En enero de 2021, el temporal Filomena dejó −13 °C en Madrid y por debajo de −20 °C en buena parte del Sistema Ibérico. En los jardines de la capital sobrevivieron dos tipos de palmera: las que aguantan de verdad ese frío y las que estaban plantadas junto a una fachada orientada al sur. Esa distinción resume casi todo lo que hace falta saber sobre este asunto: la resistencia al frío de una palmera no es un número de catálogo, es la suma de la especie, el emplazamiento, la edad del ejemplar y, sobre todo, de si el suelo estaba seco o encharcado cuando llegó la helada.

Este artículo repasa las especies que aguantan inviernos peninsulares reales, con las cifras que se pueden defender y las advertencias que suelen faltar en las etiquetas.

Qué significa realmente "resiste hasta −X °C"

La cifra que figura en la etiqueta del vivero se refiere casi siempre a una helada radiativa breve, de unas horas de madrugada, sobre un ejemplar adulto, aclimatado, plantado en suelo drenado y con la corona seca. Cambie cualquiera de esas condiciones y el margen se estrecha varios grados.

Hay cuatro factores que modifican el resultado más que la propia especie:

La duración. Una noche a −8 °C que remonta a +6 °C al mediodía es un problema menor. Una semana sin pasar de 0 °C a mediodía, con el suelo helado, mata palmeras que en teoría aguantan bastante más frío. La raíz de una palmera deja de funcionar por debajo de unos 15 °C de temperatura de suelo: con el suelo congelado, la planta sigue perdiendo agua por las hojas y no puede reponerla. Muchos ejemplares que aparecen quemados en febrero no murieron de frío, murieron deshidratados.

La humedad. El frío seco y el frío húmedo no son la misma agresión. Nannorrhops ritchieana resiste −12 °C en el interior de Irán y se pudre a −4 °C en un invierno lluvioso de la costa cantábrica. El agua estancada en el cogollo se congela, revienta los tejidos tiernos del meristemo y abre la puerta a hongos. Por eso el drenaje del hoyo de plantación importa tanto como la elección de especie.

La edad y el tamaño. Una palmera con tronco formado y una corona alta tiene el punto de crecimiento separado del suelo y protegido por decenas de bases foliares. La misma especie recién plantada, con la yema a diez centímetros del terreno, es mucho más frágil. Como regla práctica, hay que restar tres o cuatro grados de tolerancia a un ejemplar plantado hace menos de dos años.

La maceta. En el suelo, la tierra actúa de reserva térmica y rara vez baja de −2 o −3 °C a veinte centímetros de profundidad, aunque el aire marque −10 °C. En una maceta, el cepellón se congela entero. Una palmera en contenedor es, para todos los efectos, entre cinco y ocho grados menos rústica que la misma planta en tierra.

Las que aguantan de verdad heladas fuertes

Este primer grupo funciona en el interior peninsular, incluidas zonas frías de la Meseta norte, Aragón o la sierra madrileña.

Rhapidophyllum hystrix

Es la palmera más resistente al frío que existe. Originaria de los bosques húmedos del sureste de Estados Unidos, soporta −20 °C y hay registros de ejemplares que han rebrotado tras episodios aún más severos. Forma matas cespitosas sin tronco aparente, de metro y medio a dos metros, con hojas palmeadas verde oscuro y brillante por el haz y plateadas por el envés.

Su nombre alude a las espinas rígidas de hasta 20 cm que emergen de las bases foliares, afiladas como agujas de tejer. Son un motivo serio para no plantarla junto a un paso estrecho ni donde jueguen niños, y para manipularla siempre con guantes gruesos.

Tolera la sombra parcial mejor que casi cualquier otra palmera rústica y agradece suelos frescos y ricos en materia orgánica, al contrario que las palmeras de origen desértico. Su gran defecto es la lentitud: crece unos pocos centímetros al año y un ejemplar de aspecto respetable puede costar lo que un árbol adulto.

Ejemplar de Rhapidophyllum hystrix con sus hojas palmeadas

Sabal minor

La palmera enana americana resiste en torno a −18 °C y es de las pocas que tolera suelos pesados y temporalmente encharcados, porque en su hábitat crece en llanuras de inundación. El tronco es subterráneo, así que se ve como un penacho de hojas palmeadas azuladas y muy rígidas, de metro a metro y medio, que salen directamente del suelo.

Pide algo que el interior peninsular sí le da y la cornisa cantábrica no: calor de verano. Sin veranos cálidos apenas crece. Es una excelente candidata para Castilla, Aragón o Extremadura, y una mala elección para Galicia o Asturias, donde vegetará sin llegar a lucir.

Trachycarpus fortunei

La palmera de Chusan es la rústica de referencia en España y la que mejor combina resistencia, porte y velocidad. Aguanta −15 °C bien establecida y forma un tronco esbelto de 20-25 cm cubierto de fibra parda, con corona de hojas palmeadas de un metro de ancho. Crece entre 20 y 40 cm de tronco al año en buenas condiciones, lo que para una palmera rústica es una barbaridad.

Su punto débil no es el frío, es el viento seco y caliente. Procede de bosques de montaña del sur de China, con veranos húmedos, y en el interior seco con solanas de 40 °C las hojas se deshilachan y las puntas se secan. Prospera de forma espectacular en el norte húmedo, en el noroeste y en jardines de interior con riego regular y algo de protección de las horas centrales.

Conviene saber que Trachycarpus wagnerianus, con hojas más pequeñas, rígidas y mucho más resistentes al viento, se considera hoy una forma de T. fortunei, y que buena parte de las plantas etiquetadas así en vivero son híbridos intermedios.

Trachycarpus fortunei con su tronco fibroso característico

La etiqueta "Trachycarpus Bulgaria"

No busque esa especie en ninguna flora, porque no existe. Se trata de una procedencia: semilla recogida de ejemplares que llevan décadas creciendo en jardines búlgaros y que han sobrevivido a inviernos continentales duros. La idea que hay detrás —seleccionar la descendencia de los supervivientes— es sensata, y esas plantas suelen mostrar algo más de tolerancia y hojas más compactas.

Lo que no debe esperar el comprador es un salto de categoría. Sigue siendo Trachycarpus fortunei, con un par de grados de margen adicional en el mejor de los casos, y ese margen solo se manifiesta en ejemplares ya establecidos. Pagar el triple por esa etiqueta rara vez sale a cuenta.

Jubaea chilensis y Trithrinax campestris

Dos rústicas que el aficionado suele pasar por alto. La palmera chilena del vino, Jubaea chilensis, resiste unos −12 °C y desarrolla un tronco monumental de hasta un metro de diámetro, pero necesita décadas y mucho espacio. Trithrinax campestris, del Chaco argentino, aguanta cifras parecidas siempre que el invierno sea seco, y su tronco cubierto de fibras espinosas la hace inconfundible.

Las de rusticidad media

Chamaerops humilis

El palmito merece figurar en cualquier lista de este tipo, aunque no aparezca en las habituales. Es la única palmera silvestre de la España peninsular, resiste entre −10 y −12 °C, tolera la sequía estival sin riego una vez arraigada, acepta suelos calizos y pobres, y aguanta la salinidad del litoral. La variedad cerifera del Atlas marroquí, de hojas azul acero, es algo más rústica todavía.

Si el objetivo es una palmera que sobreviva sin cuidados en un jardín mediterráneo o del interior templado, esta es la respuesta razonable antes que ninguna importación exótica.

Butia odorata

La palmera de la jalea aguanta entre −10 y −12 °C , con la particularidad de tener hoja pinnada, plumosa, cuando casi toda la rusticidad seria del grupo está en palmeras de hoja palmeada. Sus hojas arqueadas, glaucas, recurvadas casi en círculo, dan un porte muy reconocible, y produce racimos de frutos anaranjados comestibles, ácidos y aromáticos, con los que se preparan mermeladas.

La etiqueta que verá en el vivero, casi con seguridad, dirá Butia capitata. Esa combinación taxonómica corresponde a una especie brasileña distinta, más pequeña y menos rústica, prácticamente ausente del comercio europeo; el material que se cultiva en España procede de Uruguay y el sur de Brasil y se llama Butia odorata. El comprador no pierde nada con la confusión, porque se lleva la más resistente de las dos, pero conviene saberlo si busca información fiable o va a comprar semilla.

Brahea armata

La palmera azul de Baja California resiste unos −10 °C y tiene las hojas más espectaculares del grupo, de un azul plateado casi metálico. Exige drenaje extremo y detesta la combinación de frío y humedad: en un suelo arcilloso del norte peninsular se pudre en pocos inviernos. Crece muy despacio.

Nannorrhops ritchieana

La palmera mazari, de Afganistán, Pakistán e Irán, tolera hasta −12 °C en su clima de origen, extremadamente seco. Trasladada a España, la cifra útil es mucho menor salvo en el sureste árido. Forma matas ramificadas de hojas rígidas azul-grisáceas y presenta una peculiaridad botánica: cada tallo florece una sola vez y muere después, mientras la mata continúa por los rebrotes laterales. Es lenta, difícil de encontrar y solo recomendable para jardines de secano con suelo muy filtrante.

Trachycarpus latisectus

Descrita en 1997 a partir de ejemplares cultivados en Darjeeling, con hojas de segmentos anchos y verde brillante, es la más ornamental del género y también la más delicada de las citadas: por debajo de −8 °C empieza a sufrir daños serios. Procede de valles subtropicales húmedos y necesita riego constante. Es una planta de coleccionista para la costa atlántica o el litoral mediterráneo, no una alternativa a T. fortunei en el interior.

Parajubaea torallyi

Los valles interandinos de Bolivia donde crece esta palmera están entre los 2.400 y los 3.400 metros de altitud, con noches frías y días secos y luminosos todo el año. Ese es exactamente su requisito: aguanta unos −8 °C, pero se comporta mal con el calor húmedo y con los veranos tórridos del interior español. Donde mejor se la ha visto en Europa es en zonas costeras frescas del noroeste. Es una planta de aficionado avanzado, no una recomendación general.

Las Phoenix: rusticidad correcta, problema sanitario grave

Phoenix canariensis resiste entre −8 y −10 °C y Phoenix dactylifera algo parecido, en torno a −9 °C, aunque la datilera necesita veranos muy calurosos y secos para fructificar y en el norte peninsular no llega a madurar dátiles. Ambas son palmeras de gran porte, para espacios amplios, y ambas se plantan masivamente en España.

Antes de plantar cualquiera de las dos hay que considerar al picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), que tiene predilección por el género Phoenix y en particular por P. canariensis. Un ejemplar atacado suele detectarse cuando el daño interno ya es irreversible: el cogollo se desmorona de golpe tras meses de larvas alimentándose dentro del ápice.

Es una plaga regulada. En España existe obligación legal de comunicar la sospecha de presencia a la autoridad de sanidad vegetal de la comunidad autónoma correspondiente, el traslado de palmeras requiere pasaporte fitosanitario y varias comunidades restringen las épocas de poda, porque los cortes frescos liberan volátiles que atraen a los adultos. Consulte la normativa de su comunidad antes de podar y no destruya por su cuenta un ejemplar afectado.

Hay un segundo taladro, Paysandisia archon, un lepidóptero que sí ataca además a Trachycarpus, Chamaerops, Butia y Washingtonia. Aun así, el riesgo sanitario global de plantar una Trachycarpus o un palmito es muy inferior al de plantar una Phoenix.

Cómo conseguir que sobrevivan al invierno

Plante en primavera, nunca en octubre. La raíz de una palmera solo se desarrolla con el suelo caliente. Plantar en abril o mayo da seis meses de enraizamiento antes de la primera helada; plantar en otoño deja la planta con el cepellón sin colonizar frente al invierno. Buena parte de las bajas de "palmeras que no aguantaron el frío" son en realidad plantaciones tardías.

Corte el nitrógeno a finales de agosto. Abonar con nitrógeno en septiembre provoca un brote tierno de otoño que no tiene tiempo de endurecer, y ese tejido se congela a temperaturas que la planta madura toleraría. A partir de agosto, potasio y magnesio; el nitrógeno, de marzo a agosto.

Cuide el drenaje más que el abrigo. En terreno arcilloso, plante sobre un caballón elevado de 20-30 cm y evite el clásico hoyo de plantación relleno de sustrato esponjoso en medio de arcilla, que actúa como una bañera. Un cepellón encharcado en enero es una sentencia.

Proteja el cogollo, no las hojas. Ante un episodio de heladas anunciado, ate las hojas hacia arriba en haz para que cubran el ápice, envuelva el conjunto con velo de invernada o arpillera y deje que respire. Nunca use plástico en contacto con la planta: condensa humedad y produce podredumbres peores que la propia helada. Un acolchado de 10 cm de corteza o paja sobre la zona radicular es una medida barata y eficaz.

No corte las hojas dañadas en enero. Aunque estén marrones, siguen aislando el cogollo del siguiente frío. Espere a abril, cuando ya no haya riesgo de helada, y pode solo lo completamente seco.

Una lanza que se sale no es una palmera muerta. Si al tirar suavemente la hoja central se desprende, hay podredumbre en el ápice, pero el meristemo puede seguir vivo bajo ella. Retire el tejido blando, aplique un fungicida cúprico autorizado en el cogollo, procure que escurra el agua de lluvia inclinando el conjunto y espere una temporada de crecimiento completa antes de arrancarla. Palmeras dadas por perdidas en febrero han emitido una hoja nueva en julio.

Aproveche el microclima. Una fachada orientada al sur, un patio cerrado o el simple hecho de estar en zona urbana pueden valer tres o cuatro grados. Los mínimos absolutos se dan en hondonadas donde se acumula el aire frío; las zonas ligeramente elevadas y en pendiente hielan menos.

En resumen

Para inviernos peninsulares fríos y con heladas repetidas, la terna segura es Rhapidophyllum hystrix, Sabal minor y Trachycarpus fortunei, con Sabal reservada a zonas de verano caluroso y Trachycarpus a las de verano no demasiado seco. Para climas mediterráneos con heladas ocasionales, el palmito y Butia odorata resuelven casi cualquier jardín, con mucho menos riesgo sanitario que las Phoenix.

Las cifras de rusticidad de las etiquetas describen un escenario ideal: ejemplar adulto, helada breve y suelo seco. Sobre esa cifra, reste grados por juventud, por maceta, por encharcamiento y por frío prolongado. Y recuerde que el drenaje, la fecha de plantación y el corte del abonado nitrogenado a finales de verano deciden más supervivencias que la elección de especie.


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