Espliego y lavanda no son la misma especie, aunque las dos palabras aparezcan juntas en la misma etiqueta de vivero. En la nomenclatura tradicional española, Lavandula angustifolia es la lavanda o alhucema, y Lavandula latifolia es el espliego propiamente dicho: dos plantas emparentadas, con distinta época de floración, distinto aceite y distinto comportamiento en el jardín. Merece la pena separarlas antes de comprar, porque una parte de los fracasos con la lavanda viene de haber plantado una especie esperando lo que hace otra.
Quién es quién en el género Lavandula
Lavandula angustifolia (lavanda fina, alhucema). Mata de 40 a 70 centímetros, hoja estrecha y grisácea, espiga corta sobre pedúnculo largo, floración de junio a julio. Es la de aroma más dulce y limpio, la que se busca para aceite esencial de calidad y para uso doméstico. En estado silvestre vive en montaña, entre 600 y 1.700 metros, y esa procedencia explica su gran resistencia al frío.
Lavandula latifolia (espliego). Más rústica y más termófila, con hoja ancha, porte algo desordenado y espigas ramificadas. Florece más tarde, de julio a septiembre, y su aceite lleva bastante alcanfor y cineol, con un olor más áspero y penetrante. Abunda de forma silvestre por buena parte de la mitad este peninsular en terrenos calizos, desde casi el nivel del mar hasta 1.500 metros.
Lavandula × intermedia (lavandín). Híbrido natural entre las dos anteriores, estéril, mucho más grande —puede pasar del metro— y muy productivo. Los campos morados que se fotografían en la Alcarria, en Brihuega y alrededores, son en su mayoría lavandín de cultivares como 'Grosso' o 'Super'. Como planta de jardín es la más agradecida: crece rápido, aguanta y hace mata enorme. Su aceite, más alcanforado, va sobre todo a detergentes, jabones y ambientadores.
Lavandula stoechas (cantueso). Se reconoce al instante por el penacho de brácteas moradas que remata la espiga, como orejas. Y aquí está la diferencia que más plantas mata: el cantueso es silicícola, vive en suelos ácidos de jarales y pinares sobre granito o pizarra. Plantado en un suelo calizo de Castilla o del Levante amarillea entre los nervios, se queda raquítico y muere en un par de temporadas. No es falta de riego ni de abono: es clorosis férrica por pH alto.
Lavandula dentata. La de hoja con el borde festoneado, muy usada en jardinería del litoral mediterráneo porque florece casi todo el año en clima suave. A cambio es la más delicada con el frío: por debajo de unos −5 °C sufre daños serios.
Suelo y ubicación: el drenaje manda
La lavanda no se muere de sed en España; se muere de invierno húmedo. Su punto débil es la asfixia radicular y las pudriciones por Phytophthora cuando el agua se queda parada alrededor del cuello. Un suelo arcilloso que en enero tarda tres días en escurrir acaba con una lavanda joven aunque el verano siguiente sea perfecto.
Lo que necesita:
Sol pleno. Seis horas mínimo, y cuantas más, mejor. A media sombra vegeta, se estira, florece poco y concentra menos aceite esencial, que es lo que da el aroma.
Suelo pobre y suelto. Franco-arenoso, pedregoso, incluso esquelético. Si tu tierra es pesada, planta sobre un caballón de 20 o 30 centímetros o en un talud, mezclando arena gruesa y grava en el hoyo. Ese gesto salva más plantas que cualquier tratamiento posterior.
pH. Entre 6,5 y 8 para angustifolia, latifolia y lavandín, que van muy bien en caliza. Solo el cantueso pide suelo ácido.
Sobre el acolchado hay un matiz importante. La corteza de pino, la paja o el compost extendidos contra la base de la planta retienen humedad justo donde no debe haberla y favorecen la pudrición del cuello. Si quieres acolchar, usa grava, gravilla o arena silícea, que refleja luz, mantiene el cuello seco y controla igual las hierbas.
Plantación y riego
La época depende del clima. En el litoral mediterráneo y en el sur, otoño: la planta enraíza durante el invierno suave y llega al verano asentada. En el interior con heladas fuertes, marzo o abril, para que no la sorprenda el frío recién plantada. Marco de plantación de 60 a 80 centímetros entre plantas para angustifolia y de un metro largo para lavandín, que ocupa mucho más de lo que aparenta el primer año. Setos apretados de lavanda quedan bonitos dos temporadas y luego se ahogan entre ellos, con la parte baja desnuda y focos de hongos por falta de ventilación.
El riego tiene dos fases que conviene no confundir. El primer verano hay que regar: una planta recién puesta tiene el cepellón del vivero y poco más, y en julio en la meseta eso se seca en dos días. Un riego generoso y espaciado, cada siete o diez días, obliga a la raíz a bajar. A partir del segundo o tercer año, una lavanda establecida en suelo prospera en secano en casi toda la península; solo en veranos extremos o en suelos muy arenosos agradece un par de riegos de socorro. En maceta la historia cambia: allí no hay reservas y hay que regar cuando el sustrato se seque, siempre en tiesto de barro, con mezcla arenosa y sin plato.
Abono, prácticamente ninguno. Un puñado de compost bien hecho al plantar y nada más. El nitrógeno de más da brotes largos, blandos y verdes, floración escasa y un aroma más flojo, además de plantas que se abren por el centro con la primera lluvia fuerte. La lavanda de olor intenso sale de suelo pobre y sol; no de fertilizante.
La poda, que decide si la planta dura tres años o quince
Aquí se pierde la mata. La lavanda es un subarbusto que no rebrota desde la madera vieja y desnuda. Cuando un tallo ha perdido las hojas y está gris y leñoso, ya no tiene yemas latentes capaces de arrancar. Si dejas la planta sin podar unos años, se levanta, se abre por el centro, la base queda hecha un esqueleto sin hojas y todo el verde se va a las puntas. Llegado ese punto no hay recorte de rejuvenecimiento que valga: corta por lo leñoso y lo que obtienes es un tocón muerto. La única salida es sacar esquejes y sustituir la planta.
El calendario correcto es sencillo:
Después de la floración, entre finales de julio y agosto según especie y zona, se hace la poda principal. Se cortan las espigas gastadas y, con ellas, entre 5 y 8 centímetros de la parte foliosa del brote, dando forma redondeada a la mata. La regla es dejar siempre dos o tres dedos de tallo con hojas verdes por debajo del corte. Nunca entrar en la zona gris sin hoja.
A finales de invierno, en febrero o marzo, un repaso ligero para igualar la silueta y quitar lo que haya secado el frío. En zonas de heladas tardías, mejor esperar a que pase el grueso del invierno que podar en noviembre.
Haciendo esto desde el primer año, la mata se mantiene compacta y densa y vive tranquilamente diez o quince años. En el primer año, además, conviene sacrificar parte de la floración y pinzar las puntas: se pierde una cosecha de espigas y se gana una planta con estructura.
Recolección y secado
El momento óptimo para cortar espigas es cuando entre un tercio y la mitad de las florecillas de la espiga están abiertas, no cuando está toda florecida. Ahí es cuando la concentración de aceites esenciales es mayor y cuando la flor seca conserva mejor el color y el olor. Se corta a media mañana, con el rocío ya evaporado y antes del calor fuerte.
Se atan manojos pequeños, no gruesos, y se cuelgan boca abajo en un sitio ventilado, oscuro y seco. Una semana o diez días bastan. Al sol directo la flor se decolora y pierde aroma. Las espigas secas conservan buena parte de su perfume uno o dos años; frotarlas ligeramente entre los dedos lo reaviva.
Multiplicación
Por esqueje semileñoso es lo práctico y lo que garantiza que la planta hija sea idéntica a la madre. A finales de verano o comienzos de otoño, se toman brotes del año de 8 a 10 centímetros que ya empiecen a endurecer por la base, se deshojan los 4 centímetros inferiores y se clavan en una mezcla muy arenosa, apenas húmeda, a la sombra. Enraízan en cuatro a seis semanas. El lavandín, al ser híbrido estéril, solo se reproduce así.
La semilla funciona en angustifolia, latifolia y cantueso, pero es lenta, germina de forma irregular y da descendencia variable en porte y aroma. Ayuda un mes de estratificación en frío, en la nevera, dentro de arena húmeda, antes de sembrar en primavera.
Plagas y enfermedades
Es una planta sana, con pocos enemigos, y los que tiene se controlan más con cultivo correcto que con productos.
Escarabajo del romero (Chrysolina americana). El más visible: un coleóptero de un centímetro, con franjas metálicas verdes y rojizas, que devora hojas y espigas de lavanda, romero, tomillo y salvia. Es activo sobre todo en otoño y primavera; en verano se refugia. En jardín particular se controla recogiéndolos a mano al atardecer y sacudiendo las matas sobre un cartón, que es rápido y no daña a los polinizadores que llenan la lavanda en flor.
Salivazo o espumilla (Philaenus spumarius). Esas masas de espuma blanca en las axilas de los tallos en primavera son ninfas de este insecto. El daño directo que hacen es menor, pero es el principal vector conocido de Xylella fastidiosa, bacteria que en España mantiene zonas demarcadas —Baleares, Alicante, Comunidad Valenciana— en las que la lavanda figura entre las especies hospedantes y el movimiento de planta está sujeto a restricciones oficiales. Si vives en una zona demarcada, compra la planta en vivero autorizado con su pasaporte fitosanitario y no traslades matas ni esquejes de un sitio a otro. Ante una sospecha de decaimiento anómalo, el aviso va a la administración agraria de tu comunidad.
Pulgón y cochinilla algodonosa. Ocasionales, sobre brotes tiernos, casi siempre en plantas sobreabonadas o en maceta. Jabón potásico y revisar el abonado.
Pudriciones de raíz y cuello (Phytophthora, Armillaria). Es lo que hay detrás de la lavanda que se seca «de golpe» en primavera tras un invierno lluvioso. La planta amarillea entera, se aja y ya no responde al riego. No hay tratamiento útil una vez instalada: se previene con drenaje, caballón, marco amplio y acolchado mineral.
Botrytis en primaveras muy húmedas, sobre flores y brotes, con moho gris. Airear la mata podando bien y retirar el material afectado.
Precauciones de uso
La flor seca en saquitos, dentro del armario, tiene una función que sí está razonablemente documentada: molesta a la polilla de la ropa. Como repelente de mosquitos, la planta viva en la terraza no hace nada; los aceites solo salen al romper el tejido de la hoja.
El aceite esencial de lavanda no se ingiere y no debe aplicarse puro sobre la piel: es un producto muy concentrado que provoca irritación y sensibilización por contacto. Para gatos y perros, los aceites esenciales de lavanda resultan tóxicos si se ingieren o se difunden en concentración en espacios cerrados, aunque mordisquear una hoja de la planta en el jardín no representa un problema serio. La flor seca se usa en cocina en cantidades muy pequeñas, y conviene que proceda de plantas no tratadas.
En resumen
Elige primero la especie: angustifolia si buscas aroma fino y resistencia al frío de interior peninsular, lavandín si quieres mata grande y floración espectacular con poco esfuerzo, dentata solo en litoral suave, y cantueso únicamente si tu suelo es ácido. Plántala a pleno sol, en tierra pobre y drenante, sobre caballón si el terreno es pesado, con acolchado de grava y no de corteza. Riega el primer verano y prácticamente olvídate después. Y poda todos los años nada más terminar la floración, cortando siempre por encima de la zona con hojas verdes: esa es la diferencia entre una lavanda compacta que dura más de una década y un cepellón abierto y leñoso al que en tres años hay que dar de baja.