El palmito es la única palmera que crece de forma silvestre en la Península. Todo lo demás que se ve en paseos marítimos, rotondas y jardines llegó plantado: unas hace siglos, con los árabes; otras en el siglo XIX, con el gusto por lo exótico; y muchas en los años ochenta y noventa, cuando el urbanismo turístico decidió que una calle no era mediterránea si no tenía palmeras.

Ese origen importa, y no solo por curiosidad botánica. Las especies que se plantaron a millares en poco tiempo son justamente las que hoy están cayendo por plagas importadas. Repasemos qué hay, cómo se distingue y qué conviene saber antes de plantar una.

Chamaerops humilis, el palmito

Es la palmera nativa del Mediterráneo occidental y la única que crece espontánea en la Península. En España forma parte del matorral costero de Andalucía, Murcia, la Comunidad Valenciana, Cataluña y Baleares, donde rebrota tras los incendios y aguanta suelos pobres, calizos y salinos.

Palmito (Chamaerops humilis) con sus hojas en abanico y varios tallos

Su forma natural es de mata: varios tallos cortos desde la base, hojas en abanico de segmentos rígidos y pecíolos armados con espinas laterales curvas y muy afiladas. En cultivo puede llegar a tres o cuatro metros de alto si se le dejan los años suficientes, aunque en el monte rara vez pasa del metro y medio.

Es la palmera más resistente al frío y a la sequía de las que se plantan en el sur: soporta sin daño temperaturas de -10 °C y veranos enteros sin un riego una vez establecida. Merece más presencia en jardinería de la que tiene, porque el consumo de agua de un palmito adulto es prácticamente nulo frente a los cientos de litros al año de una washingtonia joven.

Una variedad muy vendida es Chamaerops humilis var. cerifera, de origen marroquí, con las hojas cubiertas de cera y un tono azul plateado notable. Es igual de rústica y algo más lenta.

El palmito está protegido en varias comunidades y su recolección en el medio natural no es libre: los ejemplares de jardinería deben proceder de vivero.

Phoenix canariensis, la palmera canaria

Endémica del archipiélago canario, donde es símbolo vegetal oficial, y plantada en toda la costa peninsular hasta el punto de que parece de aquí de siempre. Tronco recto y grueso, de hasta un metro de diámetro, cubierto de las cicatrices romboidales de las hojas caídas; corona densa, de cincuenta o más hojas pinnadas de hasta cinco o seis metros; fruto naranja pequeño, comestible pero casi todo hueso y sin interés gastronómico.

Aguanta hasta -6 u -8 °C ya adulta y tolera bien la salinidad, lo que explica su éxito en primera línea de playa. En La Gomera se aprovecha además su savia para elaborar la miel de palma, mediante un sangrado del cogollo que realizan palmeros autorizados con una técnica muy específica.

Dos problemas la acechan. En Canarias, la hibridación con la datilera introducida, que está diluyendo genéticamente las poblaciones silvestres. Y en todas partes, el picudo rojo, del que hablamos más abajo: Phoenix canariensis es su víctima preferida y la especie donde el ataque es más rápido y más difícil de detectar a tiempo.

Phoenix dactylifera, la datilera

Llegó con la agricultura andalusí y su monumento vivo es el Palmeral de Elche, con más de doscientos mil ejemplares y declaración de Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000. Es un palmeral de cultivo, organizado en huertos con acequias, no un bosque natural.

Se distingue de la canaria sin dificultad cuando se sabe qué mirar: la datilera tiene el tronco más delgado y desigual, la corona mucho menos poblada, las hojas de un verde glauco o azulado y, casi siempre, hijuelos brotando de la base. La canaria es un solo tronco robusto con una copa apretada y verde intenso.

Para que dé dátiles de calidad hacen falta veranos muy secos y calurosos y polinización manual, porque la especie es dioica y las plantaciones tienen pocos machos. En el Bajo Vinalopó los ejemplares masculinos tienen otro uso: se les atan y encapuchan las hojas centrales durante meses para que crezcan sin clorofila, y de ahí sale la palma blanca del Domingo de Ramos.

Trachycarpus fortunei, el palmito elevado

Originaria de las montañas del centro y sur de China, es la palmera resistente al frío por excelencia. Soporta -15 °C, y con ello se planta con éxito donde ninguna otra prospera: Galicia, la cornisa cantábrica, la meseta norte, el prepirineo.

Se reconoce por el tronco fino y recto envuelto en una fibra parda como de esparto, y por las hojas de abanico casi circulares con los segmentos algo colgantes. Crece despacio, entre veinte y treinta centímetros de tronco al año en buenas condiciones.

Lo que se le da mal es lo contrario de lo que se supone: no es el frío, es el calor seco. En el interior de Andalucía o en Aragón, con 40 °C y aire seco, las hojas se queman por los bordes y la planta se estanca. Quiere humedad ambiental y suelo fresco. Y el viento fuerte le deshilacha las hojas, así que en zonas expuestas conviene resguardo.

Es, además, la especie preferida del taladro de la palmera, Paysandisia archon, lo que ha frenado bastante su plantación en el Levante.

Washingtonia filifera y Washingtonia robusta

Las dos vienen del suroeste de Norteamérica y son las responsables del perfil de tantos paseos marítimos. Se confunden constantemente, incluso en las etiquetas de vivero, y la diferencia tiene consecuencias prácticas.

Washingtonia filifera, del desierto de California y Arizona, tiene el tronco grueso y uniforme, de hasta un metro de diámetro, no suele pasar de quince metros y sus hojas jóvenes desprenden abundantes filamentos blancos entre los segmentos. Resiste hasta -10 °C.

Washingtonia robusta, de Baja California Sur, es más esbelta y mucho más alta: llega a veinticinco o treinta metros, con el tronco estrechándose hacia arriba y ensanchado en la base, y con una banda rojiza característica en la cara inferior del pecíolo. Aguanta bastante menos frío, del orden de -6 °C, y crece deprisa, que es exactamente lo que buscaba la jardinería pública de los noventa.

Washingtonia robusta de tronco esbelto y gran altura

Hay un tercer caso, que es el más común de todos: el híbrido entre ambas, conocido informalmente como Washingtonia × filibusta. Las dos especies se cruzan con facilidad y buena parte de la semilla comercial procede de plantaciones mezcladas, así que el ejemplar que compres como filifera puede resultar un intermedio de altura y rusticidad impredecibles. Si el dato de resistencia al frío es crítico —una plantación en zona con heladas—, la única garantía razonable es comprar planta de procedencia controlada y no fiarse del cartelito.

Una advertencia de sentido común sobre estas palmeras: una robusta adulta supera la altura de un edificio de ocho plantas, sus hojas secas pesan y caen, y podarla exige medios de altura. Plantar una a tres metros de una fachada crea un problema caro para dentro de veinte años.

Otras que se ven con frecuencia

Syagrus romanzoffiana, la palmera pindó o coco plumoso, sudamericana, muy extendida en el Levante y Canarias por su crecimiento rápido y su porte elegante; frágil ante el viento y bastante exigente en riego.

Butia odorata (a menudo etiquetada como Butia capitata), de hojas azuladas fuertemente arqueadas hacia el suelo y frutos anaranjados comestibles con los que se hace mermelada. Resiste bien el frío, hasta unos -10 °C, y es de las mejores opciones para un jardín del interior peninsular.

Brahea armata, la palmera azul mexicana, de hoja gris plateada y espectacular inflorescencia colgante; ideal para clima seco y suelo bien drenado.

Jubaea chilensis, la palmera chilena, tronco enorme, crecimiento lentísimo y una longevidad de siglos; rústica y muy adecuada para el norte, aunque cara y difícil de encontrar en tamaño.

Livistona chinensis, Sabal spp. y Archontophoenix cunninghamiana completan el repertorio habitual, esta última limitada a Canarias y al litoral más templado.

Picudo rojo y taladro: lo que hay que saber antes de plantar o podar

El picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) se detectó en España en 1994, en la costa de Granada, con plantas importadas. Es un escarabajo grande, rojizo, cuyas larvas devoran el interior del cogollo. Cuando la sintomatología es visible —hojas centrales cortadas en pico, corona asimétrica que se desploma— el meristemo suele estar ya destruido y la palmera no se salva. Ha matado decenas de miles de Phoenix canariensis en el litoral mediterráneo.

El taladro de la palmera (Paysandisia archon), una mariposa sudamericana también llegada con planta importada, ataca sobre todo a Trachycarpus, Chamaerops y Washingtonia. Sus síntomas son perforaciones en abanico repetidas en las hojas nuevas y serrín en la corona.

Tres cosas de aplicación directa:

Poda solo en los meses fríos. Cada corte libera volátiles que atraen al picudo a distancia de kilómetros. En el litoral mediterráneo la poda debe concentrarse entre noviembre y febrero, cuando el insecto está inactivo, y las heridas conviene tratarlas. Cortar hojas verdes de una canaria en mayo es abrirle la puerta.

Nada de podas de tallado. Rebajar el tronco a cuchillo para dejarlo liso, o el corte "en cuello de cisne" tan pedido por estética, produce heridas enormes en el tejido tierno y multiplica el riesgo de infestación.

Hay obligación legal de comunicar. El picudo rojo lleva desde 2007 sometido a medidas fitosanitarias obligatorias, hoy desarrolladas por cada comunidad autónoma en las zonas afectadas. Detectar un ejemplar con síntomas obliga a notificarlo al servicio de sanidad vegetal correspondiente, que indica el tratamiento o el saneamiento y arranque; el material vegetal se mueve con pasaporte fitosanitario y su destrucción está reglada. Trocear por cuenta propia una palmera infestada y llevarla al contenedor es la mejor manera de sembrar el foco en el barrio de al lado.

La consecuencia de todo esto sobre la elección de especie es clara: en el litoral mediterráneo, plantar hoy una Phoenix canariensis nueva implica asumir un programa de tratamientos preventivos de por vida. Hay alternativas rústicas y sin ese lastre —palmito, Butia, Brahea— que además consumen mucha menos agua.

En resumen

Silvestre, en la Península solo hay palmito (Chamaerops humilis); la palmera canaria (Phoenix canariensis) es endémica de Canarias, y la datilera, el Trachycarpus y las dos washingtonias son introducidas y hoy dominan el paisaje urbano.

Para elegir: Trachycarpus fortunei y Jubaea chilensis para el norte húmedo y frío; palmito, Butia y Brahea para clima seco y poco riego; datilera solo donde el verano sea muy caluroso; Washingtonia robusta únicamente si hay espacio vertical de verdad y no hay heladas serias.

Y por encima de la especie, dos reglas: podar en invierno y avisar al servicio de sanidad vegetal ante cualquier sospecha de picudo rojo. Esperar a que la copa se caiga sola es esperar demasiado.


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