Una palmera no es un árbol. Parece uno, se planta como uno y se paga como uno, pero por dentro funciona de manera tan distinta que casi todas las decisiones de cultivo cambian. Entender cómo se clasifican las palmeras sirve para eso: no para memorizar nombres, sino para saber qué le puedes hacer a la que tienes en el jardín y qué no.

Las palmeras forman la familia Arecaceae (antes Palmae), con unos 180 géneros y en torno a 2.600 especies, casi todas tropicales y subtropicales. Son monocotiledóneas, como el trigo o los lirios, y de ahí viene la diferencia clave: no tienen cámbium, no hacen madera secundaria y no engordan el tronco año tras año. El grosor del estípite —así se llama el tronco de una palmera— queda fijado arriba, en la corona, antes de que ese tramo se alargue. Una palmera con tronco fino no se ensancha después.

Las cinco subfamilias, en una pincelada

La clasificación botánica actual reconoce cinco subfamilias, y merece la pena conocerlas porque explican parecidos que a pie de calle desconciertan:

Coryphoideae reúne casi todas las palmeras de hoja en abanico: Chamaerops, Trachycarpus, Washingtonia, Sabal, Livistona, Copernicia, y también Phoenix, que es de hoja pinnada pero pertenece aquí. Arecoideae es la más numerosa e incluye el cocotero, Roystonea, Syagrus, Archontophoenix, Dypsis, Butia o Chamaedorea. Calamoideae agrupa las palmeras de fruto escamoso, entre ellas los rotangs (Calamus), que son trepadoras. Ceroxyloideae incluye las palmas de cera andinas (Ceroxylon), las más altas del mundo, por encima de los 50 metros. Y Nypoideae tiene una única especie, Nypa fruticans, de manglar asiático, con tallo subterráneo y ramificado.

El detalle técnico que separa de verdad a Coryphoideae del resto es el plegado de la hoja joven. En las coryphoides el folíolo se pliega en V (induplicado) y en las arecoides en Λ invertida (reduplicado). Mirando una hoja en sección se sabe en qué mitad de la familia estás.

Según el número de troncos

Tronco anillado de una palmera del género Syagrus

Unicaules o solitarias. Un solo estípite y un solo ápice de crecimiento. Washingtonia robusta, Washingtonia filifera, Phoenix canariensis, Roystonea regia, Syagrus romanzoffiana, Jubaea chilensis, Butia odorata, Trachycarpus fortunei, Archontophoenix cunninghamiana, Howea forsteriana (la kentia de interior).

Multicaules o cespitosas. Emiten hijuelos desde la base y forman mata. Chamaerops humilis, nuestro palmito, la única palmera silvestre de la Península ibérica; Phoenix dactylifera, la datilera, que sí rebrota al contrario que su prima canaria; Rhapis excelsa, Dypsis lutescens (la areca de maceta), Cyrtostachys renda, Nannorrhops ritchiana.

Acaules. El tallo existe, pero es corto o subterráneo y las hojas parecen salir del suelo: Serenoa repens, Sabal minor, Chamaedorea radicalis, y muchos palmitos jóvenes antes de levantar tronco.

Esta división parece decorativa y no lo es. La palmera solitaria tiene un único meristemo apical y no rebrota: si se pudre el cogollo por una helada, si se decapita, si el picudo rojo se lo come, la planta está muerta aunque el tronco siga verde y las hojas tarden meses en caer. La multicaule sobrevive porque cada tallo lleva su propio ápice y siempre quedan hijuelos de reemplazo. Por eso un palmito helado suele recuperarse desde la base y una Phoenix canariensis con el cogollo perdido no se recupera nunca.

La misma lógica se aplica a las heridas. Un corte en el estípite no cicatriza jamás, porque no hay cámbium que genere tejido nuevo de reparación. Ese hachazo, ese clavo o esa grapa de sujetar luces de Navidad se quedan ahí de por vida y son la puerta de entrada de hongos e insectos.

Según la forma de la hoja

Detalle de una hoja de palmera con sus folíolos

Pinnada o penada. Los folíolos se disponen a ambos lados de un raquis central, como una pluma. Es el modelo del cocotero, de las Phoenix, de Syagrus romanzoffiana, Butia, Jubaea, Roystonea, Archontophoenix y Howea. En las Phoenix los folíolos basales están transformados en espinas rígidas y punzantes: no son restos secos, son parte de la hoja, y provocan heridas que se infectan con facilidad. Trabajar con guantes y gafas bajo una datilera no es exceso de celo.

Bipinnada. Los folíolos se dividen a su vez en foliolillos triangulares con el borde mordido, de aspecto de aleta de pez. Este tipo de hoja lo tiene un solo género en toda la familia: Caryota, la palmera cola de pez. Caryota mitis es multicaule y Caryota obtusa o Caryota urens son solitarias.

Palmada o flabelada. Los segmentos parten todos de un mismo punto en el extremo del pecíolo y el limbo forma un abanico plano. Es el caso de Chamaerops humilis, Rhapis excelsa, Trachycarpus fortunei, Nannorrhops.

Costapalmada. Variante de la anterior en la que el pecíolo se prolonga dentro del limbo formando una costilla (la costa), de modo que el abanico se arquea y se pliega en lugar de quedar plano. La tienen Sabal, Livistona, Washingtonia, Copernicia y Borassus. En la unión del pecíolo con el limbo hay una pequeña lengüeta, la hástula, cuya forma se usa para distinguir especies muy parecidas.

Falta una quinta categoría que casi nunca se cita: la hoja entera o bífida, sin dividir en folíolos, apenas hendida en el ápice. Es lo que tienen Licuala grandis, con su limbo circular perfecto, o Chamaedorea metallica. Todas las palmeras, además, nacen con hojas enteras y solo se dividen al madurar la planta, lo que despista al identificar plantones.

Con capitel y sin capitel

Esta clasificación no suele aparecer en los manuales de divulgación y es la que más trabajo ahorra. El capitel es el cilindro liso y verde formado por las vainas foliares que envuelven el extremo del tronco, bien visible en Roystonea regia, Archontophoenix, Dypsis, Chambeyronia o Cyrtostachys.

Las palmeras con capitel son autolimpiantes: la hoja vieja se desprende sola por la base y cae entera. No hay que podarlas nunca, solo retirar del suelo lo caído. Las que no lo tienen —Phoenix, Washingtonia, Trachycarpus, Chamaerops, Sabal— retienen las hojas secas colgando en falda alrededor del tronco, y ahí sí hay decisión de poda que tomar.

Y ahí es donde se estropean las palmeras urbanas. La poda en corte de pincel, dejando cuatro hojas verticales, deja la copa sin masa foliar, obliga a la palmera a tirar de reservas, la hace más sensible al frío y le abre decenas de heridas frescas en verano, que es cuando vuela el picudo rojo y la mariposa Paysandisia archon. La regla sensata es retirar solo hojas secas o claramente amarillas, respetando todas las que estén por encima de la horizontal, y hacerlo en otoño o invierno, fuera del periodo de vuelo de las plagas.

Las que florecen una vez y mueren

Casi todas las palmeras son policárpicas: florecen cada año durante décadas. Unas pocas son hapaxánticas o monocárpicas: acumulan reservas durante años, florecen una sola vez y mueren después de fructificar. Corypha umbraculifera lo hace tras 30 a 60 años, con la mayor inflorescencia del reino vegetal. Metroxylon sagu, la palmera del sagú, igual. Y el género Caryota lo hace de forma escalonada: emite inflorescencias desde arriba hacia abajo a lo largo de varios años y, cuando llega a la última, el tallo muere.

El dato importa porque una Caryota urens que empieza a declinar después de florecer no está enferma ni mal regada, y ningún tratamiento la salvará. En Caryota mitis, multicaule, muere el tallo que floreció y la mata continúa con los demás.

Machos y hembras

Muchas palmeras son monoicas, con flores masculinas y femeninas en la misma planta: Washingtonia, Syagrus, Butia, Cocos nucifera. Pero Phoenix, Chamaedorea, Trachycarpus, Borassus y el propio Chamaerops son dioicas: cada ejemplar es macho o hembra.

Consecuencia directa para quien planta una datilera esperando dátiles: sin un ejemplar masculino cerca no habrá cosecha, y aun con él, en gran parte de la Península el verano no acumula suficiente calor para madurar el fruto. En los palmerales de Elche y en el Bajo Segura sí; en Galicia o el País Vasco, no. Lo mismo vale para el Trachycarpus fortunei del jardín que nunca da semillas: probablemente es un macho.

Y una clasificación práctica: cuánto frío aguantan

Para elegir palmera en España esta es la lista que decide. Son cifras orientativas de ejemplares adultos, asentados y en suelo drenado; en maceta y de jóvenes hay que restar varios grados.

Trachycarpus fortunei resiste en torno a -15 °C y es la opción para el interior peninsular y la meseta. Chamaerops humilis y Jubaea chilensis se mueven entre -10 y -12 °C. Butia odorata y Washingtonia filifera, alrededor de -10 °C. Phoenix canariensis aguanta hasta unos -7 u -8 °C. Washingtonia robusta y Syagrus romanzoffiana, unos -5 o -6 °C. Archontophoenix y Dypsis lutescens apenas -1 o -2 °C, litoral suave o maceta. Cocos nucifera no es cultivable al aire libre en ningún punto de la Península, ni siquiera en Málaga o Cádiz: necesita medias por encima de 22 °C todo el año, y los cocoteros que se ven en la costa son ejemplares comprados adultos que van muriendo despacio.

Dos confusiones frecuentes en vivero conviene resolverlas aquí. La primera: Cycas revoluta no es una palmera, es una cícada, un grupo de gimnospermas emparentado más de lejos con los pinos que con las Arecaceae, y sus semillas son tóxicas para perros y personas. Tampoco lo son la yuca ni el drago (Dracaena draco), pese al aire de familia. La segunda afecta a las Washingtonia: compra una etiquetada como filifera y es muy posible que crezca alta, delgada y con la base poco ensanchada, como una robusta, porque los híbridos entre ambas circulan mucho en producción. La diferencia se nota al cabo de los años, y en jardines pequeños importa: la robusta pasa de 20 metros y la filifera se queda más baja y mucho más gruesa.

En resumen

Las palmeras se ordenan por subfamilias botánicas, pero en el jardín las clasificaciones útiles son otras cuatro. Por número de troncos: unicaules, que mueren si pierden el único ápice, y multicaules o acaules, que rebrotan. Por hoja: pinnada, bipinnada (exclusiva de Caryota), palmada, costapalmada y entera. Por presencia de capitel: las que se autolimpian y no se podan, y las que forman falda seca y se podan poco y en invierno. Y por resistencia al frío, que es lo que determina si una especie concreta puede vivir en tu municipio o solo en maceta. Con esas cuatro preguntas resueltas antes de comprar —cuántos troncos, qué hoja, si se limpia sola y cuánto frío aguanta— se evitan casi todos los disgustos posteriores.


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