En el vivero ocupa una maceta de 17 centímetros y no levanta metro y medio del suelo. En los ríos del suroeste de Madagascar, esa misma planta pasa de los quince metros y engorda un tronco que un adulto no abarca con las manos. La palma augusta no es una palmera pequeña: es una palmera grande que se vende joven, y entender esa diferencia cambia por completo cómo hay que tratarla.

La etiqueta puede decir «palma augusta», «palmera majestuosa» o majesty palm. El nombre que sirve para saber qué se está comprando es Ravenea rivularis, una arecácea endémica de Madagascar, escasa en su medio natural y multiplicada por millones en los viveros del mundo entero.

Ejemplar joven de Ravenea rivularis o palma augusta en maceta

Qué planta es y hasta dónde crece

Ravenea rivularis tiene un solo tronco, sin hijuelos ni cepa que se ramifique. El estípite es grisáceo, ensanchado en la base y afinándose hacia arriba, con los anillos de las hojas caídas bien marcados. Las hojas son pinnadas, arqueadas, de dos a tres metros en un ejemplar adulto, con folíolos estrechos, blandos y de un verde claro que se vuelve más intenso con la edad.

El epíteto rivularis significa «de los arroyos», y ahí está la clave de todo su cultivo: en la naturaleza vive en las orillas y en los suelos encharcados del valle del Onilahy, con las raíces prácticamente dentro del agua. Es una de las poquísimas palmeras que aguanta un suelo permanentemente húmedo sin pudrirse.

En interior rara vez pasa de dos metros y medio o tres, no porque la planta sea pequeña, sino porque la luz, el volumen de raíz y la humedad ambiental de una casa la frenan. Plantada en el suelo en un clima adecuado, sigue subiendo. Quien busque de verdad una Ravenea de talla contenida tiene otra opción: Ravenea glauca, más baja, de folíolos azulados, más resistente a la sequía y al frío, aunque bastante menos habitual en el comercio.

No confundirla con la areca ni con la kentia

Las tres se venden en la misma estantería y se cuidan de forma distinta. La diferencia se ve en dos segundos si se mira la base:

Areca (Dypsis lutescens): muchos tallos finos saliendo de la misma maceta, amarillentos, con aspecto de caña de bambú. Es una mata, no un árbol.

Kentia (Howea forsteriana): tallo único o varios plantados juntos, folíolos anchos, oscuros y más rígidos, con un porte más pesado. Aguanta la penumbra y el aire seco de un salón mucho mejor que las otras dos.

Palma augusta (Ravenea rivularis): un único tronco engrosado en la base, folíolos finos, numerosos y muy flexibles, de verde claro. Exige más luz y muchísima más agua que la kentia.

Esa distinción importa a la hora de elegir sitio. Un rincón alejado de la ventana mata una palma augusta en un año y una kentia lo tolera. Comprar la primera para un pasillo oscuro condena la planta antes de sacarla del coche.

Luz, temperatura y humedad

Necesita mucha luz indirecta: junto a una ventana grande orientada al este o a un metro de una al sur, con visillo si el sol de julio da de lleno. El sol directo de mediodía a través del cristal quema los folíolos y deja manchas secas irrecuperables, pero la penumbra es peor: las hojas nuevas salen cada vez más cortas y pálidas hasta que la planta deja de emitirlas.

Su rango cómodo va de los 18 a los 28 °C. Por debajo de 12-15 °C el crecimiento se para. Soporta bajadas puntuales hasta cerca de 0 °C y en torno a los -2 °C empieza a quemarse el follaje; una helada de verdad la liquida. En el interior peninsular, por tanto, es planta de maceta, no de jardín.

La humedad ambiental es el punto que se descuida. En una casa con calefacción por radiadores, el aire baja del 30 % de humedad relativa y las puntas de los folíolos se secan en marrón, con un borde amarillento antes del tejido muerto. Agrupar plantas, colocar la maceta sobre una bandeja de arcilla expandida húmeda (con la base del tiesto por encima del agua, no dentro) y alejarla del radiador resuelve casi todo. Pulverizar las hojas ayuda muy poco: el efecto dura minutos.

Riego: la palmera a la que sí le gusta el pie mojado

Aquí es donde Ravenea rivularis rompe la regla general de las palmeras. Quiere el sustrato siempre húmedo, sin llegar a barro compacto. Si se seca del todo entre riegos, responde secando las puntas y los folíolos inferiores, y ese tejido no se recupera nunca.

En verano, en interior, eso suele significar regar dos o tres veces por semana; en invierno, una, comprobando siempre con el dedo a tres o cuatro centímetros de profundidad. Al aire libre, en Levante o en el sur, un ejemplar en el suelo puede pedir riego diario en agosto.

El matiz está en la temperatura. Sustrato empapado más luz escasa más 14 °C en una habitación fría en enero es la combinación que pudre las raíces: la planta no evapora, el agua se estanca y aparece la podredumbre basal. Húmedo y caliente, sí; húmedo y frío, no. Deja el plato lleno de agua todo el invierno y en marzo el tronco cede al empujarlo, con olor a fermentado en la base.

Con agua muy calcárea —buena parte del levante y del centro peninsular— las puntas se queman por acumulación de sales. Alternar con agua de lluvia, o regar abundantemente cada tanto para que el exceso salga por el agujero de drenaje y arrastre las sales, evita el problema.

Sustrato, maceta y trasplante

Le va bien una mezcla que retenga agua pero deje respirar: turba o fibra de coco como base, un tercio de compost o mantillo y un 20-25 % de perlita o arena gruesa. El sustrato universal solo, apelmazado tras dos años, acaba asfixiando las raíces por mucho que la especie tolere la humedad.

La maceta debe ser profunda antes que ancha, porque el sistema radicular tira hacia abajo, y llevar agujeros generosos. El trasplante se hace en primavera, cada dos o tres años, subiendo solo un par de tallas. Las raíces de palmera se dañan con facilidad: conviene deshacer lo mínimo el cepellón y no descalzarlo nunca del todo.

Detalle que se pasa por alto en los ejemplares de vivero: muchas veces vienen tres o cuatro plantas metidas en el mismo tiesto para que la mata parezca frondosa. Separarlas es traumático y suele costar la vida a alguna. Si se quieren separar, es mejor hacerlo el primer año, en primavera y con temperaturas ya altas.

Abono y las carencias que se leen en la hoja

Las palmeras consumen mucho potasio y mucho magnesio, y sus carencias tienen un dibujo reconocible:

Potasio: moteado necrótico anaranjado o translúcido en las hojas más viejas, empezando por las puntas de los folíolos. Es el déficit más habitual en palmera cultivada y se corrige despacio, en meses, no en días.

Magnesio: banda amarilla ancha en los bordes de las hojas viejas, con la zona central del folíolo aún verde. Muy típico en macetas regadas con abundancia y abonadas poco.

Manganeso: aquí el síntoma aparece en la hoja nueva, que sale arrugada, débil y con aspecto de quemada. Es grave, porque afecta al único punto de crecimiento que tiene la planta.

Con un abono específico para palmeras, con relación alta en potasio y micronutrientes, aplicado cada 15-20 días de abril a septiembre y suspendido en invierno, no suele haber problemas. Nunca abonar un ejemplar con el cepellón seco: primero se riega, después se abona.

Poda: casi nada

Solo se retiran las hojas completamente secas, cortando por el pecíolo y dejando un par de centímetros. Una hoja amarilleando todavía está enviando potasio y magnesio al resto de la planta; cortarla acelera la carencia y la siguiente hoja saldrá peor.

Tampoco hay que tocar el cogollo central ni «limpiar» el tronco con herramienta afilada. La palmera tiene un solo meristemo apical: si se daña, no rebrota por otro lado y la planta está sentenciada, aunque tarde meses en manifestarlo. Y las tijeras deben ir desinfectadas entre planta y planta, porque varios hongos de palmera se transmiten justo así.

Detalle de las hojas pinnadas y arqueadas de la palma augusta

Plagas y problemas frecuentes

Araña roja (Tetranychus urticae): el enemigo número uno en interior. Aparece con aire seco y calor, punteado amarillento fino en el haz y telarañas casi invisibles en el envés y en las axilas. Se combate subiendo la humedad, duchando la planta con agua a presión moderada y, si está establecida, con acaricida o jabón potásico repetido cada cinco o siete días.

Cochinilla algodonosa y cochinilla parda: bultitos en el nervio central y en el envés, con melaza pegajosa. En pocos ejemplares se quitan con un bastoncillo mojado en alcohol; si hay muchos, aceite de parafina fuera de las horas de sol.

Puntas marrones: aire seco, sales del agua o cepellón que se secó. Se pueden recortar siguiendo la forma del folíolo, pero conviene dejar un filo fino de tejido seco para no abrir herida en el verde.

Sobre el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus): su blanco preferido en España es Phoenix canariensis, y Ravenea no figura entre sus hospedadores habituales. Aun así, si se tiene la planta en el exterior en zonas con focos declarados, cualquier ejemplar de palmera con el cogollo decaído o con serrín en las axilas debe revisarse y comunicarse a la administración autonómica, que tiene protocolos obligatorios de tratamiento y destrucción.

En el jardín: dónde funciona en España

Al aire libre y en el suelo tiene sentido en la franja litoral cálida: costa mediterránea del sur y del sureste, sur de Alicante, Murcia, Málaga, Almería y, sobre todo, Canarias. En esos sitios crece rápido si se le da riego abundante y un suelo que no se seque, y queda espectacular junto a un estanque o en una zona de riego frecuente, donde otras palmeras se ahogarían.

Dos limitaciones que conviene tener en cuenta antes de plantarla: el viento deshilacha los folíolos, que son muy blandos, así que necesita un sitio resguardado; y la salinidad no le sienta bien, de modo que en primera línea de playa, con brisa marina cargada, se quema.

En Madrid, Castilla, Aragón o el interior norte no aguanta el invierno plantada. Ahí es maceta que sale a la terraza en mayo y entra en casa en octubre.

Multiplicación

Solo por semilla. No hay esquejes, no hay división de mata y no hay hijuelos: al ser una palmera de tronco único, cualquier método vegetativo está descartado.

La semilla se siembra fresca, apenas cubierta, en sustrato ligero y constantemente húmedo, a 25-30 °C. La germinación es irregular y va de uno a tres meses, con retrasos de más. El primer año la plántula emite hojas enteras, sin dividir, y tarda dos o tres años en parecer una palmera. Es un trabajo de paciencia que rara vez compensa frente a comprar un ejemplar hecho.

En resumen

La palma augusta es Ravenea rivularis, una palmera de tronco único, originaria de las riberas de Madagascar y capaz de superar los quince metros; lo de «pequeña» describe el ejemplar que se compra, no la especie. Pide mucha luz indirecta, temperaturas por encima de 15 °C, humedad ambiental alta y un sustrato que no se seque nunca, porque es de las pocas palmeras que agradece el suelo húmedo de forma continua. El frío con el cepellón encharcado, en cambio, la pudre, igual que la penumbra la vacía poco a poco. Abono con potasio y magnesio en temporada, poda limitada a las hojas ya secas, vigilancia de la araña roja en invierno y respeto absoluto por el cogollo central: con eso, una planta que en muchas casas dura un año se convierte en un ejemplar de década.


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