Las hojas de Phoenix reclinata tienen los folíolos de la base transformados en espinas rígidas de hasta diez centímetros, duras como clavos y colocadas justo a la altura de la cara de un adulto en un ejemplar joven. Los pinchazos de Phoenix no son un rasguño: la punta inocula fragmentos de tejido vegetal bajo la piel y las heridas se inflaman, se infectan con facilidad y a veces requieren extracción quirúrgica del fragmento. Es el primer dato que hay que tener sobre esta palmera, antes que ninguna consideración ornamental, porque condiciona dónde se puede plantar.
Dicho esto, pocas palmeras multicaules dan en un jardín litoral el efecto que da esta, y cultivarla tiene poco misterio si se le conceden espacio, agua y un invierno suave.
De dónde viene y qué forma tiene
Phoenix reclinata Jacq. es la datilera africana o palmera datilera del Senegal. Su área natural cubre buena parte del África subsahariana, desde Senegal hasta Somalia y hacia el sur hasta la provincia sudafricana de KwaZulu-Natal, con poblaciones además en Madagascar y las Comoras. En todo ese territorio ocupa un tipo de hábitat muy concreto: orillas de ríos, bosques de galería, márgenes de humedales y depresiones húmedas de la sabana. Ese detalle explica su comportamiento en el jardín mejor que cualquier ficha de cuidados: es una palmera ribereña, no una palmera de desierto.
Forma matas cespitosas. De la base brotan hijuelos que se convierten en troncos independientes, delgados —de 15 a 25 cm de diámetro—, que se separan y se arquean hacia fuera, cada uno con su propia corona. De ahí el epíteto reclinata. Una mata madura puede tener entre cinco y quince troncos de hasta 10-12 metros y ocupar seis o siete metros de diámetro. Los troncos conservan las bases foliares viejas, que les dan un aspecto rugoso y escalonado.
Las hojas son pinnadas, de 2,5 a 4,5 metros, arqueadas, de un verde claro y brillante muy característico del género. Los folíolos se insertan en varios planos, lo que da a la corona un aspecto plumoso y desordenado, no plano.
Flores, frutos e híbridos
Es una especie dioica: hay pies macho y pies hembra, y solo los segundos fructifican. Las inflorescencias, protegidas al principio por una espata coriácea, aparecen entre las hojas en primavera y son de un amarillo crema. Los frutos son dátiles pequeños, de 1,5 a 2,5 cm, anaranjados a pardo rojizos al madurar, con pulpa fina y comestible pero escasa; en África se consumen y se emplean para preparar bebidas fermentadas, aunque como fruta de mesa no compiten con Phoenix dactylifera.
Aquí aparece el problema que más disgustos causa a quien compra o siembra esta palmera. Las especies del género Phoenix hibridan entre sí con enorme facilidad, y en España conviven en parques y jardines P. canariensis, P. dactylifera y P. reclinata a distancias en las que el polen viaja sin dificultad. La semilla recogida de un ejemplar de jardín es, muy a menudo, híbrida.
¿Qué se lleva entonces el comprador? Una planta intermedia: con menos hijuelos de los esperados o directamente con un solo tronco, más robusta de lo debido, con hojas más rígidas y de un verde más oscuro, y a veces con mayor rusticidad. Si lo que busca es la silueta multicaule arqueada, exija material de procedencia controlada o, mejor, reproduzca por hijuelos a partir de un ejemplar cuya forma haya visto con sus propios ojos.
Ubicación y espacio
Sol directo desde joven. Tolera algo de sombra en los primeros años —en su hábitat nace bajo dosel arbóreo— pero a pleno sol desarrolla coronas más densas y troncos más rectos.
El requisito serio es el espacio. Plantar una Phoenix reclinata a metro y medio de un camino, de una piscina o de una medianera acaba mal: en diez años la mata invade el paso con hojas espinosas y el único remedio es una poda continua que la desfigura. Cuente con cinco metros libres alrededor como mínimo y aléjela de zonas de tránsito, escaleras y áreas de juego.
Como planta de interior no funciona a medio plazo. Se vende en maceta y de joven aguanta unos años en un patio luminoso o una terraza cubierta, pero necesita mucha luz, crece hasta un tamaño imposible y las espinas la hacen incómoda en espacios cerrados.
Suelo, riego y abonado
Suelo. Poco exigente. Se adapta a arenosos, francos y calizos, tolera cierta salinidad —resiste bien la brisa marina del litoral— y acepta pH neutros y ligeramente básicos. Lo que necesita es que el agua circule: soporta el suelo húmedo, no el fango permanente combinado con temperaturas bajas. En terrenos arcillosos, plante sobre una ligera elevación.
Riego. Aquí es donde se separa de sus parientes desérticos. Su origen ribereño la hace notablemente más ávida de agua que P. dactylifera. En verano mediterráneo, un ejemplar joven agradece riegos profundos dos o tres veces por semana; uno establecido puede espaciarse a uno semanal generoso, mejor que riegos cortos y diarios, que solo mojan los primeros centímetros y desarrollan raíces superficiales. En invierno, con lluvias, basta con no dejar que el cepellón se seque del todo. Resiste periodos de sequía una vez arraigada, pero lo hace a costa de un aspecto pobre: hojas más cortas, puntas secas y crecimiento detenido.
Abonado. Las Phoenix son grandes consumidoras de potasio y magnesio, y sus carencias son fáciles de reconocer. La falta de potasio se manifiesta como moteado necrótico anaranjado en las hojas más viejas, con las puntas quemadas y rizadas, avanzando desde abajo hacia arriba. La falta de magnesio da una banda amarilla ancha en los bordes de las hojas viejas, con la nervadura central todavía verde.
Utilice un abono específico para palmeras de liberación controlada, con una relación del tipo 8-2-12 y magnesio añadido, repartido de marzo a septiembre. Y una advertencia poco intuitiva: ante síntomas de carencia de potasio, no corte las hojas amarillas. La palmera está retirando potasio de ellas para alimentar las hojas nuevas; si se las quita, lo saca de las siguientes y el cuadro empeora. Corrija la nutrición y espere a que se sequen por completo.
Multiplicación
Por semilla. Use dátiles bien maduros, límpielos de pulpa —contiene inhibidores de la germinación— y siembre en primavera en un sustrato ligero de turba y perlita a partes iguales, a 28-30 °C constantes y con humedad estable. La germinación es remota, es decir, la plántula emerge a cierta distancia de la semilla, así que conviene sembrar en recipientes profundos. Tarda de uno a tres meses y es irregular: no descarte una bandeja porque a las seis semanas no haya nacido nada.
Por hijuelos. Es la vía que aprovecha su naturaleza cespitosa y la única que garantiza una copia exacta. Separe en primavera o principios de verano, con el suelo ya caliente, un rebrote que tenga raíces propias —desentierre con cuidado para comprobarlo antes de cortar—, use una herramienta bien afilada y desinfectada, reduzca las hojas a la mitad para bajar la transpiración y plántelo en maceta, a media sombra y con humedad alta, hasta que emita hoja nueva. Un hijuelo sin raíces prácticamente nunca prende.
Poda: menos es más
Retire solo las hojas completamente secas, y hágalo con guantes de cuero, manga larga y gafas de protección. La costumbre de rebajar la corona dejando las hojas apuntando hacia arriba, en forma de plumero, se paga: la palmera pierde reservas de potasio, queda con menos superficie fotosintética y expone el ápice al sol y al viento. Una Phoenix sana debe tener una corona amplia y redondeada.
Si desea un ejemplar de tronco único, elimine los hijuelos cuando aún son pequeños y repita la operación cada año; a cambio renuncia justo a lo que hace singular a esta especie. También puede aclarar la mata dejando tres o cinco troncos bien repartidos, lo que suele dar el mejor resultado ornamental.
Dos precauciones al podar. La primera: desinfecte las herramientas entre ejemplar y ejemplar, con alcohol de 70° o lejía diluida. La fusariosis vascular de las palmeras (Fusarium oxysporum f. sp. canariensis) se transmite sobre todo por motosierras y tijeras contaminadas, no tiene tratamiento curativo y mata al ejemplar. La segunda tiene que ver con el picudo, y merece apartado propio.
Plagas y enfermedades
Picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus). El género Phoenix es su hospedador preferido y P. reclinata es plenamente susceptible. Las larvas devoran los tejidos tiernos del ápice desde dentro; cuando los síntomas se ven en el exterior —hojas centrales asimétricas o roídas en abanico, cogollo caído, serrín húmedo y olor a fermentado en las axilas foliares— el daño suele estar muy avanzado.
Es una plaga regulada de declaración obligatoria. Si sospecha su presencia debe comunicarlo al servicio de sanidad vegetal de su comunidad autónoma; el traslado de palmeras del género exige pasaporte fitosanitario y varias comunidades restringen las fechas en que se puede podar. La razón de esa restricción es directa: los cortes frescos emiten volátiles que atraen a las hembras adultas, de modo que podar en plena época de vuelo equivale a poner un cartel. Pode, cuando pueda elegir, en los meses fríos, y selle las heridas grandes según indique la normativa local.
En una mata multicaule hay un matiz favorable: cada tronco tiene su propio meristemo apical, así que la pérdida de uno no implica necesariamente la muerte del conjunto, cosa que sí ocurre en una P. canariensis de tronco único.
Barrenador de las palmeras (Paysandisia archon). Lepidóptero de origen sudamericano, muy extendido en el Mediterráneo español. Deja perforaciones redondeadas alineadas en las hojas al abrirse, y serrín en la base de los peciolos.
Cochinillas. Diaspídidos como Parlatoria blanchardi forman costras grisáceas en el envés y en los raquis. En ejemplares accesibles se controlan bien con aceite de parafina aplicado a finales de invierno.
Araña roja. Solo un problema en cultivo protegido o en macetas de interior con aire seco: punteado amarillento y telarañas finas en el envés. Aumentar la humedad ambiental suele bastar.
Podredumbres del tronco y del cogollo. Thielaviopsis paradoxa penetra por heridas de poda y provoca colapsos súbitos del estípite. Se previene igual que la fusariosis: evitando heridas innecesarias y desinfectando el material de corte.
Dónde se puede plantar en España
Conviene ajustar expectativas, porque en el comercio se le atribuye a menudo una rusticidad que no tiene. Phoenix reclinata empieza a mostrar daño foliar entre −2 y −3 °C y su límite práctico está en torno a −4 o −5 °C en episodios breves y con la planta adulta, seca y bien establecida. Es sensiblemente menos resistente que P. canariensis, que aguanta entre −8 y −10 °C.
Eso la sitúa en el litoral mediterráneo desde Cataluña hacia el sur, en el valle del Guadalquivir, en el litoral atlántico andaluz, en el sureste peninsular y en Canarias. En la Meseta, en el valle del Ebro o en cualquier zona con heladas anuales de varios grados, se pierde antes o después: puede pasar tres inviernos suaves y desaparecer al cuarto.
Un matiz que juega a su favor: si una helada quema la parte aérea pero no llega a matar la base, la mata rebrota con frecuencia desde los hijuelos subterráneos. La recuperación es lenta —dos o tres años para recuperar porte— pero el ejemplar no siempre se pierde. Antes de arrancar una reclinata quemada en enero, dele una temporada de crecimiento completa.
En resumen
Phoenix reclinata es una palmera de gran porte, multicaule y de crecimiento moderado a rápido, adecuada para jardines amplios del litoral mediterráneo, Andalucía y Canarias, donde el invierno no baja de −4 °C. Necesita sol, espacio real —cinco metros libres alrededor— y bastante más agua que las datileras de secano, porque procede de riberas y bosques de galería.
Sus tres puntos críticos son las espinas basales de las hojas, que obligan a plantarla lejos del tránsito y a podarla con protección; el picudo rojo, plaga de declaración obligatoria que ataca con preferencia a este género y que hace de la fecha y la técnica de poda una decisión sanitaria; y el origen de la planta, ya que la hibridación con P. canariensis y P. dactylifera es tan frecuente que la semilla de jardín rara vez reproduce la silueta multicaule que se busca. Multiplicar por hijuelos enraizados resuelve ese último problema de raíz.