Dos o tres hojas nuevas al año por caña. Ese es el ritmo real de la Rhapis excelsa, y explica de golpe dos cosas: por qué cuesta lo que cuesta en el vivero y por qué es tan difícil de matar. Una planta que crece despacio gasta poco, tolera errores y perdona semanas de olvido.

El nombre correcto se escribe Rhapis excelsa, con hache después de la erre, aunque circule mucho la grafía «Raphis». Viene del griego rhapis, aguja o varilla, por lo delgado de sus tallos.

Ejemplar de Rhapis excelsa con varias cañas y hojas palmadas

De dónde viene y cómo es

Es una palmera del sur de China y el norte de Vietnam, de la subfamilia Coryphoideae, y tiene una particularidad curiosa: no se conocen poblaciones silvestres seguras. Se cultiva en China y Japón desde hace siglos —los japoneses la llaman kannonchiku y seleccionaron decenas de variedades variegadas durante el periodo Edo— y lo que hoy circula procede de ese cultivo antiguo.

Forma una macolla: emite rizomas cortos bajo tierra que producen nuevas cañas, de modo que un ejemplar acaba siendo un grupo denso de tallos verticales. Cada caña mide entre 2 y 3 cm de diámetro y queda envuelta en una fibra marrón oscura tejida, que son los restos de las vainas foliares. La altura final ronda los 2 o 3 metros en maceta, y llegar ahí lleva quince o veinte años.

La hoja es lo que la distingue a distancia: palmada, en abanico, dividida en cinco a diez segmentos anchos con el ápice cortado en horizontal y ligeramente dentado, como si los hubieran recortado con tijera. Nada que ver con la hoja pinnada, tipo pluma, de una areca o una kentia.

Detalle de las hojas palmadas de segmentos truncados de Rhapis excelsa

Es dioica: hay pies macho y pies hembra separados. Como el comercio la multiplica casi siempre por división de clones seleccionados, es raro tener los dos sexos juntos, y por eso una Rhapis doméstica florece de vez en cuando —panículas cortas y amarillentas entre las hojas— pero prácticamente nunca fructifica.

No confundirla con la palmera bambú

En los centros de jardinería la etiqueta suele decir «palmera china», «palmera bambú» o «rapis», y ese segundo nombre lo comparte con dos plantas distintas: Chamaedorea seifrizii y Dypsis lutescens. Si te llevas una creyendo que es la otra, el resultado se nota en el primer verano.

La diferencia se ve sin dudar en la hoja. Rhapis la tiene en abanico, con segmentos anchos que salen de un mismo punto; Chamaedorea y Dypsis la tienen pinnada, con foliolos estrechos a lo largo de un raquis. Y en cuanto a exigencias, la Rhapis aguanta más sombra, más frío y más descuido que las otras dos, pero crece a la mitad de velocidad.

Tampoco es Rhapis humilis, la otra especie del género que se cultiva. Esta tiene entre diez y veinte segmentos por hoja, más estrechos y arqueados, un porte algo mayor y un aspecto más plumoso. Es menos frecuente y algo menos rústica.

Luz y ubicación

Planta de sotobosque, con lo que eso implica: sombra luminosa. En interior, a uno o dos metros de una ventana orientada al norte o al este, o detrás de un visillo en una ventana sur. En exterior, bajo la copa de un árbol, en un patio interior o en el lado norte de la casa.

El sol directo de junio a septiembre en España le decolora las hojas a un verde amarillento y le quema el borde de los segmentos, y ese daño no se recupera: la hoja quemada se queda quemada hasta que caiga por sí sola, lo que puede tardar dos años en una planta tan lenta. Si has tenido la maceta dentro todo el invierno y quieres sacarla al patio en abril, acostúmbrala una semana en sombra plena antes de darle luz indirecta.

En el otro extremo, una habitación sin ventana no le vale por muy resistente que sea. Con luz insuficiente deja de emitir cañas nuevas, alarga los peciolos y las hojas quedan pálidas y separadas.

Evita colocarla en la corriente directa de un aire acondicionado o de un radiador. El aire seco continuado le seca las puntas y le abre la puerta a la araña roja.

Sustrato y maceta

Quiere una tierra suelta, rica en materia orgánica y con drenaje real, de pH ligeramente ácido a neutro. Una mezcla sencilla que funciona: mitad sustrato universal o fibra de coco, un 30 % de perlita o arena silícea gruesa y un 20 % de mantillo o compost bien hecho.

Lo que no tolera es el sustrato compacto y siempre húmedo. La turba rubia sola se apelmaza en un par de años, retiene demasiado y acaba en pudrición radicular por Phytophthora: cañas que amarillean desde la base, tiran hacia atrás y se desprenden con un tirón suave.

Sobre la maceta, dos ideas. Prefiere estar algo justa: en un tiesto demasiado grande, la tierra periférica que las raíces no ocupan se queda encharcada. Y el trasplante se hace cada dos o tres años, en primavera, subiendo un solo número, sin deshacer el cepellón. Las raíces de palmera no se ramifican para reparar un corte como haría un arbusto, así que cualquier manipulación es pérdida neta.

Riego

La regla útil es el tacto, no el calendario: riega cuando los tres primeros centímetros de sustrato estén secos. En la práctica, en un piso español eso son unos siete días en pleno verano y de doce a veinte en invierno, dependiendo de la calefacción y del tamaño de la maceta.

Empapa hasta que salga agua por los agujeros, y vacía el plato a los quince minutos. Una maceta sentada en agua permanente asfixia las raíces en pocas semanas y acaba con un ejemplar que parecía indestructible: la planta aguanta la sequía sin inmutarse, pero no aguanta raíces sin oxígeno.

Un detalle específico de esta especie: es sensible a la acumulación de sales del agua dura y del abono. Se manifiesta como puntas y bordes marrones, secos y de contorno neto. Si vives en zona de agua muy calcárea —buena parte del Levante, Madrid, Aragón—, usa agua de lluvia o agua embotellada barata, y cada dos o tres meses lava el sustrato haciendo pasar por la maceta un volumen de agua equivalente al doble de su capacidad.

Abonado

De marzo a septiembre, cada quince días, con un abono líquido específico para palmeras a la dosis que indique el envase, o mejor a la mitad. Otra opción cómoda es un granulado de liberación lenta en abril y otro en julio.

Los abonos de palmera no son un invento de marketing: llevan una relación alta de potasio y magnesio más micronutrientes quelatados, que es exactamente lo que estas plantas agotan. Las carencias tienen síntomas reconocibles. El magnesio deja bandas amarillas anchas en los bordes de las hojas viejas con el centro aún verde. El potasio produce un punteado anaranjado translúcido y necrosis en las puntas, también en las hojas de abajo. El manganeso afecta a las hojas nuevas, que salen pequeñas, rizadas y con aspecto quemado, y es típico en sustratos con pH alto.

De octubre a febrero, no abones. La planta está parada y el fertilizante que no consume se queda en el sustrato como sal, que es justo lo que peor lleva.

Multiplicación por división

Es la vía práctica y la que emplea el vivero. Se hace en primavera, coincidiendo con el trasplante y con la planta en plena actividad.

Saca el cepellón entero y localiza un grupo de cañas que tenga raíces propias bien formadas unidas al rizoma. Separa ese bloque con un cuchillo limpio y afilado, de un corte, y planta cada porción en un tiesto ajustado con el mismo sustrato. Riega y déjala en sombra, sin abonar, durante seis u ocho semanas mientras rehace raíz.

Dos condiciones que deciden el éxito. Una: cada división debe llevar al menos tres o cuatro cañas. Un tallo suelto con dos raíces tiene muy pocas posibilidades. Dos: nunca dividas una planta debilitada, recién comprada o en pleno invierno; el rebrote es tan lento que puede tardar un año en verse una hoja nueva.

La semilla es posible pero poco realista en casa: hacen falta pies macho y hembra, y la germinación pide 25-28 °C constantes durante dos o tres meses. Con el ritmo de crecimiento de la especie, una planta presentable desde semilla son siete u ocho años.

Plagas y problemas

Las cochinillas son el problema número uno en interior. Tanto la algodonosa (Planococcus citri), que aparece como motas blancas de aspecto de algodón en las axilas y en el envés, como la lapa marrón (Coccus hesperidum), que se pega al nervio como una escamita ovalada. Con pocos focos, un bastoncillo con alcohol isopropílico. Con la planta invadida, jabón potásico o aceite de parafina aplicado a fondo, insistiendo en el envés y en la unión de las cañas, y repetido tres veces cada diez días.

La araña roja (Tetranychus urticae) aparece con aire seco de calefacción: punteado fino decolorado en el haz y telarañas muy tenues entre segmentos. Ducha la planta entera con agua templada, sube la humedad ambiental agrupando macetas o poniendo una bandeja con grava húmeda, y trata con jabón potásico o neem semanalmente durante tres semanas.

Entre las enfermedades, además de la pudrición radicular ya citada, aparecen manchas foliares pardas con halo amarillo cuando el follaje pasa muchas horas mojado, sobre todo en ejemplares de exterior en otoño. Riega al pie y no por encima, aclara si la macolla está muy densa y retira las hojas afectadas.

Sobre la poda: quita solo lo que está completamente seco. Una caña muerta se corta a ras del suelo. Una hoja amarilleando todavía está devolviendo potasio y magnesio a la planta, y arrancarla en verde agrava la carencia. Las puntas secas se recortan siguiendo el perfil pero dejando un milímetro de tejido seco, porque si cortas hasta el verde la sección vuelve a secarse. Y la fibra marrón del tallo no se arranca: tira de ella y dañas el tejido vivo de debajo.

Resistencia al frío

Aquí está su mejor argumento frente a las demás palmeras de interior. Un ejemplar establecido soporta -4 °C sin daño apreciable, y por debajo de -6 °C empieza a quemarse el follaje aunque el rizoma puede rebrotar. Eso la sitúa en zona 8b-9.

Traducido al mapa español: puede vivir todo el año al aire libre, a media sombra, en toda la franja mediterránea, el valle del Guadalquivir, el litoral atlántico gallego y cántabro, Baleares y Canarias. En Madrid, Castilla o el valle del Ebro funciona en maceta que se pueda arrimar a una pared resguardada, o en un patio interior. En zonas de heladas fuertes y prolongadas, pasa el invierno dentro.

El frío no es lo que la mata en el interior peninsular: es la combinación de frío con suelo encharcado. Una Rhapis en tierra seca aguanta una helada que la mataría con las raíces empapadas.

El asunto del aire purificado

Aparece siempre asociada al estudio de la NASA de 1989 sobre plantas y compuestos orgánicos volátiles, en el que salió bien parada. Conviene poner el dato en su sitio: aquel ensayo se hizo en cámaras selladas de menos de un metro cúbico, no en viviendas ventiladas. Los cálculos posteriores indican que harían falta decenas o cientos de plantas por habitación para igualar el efecto de abrir una ventana.

Ponla porque es bonita, longeva y aguanta la penumbra. Como purificador de aire, la ventilación gana por mucho.

Un apunte útil para quien tenga animales: la Rhapis excelsa no es tóxica para perros ni gatos. Eso la separa de la Cycas revoluta, que se vende como «palmera de Sagú», no es una palmera y sí es gravemente tóxica.

En resumen

Sombra luminosa, sustrato drenante ligeramente ácido, maceta más bien justa, riego por tacto con el plato siempre vacío, agua blanda si la del grifo es dura, abono de palmeras quincenal de marzo a septiembre y nada en invierno.

Multiplícala dividiendo la macolla en primavera, en porciones de tres o cuatro cañas con raíz propia. Vigila cochinillas y araña roja. Y ten paciencia con el crecimiento: la lentitud que la hace cara es la misma que la hace durar treinta años en la misma esquina del salón.


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