Hay palmeras que pasan un invierno a veinte grados bajo cero cubiertas de nieve y otras que se pudren con una helada de cuatro. Entre esos dos extremos cabe un catálogo bastante amplio de especies cultivables en la meseta, en el valle del Ebro o en zonas de montaña media, siempre que se entienda una cosa: la cifra de resistencia que aparece en las etiquetas no es una propiedad fija de la planta, sino el resultado de una combinación de temperatura, humedad, drenaje, viento y años de arraigo.

Qué mata realmente a una palmera en invierno

El frío por sí solo rara vez es lo que acaba con el ejemplar. Lo que lo mata suele ser la podredumbre del meristemo, el único punto de crecimiento que tiene una palmera de tronco solitario. Cuando la helada revienta las células tiernas del cogollo, ese tejido dañado se llena de agua y se infecta con hongos y bacterias. La planta puede seguir verde durante semanas y morir en marzo, cuando suben las temperaturas y la infección avanza. Por eso el daño por frío casi nunca se ve el día de la helada.

De ahí se derivan tres consecuencias prácticas. La primera: el frío húmedo es mucho más destructivo que el frío seco. Una Nannorrhops ritchiana aguanta sin inmutarse los inviernos continentales de Irán o Afganistán, con noches de quince bajo cero y días soleados, y en cambio se deshace en un invierno atlántico de cinco grados, niebla permanente y suelo encharcado. La segunda: el drenaje invernal importa tanto como la temperatura mínima. Una palmera plantada en arcilla compacta que retiene agua de noviembre a marzo tiene las raíces asfixiadas justo cuando más necesita reponerse. La tercera: el viento seco y frío deshidrata las hojas mientras las raíces, en suelo helado, no pueden absorber agua; el resultado son hojas quemadas por sequía fisiológica, no por congelación.

Añade el factor tiempo. Las cifras de resistencia publicadas se refieren a ejemplares establecidos en suelo, con al menos tres o cuatro inviernos a sus espaldas y un sistema radicular desarrollado. Un ejemplar recién plantado en octubre resiste bastante menos, a veces cinco grados menos, porque no ha tenido tiempo de anclarse ni de acumular reservas.

Las más resistentes de todas

Rhapidophyllum hystrix, la palmera aguja del sureste de Estados Unidos, es la campeona indiscutible del grupo: hay ejemplares que han sobrevivido a −20 °C y por debajo, con nieve encima, y rebrotan. No forma tronco aéreo apreciable, crece en macolla y desarrolla espinas largas y muy rígidas en la base de los peciolos, lo que la desaconseja junto a un paso estrecho o donde jueguen niños. Es lentísima —cuenta con una hoja o dos al año en los primeros tiempos— y precisamente por eso escasea y se paga cara. A cambio, tolera sombra parcial y suelos húmedos mejor que casi cualquier otra palmera rústica.

Sabal minor juega en una liga parecida, con mínimas de −18 a −20 °C en ejemplares adultos. Es acaule: el tronco queda enterrado y solo asoma una roseta de hojas palmadas azuladas de metro y medio. Es la opción sensata para un jardín de interior peninsular donde se quiera efecto tropical sin altura, y una de las pocas que tolera bien suelos pesados y algo de encharcamiento estacional. Su pariente Sabal palmetto, con tronco, se queda en torno a los −12 o −14 °C, pero necesita veranos largos y calurosos para crecer a un ritmo aceptable.

Ejemplar de Rhapidophyllum hystrix, la palmera aguja

Trachycarpus, la elección práctica para la meseta

Si hay que plantar una sola palmera con tronco en Madrid, Valladolid, Zaragoza o Burgos, esa es Trachycarpus fortunei. Resiste sin daño apreciable hasta −15 °C, y ejemplares bien establecidos han pasado episodios de −17 o −18 °C perdiendo hojas pero conservando el cogollo. Crece a un ritmo razonable —de 15 a 30 cm de tronco al año en buenas condiciones—, admite suelo calizo, tolera semisombra y no exige el calor estival que necesitan las palmeras americanas. El tronco cubierto de fibra le sirve de aislante natural.

Su punto débil es el viento: las hojas palmadas, de segmentos largos y colgantes, se desgarran con facilidad y quedan hechas jirones en un emplazamiento expuesto. Ahí conviene Trachycarpus wagnerianus —tratado por muchos autores como una variedad de fortunei—, con hojas más pequeñas, rígidas y de bordes reforzados, que se mantienen enteras donde la otra se deshilacha. Misma rusticidad, mejor aspecto tras un temporal. Trachycarpus takil, del Himalaya occidental, se cita como algo más resistente todavía, pero su comercio está muy mezclado y no siempre se recibe lo que se pide.

Las que aguantan bien si el invierno es seco

Aquí entra un grupo que responde muy bien al frío continental y muy mal al frío húmedo.

Brahea armata, la palmera azul mexicana de Baja California, soporta −10 a −12 °C con hojas de un azul glauco que ninguna otra rústica iguala. Exige drenaje impecable, sol pleno y sequía invernal; en un suelo que se queda mojado tras las lluvias de otoño se pudre por el cuello aunque la temperatura no baje de cero. Es de crecimiento lento y prefiere que la dejen en paz.

Nannorrhops ritchiana aguanta cifras similares o algo mejores, pero con la misma condición de sequedad invernal y, además, necesita veranos muy calurosos para prosperar. En la costa cantábrica es una compra tirada; en Murcia, Zaragoza o el interior andaluz funciona.

Jubaea chilensis, la palmera chilena de tronco monumental, tolera −12 a −15 °C cuando lleva años plantada, y es probablemente la palmera pinnada más rústica que existe. El problema es la paciencia: durante la primera década parece que no hace nada.

Butia odorata (el butiá, a menudo etiquetado todavía como Butia capitata) resiste −11 a −13 °C, da hojas pinnadas arqueadas de color glauco y fruta comestible. Es de las pocas palmeras con aspecto de cocotero que sobreviven en clima continental.

Y no conviene olvidar la de casa: Chamaerops humilis, el palmito, único palmeral europeo silvestre, aguanta −10 a −12 °C; la variedad cerifera del Atlas, de hojas plateadas, se comporta algo mejor y llega a −14 °C en suelo seco. Crece en macolla, rebrota de la base si pierde la parte aérea y es la más indestructible de la lista frente a la sequía estival.

Hojas azuladas de Brahea armata

Dos confusiones de vivero que salen caras

Las Washingtonia se venden con frecuencia sin distinguir especie, y la diferencia de rusticidad entre las dos es de tres o cuatro grados. Washingtonia filifera, del desierto de California, tiene tronco grueso, no llega a los treinta metros y aguanta en torno a −9 o −11 °C de adulta. Washingtonia robusta, mexicana, es esbelta, de tronco rojizo y estrecho, crece mucho más rápido y se para en −6 u −8 °C. En los viveros circula además una enorme cantidad de híbridos entre ambas, de rusticidad intermedia e impredecible. Fíjate en el grosor de la base y en la velocidad de crecimiento: si en dos años ha subido metro y medio de tronco fino, no es filifera, por mucho que ponga la etiqueta.

La otra confusión es la Phoenix canariensis. Se planta en toda la Península como si fuera rústica, y no lo es más allá de −6 u −8 °C: a −5 °C ya aparecen quemaduras en las hojas y una helada de −9 °C prolongada le arruina el cogollo. En Ávila o en Teruel no es una palmera de jardín, es una apuesta a perder. Suma que Phoenix es el género predilecto del picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) y que el barrenador Paysandisia archon ataca sobre todo a Trachycarpus y Chamaerops; conviene revisar el cogollo en primavera.

Cómo llevar una palmera al otro lado del invierno

Planta en primavera, nunca en otoño. Una palmera plantada en abril o mayo tiene seis meses de suelo caliente para emitir raíces antes de la primera helada. Plantada en octubre, llega al invierno sin anclaje.

Corta el nitrógeno a finales de agosto. Abonar en septiembre u octubre provoca un brote tierno que llega a diciembre sin endurecer y se congela a la primera. A partir de agosto, si acaso, potasio y magnesio, que las palmeras consumen en cantidad y cuya carencia se ve en las hojas viejas amarillentas por los bordes.

Levanta el punto de plantación. En suelo arcilloso, un caballón de 20 o 30 cm con grava gruesa incorporada evita que el cuello pase el invierno en barro. Es la medida que más vidas salva en el interior peninsular.

Acolcha las raíces, no el tronco. Diez centímetros de corteza o paja sobre el alcorque mantienen la temperatura del suelo unos grados por encima. Envolver el tronco con plástico, en cambio, genera condensación y calienta de día para enfriar de golpe de noche; si hay que proteger, se usa manta térmica de fibra transpirable, atando antes las hojas hacia arriba en haz para tapar el cogollo.

No podes las hojas dañadas hasta primavera. Aunque queden feas, las hojas quemadas siguen protegiendo el corazón de la planta de las heladas siguientes. Se retiran en abril, cuando ya no hay riesgo.

Vigila el cogollo tras una helada fuerte. Si al tirar suavemente la hoja lanza sale sola, el meristemo está comprometido: hay que retirar el agua acumulada en el cogollo, dejarlo escurrir y aplicar un fungicida cúprico. La palmera puede recuperarse si el punto de crecimiento no ha llegado a pudrirse del todo, y en las especies que macollan —palmito, Rhapidophyllum, Nannorrhops— la pérdida de un tallo no es la pérdida de la planta.

Y una advertencia sobre las macetas: la resistencia en contenedor no tiene nada que ver con la resistencia en suelo. En una maceta, el cepellón se congela entero en pocas horas y las raíces de la mayor parte de estas especies mueren entre −5 y −8 °C, muy por encima de lo que aguanta la parte aérea. Un Trachycarpus que en el jardín ignoraría −14 °C puede morir en una terraza a −7 °C. Si se cultiva en maceta, hay que aislar el contenedor o arrimarlo a una pared con orientación sur.

En resumen

Para un invierno continental con mínimas de −12 a −15 °C, la terna segura es Trachycarpus fortunei o wagnerianus si se quiere tronco, Sabal minor y Chamaerops humilis para el estrato bajo, y Rhapidophyllum hystrix si aparece la ocasión de conseguir uno. Con inviernos secos y veranos calurosos se abren Brahea armata, Nannorrhops ritchiana, Butia odorata y Jubaea chilensis. Washingtonia filifera se queda en el filo y Phoenix canariensis pertenece a la costa. Por encima de la elección de especie está lo demás: plantar en primavera, drenar el suelo, dejar de abonar con nitrógeno en verano, cubrir las raíces y no tocar las hojas dañadas hasta que pase el frío. Una palmera bien situada aguanta lo que dicen los manuales; una plantada en un hoyo que retiene agua, la mitad.


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