Frota una hoja entre los dedos y lo que sale es un olor a mentol con fondo de alcanfor, penetrante y un poco medicinal. No se parece nada a la resina dulzona que arde en un incensario, y ahí está el primer malentendido de esta planta: el nombre con el que se vende en los viveros españoles no tiene relación botánica con el incienso de verdad.

La etiqueta de la maceta suele decir «incienso» o «planta del incienso» y, debajo, Plectranthus coleoides. La planta es una labiada rastrera y colgante de hoja aterciopelada, casi siempre con el borde blanco crema, originaria del sur de África. El incienso litúrgico, en cambio, es la resina seca de árboles del género Boswellia, sobre todo Boswellia sacra, que crecen en Omán, Yemen, Somalia y Etiopía y que no se cultivan en jardinería doméstica. Que compartan nombre común es cosa del comercio, no de la botánica.

Qué planta es exactamente

La nomenclatura de este grupo lleva décadas moviéndose y conviene saberlo antes de buscar información. El nombre Plectranthus coleoides circula muchísimo en el comercio, pero hace tiempo que los botánicos lo consideran un nombre mal aplicado. Lo que se cultiva como planta de incienso variegada corresponde en la práctica a Plectranthus forsteri (con frecuencia el cultivar 'Marginatus') o a Plectranthus madagascariensis 'Variegated Mintleaf', dos especies parecidas a ojo y de cuidados prácticamente idénticos. Si al comprar solo pone Plectranthus coleoides, no pasa nada: los cuidados que siguen valen para cualquiera de las dos.

Todas ellas pertenecen a las lamiáceas, la familia de la menta, el romero y la salvia, y eso explica el tallo de sección cuadrada, la disposición de las hojas enfrentadas de dos en dos y, sobre todo, los aceites esenciales que dan ese aroma tan característico al rozarlas. La planta es perenne, de crecimiento rápido, con tallos algo carnosos que primero se levantan y enseguida se vencen y cuelgan. En maceta suele quedarse en 30 o 40 centímetros de alto con caídas de medio metro o más.

Hojas aterciopeladas con borde blanco de la planta del incienso

Florece en espigas de flores pequeñas, blancas o de un lila muy pálido, normalmente a finales de verano y en otoño. La floración es discreta y conviene cortar las espigas en cuanto asoman: la planta invierte en ellas energía que se nota luego en un follaje más pobre.

Frío: el factor que decide dónde puede vivir

Es una planta subtropical sin resistencia real a la helada. Por debajo de unos 5 °C se detiene y empieza a ennegrecer las puntas; una helada, aunque sea corta, le deshace los tallos, que quedan translúcidos y blandos, y de ahí no se recupera.

En la práctica esto divide España en dos. En el litoral mediterráneo, el sur de Andalucía y Canarias vive fuera todo el año y se comporta como tapizante o colgante permanente. En el interior peninsular, en la meseta, en el valle del Ebro o en la cornisa cantábrica con heladas, hay que tratarla como planta de terraza en verano y de interior en invierno, o darla por anual y volver a partir de esquejes cada primavera. Meterla en casa a finales de octubre, antes de la primera helada real, es lo que marca la diferencia entre conservarla años o perderla cada noviembre.

Luz y ubicación

Quiere mucha claridad pero poco sol directo de mediodía. La combinación ideal es sol de primeras horas de la mañana y sombra luminosa el resto del día: un balcón orientado a levante, el borde de un porche, una ventana muy iluminada sin exposición a mediodía.

Las dos formas de equivocarse dan síntomas opuestos y fáciles de leer. Con exceso de sol de julio en el interior peninsular, las hojas se aclaran, pierden el verde y aparecen manchas secas de color pardo claro en el centro del limbo; las zonas blancas del borde, que carecen de clorofila, son las primeras en quemarse. Con falta de luz, la planta se estira: los entrenudos se alargan varios centímetros, quedan tallos desnudos con hojas pequeñas y muy separadas y el jaspeado blanco casi desaparece. Ese estiramiento no se corrige moviéndola de sitio; hay que podar y dejar que rebrote ya en buena luz.

Riego: el punto donde se pierde la planta

Los tallos y las hojas guardan agua, así que aguanta mejor un olvido que un exceso. La regla práctica es regar cuando los dos o tres primeros centímetros del sustrato estén secos al tacto, empapando bien hasta que salga agua por los agujeros, y vaciar el plato a los diez minutos. En verano en una terraza puede tocar cada dos o tres días; en invierno dentro de casa, cada diez o quince.

El plato con agua permanente es lo que mata estas plantas. El sustrato saturado deja sin oxígeno a las raíces finas, entran hongos de suelo como Pythium o Phytophthora, la base del tallo se ablanda y toma un color pardo oscuro, y para cuando las hojas se ponen mustias ya no hay raíz que sostenga nada. El detalle que despista es que una planta encharcada se marchita igual que una seca, porque en ambos casos deja de absorber agua. Antes de regar una planta lacia, hunde el dedo: si el sustrato está húmedo, el problema es el contrario y más agua la remata.

También conviene saber que la hoja aterciopelada retiene gotas y se mancha. Riega al sustrato, no por encima, y olvida los pulverizadores diarios: en un piso español con calefacción agradece más estar lejos del radiador que recibir una nube de agua que se evapora en diez minutos.

Sustrato y trasplante

Le vale un sustrato universal de calidad al que se añade un 25 o 30 % de perlita o de arena gruesa de río, para que drene rápido. El pH ideal ronda el 6 o 6,5, ligeramente ácido, aunque tolera bien valores neutros.

Sobre las turbas hay algo que merece matizarse. La turba negra, muy usada como base de sustratos baratos, se compacta y, sobre todo, cuando se seca del todo se vuelve hidrófoba: el agua resbala por los lados de la maceta, sale limpia por abajo y el cepellón sigue seco por dentro. Si te pasa, sumerge la maceta entera en un barreño diez minutos hasta que deje de burbujear. A la larga es mejor un sustrato con fibra de coco o con turba rubia y perlita, que se rehidratan sin ese problema y, además, evitan seguir tirando de un recurso que se extrae de turberas que tardan siglos en formarse.

El trasplante se hace en primavera, subiendo un solo número de maceta cada vez. Como las raíces son superficiales y la planta cuelga, va mejor en maceta ancha y poco profunda o en colgante que en un tiesto alto y estrecho. Los agujeros de drenaje son innegociables; la capa de bolas de arcilla en el fondo, en cambio, no sustituye a un buen agujero ni a un sustrato aireado.

Abonado

Crece rápido y agota el sustrato de la maceta en pocos meses. De marzo a septiembre, un abono líquido para plantas verdes cada quince días, a la mitad de la dosis que indique el envase, es más que suficiente. En otoño e invierno, nada: la planta está parada y el abono sobrante se acumula en forma de sales que queman las puntas de las raíces.

Pasarse de nitrógeno tiene un efecto visible: hojas grandes y blandas, entrenudos largos y una planta que se tumba y se rompe sola, además de resultar mucho más apetecible para pulgón y mosca blanca. Si vas a equivocarte, hazlo por defecto.

Poda y mantenimiento de la forma

Sin poda, esta planta acaba siendo cuatro tallos larguísimos y pelados con un penacho de hojas en la punta. La solución es sencilla y hay que empezarla pronto: pellizcar las puntas de los tallos jóvenes con los dedos o con tijera, justo por encima de un par de hojas, desde el primer año. Cada pinzado despierta las dos yemas laterales de ese nudo y la planta se ramifica.

La poda de renovación se hace a finales de invierno o al comenzar la primavera, antes del arranque. Se puede rebajar sin miedo a un tercio de su tamaño; rebrota bien desde madera vieja, cosa que otras aromáticas leñosas no perdonan. Aprovecha para quitar tallos secos, los que hayan quedado desnudos y los que se crucen hacia el interior.

Multiplicación por esquejes

Es de las plantas más agradecidas que existen para esquejar, y de hecho es la vía normal de conservarla de un año para otro en zonas frías. De primavera a comienzos de otoño, corta puntas de 8 a 10 centímetros por debajo de un nudo, quita las hojas de la mitad inferior y planta el esqueje en una mezcla de sustrato y perlita mantenida apenas húmeda. En dos o tres semanas ha enraizado.

También arraiga en un vaso de agua, aunque las raíces que forma allí son frágiles y sufren al pasar a tierra; si usas ese método, trasplanta cuando midan uno o dos centímetros, no cuando parezcan una maraña. No hace falta hormona de enraizamiento. Poner tres o cuatro esquejes en la misma maceta desde el principio da una planta tupida mucho antes que uno solo.

Plagas y problemas frecuentes

Cochinilla algodonosa en el envés de una hoja

Cochinilla algodonosa (Planococcus citri). La más habitual, sobre todo en plantas invernadas dentro de casa. Se ve como motas blancas algodonosas en las axilas de las hojas y en el envés, junto al nervio. Chupa savia y deja melaza pegajosa sobre la que después crece negrilla. En focos pequeños se quitan una a una con un bastoncillo mojado en alcohol de farmacia; si está extendida, jabón potásico bien aplicado al envés, repitiendo a los siete y a los catorce días para alcanzar a las ninfas que van naciendo.

Mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum). Nubes de insectos diminutos que salen volando al mover la planta. Prolifera con calor y aire quieto. Trampas cromáticas amarillas para vigilar la población y jabón potásico o aceite de neem sobre el envés, que es donde están las larvas.

Araña roja (Tetranychus urticae). Aparece con aire seco y caliente, típicamente junto a un radiador en invierno o en una terraza cerrada en agosto. Da un punteado fino y decolorado en la hoja y telillas muy sutiles entre los tallos. Sube la humedad ambiental separando la planta de la fuente de calor y trata con acaricida o con azufre mojable si el foco es serio.

Pudrición de cuello y raíz. No es plaga sino consecuencia del riego. Base del tallo blanda y oscura, olor a tierra fermentada, hojas mustias con sustrato mojado. Cuando llega a este punto la planta madre rara vez se salva: corta puntas sanas de la parte alta y empieza de nuevo con esquejes.

Hojas amarillas de abajo. Si son unas pocas, es envejecimiento normal. Si amarillean muchas a la vez y el sustrato está compacto, revisa drenaje y frecuencia de riego antes de pensar en carencias.

Lo que se dice de esta planta y no se sostiene

Se vende con frecuencia como planta antimosquitos, y aquí conviene ser preciso. Los aceites esenciales de las lamiáceas tienen actividad repelente demostrada en laboratorio cuando se aplican concentrados sobre la piel o se difunden en el aire. Una maceta quieta en una terraza no libera esos compuestos: los guarda dentro de glándulas en la hoja y solo salen cuando se rompe el tejido. Tener la planta junto a la puerta no crea ninguna barrera; como mucho, frotarse las manos con una hoja da unos minutos de olor. Para dormir sin picaduras siguen sirviendo mejor la mosquitera y un repelente registrado.

Tampoco es la planta de la que se obtiene el incienso, ya se ha dicho, ni tiene relación con el «incienso» canario, que es un nombre local de Artemisia thuscula, un arbusto endémico de las islas y de aspecto completamente distinto.

Toxicidad y convivencia con mascotas

Las especies de Plectranthus ornamentales se consideran de toxicidad baja, pero no nula. Sus aceites esenciales pueden provocar vómitos, diarrea o salivación en perros y gatos que mordisqueen las hojas, y contacto repetido con la savia irrita la piel en personas sensibles. No es una planta peligrosa ni hay riesgo grave por una hoja mordida, pero si convives con un gato que ataca todo lo que cuelga, mejor colocarla en alto y no a la altura del sofá. Ante cualquier ingestión abundante con síntomas, la consulta es al veterinario, no al foro de jardinería.

En resumen

La planta del incienso es un Plectranthus sudafricano, no un pariente del incienso de resina, y su cultivo se resume en cuatro cosas: mucha luz sin sol abrasador, riego solo cuando la superficie está seca, sustrato drenante con perlita y protección total frente a las heladas. Se poda pinzando puntas desde joven para que no se desnude por dentro y se multiplica con esquejes de punta en dos o tres semanas, lo que permite renovarla cuando envejece y conservarla en climas fríos sin depender de que aguante el invierno fuera. La cochinilla algodonosa es su plaga fija en interior y el exceso de riego, su forma habitual de morir. Y del cartel de «antimosquitos» no esperes nada: es una planta decorativa y aromática al tacto, que ya es bastante.


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