El tronco de una palmera no tiene anillos de crecimiento, ni corteza, ni ramas, y no engorda ni un milímetro después de formarse. Esa sola frase explica buena parte de lo que hay que saber sobre estas plantas: no son árboles, aunque lo parezcan, y su historia evolutiva va por un camino distinto al de un pino o una encina.
Las palmeras forman la familia Arecaceae (antes llamada Palmae), con unas 2.600 especies repartidas en cerca de 185 géneros. Son monocotiledóneas, el mismo gran grupo al que pertenecen las gramíneas, los lirios o las orquídeas. Y son, con diferencia, las monocotiledóneas más grandes y más leñosas que existen.
Ni árbol ni hierba gigante
Hay una etiqueta que persigue a las palmeras: la de "hierba gigante". La idea nace de un parentesco real —las palmeras están más cerca del trigo que del roble— pero la conclusión es falsa. Una palmera no pertenece a las gramíneas, y su estípite (el nombre correcto del tronco) está lignificado de verdad: por eso aguanta décadas en pie y por eso con él se han construido techumbres y canalizaciones durante siglos.
Lo que las separa de un árbol es la anatomía interna. En un árbol hay cámbium, una capa que produce madera nueva hacia dentro y corteza hacia fuera año tras año; de ahí los anillos. En una palmera no hay cámbium. Los haces vasculares están dispersos por toda la sección, como los cables de un manojo, y una vez formados no se multiplican. Consecuencias prácticas de esto hay varias:
El grosor del tronco se decide antes de crecer en altura. Un meristemo especial en la base de la copa fija el diámetro, y ese diámetro se conserva para siempre. Si una palmera joven pasa un año de sequía, de compactación o de trasplante mal hecho, forma un tramo más estrecho y después sigue creciendo con esa cintura. El estrangulamiento no se corrige con abono ni con riego posterior: solo se puede evitar cuidando bien los primeros años.
Las heridas no cicatrizan. Un árbol compartimenta el daño y acaba tapándolo con madera nueva. Una palmera no puede. El corte de una motosierra, un clavo o el roce de un cortacésped quedan ahí el resto de la vida de la planta, y son puerta de entrada permanente para hongos y para insectos perforadores.
La yema apical es única e insustituible. El cogollo, en el centro de la copa, es el único punto de crecimiento de la mayoría de las especies. Si se destruye, la planta muere entera, aunque el tronco siga verde meses. Por eso el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) es tan letal: se come precisamente eso. Y por eso no existe la "poda de rejuvenecimiento" en palmeras. Solo las especies que rebrotan desde la base, como el palmito (Chamaerops humilis) o la areca (Dypsis lutescens), tienen recambio.
Las raíces siguen la misma lógica: son adventicias, salen todas del cuello, tienen más o menos el mismo calibre y tampoco engordan. No hay raíz pivotante. Esto explica algo que sorprende a quien viene de trabajar con árboles: una palmera adulta se trasplanta con éxito con un cepellón ridículamente pequeño para su tamaño, porque regenera raíces nuevas desde la base. Con una encina de ese porte sería impensable.
Cuándo aparecieron y dónde están hoy
El registro fósil de las palmeras es antiguo y sorprendentemente reconocible. Hay polen y hojas del Cretácico superior, de hace unos 80-90 millones de años, ya con la forma inconfundible de la familia. Es decir, había palmeras cuando todavía había dinosaurios, y su aspecto ha cambiado poco desde entonces.
Durante el Eoceno, con un planeta mucho más cálido, las palmeras llegaron mucho más al norte de donde viven ahora. En los depósitos de arcilla de Londres se han encontrado frutos fósiles de Nypa, la palmera de manglar que hoy solo crece en el sudeste asiático. En yacimientos europeos aparecen hojas de palmera en latitudes donde ahora nieva. El grupo no se ha vuelto tropical: el clima se le ha ido encogiendo debajo.
Hoy la diversidad se concentra en tres focos. El mayor es el sudeste asiático y Malesia, con centenares de especies y géneros como Calamus, los rotangs trepadores cuyos tallos superan los cien metros de longitud. El segundo es la América tropical, desde México hasta el sur de Brasil, con las palmas de cera andinas (Ceroxylon quindiuense pasa de 55 m y es la palmera más alta conocida). El tercero, y el más llamativo, es Madagascar: unas 200 especies, casi todas exclusivas de la isla. África continental, en cambio, es pobre en palmeras, con poco más de medio centenar de especies nativas.
Un caso curioso es el de la palmera de la foto, Parajubaea cocoides, habitual en las plazas de Quito y de otros valles andinos: no se le conoce ninguna población silvestre. Sus parientes vivos (Parajubaea torallyi y Parajubaea sunkha) crecen en valles secos de Bolivia, y todo apunta a que la que vemos plantada es un producto del cultivo humano prolongado, no una especie recolectada del monte.
Qué palmeras son de aquí
Europa continental tiene una sola palmera nativa: el palmito, Chamaerops humilis. Crece de forma espontánea en el sur y el levante peninsular, en Baleares y en el norte de África, aguanta heladas moderadas de varios grados bajo cero y rebrota desde la base tras un incendio. Es la palmera más resistente al frío del Mediterráneo occidental y la que menos riego pide de todas las que se plantan aquí, aunque en jardinería ornamental haya quedado eclipsada por especies mucho más exigentes. La otra nativa europea, Phoenix theophrasti, es de Creta y del suroeste de Turquía.
En Canarias está la palmera canaria, Phoenix canariensis, endémica del archipiélago y hoy extendida por medio mundo como planta ornamental. De ella sale la miel de palma gomera, que no procede del fruto sino de la savia del cogollo.
El resto de las palmeras que vemos en las calles españolas son llegadas de fuera, y algunas hace mucho. La datilera (Phoenix dactylifera) fue introducida en el Mediterráneo occidental por fenicios y cartagineses, y el sistema de cultivo con riego que dio lugar al Palmeral de Elche se consolidó en época andalusí; hoy es Patrimonio de la Humanidad. Las Washingtonia que forman avenidas enteras en la costa vienen del suroeste de Estados Unidos y del noroeste de México, y llegaron a los jardines europeos en el siglo XIX.
Lo que las palmeras han dado al ser humano
Pocas familias vegetales han sido tan explotadas. La datilera se domesticó en la zona del golfo Pérsico hace unos 6.000 años y sostuvo la agricultura de oasis: daba fruto muy energético, sombra para cultivar debajo, madera y fibra. El cocotero (Cocos nucifera) recorrió el Índico y el Pacífico en parte por deriva marina y en parte en las canoas de los navegantes austronesios; los estudios genéticos distinguen dos grandes poblaciones, una del Pacífico y otra indoatlántica, coherentes con esas rutas.
A esa lista se suman la palma aceitera africana (Elaeis guineensis), hoy la primera fuente mundial de aceite vegetal; el ratán de los muebles, que sale de tallos de Calamus; la cera de carnauba de Copernicia prunifera, la que da brillo a coches y caramelos; la rafia de Raphia; el sagú, almidón extraído del tronco de Metroxylon sagu, alimento básico en Nueva Guinea; y el palmito de mesa, que en Euterpe edulis obliga a matar la planta y por eso ha esquilmado poblaciones enteras en Brasil.
Merece una nota la nuez de areca (Areca catechu), la que se masca con hoja de betel en el sur de Asia: está clasificada como cancerígena para el ser humano, incluso sin tabaco añadido. Que un producto proceda de una palmera y tenga siglos de uso tradicional no lo convierte en inocuo.
Qué implica todo esto en el jardín
La forma de crecer de las palmeras condiciona su cuidado de un modo bastante rígido. Un par de consecuencias directas:
No se podan como un árbol. Cortar hojas verdes por estética, dejando el famoso plumero apuntando hacia arriba, resta a la planta la superficie con la que fabrica el estípite del año siguiente y le quita aislamiento frente al frío. La palmera responde adelgazando el tronco. Lo razonable es retirar solo hojas ya secas y las inflorescencias si molestan.
El potasio y el magnesio se reciclan desde las hojas viejas. Cuando faltan, la palmera los saca de las hojas de abajo, que amarillean. Si se cortan esas hojas en cuanto empiezan a ponerse feas, se le retira a la planta la reserva de la que estaba tirando y la carencia sube a las hojas nuevas. La solución es abonar, no tijeretear.
Las heridas del tronco son permanentes. Nada de clavar soportes, atar hamacas o rozar con la desbrozadora. Ese punto no se cierra nunca.
En resumen
Las palmeras son una familia antigua, de al menos 80 millones de años, que fue mucho más extensa cuando el planeta era más cálido y que hoy se concentra en los trópicos, con Madagascar y el sudeste asiático como grandes reservorios. No son árboles ni hierbas gigantes: son monocotiledóneas leñosas, sin cámbium, con un único punto de crecimiento y un tronco cuyo grosor queda fijado de una vez. En España tenemos una nativa peninsular, el palmito, una canaria, Phoenix canariensis, y un patrimonio de datileras cultivadas desde la Antigüedad. Y de esa anatomía tan particular salen las reglas de cuidado: no podar en verde, no herir el estípite, cuidar la nutrición y proteger el cogollo, porque es lo único que no tiene repuesto.