una planta que quizá necesite helarse en invierno, o secarse por completo en verano, o no bajar nunca de los 20 °C. Las tres cosas son Drosera, y las tres mueren si se les aplica el cuidado de la otra.

El género reúne alrededor de 250 especies descritas, y la cifra sigue subiendo con cada revisión del suroeste australiano. Ocupa todos los continentes menos la Antártida, desde las turberas de Laponia hasta los brezales tropicales del Territorio del Norte, pasando por los tepuyes venezolanos, el Cabo sudafricano y las turberas del norte de la Península Ibérica. Esa dispersión no es un dato de enciclopedia: es la explicación de por qué las droseras no se cultivan todas igual.

Varias plantas del género Drosera con sus hojas cubiertas de mucílago

Un mismo mecanismo, muchas versiones

Todas comparten el invento básico: hojas cubiertas de tentáculos glandulares que segregan mucílago, un pegamento transparente que retiene al insecto mientras los tentáculos vecinos se doblan hacia él y otras glándulas liberan enzimas digestivas. Lo que cambia de una especie a otra es casi todo lo demás.

Las hay que enrollan la hoja entera sobre la presa, como Drosera capensis, que en tres o cuatro horas convierte el limbo en un cilindro cerrado alrededor de una mosca. Las hay que apenas mueven los tentáculos y confían en la pura adherencia. Y luego está Drosera glanduligera, una australiana anual con tentáculos periféricos rígidos que no se doblan despacio sino que catapultan a la presa hacia el centro de la hoja en unos setenta milisegundos: el movimiento se dispara por un colapso mecánico de las células de la base, no por crecimiento, y es de los más rápidos que se conocen en el reino vegetal.

La forma de la hoja también recorre todo el repertorio. Rosetas planas y apretadas de dos centímetros en Drosera pulchella. Rosetas de palas anchas en Drosera aliciae y Drosera admirabilis. Cintas semierguidas en D. capensis. Hojas bifurcadas en horquilla, una y otra vez, en Drosera binata, que en la variedad multifida pasa del medio metro. Peciolos largos rematados por un disco diminuto y peludo en el complejo petiolaris. Y tallos trepadores que se enredan entre los arbustos hasta uno o dos metros en las tuberosas del grupo de Drosera macrantha.

En un extremo del género está Drosera regia, una sudafricana de hojas en forma de sable de hasta 40 o 50 centímetros que se sitúa en la base del árbol evolutivo del grupo, con una sola población silvestre conocida. En el otro, las pigmeas australianas, del tamaño de una moneda pequeña, que producen en otoño gemas del calibre de una cabeza de alfiler para renovarse cada año.

Dónde está el grueso del ejército

Cerca de la mitad de las especies del género vive en Australia, y buena parte de ellas en el rincón suroccidental, entre Perth y Albany, uno de los focos de diversidad vegetal del planeta. Allí el clima es mediterráneo —inviernos húmedos y templados, veranos secos y largos— y eso ha empujado la evolución hacia dos soluciones: tubérculos subterráneos que pasan el verano dormidos y plantas minúsculas que sobreviven al calor en las grietas de la arena.

El segundo núcleo es Sudáfrica, sobre todo la región del Cabo, de donde salen las especies más cultivadas del mundo: D. capensis, D. aliciae, D. admirabilis, D. regia. El tercero, Sudamérica, con las especies de los campos rupestres brasileños y de las mesetas de los tepuyes.

En España crecen de forma natural tres: Drosera rotundifolia, Drosera intermedia y Drosera longifolia —el nombre D. anglica aún aparece mucho en la bibliografía—, ligadas a turberas y suelos turbosos encharcados de Galicia, la cornisa cantábrica, los Pirineos y algún enclave del Sistema Central. Sus poblaciones están en retroceso por la desecación de turberas, figuran en catálogos de flora protegida de varias comunidades autónomas y recolectarlas del medio natural está prohibido. Todo lo que se cultiva en colección procede de semilla o de división de plantas ya cultivadas, y la oferta comercial es amplia.

Identificar qué se ha comprado

Antes que cualquier tabla de cuidados, hay que averiguar a qué grupo pertenece la planta. Cuatro pistas rápidas:

Roseta plana y compacta, hojas en forma de cuña o cuchara, verde con puntas rojas. Casi seguro D. aliciae, D. spatulata o D. admirabilis. Subtropicales, sin reposo, las más agradecidas.

Hojas alargadas, tipo cinta, sobre un peciolo largo, planta desordenada de unos 20-25 cm. D. capensis. Subtropical, crece todo el año, se siembra sola.

Hojas redondas del tamaño de una lenteja sobre peciolos finos y peludos, planta pequeña y pegada al suelo. Probablemente D. rotundifolia o una templada emparentada. Necesita invierno frío y va al exterior.

Hoja bifurcada en dos, cuatro o más puntas. D. binata, de Australia y Nueva Zelanda. Subtropical con tendencia a un reposo parcial en invierno, del que rebrota desde la raíz.

Si la maceta trae un tallo fino que trepa o unas hojas diminutas en forma de escudo, se está ante una tuberosa, y el calendario de riego se invierte respecto a todo lo demás. Vale la pena preguntar la especie exacta en el punto de venta y no conformarse con el género.

Detalle de los tentáculos glandulares de una Drosera

Lo que comparten todas

Hay un núcleo de cuidados que no cambia de una especie a otra, porque procede del hábitat común a todo el género: suelos ácidos, encharcados y sin nutrientes.

Agua sin sales. Lluvia, ósmosis inversa, destilada o condensado del aire acondicionado. El agua del grifo peninsular ronda los 300-800 µS/cm de conductividad y deja carbonatos en la turba con cada riego; el sustrato se sala en dos o tres meses, las raíces dejan de absorber y la planta se apaga sin síntoma llamativo. Por debajo de 50 µS/cm no hay problema.

Sustrato pobre y ácido. Turba rubia de esfagno sin abonar mezclada con perlita enjuagada o arena de sílice lavada, en torno a 2:1. Nada de mantillo, compost, tierra de jardín ni arena calcárea.

Riego por bandeja. Uno o dos dedos de agua en el plato, que se rellena cuando se agota. Se reduce en invierno.

Luz directa. Sin luz fuerte no hay mucílago y sin mucílago la planta no come. Una drosera bien iluminada se tiñe de rojo por antocianinas; una en penumbra se estira, palidece y deja de brillar.

Cero abono en el sustrato. Comen insectos, y al aire libre se los procuran ellas. En interior, una escama de comida de peces o una larva seca de mosquito sobre una hoja activa cada dos o tres semanas es suficiente. Carne, jamón o queso pudren la hoja.

Lo que cambia según el grupo

Subtropicales (capensis, aliciae, spatulata, binata, madagascariensis). Crecen los doce meses. Entre 5 y 35 °C, bandeja con agua todo el año salvo un descenso en pleno invierno. En la costa mediterránea y atlántica se cultivan fuera; en el interior conviene protegerlas de las heladas fuertes, aunque D. capensis rebrota desde la raíz tras perder toda la parte aérea.

Templadas (rotundifolia, intermedia, longifolia, filiformis). En octubre repliegan las hojas en un hibernáculo, una yema apretada a ras de sustrato. Ese reposo frío, entre 0 y 10 °C, no es opcional: cultivadas en casa con calefacción todo el año agotan las reservas y desaparecen al segundo o tercer invierno. Se dejan fuera, en un rincón resguardado, con el sustrato húmedo pero sin lámina de agua permanente.

Tuberosas (peltata, auriculata, macrantha). Ciclo invertido: brotan con las primeras lluvias de otoño, crecen y florecen en invierno y primavera, y en mayo o junio se secan hasta el último tallo. A partir de ahí, la maceta se guarda seca hasta septiembre. Regarla en julio porque «parece muerta» pudre el tubérculo, y en otoño no brota nada. El clima español les va como anillo al dedo, precisamente porque su Australia natal tiene el mismo reparto de lluvias.

Pigmeas (pulchella, scorpioides, roseana). Vida corta y renovación por gemas, que se recogen de octubre a enero con la punta de un palillo húmedo y se siembran sobre el sustrato sin enterrar. Agradecen un sustrato con más arena y una capa de arena en superficie.

Complejo petiolaris (petiolaris, falconeri, lanata). Norte tropical de Australia. Calor por encima de 25 °C durante todo el año, humedad ambiental alta y un sustrato más arenoso y menos empapado de lo que sugiere el resto del género. Sin terrario calefactado no salen adelante en España.

Por dónde empezar

Para una primera planta, D. capensis o D. aliciae. Crecen rápido, perdonan olvidos, se multiplican solas por semilla y por esquejes de hoja o de raíz, y enseñan a leer el estado de la planta: si hay gotas, va bien; si se pierden, algo falla en el agua o en la luz.

Con la mano hecha vienen D. binata, D. filiformis y las pigmeas, y ya en un nivel avanzado D. regia, que pide noches frescas y agua muy pura, y el complejo petiolaris. Las tuberosas no son difíciles, pero exigen respetar su calendario a rajatabla y tener paciencia durante los cuatro meses en que la maceta parece vacía.

Conviene añadir que ninguna drosera es tóxica para personas ni para perros o gatos, y que sus trampas, del tamaño de una uña, no suponen riesgo mecánico alguno. Como cazamosquitos doméstico rinden algo —una capensis adulta junto al frutero se llena de mosquitos del vinagre— pero no sustituyen a una mosquitera.

En resumen

Bajo un solo nombre de género conviven plantas de turbera ártica, de matorral mediterráneo australiano y de sabana tropical, y esa mezcla es la razón de que dos droseras aparentemente parecidas necesiten cuidados opuestos. El punto de partida es siempre identificar la especie y, con ella, su grupo de cultivo.

A partir de ahí, el núcleo es común y sencillo: agua sin sales, turba rubia con perlita, riego por bandeja, luz directa y ningún abono en la maceta. Lo que se ajusta encima es el calendario: las subtropicales no paran nunca, las templadas necesitan un invierno frío de verdad y las tuberosas duermen en seco todo el verano. Equivocar ese calendario mata plantas que en lo demás se estaban cuidando bien.


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