Desde finales de mayo hasta la primera helada seria de noviembre, una mata de Salvia farinacea puede estar en flor sin descanso. Cinco meses largos de espigas azules en un arriate a pleno sol, con un riego moderado y prácticamente ninguna otra atención. Ese es el argumento principal de esta planta y el motivo de que se haya convertido en fija en rotondas, medianas y jardines de secano de media España.

Pertenece a la familia de las labiadas (Lamiaceae) y procede del sur de Estados Unidos y del norte de México, en particular de Texas y de zonas de matorral seco. Ese origen explica casi todo su comportamiento: aguanta el calor y la sequía sin inmutarse, y en cambio le sienta fatal el suelo encharcado en invierno.

Espigas azules de Salvia farinacea en flor

Cómo reconocerla

Forma una mata redondeada de 40 a 60 centímetros de altura, algo más en las variedades vigorosas, con tallos cuadrados como todas las labiadas y hojas lanceoladas de color verde medio. Las flores se agrupan en espigas erguidas de 15 a 20 centímetros que sobresalen claramente por encima del follaje.

El epíteto farinacea ("harinosa") no se refiere a las hojas, sino a la pelusilla blanca y pulverulenta que recubre los tallos florales y los cálices. Es el detalle que la identifica sin dudas: al pasar el dedo por la espiga se nota ese polvillo, y en las variedades bicolores el contraste entre el cáliz blanquecino y la corola azul violeta es lo que da a la planta su aspecto característico.

Entre las variedades que se encuentran con facilidad en vivero:

  • 'Victoria Blue'. La más extendida. Azul violáceo intenso, unos 45 cm, muy uniforme.
  • 'Strata'. Cáliz plateado y corola azul, efecto bicolor muy marcado.
  • 'Rhea'. Más compacta, en torno a 35 cm, buena para maceta y jardinera.
  • 'Victoria White'. La versión blanca, útil para aclarar composiciones muy oscuras.
  • 'Mystic Spires Blue'. En realidad un híbrido con Salvia longispicata, más alto (70-90 cm) y de floración aún más larga. Se vende junto a las anteriores, pero necesita más espacio.

Una advertencia sobre el nombre

Aparece catalogada como planta aromática porque es una salvia, y ahí termina el parecido con la del rincón de las hierbas. La Salvia farinacea no se usa en cocina. Sus hojas desprenden un olor herbáceo tenue al frotarlas, nada que ver con el aroma denso y resinoso de la Salvia officinalis, que es la salvia culinaria y medicinal de toda la vida. Si lo que buscas es la hoja para el guiso o la infusión, la especie a comprar es officinalis; esta es puramente ornamental.

Tampoco conviene confundirla con la Salvia splendens, la de las espigas rojas de temporada que se planta a millones en parterres municipales: esa es una anual de vida corta que se derrite en cuanto aprieta el verano, mientras que la farinacea es la que sigue en pie en agosto.

Suelo, exposición y plantación

Sol directo, sin negociación. A media sombra la planta se estira buscando luz, los tallos se tumban con el primer viento y las espigas salen ralas y descoloridas. Menos de cinco o seis horas de sol al día y no merece la pena plantarla.

En cuanto al suelo, lo único que exige es drenaje. Le van bien los terrenos francos, arenosos, pedregosos e incluso los calizos y pobres del interior peninsular. Donde falla es en arcillas compactadas que se quedan con el agua: ahí el cuello de la planta se pudre durante el invierno y en primavera no rebrota. Si tu tierra es pesada, planta sobre un caballón de 15 o 20 centímetros o mezcla arena gruesa y grava en el hoyo, y no un puñado de turba, que empeora el problema al retener humedad.

La época de plantación en la Península es de abril a mayo, cuando ya no hay riesgo de helada tardía. Marco de plantación: 30 a 35 centímetros entre plantas para las variedades normales, 45 para 'Mystic Spires'. Apretarlas más no da un macizo más denso, da oídio.

Riego y abonado

El primer verano necesita riegos regulares para enraizar: un aporte generoso cada tres o cuatro días en zonas cálidas, dejando secar la superficie entre uno y otro. A partir del segundo año, con un riego semanal profundo en pleno verano va sobrada en clima mediterráneo, y en el norte húmedo puede pasar el verano sin riego alguno.

Con el abonado hay que ir con cuidado, porque aquí está el fallo que arruina la floración. Un abono rico en nitrógeno le hace fabricar hoja: la mata crece frondosa, verde, exuberante y con la mitad de espigas. Un aporte de compost maduro en primavera es suficiente; si quieres usar fertilizante mineral, elige uno equilibrado o con más potasio que nitrógeno, tipo 5-8-10, y aplícalo una sola vez al arrancar el crecimiento.

El corte que alarga la floración

Las espigas viejas, cuando la flor cae y quedan los cálices secos, siguen consumiendo recursos y frenan la emisión de espigas nuevas. Cortar la espiga pasada por debajo, hasta el primer par de hojas sanas, es lo que mantiene la planta floreciendo hasta el otoño. Hecho cada dos o tres semanas durante el verano, la diferencia respecto a una planta abandonada es de meses de flor.

Al plantarla joven, un despunte del brote principal cuando tenga cuatro o cinco pares de hojas la obliga a ramificar y produce una mata redonda en lugar de un tallo largo y solitario.

Plantas de salvia en un macizo a pleno sol

¿Anual o vivaz? Depende de dónde vivas

Es una vivaz de vida corta, pero aguanta el frío solo hasta unos -5 o -7 °C, y con la condición de que el suelo esté seco. De ahí que su comportamiento cambie tanto según la zona:

  • Costa mediterránea, Andalucía occidental, Canarias, litoral atlántico suave. Se comporta como vivaz y dura tres o cuatro años. Se corta a 10-15 cm a finales de febrero y rebrota de la base.
  • Meseta, Ebro, zonas de interior con heladas fuertes. En la práctica es anual. O se replanta cada primavera, o se cultiva en maceta y se resguarda en un porche frío durante el invierno.

Donde las heladas son moderadas ayuda mucho un acolchado de grava o corteza sobre el cuello de la planta antes del invierno. Lo importante no es taparla de frío, es evitar que el cuello pase tres meses mojado.

Multiplicación

Por semilla. Es lo habitual y es fácil. Siembra en semillero protegido entre febrero y marzo, con temperaturas de 20-22 °C; germina en dos o tres semanas. La semilla es pequeña, así que basta con cubrirla con un par de milímetros de sustrato. Trasplante a maceta individual con dos pares de hojas verdaderas y salida al exterior tras las últimas heladas.

Por esqueje. Es la única vía para conservar una variedad concreta, porque las plantas de semilla salen desiguales. Toma esquejes de tallo no florido de 8-10 cm a finales de primavera o en verano, quita las hojas inferiores y planta en una mezcla de turba y perlita a partes iguales. Enraízan en dos o tres semanas sin necesidad de hormonas.

Problemas más habituales

Podredumbre de cuello y raíz. Casi siempre por exceso de agua o mal drenaje en invierno. No tiene tratamiento una vez avanzada; se previene con el suelo adecuado.

Oídio. Polvillo blanco en las hojas, típico de finales de verano con noches húmedas y plantas demasiado juntas. Airea la mata, riega en la base y nunca por aspersión sobre el follaje. El azufre mojable aplicado a primera hora, con temperaturas por debajo de 28 °C, controla los brotes iniciales.

Mosca blanca y pulgón. Sobre todo en plantas jóvenes de vivero o en invernadero. Un jabón potásico bien aplicado por el envés suele bastar.

Tallos tumbados. No es plaga: es sombra, exceso de nitrógeno o riego excesivo. Corrige la causa antes de recurrir a tutores.

Dónde queda bien

Su color azul funciona muy bien como fondo neutro para plantas de floración cálida. Combina con Gaura lindheimeri, Perovskia atriplicifolia, gramíneas como Stipa tenuissima, lavandas y rosales de arriate. En maceta grande, a partir de 25 centímetros de diámetro, aguanta perfectamente una temporada completa en una terraza soleada.

Es además una planta muy visitada por abejas y abejorros durante toda la temporada, y las espigas cortadas antes de la apertura completa conservan el color al secarse, lo que la hace útil para ramos secos.

En resumen

La Salvia farinacea pide sol pleno, suelo con drenaje real y poco más. Riégala con moderación, abónala menos de lo que te pide el instinto y corta las espigas gastadas cada dos o tres semanas: con eso tendrás flor de mayo a noviembre. En el litoral durará varios años si la recortas al final del invierno; en el interior con heladas trátala como planta de temporada y replanta cada primavera. Y ten claro que, pese a llamarse salvia, no es la que va al guiso: su papel es decorar y alimentar polinizadores.


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