Un mediodía despejado de julio deja sobre una terraza de Madrid alrededor de 100.000 lux. A un metro del cristal de una ventana orientada al sur, dentro de esa misma casa, quedan entre 5.000 y 10.000. A tres metros hacia el interior del salón, apenas unos cientos. Esa caída, que el ojo humano no percibe porque el iris compensa, es la razón de que una habitación que a nosotros nos parece luminosísima siga siendo penumbra para una palmera. Y también explica por qué la solución no consiste solo en elegir bien la especie, sino en colocarla en el sitio exacto.

Qué es de verdad una habitación con mucha luz

Una habitación luminosa, en términos útiles para las plantas, es aquella donde desde el punto donde va a estar la maceta se ve un buen trozo de cielo abierto. Ese es el criterio práctico: agáchate a la altura de la corona de la palmera, mira por la ventana y calcula cuánto firmamento hay a la vista. Si lo que ves es la fachada de enfrente, la luz es mucho menor de lo que parece.

Influyen tres cosas más. La orientación: sur y oeste dan intensidad alta con sol directo en parte del día; este da luz fuerte y suave por la mañana, que es la mejor combinación para casi todas las palmeras de interior; norte da luz constante pero débil. La distancia al cristal, que es el factor más brutal, porque la iluminación cae con el cuadrado de la distancia. Y el vidrio, que en las ventanas modernas con control solar filtra una fracción notable de la radiación.

El sol directo detrás del cristal quema

Puestos a corregir una idea muy asentada: «mucha luz» no significa «al sol». Las palmeras que se venden como plantas de interior son, casi sin excepción, especies de sotobosque tropical adaptadas a luz brillante pero tamizada por el dosel de otros árboles. Detrás de un cristal, sin viento que refresque la hoja y con el vidrio actuando como acumulador de calor, la temperatura del limbo sube deprisa y aparecen manchas blanquecinas o marrones y secas, sobre todo en los foliolos que tocan el vidrio.

Dos medidas resuelven casi todo el problema: un visillo fino en las ventanas al sur y al oeste durante los meses de mayo a septiembre, y separar la maceta al menos medio metro del cristal. En las ventanas al este el sol de la mañana no suele dar problemas.

Y todo lo anterior tiene un corolario: cualquier planta que llega del vivero necesita aclimatación gradual. Los invernaderos de producción trabajan con sombreo, así que una palmera comprada en marzo y plantada de golpe frente al ventanal se quema en una semana. Se coloca primero a dos o tres metros de la ventana y se acerca medio metro cada semana hasta su sitio definitivo.

Dypsis lutescens, la que más agradece la luz

Mata de Dypsis lutescens con sus característicos tallos amarillentos

Originaria de Madagascar, donde está amenazada en su medio natural, Dypsis lutescens es la palmera etiquetada como «areca» en cualquier centro de jardinería, aunque no pertenezca al género Areca. Forma matas de tallos delgados, amarillo verdosos y anillados, con hojas arqueadas de foliolos finos. En interior se queda en dos o dos metros y medio.

Es la que mejor rentabiliza una habitación muy luminosa: con luz brillante crece rápido y mantiene la mata densa, mientras que en penumbra se estira, pierde tallos por la base y termina con aspecto raquítico. Admite algo de sol directo suave, el de primera hora de la mañana, pero no el del mediodía.

Tiene dos puntos débiles. Las puntas marrones, que en esta especie suelen deberse a fluoruros y sales del agua del grifo acumulados en el sustrato, más que a falta de riego; el remedio es regar con agua de lluvia o reposada y hacer cada dos meses un riego copioso que lave el sustrato y drene entero. Y la araña roja, que la encuentra irresistible en cuanto el aire se seca.

A su favor: figura en las listas de plantas no tóxicas para perros y gatos, algo que agradece quien tiene animales en casa.

Howea forsteriana, la más elegante y la más lenta

La kentia procede de la isla de Lord Howe, en el Pacífico australiano, y lleva desde la época victoriana siendo la palmera de salón por excelencia. Su virtud es la tolerancia: vive con luz media y prospera con luz alta indirecta, aguanta el aire seco mejor que la mayoría y soporta bajadas invernales hasta los 10 °C sin inmutarse.

Su defecto es la lentitud. Saca dos o tres hojas al año, y en una habitación muy luminosa puede llegar a cuatro, pero no más. Esa lentitud tiene una consecuencia comercial: se vende cara y se vende con varias plantas metidas en la misma maceta, entre tres y cinco, para que la mata parezca frondosa desde el primer día. No hay que separarlas al trasplantar. Son individuos con raíz propia que ya han hecho un cepellón común, y desmontarlo produce un parón de meses o la muerte de alguno.

Con el riego hay que ser conservador: es una palmera que muere mucho más a menudo por exceso de agua que por falta. Se riega cuando los tres o cuatro centímetros superiores del sustrato están secos, se vacía el plato y en invierno se espacia bastante. Sol directo del mediodía, ninguno.

Chamaedorea elegans: luminosa sí, en la ventana no

Chamaedorea elegans o palmera de salón cultivada en maceta

La palmera de salón crece en los sotobosques húmedos de México y Guatemala, bajo cubierta cerrada. Traducido a una casa: es una planta de luz media a baja que en una habitación muy luminosa hay que colocar fuera del haz directo, retirada un par de metros de la ventana o a un lado de ella. Si se pone pegada al cristal al sur, las hojas viran a un verde pálido amarillento y se llenan de puntas quemadas.

Compensa con lo demás. Se queda en metro y medio, cabe en cualquier rincón, tolera macetas pequeñas y florece con facilidad: emite unas inflorescencias ramificadas de bolitas amarillas que duran semanas. También suele venderse en grupos de varias plantas por maceta, y también conviene dejarlas juntas.

Es sensible al agua dura y al aire seco, con las mismas puntas marrones que la areca, y es la primera víctima de la araña roja en un piso con calefacción central.

Para el sitio realmente soleado: Phoenix roebelenii

Si la habitación tiene un ventanal al sur, una galería acristalada o un mirador donde el sol entra a raudales durante horas, ninguna de las tres anteriores está en su elemento. Ahí encaja Phoenix roebelenii, la palmera datilera enana del sudeste asiático, que sí quiere sol directo y que en interior se queda en dos o tres metros con un tronco corto y una corona de hojas finas muy densas.

Un aviso concreto: en las hojas de Phoenix los foliolos basales están transformados en espinas rígidas y muy afiladas, de varios centímetros, junto al pecíolo. Los pinchazos son profundos, se infectan con facilidad y pueden dejar restos vegetales dentro de la herida. Si hay niños pequeños en casa, ese ejemplar no va a la altura de sus ojos, y para podarla o manipularla se usan guantes gruesos.

Aguanta breves heladas de dos o tres grados bajo cero, así que en la costa mediterránea puede pasar el invierno en la terraza sin problema.

Otras candidatas, y dos que se compran por error

Rhapis excelsa, la palmera bambú china. Es probablemente la más resistente de todas las palmeras de interior: soporta desde sombra media hasta luz alta indirecta, tolera aire seco, aguanta el frío de una habitación sin calefacción y rara vez enferma. Forma matas de cañas finas con hojas palmeadas divididas en segmentos anchos. Crece despacio y no es barata.

Chamaerops humilis, el palmito, única palmera silvestre de la península ibérica. Necesita sol directo de verdad y frío invernal, así que su sitio natural es la terraza y no el salón. En una galería fría y muy luminosa funciona; en un piso con calefacción a 22 °C todo el invierno, se debilita.

Ravenea rivularis, la palmera majestad, aparece en supermercados a precio de saldo y con muy buen aspecto. Es una especie de riberas de Madagascar que exige mucha luz, muchísima agua y humedad ambiental alta a la vez; en un piso medio se degrada mes a mes, con hojas bajas amarilleando y araña roja encima. Solo merece la pena en un invernadero o en una habitación con humidificador.

Cocos nucifera, el cocotero que se vende con el coco todavía visible en la superficie del sustrato. Necesita más de 20 °C constantes, humedad tropical y luz de exterior. Con un invierno español dentro, incluso en la mejor ventana, agota las reservas del coco y no llega al verano siguiente.

Y un apunte que no es una palmera pero se compra como si lo fuera: Cycas revoluta es una cícada, no una palmácea, y todas sus partes son tóxicas, especialmente las semillas, que contienen cicasina y provocan fallo hepático agudo en perros incluso con cantidades pequeñas. Si en casa hay un perro que mordisquea plantas, esta no entra.

El manejo diario en una habitación luminosa

Girar la maceta un cuarto de vuelta cada dos o tres semanas. Con luz que llega de un solo lado, la palmera se inclina y la mata queda desequilibrada de forma permanente, porque las hojas ya formadas no se reorientan.

Limpiar las hojas. Una capa de polvo reduce de forma apreciable la luz que llega al limbo y, además, esconde a la araña roja. Un paño húmedo por el haz y por el envés cada tres o cuatro semanas, o una ducha templada en el baño en primavera. Nada de abrillantadores foliares: taponan los estomas.

Regar por comprobación, no por calendario. Una habitación muy luminosa hace transpirar más, así que la palmera pedirá más agua que la misma planta en un pasillo, pero eso se mide con el dedo. Tres o cuatro centímetros de sustrato seco, riego abundante hasta que salga agua por los agujeros, y plato vacío quince minutos después. La podredumbre de raíz en palmeras se manifiesta cuando la lanza central se sale sola al tirar de ella, y a esas alturas rara vez hay marcha atrás.

Humedad. De noviembre a marzo la calefacción deja el aire por debajo del 35 % de humedad relativa y ahí empiezan las puntas marrones. Pulverizar sube la humedad unos minutos y no arregla nada; funcionan un plato ancho con arlita y agua bajo la maceta, agrupar plantas o un humidificador. Y mantener la palmera lejos del radiador y del chorro del aire acondicionado, que la seca en cuestión de días.

Abonado. De marzo a octubre, cada tres o cuatro semanas, con abono específico para palmeras, que lleva más potasio que nitrógeno y aporta magnesio y manganeso. Nunca sobre sustrato seco: se riega primero con agua sola y se abona después, o se quemarán las raíces finas. En invierno no se abona.

Trasplante. Cada dos o tres años, en primavera, a una maceta solo tres o cuatro centímetros más ancha. Las palmeras crecen bien un poco justas de espacio y una maceta desproporcionada mantiene sustrato empapado sin raíces, que es como empiezan las podredumbres.

Poda. Solo hojas completamente secas, cortadas dejando unos centímetros de pecíolo. Las hojas viejas amarillentas siguen sirviendo: la palmera está recuperando potasio de ellas para las nuevas, y retirarlas antes de tiempo traslada el amarilleo a la parte alta de la planta. Si molestan las puntas marrones, se recortan con tijera siguiendo el perfil del foliolo y dejando un milímetro de borde seco, sin cortar tejido verde.

Araña roja: el problema que llega con la luz y el calor

Tetranychus urticae encuentra las condiciones ideales por encima de 25 °C con aire seco, es decir, exactamente en una habitación luminosa de un piso español en verano o con la calefacción puesta. Los primeros síntomas son un punteado decolorado muy fino en el haz y un aspecto general apagado; cuando ya se ven telarañas en las axilas de los foliolos, la población lleva semanas instalada.

El tratamiento pasa por lavar bien el envés de las hojas con agua, subir la humedad ambiental y aplicar jabón potásico o aceite de neem repitiendo cada cinco o siete días, tres o cuatro veces. Una sola aplicación no sirve porque no afecta a los huevos, y a 28 °C el ciclo se completa en poco más de una semana. Revisar el envés una vez al mes, con la planta a contraluz, ahorra el tratamiento entero.

En resumen

En una habitación con mucha luz caben más palmeras que en cualquier otra estancia de la casa, pero el sitio concreto importa tanto como la especie. Dypsis lutescens es la que más partido saca de la luz alta y la que crece más rápido; Howea forsteriana es la más elegante y tolerante, aunque lentísima y sensible al exceso de riego; Chamaedorea elegans encaja bien en la misma habitación siempre que se coloque apartada del sol directo; Rhapis excelsa es la más resistente de todas, y Phoenix roebelenii la única que pide de verdad el ventanal al sur, con la precaución de sus espinas basales.

Luz brillante pero filtrada en las horas centrales, acercamiento progresivo a la ventana durante las primeras semanas tras llegar del vivero, riego comprobado con el dedo y plato siempre vacío, humedad ambiental por encima del 40 % en invierno, abono de palmeras de marzo a octubre, giro periódico de la maceta y vigilancia mensual de la araña roja. Con eso, cualquiera de estas palmeras dura décadas.


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